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   <title>Viajeros y Vagamundos</title>
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   <updated>2008-05-30T22:34:22Z</updated>
   <subtitle>
Jorge Riveros Cayo (Lima, 1969), nació en el séptimo piso del Hospital del Empleado hace 39 años. Transcurrió su infancia en Canadá y sus años universitarios más memorables en Chile. De chico soñó con ser arqueólogo, pero el amor platónico por la hija de su maestro de música en el colegio lo empujó a aprender a tocar el corno francés. Ya en Chile, y en plena transición de la dictadura a la democracia, dejó la música para descubrir que a través del periodismo encontraría su forma ideal de vivir y abordar el mundo. Desde su retorno, en 1992, ha viajado intensamente a lo largo y ancho del país, realizando además algunos periplos memorables fuera del Perú. En 2003 ganó el Premio Reportaje sobre Biodiversidad, otorgado por Conservación Internacional, la Federación Internacional de Periodistas Ambientales y el Centro Internacional para Periodistas, por un artículo publicado en la revista Somos, sobre el potencial económico de la observación de aves en el Perú. Ha escrito para el desaparecido diario El Mundo y publicaciones regionales como Gatopardo, Travesías, Américas, Viajeros, Arkinka, IN y el National Geographic Traveler. Entre 2006 y 2007 integró el equipo editorial para elaborar una guía de viajes sobre Perú que será publicada en 2008 por la editorial inglesa Dorling Kindersley. En el presente año ha sido convocado por el Centro de Destinos Sostenibles de la National Geographic Society para conformar el equipo que elabora un mapa guía de geoturismo del Valle Sagrado en Cusco.</subtitle>
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   <title>Cusco Bizarro (II)</title>
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   <published>2008-04-25T01:30:51Z</published>
   <updated>2008-05-30T22:34:22Z</updated>
   
   <summary> Diseño de Carátula: Xabier Díaz de Cerio Esta guía alternativa ya está a la venta tanto en Lima como en la Ciudad Imperial Regreso a Cusco por motivos de trabajo. Coincide con el hecho de que quiero escribir una...</summary>
   <author>
      <name>Jorge Riveros</name>
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      <![CDATA[<img alt="IMG_1000 Cusco Bizarro [carátula].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_1000%20Cusco%20Bizarro%20%5Bcar%C3%A1tula%5D.jpg" width="400" height="316"/>
<strong>Diseño de Carátula: Xabier Díaz de Cerio</strong>

<strong><big>Esta guía alternativa ya está a la venta 
tanto en Lima como en la Ciudad Imperial</big></strong>

Regreso a Cusco por motivos de trabajo. Coincide con el hecho de que quiero escribir una segunda entrega en torno al libro de María Luisa del Río sobre ese Cusco misterioso y desconocido para la inmensa mayoría de peruanos. Recorro las calles del Centro Histórico y hago una encuesta al paso sobre esta guía desopilante que llama la atención por su diseño y propuesta gráfica. Al hojear el libro, muchos cusqueños se divierten a carcajadas al encontrar potos, llamas gigantes, momias, locos lindos, maestros de la genialidad y lugares insólitos que ni ellos conocen o han oido hablar, en vez de las típicas ruinas, los circuitos y la insoportable seriedad y afán de precisión de las aburridas guías convencionales. Ciertos ciudadanos, más circunspectos y con aire de pomposidad, auscultan la guía en silencio, me observan como si fuera un marciano y braman ofendidos: ¿quién se atreve a hacer sorna de la Ciudad Imperial? ¿acaso nuestra cultura es motivo de burla y banalidad? ¿qué saben los limeños del Cusco? Yo no sé qué responder, pero pienso que a esta gente le falta cierto sentido del humor. Felizmente no todos los cusqueños son así. Las nuevas generaciones se van despercudiendo de esa solemnidad cojuda que se traduce en oponerse violentamente a casi todo lo que no sea o no nazca en el ombligo del mundo. Entonces recuerdo una gran cita del escritor y lingüista cusqueño, Luis Nieto Degregori, que interpreta este proceso de manera muy aguda y certera: "Mi relación con el Cusco es la de una persona que admira la belleza de esa ciudad... La que es difícil es mi relación con la sociedad cusqueña, bastante tradicional, muy cerrada aún al mundo exterior... El cusqueño de clase media, todavía muy tradicional, se siente agredido por la llegada de estos cientos de miles de visitantes que traen costumbres nuevas, otras maneras de ver el mundo, otras formas de relación entre el hombre y la mujer.” No podría estar más de acuerdo.
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      <![CDATA[
<big><strong>El Huacatay: como en tu casa, pero más rico</strong></big>

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<strong>Foto: Iñigo Maneiro</strong>

"El Huacatay tiene algo familiar muy relajante. Es la casa de Pío e Iris, pero lo doméstico no interfiere con lo profesional, solo lo adorna. En el jardín sus niños juegan con una preciosa bicicleta de madera que les compraron en Alemania. Hay un gato siamés que siempre está observando al cocinero desde un ángulo muy respetuoso, y un perro chino muy buena gente que se llama Pelo.

Pío y su cocinero inseparable, que se llama Eduardo pero le dicen el Mostro, se la pasan horas imaginándose cómo quedaría esta hierba al lado de esta carne, o esta pasta rellena de esta salsa, o cómo hacer ñoquis con coca en lugar de usar papa. Al comienzo trataban de usar la hoja de coca sin transformarla, pero se dieron cuenta de que se les dormía la lengua (cosa que les dio mucha risa), que se hacían más resistentes al alcohol y acreedores de una energía extra, y pensaron que eso no era lo mejor para el viajero, sobre todo lo de la lengua. Entonces crearon, ya con harina de coca, los mejores ñoquis que he comido, creo yo. <strong>Son unos ñoquis verdes que llegan a tu mesa entreverados con una especie de lomito saltado con pimientos y cashew, con una salsa bien líquida y tibia parecida a la del seco</strong>. Yo no me canso de recomendarlo.”

<u><strong>Restaurante El Huacatay</strong></u>
Jirón Arica 620, Urubamba; teléfono: (084) 20 17 90
Abierto de lunes a sábado, 2 - 10 p.m.
<a href="http://elhuacatay.com/">http://elhuacatay.com</a>


<big><strong>La galería de los potos</strong></big>

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<strong>Foto: María Luisa del Río</strong>

“Cuando llegué a este lugar, la noche del 13 de setiembre de 2007, pensé que era la fiesta voyerista más desinhibida de toda la historia del arte cusqueño. Ocurrió en el departamento del artista plástico Braddy Romero, paredes llenas de obras de arte y fotografías. Braddy, pintor de rasgos orientales, y Einar Jiménez, fotógrafo, montaron una exposición-venta donde los cuadros fueron los de menos. Todo el mundo miraba, fotografiaba y casi tocaba los potos de unas modelos argentinas guapas, contratadas para desfilar en el evento. Yo llegué a este lugar porque, en pleno invierno, encontré por las calles de Cusco unos afiches donde decía “Bikini Fashion Week”, salía una rubia de espaldas en hilo dental, y debajo ponían una lista de los eventos en el Top Coffee, en el bar Pepe Zeta y en la discoteca Caos, para los que había que pagar, y una fiesta VIP, para la que había que mandar un mail diciendo quién era uno. Les escribí y me llegó una respuesta de Braddy, invitándome a la inauguración de la galería de arte Manzana Verde en Wanchaq. <strong>Una vez ahí, ya lo he dicho, desfilaron delante de mí y de decenas de hombres, potos y más potos de varias modelos argentinas y una ecuatoriana que se cambiaban en un baño decorado como camerino de desfiles e iban saliendo, sacando el poto, posando. Obviamente nadie miraba los cuadros, ni yo</strong>.”

<u><strong>Galería Manzana Verde</strong></u>
Huayna Cápac 184, Wanchaq
Carmen Alto 202, San Blas
<a href="http://www.manzanaverde.net">www.manzanaverde.net</a>


<strong><big>En Lucre las máquina mueren de pie</big></strong>

<img alt="IMG_2200 [Fábrica_Lucre_MLR].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_2200%20%5BF%C3%A1brica_Lucre_MLR%5D.jpg" width="400" height="306"/>
<strong>Foto: María Luisa del Río</strong>

“Al sur de Cusco habían grandes haciendas en el siglo XIX. En esos tiempos, Francisco Garmendia, el dueño de la hacienda Lucre, se casó con la hija de otro hacendado llamado Antonio Nadal. Así, sus propiedades aumentaron, los señores se hicieron más ricos, y en 1850 los esposos Garmendia Nadal se fueron de viaje a Europa acompañados de su hija. Se pasearon por Suiza, Italia, Francia y España, y vieron tantas cosas bonitas que se les antojó poner una fábrica de textiles de Lucre, de modo que aprovecharon su viaje para comprar máquinas de coser industriales francesas.

La maquinaria para la fábrica fue traída en velero desde Francia, llegando el cargamento al puerto de Islay (Arequipa) en 1860. Eran 250 toneladas de máquinas. Desde Islay las llevaron hasta Lucre con peones y 500 mulas, atravesando cuestas y quebradas de Puno y Arequipa. Cholos cusqueños y lonccos<strong>(1)</strong> arequipeños recorrieron 800 kilómetros desde Islay durante dos meses. La fábrica se inauguró el 14 de setiembre de 1861 y producía frazadas, telas, bayetas y todo lo que se fabrica en las textilerías. Durante la administración Garmendia Nadal se produjo la guerra con Chile y esta fábrica era la que proveía de telas y paños para los uniformes de los ejércitos peruano y chileno. La fábrica se convirtió en la primera potencia exportadora de tejidos de Sudamérica, alcanzó su apogeo durante la primera mitad del siglo XX, y dio trabajo a 300 familia en Lucre. Ese pueblo creció y tuvo luz eléctrica gracias a ella. Pero en 1970, con la reforma agraria, las haciendas fueron repartidas a los campesinos, la fábrica se declaró en quiebra y pasó a manos de los trabajadores cooperativistas.

<strong>La fábrica, que sigue ahí con todas su máquinas, conserva todavía los hilos de colores que cuelgan de las agujas, como si estuvieran listas para revivir, esperando solo que alguien baje una llave y se haga, por fin, la luz. Hay algo mágico en medio de toda esta locura</strong>.”

<strong>(1)</strong> Término que se usa para referirse al chacarero o campesino arequipeño. [Nota del blogger].

<u><strong>Fábrica de Tejidos Lucre</strong></u>
Calle Francisco Garmendia s/n, Lucre, Quispicanchi
Preguntar por Miguel Ángel Velarde.
Teléfonos: (084) 984 792 794 / 984 737 746
E-mail: trinidadresorthotel@yahoo.es

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María Luisa relata: "Mi manera de trabajar fue esta: ir y venir de Urubamba a Cusco, caminar por sus calles empedradas, pasar algunas noches en la ciudad conociendo bares y discotecas, quedarme en algún hostal y desayunar en un café, mirar la ciudad de día y volver a la tranquilidad del valle, a mi familia, a escribir, a seguir paseando con mis anotaciones de notas y una cámara digital.

Algunos domingos visitaba con mi esposo y mi niña el Valle Sur, que es el que está camino a Puno, a 30 minutos de Cusco y a una hora de Urubamba. El sur tiene unas atracciones alucinantes y, aunque está preparado para todo, aún le falta infraestrcutura hotelera. Igual, vayan: no seamos ingreídos.

Mientras viví entre Cusco y Urubamba me reí mucho, vi fiestas patronales preciosas y también nostálgicas y paganas, comí como una reina. El Valle Sagrado me llevó por todas las esferas del conocimiento: por la espiritualidad, por la histórica, por la patrimonial, por la política, por la personal, por la sensorial, por la física. Hice de todo lo que me provocó, caminé y monté bicicleta por sus montañas, tomé chicha de jora y ayahuasca, bailé, paseé mucho con mi niña y con mi esposo, conocí más a la gente de los Andes, intensa. reservada, con una estética muy colorida: he vivido al lado del mar y en medio de la selva, y sigo pensando que nadie en el Perú mezcla los colores con tanta osadía y elegancia como los serranos, gente linda."

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<big><strong>Fetito milagroso</strong></big>

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<strong>Foto: Sengo Pérez</strong>

“Cuando llego a este lugar, en setiembre de 2007, me hacen pasar con solo tocar la puerta y me conducen a una capilla de unos 20 metros cuadrados dentro de la casa de la familia Letona. Uno puede comprar cuatro velas por un sol y ponérselas al niño, que mide unos 50 centímetros y está parado dentro de una urna. Dependiendo de lo que pidas, escoges el color de tu vela: rojo para amor, blanco para salud, amarillo para plata, verde para trabajo, azul para estudio, rosado para triunfo, morado para milagro, anaranjado para felicidad, negro para justicia. <em><strong>Justicia</em> es la palabra más sutil del mundo, ustedes deciden</strong>.

