Octubre 2008
31
2008

Cuando era pequeña el mundo fuera del Perú estaba constituido por muchos países, con lugares fascinantes, con costumbres y comidas que, solo llevada por la curiosidad, algún dinero ahorrado y espíritu de aventura, conocería como parte de un sano aprendizaje. Lo cierto es que jamás imaginé en la remota posibilidad de irme a vivir a otro país. Y menos a Estados Unidos.
Creo ser, sin temor a caer en un absurdo, que soy de aquellos pocos que sienten que no la hizo tan mal en el Perú. Tenía un trabajo como maestra en el Estado y, gracias a Dios, por mi desempeño me requerían de otras instituciones por recomendación de algún conocido. Con esfuerzo estudié una maestría y lo que sería la inicial de mi tesis terminó como enganche del que sería mi pedazo de patria: mi departamento, nada ostentoso, ubicado en el Callao.
Mi vida la resumo en logros académicos, con el reconocimiento que un país como el mío nos puede otorgar. Económicamente me podía dar mis gustos, incluyendo gimnasios, cines, comidas, baile. No me podía quejar, ahorraba alguito ya que también soy mesurada en mis gastos sin caer en la tacañería. El hecho es que en esa vida apacible y tranquila no había amor, un buen, sano y lindo amor; pero llegó y llegó con visa americana incluida. Me enamoré de alguien que conozco de toda la vida, un amigo de mi hermano que vivió frente a mi casa durante años hasta que se fue a Estados Unidos. Jamás creí posible que nos enamoraríamos, pero pasó.
27
2008

Seguramente soy masoquista. Acabo de mirar la temperatura que hace en mi ciudad natal. Es una maravilla mi país. En julio es invierno en Lima, pero la temperatura puede llegar hasta 20 grados. Si tienes frío, te subes a tu carro, tomas la carretera central y al cabo de unos 40 minutos encuentras al sol, dios de los Incas, en Chosica. Puedes quitarte chompas, casacas (“jerseys” y “cazadoras” según los españoles) o ponchos; quitarte toda la ropa si quieres, y tirarte al río o a la piscina, según los gustos y posibilidades. Si tienes más tiempo, y dependiendo de tu presupuesto, te subes un bus o avión hacia Piura o Tumbes donde te espera el verano eterno: 28 grados y ¡a broncearse!
Mientras tanto, acá en Oslo se supone que es verano, pero ¡tenemos frío, vientos y lluvia, hoy por la mañana la temperatura no llegaba a los 15 grados!. Y por más que te alejes de la ciudad, buscando el calor pensando que a lo mejor te sucede igual que al salir de Lima ... nada. Y ni se te ocurra irte a la montaña o al norte. Allí, en pleno verano, puedes congelarte. Lo que encuentras al salir de Oslo son paisajes, como el de esta foto, a ambos lados de la carretera, que es en realidad una autopista muy moderna, sin combis ni letreros publicitarios, sin gente y sin calor.
22
2008

Hace 2 años y medio que vivimos en Sydney pero aún recuerdo como si fuera ayer los días previos al viaje, la triste despedida y la aventura del mismo. Ahora que miro hacia atrás me da un poco de risa todo lo que pasamos y hasta lo considero anecdótico, pero debo admitir que cuando lo vivimos no nos pareció nada divertido.
Días antes del vuelo, tanto mi esposo como yo nos enfermamos (una infección estomacal). Resulta que entre despedida y despedida comimos algo que nos cayó mal. Primero caí yo, unos 5 días antes de viajar estaba tendida en cama sin poder hacer nada y comiendo lo poco que mi organismo aguantaba; para esto debo confesar que no teníamos las maletas hechas (aunque ya teníamos la lista de cosas que llevaríamos), y mi querido esposito decidió esperar a que me sintiera mejor para hacerlas juntos (ya que me conoce tan bien que sabe que si él las hace solo, pues fácil yo las deshago y las vuelvo a hacer). En fin, cuando yo ya me sentía un poco recuperada, pero aún sin muchas fuerzas, mi esposo se enfermó, pero esta vez mucho peor que yo, estaba con fiebre, vómitos, no podía comer nada, y mucho menos hacer nada (y solo faltaban 3 días para viajar). Yo aún un poco enferma trataba de organizar las cosas que llevaríamos, labor que parecía imposible de hacer en solo 3 días, sola y débil por la enfermedad.
16
2008

