14
2008

Recuerdo que cuando era chico me emocionaba cada vez que mis padres decían que iríamos a la casa de mis padrinos. Era un premio aquello de visitar al loco de mi tío Lolo o a la siempre cariñosa Corinne. Me encantaba pasar por esa casita de cristal de Chorrillos o perderme entre los pasadizos de esa, para mí, mansión tacneña. Ni que decir de las veces que nos transportábamos, cual tropa, a la playa con alguno de ellos y sus respectivas familias. Eran días felices bajo el sol, comiendo pan con pollo y correteando cangrejos de Fórmula 1. Infinidad de regalos, besos y buenos consejos recibí de cada uno de ellos. Con los años, esas excursiones se hicieron menos frecuentes, aunque debo decir que de las pocas que celebramos guardo los mejores momentos. Hace muchos años, y lo digo con pena, que no los veo: Él está en Estados Unidos y ella sigue en Tacna. Con Corinne seguimos en contacto y cada vez que hablamos por teléfono renovamos nuestra promesa de volver a vernos. Cuando me enteré que sería padre pensé mucho en ellos y en lo que significa elegir un compadre. María, al igual que yo, ya tenía su lista preparada de los candidatos. Sin mucho que discutir designamos a dos sujetos de corazón noble y responsabilidad absoluta. Ellos ya lo saben y son dichosos. Cayetana, también.
07
2008

Han pasado 11 días desde que María se fue a Argentina para recoger su visa de residente y, de pasadita, para ver -y que la vean- a su familia y a sus amigas. La idea me pareció buena, en un principio, debido a que se venían días difíciles en el trabajo. Además, consideraba que era justo, incluso necesario, que los seres que más la quieren puedan deleitarse con aquella hermosa panza. Sin embargo, es inevitable sentirme triste por su ausencia. Desayunar solo, almorzar en cualquier lugar, acostarme sin sus mimos...
La extraño y eso duele...
29
2008

No puedo empezar este post sin pedir las disculpas del caso por nuestra ausencia. Viajes, trabajo en exceso y algunos problemillas cibernéticos nos tuvieron lejos de este espacio, pero como dice el buen Nacho Vegas, “es hora de recapitular”. Estuvimos unos días por Lima, disfrutando de la familia y siendo partícipes del bautizo de Valentina, la hija de mi hermano, mi querida ahijada. Fue una ceremonia, para ser sinceros, horrible. Con esto no quiero ofender a nadie, menos al más fornido de mi familia. Nada de eso. Todos los asistentes, incluso la bebé que estaba más linda que nunca, expresaron su malestar por la tediosa, agotadora e insufrible evento sacramental: tres horas, tres, de discursos y poco emotividad, salvo el momento de las fotos y el agua bendita. Sentado en la primera fila y aguantando una tonelada de bostezos, retuve la huída en más de una oportunidad, en especial en esa media hora en que repitieron una y otra vez que los no bautizados van al infierno. María, más astuta, aprovechó la excusa de la panza para retirarse lenta, cual procesión. Yo, frente a la cruz, cuestionaba la dinámica del párroco y algunos peinados elaborados para la ocasión. Cuando pensaba más en el ají de gallina que había preparado mi madre que en el sermón del cura, llegó el final. Me persigne y me marché con la certeza de que mi hija será bautizada en una reunión sencilla, pero no por ello menos importante.
14
2008

Aún estoy congelado de la emoción. Los huesos me duelen y la sonrisa la siento tan exagerada como la de Jagger o Tyler: hace unos minutos me enteré que voy a ser papá de una niña. Como suele decir el siempre díscolo Petit, estoy más contento que perro con dos colas. No se imaginan lo que uno siente cuando por fin, después de una larga espera, le confirman que su bebé será él o ella. Me temblaban las piernas en el consultorio, pero no de frío, sino de felicidad. Se me partió el alma cuando el doctor Gutiérrez, muy efusivo él, nos dijo que sería mujercita. Tenía ganas de romper en llanto, pero por alguna extraña razón no brotaban los ríos de dicha y algarabía de mis ojos. Siempre me pasa lo mismo, lloro por dentro, como diría aquel filósofo popular llamado Chespirito. Igual, la sensación es una y puedo decirles, decirte Cayetana querida, ahora que ya tienes nombre, que es la más gratificante de las experiencias que me ha tocado vivir en estos 31 años. Te quiero por eso y muchas cosas más. Muchas más.
06
2008