El niño tiene un vestido de terciopelo azul con bordados dorados, un pelo largo de rulos castaños y un cráneo del tamaño de una pelota de tenis que parece una cabeza reducida por los jíbaros. La indumentaria ha sido donada por Katty Huamán, esposa e hijos. Sus dientes, o los que le han puesto, son muy blancos.

Hoy es un miércoles cualquiera de agosto, por la tarde, somos nueve personas, 60 velas, la mayoría blancas. Los martes y viernes abundan las negras.” 

<u><strong>Niño compadrito</strong></u>
Tambo de Montero 182, Cusco
Todas las tardes.


<big><strong>Tus ojos nunca mentirán</strong></big>

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<strong>Foto: María Luisa del Río</strong>

"Yo mataba el aburrimiento con una cámara digital. Tú tocabas con mucha gracia una enorme arpa de madera con la que has aprendido a bailar. Yo te pregunté si te podía fotografiar. Tú asentiste con una sonrisa, te acomodaste y colocaste tus manos con suavidad sobre las cuerdas.

Ahora tengo una foto tuya que nunca podrás ver. Pero voy a buscarte, te la voy a regalar y te voy a convencer de usarla para el próximo CD que les vendas a los turistas con tu música, con tu gracia, con tu nombre: <strong>Félix Luna, natural de Ollantaytambo, arpista ciego de 25 años</strong>. Cómo explicarles que la música es tuya pero que crees que se va a vender mejor si el que sale en la carátula es tu primo porque él no es ciego, cómo explicarte que tienes una sonrisa preciosa y que hay un brillo hermoso en tu mirada."

<u><strong>Félix Luna, arpista</strong></u>
Hotel Casa Andina Private Collection - Valle Sagrado
5to paradero, Yanahuara, Urubamba
Teléfonos: (084) 984 765 501 / 984 765 502
<a href="http://www.casa-andina.com">www.casa-andina.com</a>


<big><strong>La vuelta al mundo en un sidecar</strong></big>

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<strong>Foto: María Luisa del Río</strong>

"El viernes 29 de junio de 2007 se celebraba el Ollantayraymi en Ollantaytambo, una versión alternativa al Inti Raymi de Cusco, que consiste en la puesta en escena de la obra teatral 'Ollanta' en las ruinas, bajo un sol asesino. Al regreso, en la puerta de un taller de reparación de llantas, encontramos a un hombre de 60 años sobre un sidecar blanco, con una gran sonrisa, y unos lentes rojos, redondos y geniales. No pude evitar bajar del auto y pedirle que posara para una foto y él, que hablaba castellano, inglés y francés, me pidió que lo ayudara a buscar un lugar en Lima dónde dejar su moto por unos días porque enía que viajar urgentemente a Nueva York al entierro de un familiar.

Lo dijo sin ponerse dramático. Me dio su tarjeta para que le avisara si es que encontraba algo, y nos despedimos. Esa misma tarde, apenas pude, entré a su página web y descurbí a un personaje entrañable. Hubert Kriegel está haceindo un viaje que empezó el 2005 en Nueva York y que durará 10 años. <strong>Ha recorrido, en todo tipo de motos, Sudamérica, Japón, China, Vietnam, Indonesia, el Mar Rojo, todo Estados Unidos, toda Europa, y lo esperan el Círculo Ártico, Rusia y así hasta el fin del mundo</strong>."

<u><strong>Hubert Kriegel</strong></u>
<a href="http://www.thetimelessride.com">www.thetimelessride.com</a>]]>
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   <title>Cusco Bizarro (I)</title>
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   <published>2008-04-14T20:41:03Z</published>
   <updated>2008-05-30T22:34:02Z</updated>
   
   <summary> Foto: Iñigo Maneiro Una mirada al ombligo del mundo desde el ángulo perspicaz de una viajera y vagamundos A María Luisa la veo cómodamente sentada en el suelo, apoyada sobre una pared de su oficina mientras empieza a relatarme...</summary>
   <author>
      <name>Jorge Riveros</name>
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   </author>
   
   
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      <![CDATA[<img alt="IMG_2009 [Retrato de María Luisa_IM].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_2009%20%5BRetrato%20de%20Mar%C3%ADa%20Luisa_IM%5D.jpg" width="400" height="306"/>
<strong>Foto: Iñigo Maneiro</strong>

<strong><big>Una mirada al ombligo del mundo
desde el ángulo perspicaz de una viajera y vagamundos</big></strong>

A María Luisa la veo cómodamente sentada en el suelo, apoyada sobre una pared de su oficina mientras empieza a relatarme cuándo empezó a viajar, a dónde y porqué. Entiéndase por oficina una habitación situada en el segundo piso de su casa que está en pleno corazón de Miraflores, donde tiene su PC, sus libros, sus papeles y su espacio para poder pensar y escribir. Vivir en una casa en este distrito tan turístico y comercial es toda una rareza. Algo bizarro. O un privilegio. Porque las casas que describe Mario Vargas Llosa en casi todos los libros en los que alude a su niñez y su juventud en Miraflores, ya no existen. Ahora solo se alzan edificios de concreto armado, altos, lujosos, en medio de la neblina tan usual, entre junio y setiembre, frente al mar. En esta casa que aún se resiste a ser demolida, María Luisa vive con Iñigo y Nua, su esposo y su hija, respectivamente. Tienen un perro muy simpático y chiquito llamado Félix. “Nos lo vendieron en 30 dólares diciendo que era un Fox Terrier, pero está cruzado con algo que no sabemos qué raza es. Nos encantaría saber, pero a veces sospecho que con Bull Terrier”. María Luisa del Río es periodista, narradora, madre, viajera y autora del blog <a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/pequenodetalle">Pequeño Detalle</a>. También ha escrito “Cusco Bizarro” un libro que hurga en lo fantástico, huachafo, maravilloso, secreto y milenario de la Ciudad Imperial, sus personajes y sus alrededores. Esta guía alternativa, que yo auguro será un indiscutible éxito editorial, está dirigida al viajero acucioso y sensible, que busca una mirada más íntima que la de una foto cliché, o la información que ofrecen las odiosas y banales guías Lonely Planet. A continuación, les presento la primera parte de una selección de historias del libro, “unas más bizarras que otras”. Disfrútenlas. Pero sobretodo, compren el libro.

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      <![CDATA[
<strong><big>Aquel néctar divino</big></strong>

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<strong>Foto: María Luisa del Río</strong>

“En uno de los lienzos enormes del claustro del convento de La Merced, el pintor indigenista cusqueño Ignacio Chacón ha creado una historia maravillosa, una escena que podría servir de símbolo para todas la religiones. Es un momento de la vida de San Pedro Nolasco. A este hombre flaco y de barba se le aparece la Virgen, de blanco, con el niño Jesús en los brazos, quien lo invita a compartir con él la leche de su madre. <strong>Es un dibujo de la Virgen con el niño chupándole una teta y el santo la otra.</strong> Lo siento tierno y erótico a la vez, sensaciones que rara vez se me juntan.”

<u><strong>Iglesia de La Merced</strong></u>
Jirón Mantas 121; teléfono: (084) 23 18 21
Entrada general: S/.3
Abierto de lunes a sábado, 8 a.m. - 12:15 p.m.; 2 - 5:15 p.m.


<strong><big>La feria de Huancaro: te llama la llama</big></strong>

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<strong>Foto: María Luisa del Río</strong>

“Alfonso Huamán, de Urcos, luce orgulloso (y un poco aburrido también) sus cuyes de 35 soles, 'con forma de calabacita, bonitos'.

William Tupo es el dueño del cuy más grande de Huancaro, del Perú, del mundo. El suyo pesa casi tres kilos y, cuando le aplico el <em>zoom</em> a la cámara, parece cruzado con león. Qué cosa más gorda. <strong>Se ha ganado más de 10 premios y parece que se los hubiera tragado todos.</strong>

La llama más grande del mundo no sonríe cuando posa junto al niño gordo y vestido de vaquero que me ha pedido un sol por retratarlo con esta auquénida campeona que se ha ganado un premio por su gran tamaño, fruto de no haberse preñado antes de los dos años. El niño gordo tampoco sonríe.

Entre todas las posibilidades de cuyes y chicharrones, hoy nos hemos animado por una pachamanca. La feria de Huancaro de este año tiene 87 puestos de comida. También se venden yogures artesanales que no saben a chicle, quesos, licores y helados. Vienen unos pocos turistas y varios miles de cusqueños.”

<u><strong>Feria Anual de Huancaro</strong></u>
Campo Ferial Huancaro, a 10 minutos en taxi (s S/.2.50) desde el Centro de Cusco; 
La feria se lleva a cabo del 21 de junio al 2 de julio.
Entrada general: S/.3; cuando hay espectáculos: S/.8.


<big><strong>La oferta orgánica del Greens</strong></big>

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<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

“Además de la generosidad de darle de comer a uno cosas que han sido criadas con amor, me gustan sus pisos de madera, su balcón, sus mesas cuadradas, los ponchos hechos a mano con tintes naturales que se exponen en sus paredes, que cuestan entre 800 y 1,500 dólares, y que tardan un mes en tejerse.

Su comida es una fusión de novoandina con criolla y tailandesa o india, creo. El chef es Raúl Natividad, un limeño que está contento en Cusco pero tiene ganas de irse a Italia. Probablemente ya esté allá. <strong>Los platos son generosos, no te sirven como si fueras un gatito con la excusa de que es más saludable.</strong>"

<u><strong>Greens</strong></u>
Santa Catalina Angosta 135, segundo piso; teléfono: (084) 24 33 79
Abierto de lunes a domingo, 11 a.m. – 11 p.m.
E-mail: greens@cuscorestaurants.com; <a href="http://www.cuscorestaurants.com/greens.htm">www.cuscorestaurants.com/greens.htm</a>


<big><strong>Mullu, arte sobre la mesa</strong></big>

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<strong>Foto: María Luisa del Río</strong>

“Tienen una línea temática para los polos, una realidad peruana moderna y pop, muy <em>cool</em> y directa, con insultos en quechua y con estampados que emulan a los boletos de las combis limeñas. Sus joyas se hacen con plata y piedras naturales de todos los colores posibles. En sus paredes siempre hay artes, cosas de Eugenia, una artista limeña joven con harto color y fuerza. El local de Pisac, además, tiene un restaurante con una sala de proyección de videos en la parte baja y una suerte de mesas bajas en el segundo piso, con vista al mercado de Pisac, arte en las paredes y más arte en los platos. <strong>Su crema de zapallo o su anticucho de alpaca no se parecen a nada que yo haya comido en otro lugar.</strong> Los polos, las joyas y todo este arte a la carta, son obra de Josip Orlovac y su novia, Eugenia Werner.”

<u><strong>Mullu Ethno Art</strong></u>
Calle Triunfo 120, Cusco
Mariscal Castilla 375, Pisac
Plaza de Armas 352, Pisac
<a href="http://www.mullu.com.pe">www.mullu.com.pe</a>

<div style="text-align: center;">*******</div>

“Escribí este libro de mayo a noviembre de 2007. Mi familia y yo acabábamos de llegar a vivir al Valle Sagrado de los Incas, un poco por trabajo y otro por huir del invierno limeño. En ese momento, cuando no le pedía más a la vida que un poco de sol y aire puro, recibí un correo electrónico de Mayte Mujica (editora de Santillana), que decía cosas tan bonitas como:

<em>Una guía de Cusco a tu manera, un libro de viajes, con tu onda. Por lo que he leído, sospecho que te vienen mejor los textos cortos, concentrados. Sería ideal. Un libro muy personal, sin omitir los datos necesarios para el viajero. Con fotos, ¿no? Bueno, ya hablaríamos de todo esto luego. No sé si me equivoque, ya me dirás qué piensas, pero en tu caso imagino más una guía cercana al cuaderno de viajes, con tu mirada y tu experiencia. Piensa en lugares, personajes (célebres y anónimos), fiestas, comidas, hospedajes, hoteles, rutas. En todo lo que llame tu atención. No hay límite. Ojalá te provoque.</em>

Palabras a las que respondí a toda velocidad que sí, que me encantaba la idea, que gracias por pensar en mí. Yo, que ya estaba fascinada en Urubamba, a 45 minutos de Cusco gracias a una buena carretera, me puse aun más feliz. Y lo fui cada día más, escribiendo esta guía bizarra del ombligo del mundo, descubriendo este lugar que, generosísimo, recibe a gente muy distinta de todas partes, con sus negocios, su mística y sus religiones, sus paisajes apacibles y su desenfreno, sus turistas adinerados y sus mochileros, su identidad quechua inquebrantable, una ciudad amable como ninguna, alegre y promiscua, donde la convivencia entre tantas cosas distintas da como resultado una sorprendente armonía.