Recuerdo que cuando tenía casi 5 años, mis padres tenían fuertes discusiones con relativa frecuencia. Pero hubo una en la que él se llevó una maleta. Después de esa vez, nunca supe más de mi padre hasta cuando yo fui un adolescente. Pero mi madre nunca nos habló mal de él, al contrario, siempre nos dijo que era una persona honesta, trabajadora y responsable. Sin embargo, para mí y mis hermanos José y Marco, mi padre nos abandonó cuando teníamos 5, 3 y 2 años respectivamente.
Las estadísticas estaban en contra de nosotros. Una mujer con primaria completa, con 3 hijos varones menores de 5 años y sin trabajo, terminaría en la miseria y con los hijos como posibles delincuentes. Pero mi madre, que siempre fue luchadora desde su infancia, ya sea cuando tuvo que ayudar a su madre a cuidar a sus 5 hermanos pequeños o cuando tuvo que ayudar a sus padres a empezar un negocio de venta de panes y productos agrícolas, decidió enfrentar este nuevo reto con la frente en alto. Mi madre empezó un negocio de restaurante y como buena negociante, eligió muy bien el local, cerca del paradero de carros de transporte. Al año siguiente, yo empecé el primer grado de primaria en un colegio estatal donde los profesores no asistían y mis nuevos amigos me enseñaron a escapar del colegio a vagabundear. Un día encontré el lugar donde mi madre guardaba su dinero y saqué el billete con mayor valor, creo que fue de 500 soles antiguos. Cuando fui a la tienda por algunos dulces, la dueña, que conocía a mi familia y sabía de nuestra situación, me llevó donde mi madre para ver si ella me había dado esa cantidad de dinero. Eso no le gustó a mi madre y se enteró de las actividades a las que me dedicaba en lugar a ir al colegio. Allí es donde quizás tomó una de las mejores decisiones, especialmente en ese momento en que estaba muy ocupada con el negocio: me sacó del colegio estatal y me puso en un colegio privado religioso.
10
2008

Mi nombre es Germán Llanos. Salí del Perú el 27 de setiembre del 2000 y desde el día siguiente he radicado en Chicago, Illinois. Nunca antes había estado en esta ciudad. Cuando llegué hablaba un poco de inglés, tenía como 300 dólares en el bolsillo y sabía que tenía una tía en un distrito al norte de la ciudad y un tío en otro. A los 25 años, venía con la ilusión de vivir mi sueño americano.
Mi primer trabajo fue repartiendo periódicos de 3 a 6 a.m. en Rogers Park. De allí me iba a trabajar en construcción. Trabajaba 14 horas diarias de lunes a domingo para ahorrar y crearme un capital. Desde que trabajaba en construcción, empecé a estudiar ingles para sacar mi TOEFL y dar el GMAT, porque quería hacer un MBA (maestría en administración). No tenía ni idea de cómo lo iba a pagar, pero sabía que de una manera u otra lo iba a hacer. Reventé la tarjeta de crédito de una prima que me prestó la plata y me matriculé en Kaplan, que es un centro de preparación para el GMAT.
En las noches iba a estudiar a Lincoln Park (el Miraflores de Chicago), sudoso y sucio después de trabajar en demolición todo el día. Con el sudor seco y mi caja de herramientas debajo de la carpeta, me sentaba al costado de los ‘white collar yuppies’ de Chicago. A veces me dormía y tenía que comerme hasta tres Snickers con Coca Cola para tener tanta azúcar como para quedarme despierto hasta las 9 de la noche. De allí tomaba un tren hasta Skokie (suburbio), a donde llegaba como a las 11 p.m. Al día siguiente, de nuevo la misma jarana de salir a las 5 de la mañana.
08
2008

Uno siempre ha escuchado en algún punto de su vida la historia de un amigo, conocido o familiar que vive en el extranjero. ¡Cómo es la vida! Ahora mismo me encuentro escribiendo un post sobre mi propia historia.
Emigré del Perú poco después de cumplir 18 años, puesto que ya había sido admitido en una universidad española, con lo que me fui de Lima semanas después de cumplir la mayoría de edad. De esta forma lograba cumplir un sueño que tenia desde pequeño: Ver qué ocurría en el otro lado del mundo.
03
2008

Uno cree que todo va bien. Uno cree en todo lo que le dicen (en mi caso, en lo que le escriben) y sigue creyendo que todo va bien. Claro, dentro del hecho de que yo estoy en Río y ella, en Lima.
De repente, ya nada está bien (para ella). Me lo dice (o mejor, me lo escribe) y, luego, para mí ya nada está bien.
Me pide ese bendito tiempo, on line, hasta cuando yo regrese. Ya no sabe si me ama. Termino por ceder, pero ya no estoy bien.
La sigo queriendo, es más, la amo. Serán, como mínimo, dos largos meses sin “te amos”, dos palabras que me mantenían en pie.
Aún queda la esperanza que cuando vuelva me siga amando. Eso dice. Así que, si antes la certeza de que me amaba me mantenía aquí en pie, ahora la esperanza que me ame -y que me lo diga cuando regrese- no me va a dejar caer del todo.
Quiero abrazarla, darle un beso, pedirle disculpas por irme. Decirle que me equivoqué al pensar que todo iba a salir bien. Que aún amo a mi negralinda.
Estoy quebrado, pero todavía entero.
Milos Lau
Estudiante de una maestría, que ya quiero que acabe, en una universidad en Río de Janeiro.
"Wish you were here" de Pink Floyd


