30
2009

Ayer jugaba con Cayetana y con ese enorme ejército de juguetes que reclutó desde antes de llegar al mundo. Sentada sobre mis piernas, mirándome, ella repasaba a toda esa tribu de objetos multicolores que quedaban expuestos para sus manos inexpertas y su mandíbula loca. Carne de cañón plastificada y de algodón. Desfilaron el perro silencioso, la muñequita Julita, la vaca Manchas, el pequeño Pony verde limón, el conejo que habla extraño, el maestro Shifu, el pelícano de pico pequeño, los tres desadaptados que no paran de saltar al ritmo de la cuna y esa ovejita que se parece a la Cayetana de los primeros días. También la llave mágica y el guante de cinco cabezas, mis favoritos. Para ella, también, aunque la verdad, la pequeña podría pasarse la tarde jugando con los diminutos y rechonchos dedos de su padre. Es dichosa con tan poco, la idea es pasarla bien y terminar empachados de alegría. Al verla reír, patalear, gritar me siento vulnerable y me reconozco frágil. Peor aún cada vez que me enseña esas preciosas encías: es difícil expresar lo que se genera en el interior, pero cada vez que me regala una carcajada tengo que desenredar, entre lagrimones, un enorme nudo que aprisiona al corazón con la garganta y el estómago. Me pregunto si sentirá en cada abrazo exagerado lo mucho que significa para nosotros. Me imagino que sí… se le ve feliz.
16
2009

Se viene el Día del Padre, el primero que muchos pasaremos. Como varios, considero que es una fecha significativa en la que seguramente la esposa y los hijos de cada uno harán hasta lo imposible para reventarle el pecho de orgullo. Sin embargo, y aprovechando la proximidad al tercer domingo de junio, quiero sentar mi queja en representación de ese grupo social que ahora integro: siempre a la mamá se le celebra más que al papá. Sí, y no digan que no…
¡Shhhhhhhhhh! ¡Silencio! ¡Es verdad!
Prosigo y sustento. Si recapitulamos un poco se darán cuenta que salvo extrañas ocasiones (algún incidente jocoso o lamentablemente que recordar) siempre el domingo de mayo pesa más que el de junio. Desde que tengo uso de razón se planifica con más entusiasmo y anticipación toda la parafernalia propia del evento dedicado a la madre. En las actuaciones escolares yo solía bailar salsa, merengue, rap y hasta cantar valses para mala suerte de los presentes. Todo por mamá. No es que me gustara (al final admito de tanta coreografía quería ser Menudo), lo que pasaba era que no podía decir que no. Me trabajaban al sentimiento con aquello de que era dedicado al ser que más queríamos (y queremos) en esta vida. En cambio, a papá no le preparaban tanto shoooooow porque, entre otras cosas, se le complicaba escaparse del trabajo y en mi caso específico, porque las maestras, me imagino, pensaban que siendo padres militares no era conveniente que los pequeños salgan con camisas poco varoniles bailando “Conga”. Mi papá fue a más de una de las vergonzosas intervenciones que tuve cuando era flaco y pecoso. Él sabe, y no me dejará mentir, que también bailé en su honor y que le regalé tantas tarjetas y portalapiceros de palitos de helado como los que recibió mi mami. Desde mi humilde posición luche para que ese desequilibrio emocional se empareje. Espero que ambos lo hayan sentido así.
02
2009

Cayetana está resfriada. Bueno, al menos eso creo. Mi adorada esposa, tras escuchar mis exagerados diagnósticos, no tiene mejor idea que encasillarme como un adicto a las enfermedades, es decir, un hipocondríaco elevado a la décima potencia. Puede que sea verdad, pero también es cierto que la pequeña anda con unos soberanos mocos que por las noches no la dejan dormir. Más allá de eso, mi querida porcina con gripe (como su padre) está hermosa y risueña, digna de ser devorada a besos. Es muy graciosa y lo mejor de todo es que no llora, simplemente se queja. Si tiene hambre exige que le den teta, pero nada de llantos. La otra noche pensaba: “esta niña es muy orgullosa, quizás por eso no quiere suplicar como lo hacen sus otros amiguitos”. De todo se ríe y su momento especial, ese en el que lanza carcajadas con gritito incluido, es cuando la bañamos. No se imaginan la felicidad de la nena cada vez que escucha que la tina azul se está llenando. Se emociona y con ella nosotros. Ya en el agua, chapotea a lo loco y nos empotra esa mirada que dice: “Esto es vida, yujuuuuu”. Tal era la exaltación de nuestra sirenita que decidimos, previa consulta médica, llevarla a sus primeras clases de natación. Sin lugar a dudas, una experiencia refrescante.
13
2009