<strong>Lo que vas a encontrar en este libro, que no es una guía oficial, son experiencias, pequeñas historias que viví, a veces sola, a veces con amigos y otras en familia.</strong> Relatos de los lugares, palacios, bares, eventos, restaurantes, chamanes, gringos, limeños y europeos establecidos, enamorados del ombligo, de su propio ombligo, personas, animales, piedras, artistas. Gente y cosas que llamaron mi atención por ser muy raras o muy auténticas o muy intensas o desaforada y envidiablemente libres,” María Luisa, dixit.

<div style="text-align: center;">*******</div>

<big><strong>Mamacha fashion</strong></big>

<img alt="IMG_2026 [Isabel Luna_MLR].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_2026%20%5BIsabel%20Luna_MLR%5D.jpg" width="400" height="306"/>
<strong>Foto: María Luisa del Río</strong>

“Isabel Luna llegó a Urubamba en moto, una tarde de sol de un domingo cualquiera del año 2007. Venía de Pisac pero vive en Cusco. Iba bien vestida, con falda y pantalón al mismo tiempo, cosa que le queda bien a ella y a muy poca gente más.

Isabel diseña ropa y tiene 25 años. Nació en Cusco, pero ha vivido en Arequipa, Chile, Lima, Pisac, Europa. Quería ser periodista, luego le interesó el cine, la dirección de arte, y después de un tiempo le perdió interés al cine y se fue a Tarapoto. En esa selva estuvo dos meses y medio, viviendo en un fundo, experimentando con plantas. Luego se fue a Ecuador de vacaciones y la llamó su amiga Gracia Valdivia para poner una tienda en Pisac. Esa tienda se llama Allpa Mama. Con Gracia hizo una colección de bordados Colca, en tocuyo, una tela que en el Perú no se valora y que en Europa es adorada. Isabel se hace su propia ropa mientras me cuenta: ‘Yo aprendí a diseñar realmente en Italia, con Mirella Scaglia, una diseñadora que empezó en los 70 y que tiene talleres en la India. Ella vendió ropa mía a precios alucinantes, bordados en tocuyo, algo muy diferente. <strong>Yo le propuse una especie de mamacha moderna y ella me enseñó a ver.</strong> Seguí viajando, llegué a Lima, y Mirella Scaglia ya me había contratado para una colección de bordados con tocuyo. Fue la primera vez que yo diseñaba para una colección seria, con estándares de calidad y de forma muy altos. Este trabajo lo diseñé en Barranco y me vine a Cusco para producirlo. Quise trabajar en Lima, pero Gamarra fue una experiencia horrorosa. Mientras tanto resisto. Cuando me fui a la selva aprendí que puedo vivir sin nada’.”

<u><strong>Isabel Luna</strong></u>
Teléfonos: 996 050 770
E-mail: stellaluna7@gmail.com


<strong><big>Terror andino</big></strong>

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<strong>Foto: Sengo Pérez</strong>

“Sengo Pérez, el mejor parrillero de Cusco, apoyado en la barra del Tango Beef, su reino, <strong>me cuenta la historia de la casa embrujada mientras me enseña una foto tomada por él que da miedo</strong>. Parece que al quedar viudo, un médico cusqueño –la fecha se ignora– perdió también la cordura, de modo que dedicó su vida a tratar de resucitar a los muertos. Pero el experimento salió torcido y, cuenta la leyenda, que creó a su propio Frankenstein: un monstruo quechuahablante. Dice Sengo que este ser habitó la casa durante algún tiempo y que, finalmente, mató a su creador. Romper la ley divina le costó al médico la condena de vagar eternamente, como un fantasma, por la casa donde –dicen– resignado a su suerte o a su muerte, continúa experimentando.”

<u><strong>Casa embrujada</strong></u>
Calle Saphi, frente al grifo


* Las textos en <strong>negrita</strong> han sido resaltados por el blogger.]]>
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   <title>Majes, el valle olvidado</title>
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   <published>2008-03-31T14:44:24Z</published>
   <updated>2008-05-30T22:33:35Z</updated>
   
   <summary> Foto: Yayo López 6:30 a.m. 3 de febrero de 2008. Julio me advierte que debemos apurarnos si queremos recorrer sus viñedos. Es la hora propicia, insiste, antes que salga el sol tras las montañas y nos queme con alevosía...</summary>
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      <name>Jorge Riveros</name>
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<strong>Foto: Yayo López</strong>

6:30 a.m. 3 de febrero de 2008. Julio me advierte que debemos apurarnos si queremos recorrer sus viñedos. Es la hora propicia, insiste, antes que salga el sol tras las montañas y nos queme con alevosía y premeditación. Corremos el peligro que el aire fresco de la mañana se convierta en un vaho que nos ahogue. Cuando hace calor en Majes es francamente insoportable. Pero no sería la primera vez que me sancocho en este lugar. He estado en dos ocasiones anteriores en este valle internadino. El pisco, la hospitalidad de su gente y los camarones son motivos poderosos para retornar siempre. Esta vez, me doy una escapada, aprovechando que estoy de paso por Arequipa, para visitar a Julio y Durby. He abordado un autobús que me conducirá a Aplao, capital de la provincia de Castilla, enclavada en el corazón del valle. Son tres horas y 178 kilómetros de travesía. En Majes abundan los sembríos de arroz, la buena mesa y un sinnúmero de atractivos turísticos. Pero como en el resto de la franja costera del país, estas tierras fértiles están rodeadas por un espacio geográfico desértico y árido, donde la más resistente de las lagartijas saldría huyendo despavoridamente. Después de cruzar las Pampas de Sihuas y Majes, el autobús empieza a descender por curvas serpenteantes hasta que finalmente aparece este valle amplio y verde, rodeado de formaciones geológicas prehistóricas, semejantes a fortificaciones gigantescas e inexpugnables. Mientras el autobús se aproxima a mi destino, contemplo por la ventana a las garzas que sobrevuelan serenamente los arrozales. Paisaje en silencio. Valle prehistórico. ]]>
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<img alt="IMG_2595 [Julio Zuñiga].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/2008/03/31/IMG_2595%20%5BJulio%20Zu%C3%B1iga%5D.jpg" width="400" height="306"/>
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

Julio Zuñiga Valencia es majeño, de cejas anchas y barrigón. Dueño de un buen apetito y mejor sentido del humor, entre broma y broma me aclara que él es majeño, no arequipeño. Mi lógica hace suponer que si Majes está situada en la provincia de Castilla y esta en la región de Arequipa, entonces Julio es arequipeño. Pero, en la medida que converso con él y con otros coterráneos suyos, me doy cuenta que la lógica y el regionalismo no son necesariamente compatibles. No importa, el punto es que Julio está orgulloso de su tierra. Me acuerdo que durante mi primera visita a Majes, en setiembre de 2004, estábamos yendo hacia los petroglifos de Toro Muerto. Entonces Julio señaló con su dedo índice el valle y me dijo, "nací en Bellavista, en aquella casita de puerta amarilla en medio de los arrozales. De niño iba al colegio en Aplao, a lomo de burro, haciendo carreras con mis amigos, persiguiendo a las chiquillas. Era un niño feliz." Sesenta y algo años después, Julio sigue sonriendo, solo que ahora es feliz recibiendo turistas y viajeros en su lodge, sembrando uvas y haciendo pisco. Por eso me insiste en salir a la chacra, tempranito en la mañana, para que muestre orgulloso sus viñedos. El pisco que hace es bueno, acholado y quebranta, así que gustoso madrugo para acompañarlo. Además le ofrezco hacerle un retrato, siempre y cuando se ponga un sombrero.   

<img alt="IMG_9048 [Yendo de canotaje_Yayo López].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_9048%20%5BYendo%20de%20canotaje_Yayo%20L%C3%B3pez%5D.jpg" width="400" height="274"/>
<strong>Foto: Yayo López</strong>

<em>Aplao, 17 de julio de 1995

Señor Director:

Como castillano me siento obligado a hacer algunas precisiones en cuanto a la riqueza turística de las provincias de Caylloma, Unión (Cotahuasi) y Castilla por cuanto se viene desinformando mucho respecto al "cañón más profundo del mundo".

En CARETAS 1370, en la nota "Diarios de Cotahuasi" publican el perfil transversal del cañón del río Cotahuasi, mostrando claramente su conformación. El error está en que si bien la profundidad de un cañón es la diferencia entre la altura de la montaña más baja y el lecho del río, olvidaron que una segunda condición es que la abertura entre el vértice perpendicular al lecho del río y cada una de las cimas de las paredes o montañas no debe sobrepasar los 10 km. Por lo tanto, en el caso del Cañón de Cotahuasi, para su medición, no se puede tomar el nevado Solimana que se encuentra muy distante. La medición tendría que hacerse con el cerro Huiñao (2,775 mts.) menos la altura del lecho del río (1,663 m.) resultando que el Cañón de Cotahuasi tiene 1,112 mts. de profundidad.

De mantenerse la forma de medición que algunos "técnicos" han empleado en Cotahuasi, en poco tiempo tendremos en el Perú una gran cantidad de cañones "más profundos del mundo". Así, de acuerdo al perfil del <strong>mal llamado cañón del Colca</strong>, detrás del cerro Yahirgua está el nevado Coropuna (6,525 mts.) y detrás del cerro Lucería está el Ampato (6,310 mts.). El lecho del río está a 1,066 mts., por lo tanto el cañón tendría 5,244 mts. de profundidad.

La única guía turística reconocida oficialmente en el Perú y traducida a casi todos los idiomas es la editada por <strong>el señor Reparaz </strong>quien en la década del 50 tuvo la paciencia de viajar por todo el país. <strong>El descubrió el "cañón más profundo del mundo" y lo bautizó como Cañón de Majes en la provincia de Castilla.</strong> Sus paredes son el cerro Yahirgua (en el distrito de Uñón) y Lucería (distrito de Huancarqui). Por lo tanto, cuando llevan turistas a la Cruz del Cóndor en Caylloma y les muestran el "cañón más profundo del mundo" lo único que hacen es engañarlos ya que el verdadero cañón se llama Majes y está mucho más abajo, a 8 kms. de Andamayo, inicio del valle de Majes.

Ing. Luis Zúñiga Rosas
LE 30562562</em>

<img alt="IMG_0014 [Huancarqui_Callegari].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_0014%20%5BHuancarqui_Callegari%5D.jpg" width="400" height="274"/>
<strong>Foto: Aldo Callegari</strong>

Han pasado 12 años desde que esta carta fuera escrita, quizás por un pariente de Julio (en el valle de Majes casi todo el mundo se apellida Zúñiga o está emparentado con esta familia). La carta resume lo que la mayoría de majeños piensan: que es una inexactitud geográfica y una injusticia universal que al cañón de sus amores lo llamen Cañón del Colca. Julio me reitera lo que el firmante plantea en su carta como prueba refutable: que el geógrafo español <a href="http://www.elcomercio.com.pe/edicionimpresa/Html/2007-10-16/Un_sabio_amante_del_Peru.html#txtLess">Gonzalo de Reparaz Ruiz</a>, después de viajar incasablemente por el Perú, dio a conocer al mundo el bendito cañón en 1954 y lo bautizó con el nombre de Cañón de Majes. No se diga más.

Tengan o no razón los majeños, el 95% de las agencias de turismo promocionan circuitos turísticos al "Cañón del Colca" y no al "Cañón de Majes". Casi nadie ofrece ir al cañón por el valle de Majes. ¿La razón? Es demasiado largo y complicado. Julio replica, "el cañón está geográficamente más cerca de nosotros que del Valle del Colca, lo que pasa es que ellos siempre han recibido mayor promoción turística de las autoridades. Nosotros nada". Me suena a queja, pero al parecer, es cierto. El Colca recibió tremendo empujón gracias al trabajo de varias personas e instituciones, incluyendo Mauricio de Romaña y la Agencia Española de Cooperación Internacional. Majes, en cambio, sigue siendo un destino relativamente desconocido y poco accesible para el viajero.