El último disco de Metallica, “Death Magnetic”, retumba en la laptop como una sierra eléctrica. Podría destripar los intestinos de cualquiera, pero que a mí me relaja como si estuviera escuchando a un coro tibetano o música hecha por flautas japonesas. Estoy extasiado. Muevo los dedos de un lado a otro dibujando notas musicales y muevo la cabeza como perrito de taxi amarillo. Desde los ochenta que no escuchaba un disco tan decente de la que es, sin duda, mi banda favorita. Para completar el escenario perfecto faltaría un vaso de ron, tres hielos y quedarme pegado por horas frente a una pared salpicada de pósters de tipos melenudos, ateos y entumecidos de tanta droga que corre por sus venas. De joven era feliz con tan poco: también quería ser rockero, obvio. Ahora, mientras redactaba un informe y deliraba con la voz de un recuperado Hetfield y los pies menos estilizados de Ulrich (aunque sigue siendo un maestro) pensaba en mi querido bebé. Me preguntaba: “¿Cayetana o Joaquín puede tener problemas si lo hago escuchar la última descarga creativa de mis amigos?”. La sola proposición alteró a María, quien no dudó en negar tal posibilidad. Como a muchos no le gusta esa música. Punto final. Pude consultar por segunda vez, quizás proponer algo de Apocalyptica que hace memorables versiones instrumentales de Metallica, pero la verdad, y por el bien de esta armoniosa relación, decidí callarme. No es miedo, que va. No. Es solo que prefiero evitar conflictos. Por eso le dije que puede escuchar melodías animadas de ayer y hoy, dígase, música clásica o la descorazonada trova. Total, no me disgustan. Eso sí, quiera o no, al final, estoy seguro que tendrá su corazoncito de metalero. De eso me encargo yo.
26
2008

Por dogma de fe puedo decir que las leyes de Murphy se cumplen. No de vez en cuando. Se materializan siempre y en cualquier momento. A quien no le ha pasado que su tostada siempre caiga del lado de la mantequilla o que se viene aguantando las ganas de ir al baño porque espera una llamada y cuando ya no puede más y está en plena acción, justo, suena el teléfono o que el día que lavó el carro empezó a llover o que la calle por la que decidió cortar camino estaba cerrada. A todos les pasó. Lo sé. En un primer momento me imagino que pensaron que era el mundo el que estaba en su contra, que el universo estaba complotando contra Ud. Mentira. Murphy resume todo eso en pocas palabras: “si algo puede salir mal, saldrá mal…”. Se preguntarán porque aparece este tipo con nombre de cerveza, obra y gracia del escritor Arthur Bloch, en este blog. Bueno, hace una semana, a la salida del cine, nos topamos con este libro que registra, cual estatuto, hechos de la vida cotidiana de una embarazada. No es por exagerar, pero la verdad, en casi todos los enunciados tiene razón. Y en los que no, se aproxima bastante.
22
2008
Los días difíciles, al parecer, se alejaron. María, radiante y con menos malestares, nuevamente alegra la casa con su dulce compañía y esa preciosa panza que comienza a pedir permiso para crecer. No es que antes no lo hiciera. Jamás. Ella siempre ilumina el dulce hogar, más ahora que la primavera nos brinda mejores despertares. Lo que pasaba es que los nervios, la preocupación, nos tenían con cara de arquero goleado. Pero bueno, eso ya pasó y desde este espacio quiero agradecer a todos aquellos que se tomaron un tiempo para estampar sus experiencias. Mil gracias. No saben lo emocionante que es recibir tanta buena vibra de gente a la que conocemos tan solo de firma. Hoy pensaba en eso mientras observaba el primer regalo de Cayetana o Joaquín: un par de escarpines de algodón verde agua, sin temor a equivocarme, los más hermosos del mundo.
15
2008