El último fin de semana pasamos juntos nuestro primer Día de la Madre (así, con mayúsculas porque se lo merecen, todas). La pasamos muy bien, en un lugar campestre con cancha de fulbito de césped natural, con sapitos, puente artificial para las fotos del recuerdo, columpios y muchos platos típicos de la región como para castigar a aquellos que luchamos por mantenernos menos gordos. Acompañados de nuestros queridos amigos Mónica, Ivonne, Irwin y Julio, además de los pequeños Gabriel, Kiara y Cayetana, pasamos una tarde encantadora. Sin embargo, pese a que fueron horas de felicidad las que compartimos bajo el sol no tan generoso de Moche, recordaremos nuestro primer segundo domingo de mayo, aquel en el que María hizo su debut como mamá (con regalos incluidos), por otros factores. He aquí un recuento de lo que fue, quizás, uno de los fines de semana más bonitos y sufridos de nuestra corta, pero no por ello menos importante, historia familiar.
29
2009

Una de las cosas que más me fastidian ahora que soy padre es que cualquier personaje, sin necesidad de pedir permiso o siquiera avisar, se acerque a Cayetana y le meta la mano. ¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhh!!! No quiero parecer malhumorado o antisocial, incluso un idiota a la máxima potencia, pero es que no soporto a los irrespetuosos que se lanzan desesperados, con centenares de virus entre los dedos, cada vez que ven aparecer un coche con olor a mamadera. Yo sé que seguro lo hacen sin malas intenciones, que se sienten vulnerables (quizás, motivados) ante la presencia de una criatura tan angelical. Al menos eso presumo. Sin embargo, considero que no es dable que esos sujetos con cara de payasos desempleados estiren sus extremidades para estampar sus huellas digitales sobre los robustos cachetes de mi pequeña. Lo peor de todo, y de eso puede dar fe mi querida María, es que no digo nada cada vez que sucede un incidente de dicha naturaleza. No es por cobardía ni por cortesía. No. Sencillamente no lo hago porque muy en el fondo me reconozco en cada uno de esos tipos, y no precisamente por mi exacerbado buen humor. Por el contrario, hasta hace unos meses era de esa raza de animales que a la distancia identificaba a los bebes antipáticos y los aniquilaba con la mirada. Era, en efecto, un potencial transmisor del mal de ojo.
14
2009

Puede que aún cometa infinidad de errores en este nuevo oficio de ser padre, pero sin duda, estoy esforzándome al máximo para ser el mejor papi de mi barrio y quizás, de Trujillo. Una muestra de ello son mis avances teóricos y prácticos en el arte de cambiar pañales. Ahora me parece sencillo esto de abrir, limpiar, sacar, poner. Literalmente, cosas de niños gracias a la ayuda de mis maestras Miyagi, Marcela (mi suegra) y María. Sin embargo, cuando me enfrenté a esos paquetes disfrazados con la cara del abominable oso de las caricaturas (Winnie the Pooh) no sabía por dónde empezar. Es más, estuve a punto de entablar una demanda contra la empresa que los fabrica porque no encontraba por ningún lado el manual de instrucciones. Sobreviví a la primera experiencia, a la segunda y a la tercera. El resto se dio de manera natural, aunque a veces los nervios me traicionan y acabo por pedir auxilio. Y no precisamente para salvaguardar la salud de la niña.
31
2009