<img alt="IMG_2605 [Tierras de Julio].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_2605%20%5BTierras%20de%20Julio%5D.jpg" width="400" height="306"/>
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

Julio vive a diez kilómetros de Aplao en la localidad de La Central Ongoro, donde alguna vez existió una hacienda con el mismo nombre. Ahí está situado su albergue <a href="http://www.majesriver.com">Majes River Lodge</a>, que administra junto a su pareja Durby, una chica moqueguana que vino hace diez años a realizar sus prácticas de turismo y se quedó. Bueno el floro de Julio. Al albergue llegan turistas nacionales y extranjeros para hacer canotaje en el río Majes, visitar los petroglifos de Toro Muerto o las huellas de dinosaurios en Querulpa, o caminar hasta un promontorio de roca conocido como El Castillo que, ciertamente, se asemeja a una fortificación medieval. Julio es el guía y no lo hace nada mal. Combina sus conocimientos del valle con anécdotas e historias, tanto de su vida como de un sinnúmero de personajes. A veces pienso que confunde la realidad con la fantasía. Pero qué iimporta, sabe cómo entretener a sus visitantes y ellos están felices con él. Julio es un gran anfitrión.

<img alt="IMG_0549 [Toro Muerto_Lopez].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_0549%20%5BToro%20Muerto_Lopez%5D.jpg" width="274" height="400"/>
<strong>Foto: Yayo López</strong>

En 1951, el historiador arequipeño Eloy Linares Málaga descubrió en la quebrada de Toro Muerto miles de inmensas piedras volcánicas grabadas con petroglifos. El lugar está situado a unos siete kilómetros del pueblo de Corire, en el Valle de Majes. Antonio Núñez Jiménez, autor de "Petroglifos del Perú", una voluminosa y alucinante publicación en tres tomos sobre el arte rupestre en el país, las ha llamado "el sitio más notable de trabajo en piedra en todo el Perú". El mismo Linares asegura que se trata de "el lugar con mayor número de petroglifos en el mundo". La quebrada de Toro Muerto está a unos 600 metros de altura. Tiene unos 11 kilómetros de largo, medido de noroeste a sudoeste, con una anchura máxima de cinco kilómetros. En este espacio existen alrededor de 5,000 piedras de diversos tamaños tallados con escenas de caza, animales, plantas y otros motivos, probablemente elaborados por los huari y los collagua. El tema es que en la actualidad corren peligro de desaparecer por el <a href="http://www.elcomercioperu.com.pe/edicionimpresa/Html/2008-02-03/falta-seguridad-permite-destruccion-petroglifos-toro-muerto.html">constante saqueo y robo de las piedras volcánicas</a>. Hasta los turistas se las llevan. Y nadie hace nada al respecto. ¿Qué está haciendo el Instituto Nacional de Cultura al respecto?

<img alt="IMG_8668 [El castillo_Yayo López].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_8668%20%5BEl%20castillo_Yayo%20L%C3%B3pez%5D.jpg" width="274" height="400"/>
<strong>Foto: Yayo López</strong>

Muy cerca a la casa-albergue de Julio y Durby se divisa la silueta de una fortaleza de piedra que se yergue solitaria en medio de una pampa. No fue erigida por ninguna civilización precolombina, sino por el trabajo paciente y constante del viento y el agua (léase, erosión) que probablemente se llevó a cabo durante millones de años. Muchos de los cerros y montañas que encierran al valle de Majes tienen formas caprichosas e increibles que hacen volar la imaginación. Sin embargo, esta formación pétrea bautizada como El Castillo, atrae las miradas y la curiosidad de miles de personas. Se trata de un promontorio de roca que se alza sobre una base poco estable pero inclinada, lo que permite su ascenso hasta el inicio mismo de altísimas paredes de piedra que asemejan los gruesos muros de alguna fortaleza medieval. De ahí el asunto es más complicado, solo escaladores puede intentar llegar a la cima, aunque pese a su monumental presencia, estas paredes son relativamente frágiles. La leyenda asegura que en la cima existen construcciones milenarias que fueron, alguna vez, puestos de vigilancia para proteger un tesoro que está enterrado en las entrañas de El Castillo. Julio añade además que el promontorio ha sido venerado, como una especie de huaca, desde periodos muy antiguos. Cierto o no, el lugar es misterioso y fascinante.

<img alt="IMG_2680 [Julio &amp; caldo de camarones].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_2680%20%5BJulio%20%26%20caldo%20de%20camarones%5D.jpg" width="400" height="306"/>
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

En el valle de Majes se come y se bebe estupendamente. Los camarones son el producto principal (salvo en temporada de veda, a S/.8 el kilo) de esta zona para elaborar una serie de platillos tradicionales que son para chuparse los dedos. Camarones al ajillo a la plancha, chicharrón de camarones, caldillo de camarones (vean a Julio disfrutando en al foto de arriba) y no sigo porque me empieza a dar hambre. Pero el valle es generoso con los frutales y en especial con los viñedos. Desde siempre, Majes fue parte de una ruta natural entre los asentamientos coloniales de la sierra del sur y Quilca, principal caleta y salida al resto del mundo. La actividad comercial propició la fundación de una poblado en 1595 que fue llamado San Nicolás de Tollentino de Huancarqui. Hoy en día, el pueblo tiene fama de ser la cuna de brujas y bellas mujeres. Por ahí más de uno cree firmemente que, en realidad, una bruja y una bella mujer, pueden terminar siendo lo mismo.

Los primero viñedos fueron sembrados por los jesuitas que poseían, además, el conocimeinto adecuado para elaborar vino, aguardiente y posteriormente pisco. En mi largos recorridos por el valle he tenido la oportunidad de visitar bodegas antiguas donde aún se observan las tinajas de arcilla semienterradas que datan desde 1619. El propietario de una de estas bodegas, don Jorge Estremadoyro Bustamente, hizo pisco y vino hasta la década del cincuenta. Recién hace unos doce años retomó la actividad como muchos otros pisqueros del valle. Hoy en día personajes como don Berly Cruz, César Uyén o Marco Zúñiga Díaz  han vuelto a apostar por los sembriós de viñedos y la producción de pisco en el valle que, ciertamente, es uno de los mejores en el país. Julio, era de esperarse, encabeza esta pequeña cofradía de majeños de nacimiento o de corazón, que buscan recuperar el tiempo perdido, no sólo en la producción del pisco majeño, sino en la promoción turística de este rincón del planeta que, ciertamente, tiene una historia muy antigua por contar.

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<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>



















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   <title>Vicos, a vuelo de viento (II)</title>
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   <published>2008-03-18T16:23:49Z</published>
   <updated>2008-05-30T22:33:09Z</updated>
   
   <summary> Foto: Yayo López Abril de 2003. El frío de madrugada me despierta abruptamente. Una gallina que empolla a sus futuros hijos me mira insolente porque estoy invadiendo sus dominios. Estoy en casa de Pablo Tadeo, más precisamente en su...</summary>
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      <name>Jorge Riveros</name>
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      <![CDATA[<img alt="IMG_0032 [Huascarán al amanecer].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/2008/03/18/IMG_0032%20%5BHuascar%C3%A1n%20al%20amanecer%5D.jpg" width="400" height="274">
<strong>Foto: Yayo López</strong>

<big>Abril de 2003. El frío de madrugada 
me despierta abruptamente.</big>

Una gallina que empolla a sus futuros hijos me mira insolente porque estoy invadiendo sus dominios. Estoy en casa de Pablo Tadeo, más precisamente en su gallinero, durmiendo en mi cómoda bolsa de dormir confeccionada con plumas de ganso. Quizá por eso la gallina me observa con actitud sospechosa y nada amigable. Una vez más, tengo el honor de quedarme en la casa de un vicosino y no en el hospedaje para los turistas, situada unos metros más allá. Han transcurrido siete meses desde mi primera visita a esta comunidad. Ahora, estoy de regreso en Vicos, esta vez con un grupo de viajeros que incluyen una doctora que vive en las islas Bahamas, una periodista inglesa, una holandesa que hace sus prácticas de ecoturismo por estas tierras y otros personajes que ya no recuerdo muy bien quiénes son. Salgo del cuartito en medio de unos cacareos horripilantes de aquella gallina a quien le debo parecer un ser despreciable y amenazante  invasor de su propiedad. A mi izquierda y sobre los cerros, emerge el Huascarán majestuoso, despejado y alumbrado por el debil sol de la mañana. Tengo hambre. Un desayuno compuesto de humeante café de cebada, una cremosa sopa de arvejas y pan frito untado con miel de abejas me dará las energías suficientes para empezar el día.]]>
      <![CDATA[<img alt="IMG_0048 [Judith haciendo foto].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_0048%20%5BJudith%20haciendo%20foto%5D.jpg" width="400" height="274">
<strong>Foto: Yayo López</strong>

Pablo Tadeo Silio vive junto a su esposa Lucy y sus dos hijos, Bruno y Mayeli. Su casa está situada casi al fondo de una quebrada, por donde discurren las heladas aguas de una acequia provenientes de la laguna Legiacocha. De aspecto erguido y con unos treinta y tantos años, Pablo no sólo es uno de los comuneros más jóvenes del proyecto, sino que ha sido el propietario de un criadero de truchas y de ricas tierras de cultivo en el caserío de Ullmay. En la actualidad, Pablo comparte su tiempo entre su familia, el sembrío de sus tierras y la administración del centro de interpreteación que los vicosinos tienen en Huaraz. 

Los turistas suelen pasar de dos a cinco días en Vicos. Depende, en gran medida, de cómo les viene vivir de forma austera y si finalmente conectan con su familia anfitriona. La mayoría terminan fascinados por la experiencia aunque algunos terminan dándose cuenta de que no es el tipo de viaje que tenían en mente. Y es que a Vicos no se viene a descansar, a retozar en una hamaca o a beber algo refrescante al borde de una piscina. Para eso están los all inclusive del Caribe. A Vicos se viene a trabajar y aprender, hombro a hombro con los campesinos.

Así, Manuel Meza Evaristo, vecino de Abito que vive al otro lado del riachuelo, nos ofrece llevarnos a su chacra para aprender a remover la tierra donde yacen los sembríos de papas, lo que comúnmente se conoce como <strong>aporque</strong>. Luego nos lleva a su casa para aprender a hacer pan en horno de barro. Antulina Sánchez, su esposa, nos ofrece una <strong>papakashki</strong> -sopa de papas- y una infusión de <strong>muña</strong>, una planta aromática parecida a la menta y usada en el mundo andino por sus propiedades carminativas y estomacales. En la noche, nos sentamos alrededor de una fogata a que nos cuenten mitos y leyendas de la región, mientras las estrellas iluminan tímidamente el cielo. 

<img alt="IMG_0162 [Tammy &amp;  Margarita] 1.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/2008/03/12/IMG_0162%20%5BTammy%20%26%20%20Margarita%5D%201.jpg" width="274" height="400">
<strong>Foto: Yayo López</strong>

Tammy Leland es una estadounidense nacida en Montana, tierra del ganado y las montañas. A una edad muy joven se mudó a Seattle, donde fijó residencia y amistades. Ahora vive entre Estados Unidos y Perú, país del que se enamoró hace más de una década. Cuando llegó a Vicos en 2002, cayó rendida ante la belleza del lugar. Pero más aún ante la hospitalidad de la gente. “Lo mejor que me ha podido pasar es conocer Vicos y un modo de vida que hemos perdido y olvidado”, me dice. Desde hace cinco años Tammy trae a través de <a href="http://www.crookedtrails.com">Crooked Trails</a> -una organización que promueve el turismo cultural y responsable a países como India, Tailandia, Kenia y Perú- a turistas que desean viajar para algo más que sólo tomarse la típica foto en Machu Picchu. Vicos les ofrece esa oportunidad. “Los vicosinos no tienen por qué pretender ser quienes no son, eso es lo más fantástico; la autenticidad en la que viven es justamente lo que cautiva a los viajeros.” 

Crooked Trails impulsó en 2005 el proyecto que el Instituto de Montaña inició en 2001 con la apertura de <a href="mailto:http://www.yachaquiwayi.org/spanish/sobre-yachaqui-wayi.html">Yachaqui Wayi</a> (que en quechua significa “casa del saber”), el centro de interpretación en Huaraz administrado por miembros de las comunidades de Vicos, Humacchuco y Huaripampa. El centro es importante para que los campesinos aprendan, a través de talleres, a manejar el proyecto turístico. Anualmente llegan voluntarios de distintas partes del mundo, especializados en diversas profesiones y oficios, que ayudan a entrenar a esta gente. A fin de cuentas, la idea es que en un mediano plazo, el Instituto de Montaña y Crooked Trails se retiren y que tanto Vicos como las demás comunidades se hagan cargo íntegramente del proyecto de turismo vivencial. 