Estamos preocupados. La excitación que sentíamos hace una semana se vio mermada de golpe: a María le vinieron unos dolores en la panza y tuvo un ligero, pero al fin perturbador, descenso. Algo marrón, baboso y del tamaño de una uña. Bueno, al menos eso es lo que vi. Quizás sea insignificante. Quizás no. Lo cierto es que estamos angustiados y no hacemos más que reflexionar y resguardar, cual guardaespaldas presidencial, cada movimiento de mi esposa. Me imagino que a muchos les pasó, que durante el proceso de embarazo más de uno pensó que lo perdía, que el mundo se le venía abajo, que la vida ya no tenía sentido. El doctor que nos sirve de guía –ya lo presentaré más adelante- nos mandó, por una semana, una dosis diaria de Progendo de 200 mg. Dice que lo tomemos con calma y que María se mantenga en reposo. Me pregunto: ¿Y a mí que me recetan para calmar estos nervios y poder concentrarme en mis actividades diarias? No me provoca hacer nada. Solo tengo ganas de aferrarme a esa pancita todo el día y pedirle, implorarle, que no se vaya.
09
2008

Anexo: Empatamos. Debo reconocer que tengo una esposa maravillosa que no me gritó el gol del 1 a 0 en la cara. En cambio, yo soy de lo peor: me desgarré la garganta y casi se me caen las lágrimas cuando Fano empujó la pelota en el segundo final. Es un empate, claro, pero cuando se logra de esa manera sabe a triunfo. No olvidemos que era Argentina y no Venezuela.
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Debo confesar una cosa: odio a mi esposa. No de siempre, claro está. Ella es lo mejor que me ha pasado, la compañera perfecta, mi gran amiga. Sin embargo, desde hace algunas horas, todo ese amor que pregono se convirtió en antipatía, en rabia. Y no es para menos. Todo comenzó la última tarde de domingo, allá en Huanchaco. Sol espectacular, paisaje maravilloso. La cháchara transcurría amable e incluso melosamente romántica hasta que se tocó el bendito tema: el partido de mañana entre Perú y Argentina. De un momento a otro, como el mismísimo doctor Banner de mi televisión de 14 pulgadas, me transformé en el Increíble Hulk. Un grito en silencio y la misma cara de idiota que suelo poner cuando no sé qué hacer. Gastaba mi ira apretando la arena. Ella, en cambio, incólume, siguió hablando de su pasión por la albiceleste aunque no daba por sentado de que ganarían ya que sabía que jugaba con fuego: “creo que ustedes pueden ganar porque están más necesitados”. Yo no la escuchaba, pese a que no me atacaba con la petulancia propia de los argentinos que hablan del deporte rey. Sin argumentos, pero con mucha fe, le respondí que en el fútbol no hay lógica, que son once contra once, que Maradona ya no juega, que Piero Alva es más que el Kun, que el cebiche y el pisco son insuperables, que como Chabuca, Vallejo y Ribeyro no hay dos -tampoco como Melcochita-, que tengo el orgullo de ser peruano y soy feliz…y no sé que otro vals. Ella se volteó y me estampó un dulce beso que calmó el huracán que brotaba de mis entrañas. No obstante, igual sentía que lo del miércoles no sería un partido más en la historia de ambos países. Sería nuestro partido. El mío.
04
2008

Foto: adamspupil
Hace muchos años soñé con Joaquín. Tenía los ojos achinados y la melena desordenada, como su padre. Vestía de azul. Recuerdo que se reía mucho y que correteaba por un jardín generosamente verde. Estaba rodeado de unos extraños juguetes multicolores y muchas pelotitas de las que hay en las pollerías. No existía candidata a madre en ese entonces, por eso estábamos él y yo. Éramos felices, al menos esa fue la sensación que me quedó cuando desperté. La mayor parte de aquel añorado día repetí el enternecedor videoclip en mi cabeza. Pensaba en lo bien que nos llevaríamos y en los viajes que haríamos y en tardes de domingo que compartiríamos. No lo bauticé, pero igual fui feliz llamándolo hijo. Con los años me olvidé de recordar aquel hermoso espejismo. Quizás porque no estaba preparado. No sé. Seis años después, he vuelto a pensar en él y en su sonrisa inagotable. María está segura que será varón. Yo, también. De ser así, se llamará Joaquín. No obstante, sí el destino nos depara una niña, ella llevará por nombre Cayetana.