Debo confesar que nunca antes había celebrado un pedo. Nunca. Ni siquiera aquellos que obligaban a evacuar el salón de clase en pleno examen o los que se tiraba el más jijuna cuando íbamos apretados en el auto de turno. Jamás. Sin embargo, desde hace algunos días, me he vuelto hincha acérrimo de los gases de mi pequeña Cayetana. Así como lo leen, festejo sus emanaciones como si se tratase de una fiesta patronal, con fuegos artificiales de por medio. La algarabía es compartida, ya que a la par del agasajo pro flatulencias que le hacemos su madre, su abuela y yo, también está la dicha que tiene ella por expulsar ese vaho que la tiene indispuesta. No saben la enorme sonrisa desdentada que nos regala cada vez que se sopla o descarga sobre ese pañal con la cara de Winnie The Pooh. Es genial y corremos de un lado a otro para ver su expresión de satisfacción. Eso, hoy por hoy, me hace feliz, tanto o más que la zurrada que le tira encima mi hija a ese descontextualizado animal, emocionalmente inestable, que confirma aquello que comentábamos de niños con mis correligionarios de barrio: el osito es una cagada.
17
2009

Perdido en esos ojos aún grises y diminutos, recapitulo los últimos días de felicidad y algarabía. Estamos Cayetana y yo, frente a frente, examinándonos. Nadie nos observa Ella levanta su mano y estira las piernas como desperezándose. Una chiripiolca, como decimos en casa. Mientras se contrae y bosteza, la miro y confirmo aquella teoría de que el amor a primera vista existe. Me pasó con su madre y ahora con ella. Es hermosa y lo sabe. Por eso me coquetea y me regala simulacros de sonrisas que hacen que mis pupilas brillen, como las pistas en noches de lluvia. Le doy un beso y ni se inmuta. Ya llegará el día en que se muera si es que no la apachurro. Por ahora sigue en lo suyo, reconociendo el mundo más allá de la placenta. Le digo te amo y me extiendo a su costado, dejándome abrazar el dedo meñique. Somos felices.
08
2009

Señores y señoras y señoritas aún, les presento a Cayetana Guerrero de Luna Sánchez, la niña más hermosa que conozco, quien nació el sábado 7 de marzo a las 11:25:10 a.m., pesando 3,150 kilogramos y midiendo 49.5 centímetros, lo que hace presagiar que será robusta y alta como su padre, y preciosa como la madre.
Disculpen si soy breve y no escribo algunas líneas más, pero es que acabamos de llegar de la clínica y Cayetana no para de llorar: eso fue lo primero que aprendió a hacer, y parece que es muy inteligente porque lo hace a las mil maravillas.
En las próximas horas les cuento todos los detalles y espero armar un video con lo acontecido aquella inolvidable mañana de sábado. Ahora me despido y me voy a contemplar a esa niña que me convirtió en el hombre más feliz del mundo. El más feliz.
Besos de María y Cayetana para cada uno de ustedes, queridos amigos. Gracias por todo su apoyo, consejos y demás. De corazón, gracias.
Ahora sí, me voy...
Se les quiere.
03
2009

Sentado en la parte de atrás de un bus que no merece respeto, en medio de olores indescifrables, algunos deliciosamente exóticos (quizás cuy picante o salsa de cebollas sobre lechón al horno) y con una vista en varias tonalidades de negro de la sierra liberteña, pensaba en estos últimos días de embarazados y en lo mucho que voy a extrañar a la panza. Lo sé, lo que va a adentro de esa hermosa barriga me convertirá en el hombre más feliz del mundo, pero igual me pone nostálgico pensar que aquella esfera que vimos crecer y que engreímos y que embadurnamos con cremas y besos y que llevamos a la playa y a conciertos y a Argentina y a la que le hablamos de la vida y demás, ya no estará. Uno se acostumbra a ella y a todos esos cambios que produjo, que van desde momentos muchos más emotivos viendo reportajes insulsos, pasando por paranoias y discusiones exacerbadas por temas que en dos minutos ya no tienen valor, hasta el hambre voraz que ambos (más yo, claro que sí) empezamos a sentir y que ahora se refleja en 15 kilos más de puro amor. Quizás eran esos aromas indefinidos los que me hicieron repetir una y otra vez que no sería mala idea volver… una frenada en seco, al borde de un abismo, me alertó que lo mejor no era divagar sino disfrutar de cada momento. Del otro tema, pensé, se hablará después. Esa es historia para otro blog.