<img alt="DSC03526 [Margarita].JPG" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/DSC03526%20%5BMargarita%5D.JPG" width="400" height="306">
<strong>Foto: Vladimir Musso</strong>


<big>Julio de 2007</big> 

Han transcurrido cinco años desde la primera vez que pisé Vicos. Abito Meza Pascual, el mismo que gritaba al viento “¡Lorenzo!” ahora tiene 49. Margarita, su esposa, tiene 43. Ambos siguen viviendo en la comunidad campesina, pero ya no en su casa arriba del cerro, pasando la acequia, sino a pocas cuadras de la plaza del pueblo. Como en ocasiones anteriores en que he ido, ellos integran el séquito que nos ofrece un festín en nuestro último día en la comunidad. Una <strong>pachamanca</strong>: banquete cocinado en las tibias entrañas de la madre tierra -la pachamama- que nos cobija. Lleva carne de res, pollo y cordero, tubérculos como la oca, diversos tipos de papa y hasta camotes, junto con habas, maíz de inmensos y tiernos granos llamados “choclos” y muchas hierbas aromáticas. 

Abito mira el futuro con cierta expectativa. Su hijo Johnny terminó estudios de turismo y ahora busca un porvenir, quizá lejos de su familia. Abito no ganó las elecciones a las que se postuló como concejal, pero eso ya no importa. Porque él es campesino y, a fin de cuentas, vive de su tierra. Ahora hay luz eléctrica en la comunidad, lo cual ha traido la televisión, el internet y esas cosas llamadas “progreso” y “modernidad”. ¿Se transformará la vida de los habitantes de Vicos?, se pregunta Abito. Los nevados imponentes que vigilan en silencio y aquel viento que separa la paja del trigo, serán los mudos testigos de aquel cambio inevitable. 

<img alt="IMG_0114 [Paisaje al atardecer].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_0114%20%5BPaisaje%20al%20atardecer%5D.jpg" width="400" height="274">
<strong>Foto: Yayo López</strong>


<strong><big>Recomendaciones para el viajero</big></strong>

<u><strong>Los anfitriones y el hospedaje</strong></u> 

Al visitar Vicos, los viajeros se quedan en las casas de hospedaje construidas en las propiedades de Abito Meza, Julio Evaristo, Pablo Tadeo, Julián Evaristo, Eugenio Dextre, Manuel Meza o Andrés Gutierrez, todas situadas en distintos sectores de la comunidad y a las que se llega caminando. La decisión de quiénes se quedan en qué casa recae en los miembros de la comunidad, debido a que se turnan en hospedar a los viajeros para que todos puedan gozar de los beneficios económicos. Los hospedajes cuentan con una chimenea, dos habitaciones (dos camas en cada una) y un baño tipo silo que se mantiene limpio con una caja llena de cenizas. Algunas de las casas ya cuentan con energía eléctrica. Las comidas son servidas en la casa de los anfitriones -muy próxima al hospedaje- y son preparadas por las esposas de los comuneros. Sus hijos sirven de guías para las actividades o excursiones programadas durante la visita. Si bien todos hablan español con sus huéspedes, muchos de los pobladores hablan quechua (la variedad de Huaylas) entre ellos. 

<u><strong>El mar de altura o soroche</strong></u>
 
Se lo denomina <strong>soroche</strong> a los efectos causados por la disminución del oxígeno en la sangre. Los principales síntomas son: mareos, dolores de cabeza e inclusive vómitos en los casos más agudos. La mejor manera de prevenirlo es con dieta ligera, nada de bebidas alcohólicas y un descanso razonable durante las siguientes ocho horas a la llegada a un lugar de altura considerable (a partir de los 2,300 msnm). Es altamente recomendable quedarse una noche en Huaraz para aclimatarse, antes de partir a Vicos o cualquier otra excursión sobre esta altura. Se sugiere ingerir mate de coca, muy común en toda la región andina de Perú. 

<img alt="IMG_0236 [Eugenio haciendo pago].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_0236%20%5BEugenio%20haciendo%20pago%5D.jpg" width="400" height="274">
<strong>Foto: Yayo López</strong>

<u><strong>La hoja de coca</strong></u>

En Vicos, al igual que en el resto del mundo andino, la hoja de coca es un elemento de uso cotidiano y de gran valor cultural y espiritual. La satanización de esta planta (<em>Erythroxylum coca</em>) de la cual se produce el clorhidrato de cocaína y otras sustancias con alto contenido tóxico, ha generado una serie de prejuicios y desinformación sobre sus propiedades y beneficios. Lo cierto es que en Vicos se consume hoja de coca de tres maneras distintas: 1. para mates; 2. para leer el futuro y 3. para <em><strong>chacchar</strong></em> (palabra quechua para “mascar”): una costumbre ancestral andina que consiste en masticar un puñado de hojas (que sueltan un sabor amargo), mezclado con un poco de cal o ceniza. Los vicosinos chacchan al hacer pagos a la pachamama, al iniciar faenas agrícolas, al realizar caminatas o excursiones o simplemente como parte de sus diversiones diarias. 

<u><strong>La tolerancia y el respeto</strong></u>

El acercamiento a una comunidad que aún preserva y vive, día a día, tradiciones ancestrales que desconocemos o con las que podemos no estar de acuerdo, exige una dosis muy alta de tolerancia y respeto por otras culturas. Vicos no sólo es un destino sin igual por los extraordinarios paisajes y las actividades que el viajero puede realizar, sino por la oportunidad para poner a un costado prejuicios y miedos y aprender de otras personas y costumbres en un ambiente acogedor y amigable. No se sienta obligado a participar de alguna actividad que no desee o degustar algún potaje que no le apetezca. Pero si escoge ir a un destino tan poco convencional como Vicos, aventúrese sin reparos ni contemplaciones. No sólo por cortesía, sino por explorar algo más de este amplio y diverso planeta. 

<img alt="IMG_0077 [Amo y perro].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_0077%20%5BAmo%20y%20perro%5D.jpg" width="274" height="400">
<strong>Foto: Yayo López</strong>
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   <title>Vicos, a vuelo de viento (I)</title>
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   <published>2008-03-11T19:11:31Z</published>
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      <![CDATA[<img alt="IMG_0093 [Tammy &amp; Andrés bailando].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/2008/03/12/IMG_0093%20%5BTammy%20%26%20Andr%C3%A9s%20bailando%5D.jpg" width="400" height="274">
<strong>Foto: Yayo López</strong>

En la medida que se acerca la Semana Santa, me inunda un pavor solo comparable a la horrible sensación que te ahoga si eres vilmente asaltado en un autobús. Los boletos aéreos y pasajes interprovinciales se incrementan descaradamente, las tarifas de los hoteles suben el doble alegando que estamos en temporada alta, los restaurantes te cobran S/.15  por un menú que usualmente cuesta S/.5, y las ciudades, balnearios y pueblos más visitados del país durante este fin de semana largo -profundamente religioso para algunos, irremediablemente juerguerazo para otros-, son invadidos por turistas despistados, borrachines insoportables, limeñitos arrogantes y mochileros angurrientos. Llámenle libre mercado o argumenten que se trata de ley de la oferta y la demanda, seguramente. Pero a mí me parece un soberano robo que todo se incremente tan desproprocionadamente durante estas fechas. Por ello, jamás se me ocurriría sugerir que se vayan de travesía a Máncora, Ayacucho, Marcahuasi, Tarma, Huaraz o Cusco, todos lugares favoritos ciertamente, pero que son tomados en peso por los turistas y viajeros durante estas fechas con servicios carísimos. Preferiría invitarlos a conocer un lugar distinto, lejos del bullicio, no tan costoso y relativamente cercano, aunque lo suficientemente lejano para brindarles una experiencia única de viaje. Por eso, cuando los editores de esta página web me pidieron que recomiende un destino de viaje para la Semana Santa, no dudé en escoger Vicos, una comunidad campesina situada al pie de la Cordillera Blanca, donde el tiempo parece que se ha detenido. Aunque, quizás, no por mucho tiempo más. ]]>
      <![CDATA[<img alt="IMG_0251 [Paisaje de Vicos].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/2008/03/12/IMG_0251%20%5BPaisaje%20de%20Vicos%5D.jpg" width="400" height="274">
<strong>Foto: Yayo López</strong>

<big>Septiembre de 2002</big> 

Es un mes cálido, de cielos despejados y periodos de cosecha. También es mi primera vez en Vicos, pueblo situado en el corazón del Callejón de Huaylas donde en medio de un mar dorado de trigo, recién cortado y trillado que nos llega hasta las rodillas, Abito y Manuel claman mirando al cielo: “¡Lorenzo, Lorenzo, Lorenzo, Lorenzo!”. La respuesta es un silencio apabullante, interrumpido apenas por una brisa casi imperceptible. Entonces gritan, ahora sí, más fuerte: “¡¡Lorenzo, Lorenzo, Lorenzo, Lorenzoooo…!!”. A todo pulmón, con los brazos abiertos, mirando a los imponentes apus, las montañas sagradas, para que les ayuden a culminar su faena. Entonces, como por arte de magia, los vientos empiezan a resoplar con fuerza, para luego azotar con furia andina. Abito y Manuel se apuran en recoger a manos llenas las espigas de trigo y lanzarlas al aire, acción seguida por una docena de turistas gringos y quien escribe, imitando entre divertidos y asombrados, la técnica de estos dos campesinos ancashinos. El viento, poderoso aliado, hace su trabajo: separar la paja del trigo, desde hace siglos. Razón tuvieron en bautizar a este pueblo <strong>wikos</strong>, “viento fuerte” en quechua.

Abito es mi anfitrión. Me siento junto a él mientras tomamos refresco de quinua bajo la sombra de un árbol. La faena ha concluido. Me quedo en su casa, en una habitación contigua a la cocina, donde un puma viejo y disecado, que aún pretende asustarme enseñando sus colmillos, cuelga de una de las paredes. Su abuelo lo mató de un escopetazo cuando el animalejo se comió una oveja suya, hace medio siglo. Los demás viajeros de este grupo han sido distribuidos en distintas casas construidas con cimientos de piedra, paredes de adobe y techos de teja, donde dormirán y comerán a la luz de un fogón junto a las familias que la comunidad les ha asignado como anfitriones. La luz eléctrica aún no llega a estas alturas.

<img alt="DSC03509 [Abito y su familia].JPG" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/2008/03/12/DSC03509%20%5BAbito%20y%20su%20familia%5D.JPG" width="400" height="306">
<strong>Foto: Vladimir Musso</strong>

“Me llamo Abito Meza Pascual. Tengo 44 años. Mi esposa se llama Margarita Sánchez Coleto y tiene 38 años. Tenemos cuatro hijos: dos mujeres y dos hombres. El mayor tiene 18. La menor nueve años. Me dedico a la agricultura y tengo tierras, arriba del cerro, pasando la acequia, en el sector Cachipachán, donde cultivo papas, trigo, quinua, cebada, ollucos y ocas. También tengo mis vacas, mis chanchos y mis gallinas, pero no como antes. Nací en Vicos. He vivido aquí desde niño. Esta casa fue construida por mi abuelo hace 80 años. En 1999 fui elegido presidente de la comunidad por una asamblea general. Hice obras para mejorar la escuela y los baños termales de Chancos, más abajo de Vicos. Construimos siete kilómetros de desagüe para el pueblo. Ahora soy candidato a concejal por la provincia de Carhuaz, pero vivo de mis tierras y mis animales porque soy campesino. Con mi familia trabajo el campo. Mi hijo Johnny ha terminado el colegio y quiere estudiar turismo, eso dice que le gusta. El problema es el dinero, los gastos que hay que hacer si va a Huaraz a estudiar...” <strong>(1)</strong>

En 2001, un grupo de familias vicosinas, incluida la de Abito, resolvió participar en una aventura inusual para un grupo de campesinos como ellos. Formarían parte de un proyecto de “turismo vivencial” denominado <strong><a href="http://www.mountain.org/work/andes/tourism/vicos03.cfm">Cuyaquihuayi</a></strong>, término quechua que significa “casa bonita”. El proyecto sería financiado y dirigido por el <a href="http://www.mountain.org">Instituto de Montaña</a>, organismo mundial dedicado a la conservación de la flora y fauna, desarrollo sostenible de los recursos naturales y preservación cultural de las comunidades que viven en el entorno geográfico de las cordilleras de los Andes, los Himalayas y los Apalaches.

<img alt="IMG_0092 [Papas].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/2008/03/19/IMG_0092%20%5BPapas%5D.jpg" width="274" height="400">
<strong>Foto: Yayo López</strong>

El proyecto tenía un objetivo muy claro: que turistas y viajeros tuviesen la oportunidad de convivir con familias campesinas de esta localidad, quedarse en sus casas, gozar de su hospitalidad, de su comida típica, aprender sus costumbres y tradiciones, trabajar en el campo y participar de excursiones a lagunas, glaciares, sitios arqueológicos y bosques de queñual cercanos. Sin ingredientes artificiales. La idea no era que los comuneros abandonasen sus trabajos para convertirse en meros guías turísticos. Ni que ahora se les pidiese que sirvieran desayuno continental a los gringos. La idea era que la comunidad decidiera en conjunto, primeramente, qué familias querían participar del proyecto y de un atractivo incentivo económico por generar estos servicios, y seguidamente, que ellos decidieran en qué tiempos podían recibir visitantes en sus casas, sin que dejasen de lado sus faenas agrícolas. Porque por encima de todo, los vicosinos son campesinos y poseen una sabiduría nacida de su íntima relación con la <em>pachamama</em> -la madre tierra- que nosotros la hemos relegado de nuestras existencias hace mucho tiempo. Porque estamos ahogados en tanto esmog y rodeados de tanto concreto. Porque estamos agobiados con nuestro exceso de estrés, nuestra falta de tiempo y nuestra obsesión por el consumo y la inmediatez. En Vicos nadie padece de estos males. Porque en Vicos, el tiempo es infinito.

<img alt="IMG_0123 [Moliendo].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/2008/03/12/IMG_0123%20%5BMoliendo%5D.jpg" width="400" height="274">
<strong>Foto: Yayo López</strong>

Situado entre los 3,100 y 3,400 metros de altura y a unos 40 kilómetros al noreste de la ciudad de Huaraz, Vicos es una comunidad campesina, aunque oficialmente sea un poblado menor con unos 8 mil habitantes. El pueblo está situado en la quebrada Honda, al pie de los nevados Copa (6,188 msnm) e Ishinca (5,530 msnm) de la Cordillera Blanca. Las casitas que se esparcen por encima del pueblo, sobre montes y cerros, entre campos de cultivo y riachuelos, parecen un gran nacimiento andino cuando cae el atardecer y el sol se oculta detrás de la Cordillera Negra, la otra cadena de montañas que encierra el Callejón de Huaylas. 

La historia de Vicos se remonta a épocas precolombinas, cuando las huestes del Imperio Huari (Horizonte Medio, 700 - 1100) ocuparon estas tierras. El conjunto arqueológico de Joncopampa, situado en una gran explanada al pie de la cordillera, da testimonio de ello. Posteriormente, entre 1594 y 1962, Vicos fue parte del sistema de haciendas, heredado de la Colonia donde, como en gran parte de la región andina, los campesinos fueron sometidos a un trato cruel y abusivo. Pero en 1952, la historia de Vicos dio un giro importante. La Universidad de Cornell (Ithaca, Nueva York), inició un <a href="http://courses.cit.cornell.edu/vicosperu/vicos-site/">programa antropológico </a>en coordinación con el gobierno peruano de aquel entonces, para probar que una reforma agraria y la modernización del campo eran posibles. Los grandes hacendados peruanos vieron con recelo este proyecto. No obstante, en 1962 la comunidad le compró las tierras al estado peruano, marcando un precedente sin igual en todo el país. El hecho antecedió a la torpe y mal llevada reforma agraria que ejecutó la dictadura de Juan Velasco Alvarado (1968 - 1975). Después de 368 años de haber sembrado, labrado y cosechado la tierra para patrones abusivos, Vicos era finalmente propiedad de sus hijos.

<strong>(1)</strong> Este testimonio fue recogido durante mi primera visita a Vicos en setiembre de 2002.

<strong>* La segunda parte de esta crónica será publicada el próximo martes 18 de marzo.</strong>

<img alt="DSC03551 [Vicosinos chacchando].JPG" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/2008/03/12/DSC03551%20%5BVicosinos%20chacchando%5D.JPG" width="400" height="306">
<strong>Foto: Vladimir Musso</strong>

<strong><u>Bitácora de Viaje</u></strong>

Vicos está 40 kilómetros al noreste de Huaraz (3,052 msnm), capital de la región Áncash y la ciudad más grande del Callejón de Huaylas donde existe todo tipo de servicios turísticos (lavanderías, cabinas de internet, buenos hoteles y restaurantes). La comunidad campesina está situada entre los 3,100 y 3,400 msnm, en la zona de amortiguamiento del <a href="http://www.parkswatch.org/parkprofile.php?l=spa&country=per&park=hunp&page=inf&p=per">Parque Nacional Huascarán</a>. 

<strong><u>Cómo llegar desde Huaraz a Vicos</u></strong> 

Sobre el puente Quillcay (al norte de la ciudad), está el paradero de combis que hacen toda la ruta del Callejón de Huaylas: de Huaraz hasta Caraz. Estas combis pasan por el pueblo de Marcará, a 23 kilómetros de Huaraz y el costo es de S/. 2. De ahí, por S/.1, hay colectivos que lo llevarán hasta la plaza principal de Vicos (a 8 kilómetros), pasando antes por los baños termales de Chancos (a 3 kilómetros), muy recomendables por cierto. 

<u><strong>Para visitar y quedarse en Vicos</strong></u> 

<a href="http://www.yachaquiwayi.org">Yachaqui Wayi</a>, es el centro de interpretación e información administrado por los vicosinos en Huaraz. En este lugar brindan todo tipo de información acerca de las actividades y que se pueden realizar durante su estadía en Vicos. Pregunte por Pablo Tadeo.

Yachaqui Wayi
Jirón Gabino Uribe 650, Huaraz
Teléfono: (043) 42 65 38
E-mail: info@yachaquiwayi.org

<u><strong>Tarifas</strong></u>

El costo de estadía en Vicos oscila entre 25 dólares diarios por persona (para grupos de 5 a 8 viajeros), hasta 33 dólares diarios por persona (para dos viajeros). La tarifa incluye: los guías, hospedaje, las comidas, visitas a los artesanos, músicos, impuestos y una pachamanca el último día de la visita, cuando la estadía es de más de un día. La tarifa no incluye transporte Huaraz-Vicos-Huaraz, ni ningún otro tipo de transporte durante las excursiones en la localidad.

<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/ustedopina/2008/03/la-celebracion-de-semana-santa.html" target=_blank>¿Planes para Semana Santa? Cuéntenos qué hará durante el fin de semana largo </a>
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   <title>El (último) reposo del guerrero</title>
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   <published>2008-03-03T17:15:29Z</published>
   <updated>2008-05-30T22:32:32Z</updated>
   
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<strong>Foto: Mylene d’Auriol</strong>

Lamento que un considerable número de lectores se hayan ofendido con mis impresiones sobre Chiclayo, irreverentes y cachacientas por cierto, pero a fin de cuentas, mis opiniones tan solo. Lamento además que el grueso de las críticas y reacciones hechas por estos lectores –en su mayoría chiclayanos o lambayecanos– se hayan centrado más en el insulto y la agresión desmesurada, que en una réplica contundente o ingeniosa. No obstante, quisiera dar por concluido este breve pero anecdótico episodio, rescatando el hecho que ambas partes –tanto los lectores como quien suscribe este blog– hemos expresado lo que pensamos y sentimos a través de comentarios sazonados con mucho ají, humor negro y desenfado, pero aún más importante, sin censura o mordazas. Para mí, esto trasciende cualquier crítica u opinión: el hecho de poder expresar lo que uno piensa y siente, con cierta dosis de sentido del humor por cierto, aunque a veces no sea del agrado de todos.

En un ánimo por demostrar que mis impresiones sobre Chiclayo no tienen nada que ver con mi admiración por el legado histórico que nos dejaron los antiguos peruanos que habitaron Lambayeque, quiero invitarlos a leer el siguiente texto que escribí hace algún tiempo sobre uno de los descubrimientos más extraordinarios del siglo XX: el Señor de Sipán. Se trata de la tumba intacta de un soberano Mochica, una especie de gobernante y jefe guerrero que fue enterrado hace unos mil setecientos años junto a sus sirvientes y más de mil ofrendas y joyas de oro, plata, cobre, cerámica y conchas marinas, descubierta en 1987 por el arqueólogo Walter Alva. Desde 2002, este los restos del Señor de Sipán yacen finalmente en su última morada: el Museo Tumbas Reales de Sipán, lugar que volví a visitar en mi reciente visita al norte y que constituye un edificio monumental construido a la altura de su real investidura. ]]>
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<img alt="IMG 0002 Cerámicas.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG%200002%20Cer%C3%A1micas.jpg" width="400" height="266">
<strong>Foto: Mylene d’Auriol</strong>

El Señor de Sipán ha muerto. El todopoderoso que gobernó los extensos y fértiles campos que alfombran el valle de Lambayeque, situado en el reino de los Moche, dejó este mundo. Y su alma inició ese largo periplo a través del océano, de donde presumiblemente emergió siglos antes, su padre, el omnipotente Ai Apaec o “El Decapitador”, divinidad suprema de los mochicas, representada casi siempre con los brazos extendidos: en una mano portando un cuchillo o tumi; en la otra, sosteniendo como trofeo, la cabeza cercenada de algún guerrero enemigo, desgraciado y vencido.

Así, en medio de solemnes rituales funerarios, del congojo de cientos de súbditos que ayunaron por algún tiempo, del sacrificio de tres doncellas vírgenes adormitadas por pócimas que permitieron desangrarlas sin sufrimiento, fue enterrado este gobernante. Junto a él, su jefe militar, un portaestandarte, un vigía, su sirviente, un niño, dos llamas y un perro, puestos en ataúdes de caña. El Señor de Sipán descansaría en su última gran morada para siempre… o por lo menos eso creyeron sus devotos seguidores.

<img alt="imag 03.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/imag%2003.jpg" width="400" height="283">
<strong>Fotos: Mylene d’Auriol</strong>

Unos mil setecientos años después el Señor de Sipán inició otro periplo. Esta vez a un lugar más terrenal. A 35 kilómetros al sudeste de Chiclayo, el arqueólogo Walter Alva y su equipo lo desenterraron intacto en 1987. El hallazgo fue extraordinario, pues la tumba no había sido profanada, ni saqueada. La noticia del descubrimiento dio la vuelta al mundo: se había encontrado “la tumba intacta más rica del Nuevo Mundo”, tal como la revista <em>National Geographic</em> tituló el primer reportaje sobre el hecho en octubre de 1988.

Veinte años después, una construcción de dimensiones macizas inspiradas en las portentosas pirámides truncas de barro que los mochicas erigieron en la costa norte peruana, se laza en la localidad de Lambayeque, guardando celosamente las joyas reales y demás ornamentos del noble milenario. Se trata de unas 1,400 piezas que incluyen máscaras funerarias, collares, orejeras, cetros y otras joyas de oro, plata, cobre, conchas marinas y piedras preciosas. Y claro, los restos óseos del Señor de Sipán y sus acompañantes. Así, el Museo Tumbas Reales de Sipán, inaugurado en noviembre de 2002, se ha convertido en una muestra icónica de “arquitectura monumental al servicio de la museografía”, en palabras del propio Alva.

<img alt="IMG 0005 Fachada día.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG%200005%20Fachada%20d%C3%ADa.jpg" width="240" height="350">
<strong>Foto: Mylene d’Auriol</strong>

El museo fue diseñado por Celso Prado Pastor, arquitecto peruano que planteó la construcción de un conjunto de estructuras piramidales precedidas por una plaza semihundida. Tras cruzar una gran puerta de cristal, mitad de oro, mitad de plata, en alusión simbólica al concepto de dualidad de la cosmovisión mochica, una mampara de vidrio polarizado acondiciona la vista a la penumbra del recinto.

El recorrido se hace del tercer piso hacia el primero, como si adentrara al corazón de un mausoleo. La idea nunca fue exhibir los objetos como simple obras de arte, sino con una visión científica y didáctica, lo que ha permitido conocer el proceso de la investigación de campo y el orden en que fueron hallados los ornamentos, capa por capa. Entonces, en las primeras salas del tercer piso, puedo contextualizar al Señor de Sipán dentro del gran Horizonte Intermedio Temprano (220 a.C. – 600) cuando floreció la cultura Mochica.

<img alt="IMG 0006 Orejera.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG%200006%20Orejera.jpg" width="400" height="271">
<strong>Foto: Mylene d’Auriol</strong>

El segundo es el piso más interesante. Ahí se exhiben las joyas y ornamentos funerarios. Están por ejemplo, las orejeras del noble mochica con una figura humana en cada una. Es la representación de un jefe guerrero (presumiblemente él mismo), trabajando mediante el montaje de decenas de piezas minúsculas de oro y turquesa, como una escultura tridimensional. El grado de realismo y minuciosidad es tal que puedo observar hasta los dedos de las manos y los músculos de las piernas. Lo mismo sucede con la diadema semilunar sobre la cabeza, su nariguera movible, un collar de cabezas de búhos sujetos por finos hilos de oro y también los cascabeles que penden de la cintura. A ambos lados del gran jefe guerrero yacen dos soldados de perfil confeccionados con milimétricas taraceas de turquesa y piezas de oro. Los arqueólogos aseguran que estas orejeras fueron ornamentos de rango y símbolos reales. Constituyen una de las obras maestras de la orfebrería americana.

Como estos, existen decenas de ornamentos que fueron parte del ajuar del Señor de Sipán para su viaje, sin boleto de retorno, al otro mundo; un collar integrado por diez frutos de maní en oro y  diez similares en plata, un cetro-cuchillo de oro y plata que remata en un volumen piramidal de cuatro caras con representaciones de un jefe guerrero a punto de darle muerte a un prisionero.

En el centro del segundo piso, un espacio abierto mira hacia abajo, donde está la reproducción exacta de la tumba del Señor de Sipán. Se puede observar la disposición del ataúd, rodeado por las tumbas de sus acompañantes, la ubicación de las ofrendas y las cerámicas, todo diseñado en fibra de vidrio según los moldes y dimensiones originales.

<img alt="imag 07.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/imag%2007.jpg" width="400" height="287">
<strong>Fotos: Mylene d’Auriol</strong>

Ya en la primera planta se muestran reliquias de otras tumbas, incluida la del Viejo Señor de Sipán, probablemente el abuelo del protagonista de esta historia y el más antiguo jerarca hallado en las tumbas reales. Sus joyas también son esplendorosas; figuras de cobre dorado que personifican seres antropomorfos con rasgos de felinos, cangrejos y hasta pulpos; sus narigueras, pectorales de conchas marinas y sonajeras. También tres juegos de collares labrados en oro, uno de ellos con diez arañas que llevan el rostro hierático de un personaje en el cuerpo.

Las salas restantes corresponden a piezas recuperadas de la tumba saqueada antes de desenterrar al Señor de Sipán. Se ha intentado recuperar las ollas de esta tumba, pero muchas de las piezas se encuentran en colecciones particulares, dentro y fuera del Perú. Entre ellas, la más importante es la de Enrico Poli Bianchi, un controvertido coleccionista italiano que tiene un museo privado en Lima, digno de visitar. Pero esta es otra historia…

<img alt="IMG 0009 Pulpo.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG%200009%20Pulpo.jpg" width="400" height="273">
<strong>Foto: Mylene d’Auriol</strong>

El circuito del museo culmina con la sala que alberga la corte real del Señor de Sipán. Se trata de 35 maniquíes que representan a los personajes más trascendentes de la corte del soberano mochica, acompañados de músicos, mujeres y niños. La gracia es que los personajes se mueven. Entonces ingreso a una penumbra que da lugar al inicio de una secuencia de luz, sonido y movimiento. Los músicos soplan sus pututos y tocan sus tambores y flautas; los soldados realizan breves movimientos marciales y los asistentes limpian sus armas. Finalmente el tocador de cascabeles sacude su instrumento anunciando el final del despliegue escenográfico.

Existe aun, según Alva, una cantidad considerable de piezas arqueológicas aún sin exhibirse, puesto que están en proceso de estudio y restauración. Lo cierto es que el Señor de Sipán, el soberano que rigió el destino de miles de personas y cuyo descubrimiento justificó la construcción de este museo, gozó de buena salud. Estudios realizados a sus restos óseos revelan, que, salvo una incipiente artritis, vivió bien y gozó de una talla alta para su tiempo, así como de poco desgaste dental. Murió probablemente a los 40 años y muchos lloraron (y pagaron con su vida) su deceso. El Señor de Sipán descansará finalmente en su última gran morada. Esta vez para siempre. <strong>(1)</strong>

<strong>(1)</strong> Artículo publicado originalmente en la sección Arte de la revista <a href="http://www.revistatravesias.com">Travesías</a>, en su edición de marzo de 2004, págs. 77 - 81.

<u><strong>Bitácora de Viaje</strong></u>

Museo Tumbas Reales de Sipán
Av. Juan Pablo Vizcardo y Guzmán s/n, Lambayeque
Teléfonos: (074) 28 39 77 / 38 39 78
<a href="http://www.tumbasreales.org">www.tumbasreales.org</a>
Abierto de martes a domingo, 9 a.m. - 5 p.m.
Entrada general: S/.7 adultos; S/.2.50 medio y S/.1 escolares (6 a 17 años)






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   <title>Episodios de un viaje a Chiclayo</title>
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   <published>2008-02-22T23:25:22Z</published>
   <updated>2008-05-30T22:32:02Z</updated>
   
   <summary> Foto: Jorge Riveros Cayo Historia de dos viajeros Subo hasta la cima del cerro Purgatorio, situado en medio del fértil y cálido valle de la Leche en Lambayeque, rodeado de pirámides de adobe que, en la actualidad, se asemejan...</summary>
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      <name>Jorge Riveros</name>
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<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

<big><strong>Historia de dos viajeros</strong></big>

Subo hasta la cima del cerro Purgatorio, situado en medio del fértil y cálido valle de la Leche en Lambayeque, rodeado de pirámides de adobe que, en la actualidad, se asemejan más a generosas porciones de helados de chocolate derretidos bajo el sol. Un camino escalonado me conduce hasta lo más alto de este promontorio de 197 metros de altura. Desde la cima, contemplo un vasto complejo arquitectónico, sobre las planicies de Túcume, donde más de veinte templos se alzan frente a las inclemencias del tiempo, desde hace unos 1700 años de antigüedad. Algunos arqueólogos sostienen que fue la antigua capital de los lambayeque. Otros arguyen que fue un centro de peregrinación. Da igual. El sitio es alucinante por donde se le vea. Me encuentro con un camarógrafo costarricense, concentrado en hacer tomas que capten ese contraste entre el verdor de los arrozales, las tonalidades de marrón que dominan el paisaje arquitectónico y los azules intensos del cielo nublado que se confunden con el perfil anguloso de las montañas en el horizonte. Empiezo a disparar mi cámara. De pronto una mujer joven y guapa, de ondulados cabellos color carmín, se me acerca con la pregunta a boca de jarro: “¿Podís tomarnos una foto con tu cámara y enviárnosla? Es que nos robaron y quisiéramos una foto en este sitio tan precioso”. Por un momento pienso que puede ser centroamericana. Costarricense o quizás guatemalteca. Pero al hablar, su acento la delata. Con cuatro disparos certeros retrato a Giannina y Gregoire –chilena y francés, respectivamente– con el abrumador paisaje que nos rodea. Días antes estuvieron en Huanchaco, ruteando la costa peruana, y se quedaron dormidos en la playa. Al despertar, se dieron con la sorpresa que les habían robado la cámara digital, el dinero y otras pertenencias. Cagados. Pero esta pareja de mochileros no se amilanó. Decidieron continuar su periplo hacia el norte del Perú y de ahí, al Ecuador. Ahora andan más precavidos, quizás algo a la defensiva, admite Giannina. Pero igual tienen ganas de seguir viajando y serán felices al recorrer el mundo.
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<big><strong>Señor de Sipán… ¡revuélquese en su tumba!</strong></big>

<img alt="IMG 9001 Señor de Sipán con un fan.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG%209001%20Se%C3%B1or%20de%20Sip%C3%A1n%20con%20un%20fan.jpg" width="400" height="303">
<strong>Foto: Elizabeth Peña</strong>

Mi primera impresión de Chiclayo es la de una ciudad insoportablemente calurosa, caótica y hostil. Hasta ahora, varios días después de haber permanecido en esta urbe (después de mi recorrido por el Sur del Perú, que iré relatando durante las siguientes semanas), no entiendo porqué ostenta el dudoso título de “la Ciudad de la Amistad”, si en las cabinas de internet te tratan como a un perro cuando reclamas, si en el Scotiabank de la Av. Balta 625, te cierran la puerta en la cara “porque ya son las 6 p.m.” cuando uno intenta reclamar porqué diablos un cajero automático del banco entrega un billete de 50 nuevos soles roto y nadie se hace responsable, o si los taxistas chiclayanos se niegan a llevarte al lugar donde solicitas por que está “muy lejos” y se marchan en tus narices, sin lugar a que por lo menos, le preguntes “qué tan lejos”. Ciudad de la amistad… las pelotas. 

Pero no todo es malo. También hay cosas risibles, lindando con lo surrealista. Por ejemplo, esa inexplicable obsesión que los chiclayanos tienen por el Señor de Sipán. Porque pareciera que, estos remotos descendientes del soberano de Huaca Rajada, despertaron al mundo el día que Walter Alva descubrió la famosa tumba real, en 1988. Desde entonces, todo ha pasado a denominarse “Sipán” o “Señor de Sipán” en Chiclayo y alrededores. Ya sé que es un tema de estrategia de mercadeo y que, “en nombre del turismo y la promoción turística del Perú”, todo se puede aunque sea aberrante, huachafo y de pésimo gusto. Pero parece que la imaginación y el ingenio no tienen mayores recursos. Quizás el calor extremo, o el excesivo consumo de zapallo loche, limitan la inteligencia y creatividad de estos pobres cristianos. No sé.

Me basta subirme a un taxi que me traslada desde el aeropuerto José Abelardo Quiñonez hasta el Museo Tumbas Reales de Sipán, situado a 10 kilómetros al norte de Chiclayo, en la localidad de Lambayeque, para comprobar que el pobre Señor de Sipán está hasta en la sopa. Avisos luminosos de neón, letras de bronce que brillan bajo el sol, figuras horribles, letreros feísimos, muñecos monstruosos que parecen monigotes emulan la alta investidura de este soberano precolombino. Y los nombres, para todo tipo de gusto y necesidades: Sipán Tours, Caja Sipán S.A., Hotel Gran Sipán, Grupo de Danzas Peruanas Sipán, Sandalias Sipán, Sipán Constructores S.R.L., Sipán Gas E.I.R.L., Pastelería Señor de Sipán, Renovadora de Calzado Sipán, Universidad Señor de Sipán, Dulcería Sipán. Me parece haber olvidado Chifa Sipán y la Agencia Funeraria Señor de Sipán, que no los visto con mis propios ojos, pero que me parta un rayo si no existen en algún lugar recóndito de esta ciudad. 

Google registra alrededor de 133,000 resultados con el nombre de “Sipán”. También está el Hotel Šipan, situada en una remota isla croata en aguas del Mar Adriático, que no tiene nada que ver con el personaje mochica, por cierto. Pero esa es otra historia.

<img alt="IMG_4607 Escenificación.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_4607%20Escenificaci%C3%B3n.jpg" width="400" height="306">
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

Sin embargo, el tema no queda ahí. No contentos con bautizar a cuanto negocio, o institución pública y privada con el título del otrora poderoso noble enterrado en Huaca Rajada, las autoridades regionales, provinciales y distritales no se les ocurrió mejor idea para impresionar y/o divertir a la comitiva de periodistas extranjeros (a la que fui invitado en último momento) que asisitieron al <a href="http://www.fitperu.org">Fit Peru 2008 </a>(Feria Internacional de Turismo), con unas 15,473 escenificaciones del Señor de Sipán y omnipresente imagen junto a su real comitiva. En realidad fueron cuatro, sin contar con la exhibición permanente del Museo Tumbas Reales de Sipán. Pero si tomamos en cuenta que la feria de turismo duró cuatro días, ya pues, es un abuso. Pregunto entonces, ¿qué habría hecho el Señor de Sipán si viviera en estos tiempos y comprobase la forma tan grosera y barata en que corrompen su imagen divina y excelsa con fines tan mercantilistas? ¿Discoteca “Señor de Sipán”? Por favor. 

¡Oh poderoso Señor de Sipán, descendiente de la divinidad alada de Ñaylamp! Aplaca tu ira y…. ¡mándelos a degollar a todos!


<big><strong>La (nueva) casa de la Luna</strong></big>

<img alt="doblefoto.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/doblefoto.jpg" width="400" height="274">
<strong>Fotos: Jorge Riveros Cayo</strong>

A 20 kilómetros al noreste de Chiclayo se sitúa Ferreñafe, un pueblo polvoriento y caluroso que pasaría desapercibido, hoy en día, si no fuera porque ahí se construyó el <a href="http://sican.perucultural.org.pe">Museo Nacional Sicán</a>. Abierto al público en 2001, en este recinto (que se asemeja a una pirámide trunca) se exhiben los artefactos de cerámica y orfebrería más notables de la cultura Sicán (también denominada Lambayeque), excavados de varias tumbas situadas muy cerca a las pirámides levantadas en medio del milenario Bosque de Pomac. El museo alberga pródigamente algunos de los objetos de oro, plata y cobre mejores labrados de toda la Costa Norte peruana. Carlos Elera, arqueólogo y director del museo, nos explica que la gran mayoría del oro precolombino que hemos visto en nuestros días proviene justamente de esta zona, donde además se ha saqueado, de forma sistemática e impune, desde la llegada de los conquistadores españoles hasta nuestros días. “De esta manera, el saqueo de Pomac representa una de las más intensas y extensas labores de depredación cultural realizada en América, durante la era moderna.” <strong>(1)</strong>

Como muestra de esta riqueza, está la famosa gran máscara y tocado ceremonial, confeccionado de oro de 14 kilates, con incrustaciones de piedras de ámbar y esmeraldas, hallado en la Tumba Este, perteneciente probablemente a un personaje de alto rango (imagen de arriba, a la izquierda). El museo también exhibe la recreación de escenas de la vida y muerte de los pobladores de esta nación. El que más me fascinó fue la del entierro de un hombre prominente, en la Tumba Este también. El cuerpo fue encontrado flanqueado por un par de guantes cubiertos por láminas de oro. En la mano derecha tenía un vaso de oro. El cuerpo estaba situada en posición inversa (es decir, de cabeza), finamente ataviado, y con la cabeza cercenada en una posición de 180° mirando hacia el oeste y cubierta con una máscara de oro (imagen de arriba, a la derecha).

<img alt="IMG_4726 Árbol Milenario.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_4726%20%C3%81rbol%20Milenario.jpg" width="400" height="306">
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

Con un poco más de 5,887 hectáreas de extensión, el <a href="http://www.darwinnet.org/docs/Hoja%20Informativa18.pdf">Santuario Histórico Bosque de Pomac</a> está situado sobre el valle medio del río La Leche, a unos 32 kilómetros al noreste de Chiclayo. Se trata de uno de los mejores ejemplares de bosque seco ecuatorial en el país, protegido por el Estado. Predominan árboles como el <strong>algarrobo</strong> (<em>Prosopis pallida</em>), el <strong>sapote</strong> (<em>Capparis angulata</em>) y el <strong>angolo</strong> (<em>Pithecollobium multiflorum</em>), arbustos como el vichayo (<em>Capparis ovalifolia</em>) y el <strong>cáctus gigantón</strong> (<em>Neoraimondia gigantea</em>) una gran variedad de vida silvestre, en especial aves endémicas a este ecosistema, como la <strong>cortarrama peruana</strong> (<em>Phytotoma raimondii</em>) en situación de peligro. Uno de los atractivos más interesantes de este bosque es el “Árbol Milenario” (imagen de arriba): un algarrobo de proporciones inmensas, formas caprichosas y una edad más que venerable. Algunos dicen que tiene más de 500 años de antigüedad. El asunto es que este árbol ha sido venerado desde tiempos remotos, dado que le atribuyen una serie de milagros y mitos. Constituye además todo un símbolo de esta especie. Larga vida al algarrobo.


<big><strong>Historia de viajeros II</strong></big>

<img alt="IMG_4819 Valle de las pirámides.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/IMG_4819%20Valle%20de%20las%20pir%C3%A1mides.jpg" width="400" height="306">
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

A Giannina y Gregoire me los volví a encontrar pocas horas después de haberlos conocido. Yo salía rumbo a Lambayeque desde el pueblito de Túcume, en busca de una combi que me llevara hacia el Museo Tumbas Reales de Sipán. Era domingo en la tarde y la movilidad, según me dijeron, sería escasa. En efecto, llegué a la Antigua Panamericana que cruza el pueblo de sur a norte, y ahí estaban, sentaditos en una esquina, portando sus mochilas al hombro, con caras de cansados, a la espera de que pase alguna puta movilidad. Había transcurrido, al menos, una hora y media desde que los dejé y, al parecer, les iba a hacer compañía forzosa hasta que pasara un conductor que le diera la gana de trabajar y llevarse a unos treinta cristianos hacia Lambayeque y Chiclayo, incluido mi persona. Ya era casi de noche. Pero tomamos las cosas con calma. A fin de cuentas, yo sólo tenía que ir a la ceremonia de clausura de la Fit Perú 2008, y ellos solo iban en busca de un autobús que los condujera hacia Tumbes. Y así, mientras esperamos, nos fumamos un cigarrillo, charlamos y contemplamos -entre risas- las fotos que les hice esa tarde y otras más. 
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   <title>Crónicas desde Arequipa (III)</title>
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   <published>2008-02-11T15:05:16Z</published>
   <updated>2008-05-30T22:31:43Z</updated>
   
   <summary> Foto: Jorge Riveros Cayo El regreso 31 de enero de 2008. Son las 5:55 a.m. El vuelo 117 de LAN aterriza sin novedades sobre la pista principal del aeropuerto internacional Alfredo Rodríguez Ballón de Arequipa. La temperatura marca 10...</summary>
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      <name>Jorge Riveros</name>
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      <![CDATA[<img alt="LlegadaDeMadrugada.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/LlegadaDeMadrugada.jpg" width="400" height="304">
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

<strong><big>El regreso</big></strong>

31 de enero de 2008. Son las 5:55 a.m. El vuelo 117 de LAN aterriza sin novedades sobre la pista principal del aeropuerto internacional Alfredo Rodríguez Ballón de Arequipa. La temperatura marca 10 grados centígrados, nos advierte la aeromoza. Bajo por la escalinata del avión (en el aeropuerto de Arequipa, con todo lo internacional que se le llame, no hay mangas), me sumo a unas diez personas que se detienen a pocos metros del Airbus 319, sacan sus cámaras digitales o celulares último modelo y empiezan a disparar sin clemencia hacia la impresionante vista del Chachani y el Misti. Frío de mierda. Pero la gente ni se inmuta. En los meses de lluvia, los tres volcanes que rodean Arequipa (los ya nombrados, más el Pichu Pichu) desaparecen del escenario cubiertos por nubarrones o tormentas de nieve. Solo en las mañanas, en horas muy tempranas, se puede contemplar estos nevados imponentes. Un guachimán se acerca con ademanes de querer botarnos. Estamos a pocos metros de la pista de aterrizaje.  Pero nadie le hace caso. Estoy nuevamente en Arequipa, después de poco más de tres meses. Resulta curioso, extraño y triste mi retorno a la Ciudad Blanca. Se cruzan varias circunstancias que han marcado mi vida en estos últimos meses. Mi madre falleció el 30 de noviembre del 2007, víctima de un cáncer contra el cual luchó, sin cuartel, hasta el final. Su muerte me obligó a dejar de lado muchos compromisos, incluyendo escribir en este blog. Ahora, de regreso a la tierra que la vio nacer, retorno, desde aquí, a esta bitácora de viajes para iniciar el relato de un largo periplo que aún no ha culminado. Ya es hora de contar nuevamente las historias de mis travesías. 

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      <![CDATA[<img alt="CampiñaArequipeña400.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/Campi%C3%B1aArequipe%C3%B1a400.jpg" width="420" height="271" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;"/><strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

“Los arequipeños son muy aficionados a la buena mesa y, sin embargo, son pocos hábiles para procurarse un placer. <strong>Su cocina es detestable</strong>. Los alimentos no son buenos y el arte culinario está aún en la barbarie. El Valle de Arequipa es muy fértil, pero las legumbres son malas; las papas no son arenosas; las coles y las arvejas, duras y sin sabor; la carne no es jugosa; en fin, hasta las aves de corral tienen la carne cariácea y parecen sufrir la influencia volcánica. La mantequilla y el queso se traen desde lejos y jamás llegan frescos. Los mismo sucede con la fruta y el pescado que vienen desde la costa; el aceite que se usa es rancio, mal purificado; el azúcar groseramente refinado; el pan mal hecho. En definitiva, <strong>nada es bueno</strong>.” <strong>(1)</strong>

Esta descripción no corresponde al de algún enfadado lector de este blog, enfrascado en aquella batalla verbal que hubo a lo largo de noviembre y diciembre del año pasado, cuando escribí sobre lo bien que se come en esta ciudad [lean <a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/2007/11/cronicas-desde-arequipa-i.html" target=_blank>Crónicas desde Arequipa (I)</a>]. El relato viperino y despiadado –con una cuota de realidad si lo situamos en el contexto histórico adecuado– corresponde a la de Flora Tristán, hija de arequipeño y francesa, que vino a la tierra de su padre, Mariano Tristán, para conocer a una de las familias más poderosas y acaudaladas de principios del siglo XIX en el Perú. Sus experiencias en el país fueron plasmadas en un libro titulado, “Peregrinaciones de una paria”, que justamente compré en Arequipa en noviembre último. El libro fue publicado en París, en 1838, después que Flora permaneciera por alrededor de diez meses al pie del volcán. El libro es un relato extraordinario de aquel viaje. Las impresiones que recoge Flora sobre el Perú, sin embargo, no son nada bondadosas. 

“Voy a decir cuál es su manera de alimentarse [de los arequipeños]. Se desayuna a las nueve de la mañana. Esa comida se compone de arroz con cebollas (cocidas o crudas, ponen cebollas a todo), carnero asado, pero tan mal preparado que nunca se puede comer. Enseguida viene el chocolate. A las tres se sirve una olla podrida (puchero es el nombre que se le da en el Perú), ésta se compone de una mezcla confusa de diversos alimentos: carne de vaca, tocino y carnero hervidos con arroz, siete u ocho especies de legumbres y todas las frutas que les cae a la mano, como manzanas, peras, melocotones, ciruelas, uvas, etc. Un concierto de voces falsas o de instrumentos discordantes no sublevan la vista, el olfato y el gusto como lo hace esta bárbara amalgama. Vienen después camarones preparados con tomates, arroz, cebollas crudas y ají; carne con uvas, duraznos y azúcar; pescado con ají; ensalada con cebollas crudas y huevos con ají. Este último ingrediente lo emplean con profusión en todos sus guisos, junto con una cantidad de otras especerías. La boca queda cauterizada y para soportarlo el paladar debe haber perdido su sensibilidad. El agua es la bebida ordinaria. La comida se toma a las ocho de la noche y los guisos son de la misma calidad que los del almuerzo.” <strong>(2)</strong>      

Flora Tristán llegó al país con una larga expectativa por tomar posesión de la herencia de su padre que, al final, le fue denegada por su tío, Pío Tristán. Tal situación la ahogó en un mar de amarguras y rencores contra el Perú y todo lo que fuera peruano. Pese a ello, sus juicios en torno a la comida arequipeña no dejan de ser interesantes y, en algunos aspectos, hasta acertadas. La comida del campo que hoy conocemos como la gran cocina arequipeña, fue olímpicamente ignorada en aquellos tiempos. Flora al parecer, por desgracia, nunca tuvo acceso a ella.

<img alt="ValleDeMajes400.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/ValleDeMajes400.jpg" width="420" height="320" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;"/><strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

He regresado a Arequipa para ir a dos lugares a los que no voy desde hace mucho tiempo: el Valle de Majes y el Valle del Colca. Ambos lugares están unidos por un río, con una longitud aproximada de 500 kilómetros, que los atraviesa a distintas alturas, ecosistemas, climas y geografías. Además, tiene el extraño privilegio de poseer hasta cinco nombres. Ambos valles son focos de un turismo creciente y pujante, aunque de distinto género. Primero voy al Valle de Majes, bendecido con camarones inmensos (aunque, en la actualidad, haya temporada de veda) y tierras fértiles donde se siembra arroz, uvas y muchas otras frutas, rodeadas de fabulosas y alucinantes formaciones geológicas. Me dirijo a Central Ongoro, una localidad situada a 10 kilómetros de Aplao, la capital de la provincia de Castilla. Ahí vive mi amigo Julio Zúñiga con su pareja Durby, ambos propietarios de un lodge que está rodeado de viñedos, abundantes frutales y una bodega repleta de piscos y vinos. Estoy con ellos apenas un par de días.  

Posteriormente retornó a la ciudad de Arequipa para abordar un autobús que me lleva a Chivay, capital de la provincia de Caylloma y punto de partida de la parte baja del Valle de Colca. Regreso a este lugar después de ocho años, en medio de lluvias propias de este período del año. Mi propósito es visitar la sede de la Agencia Española de Cooperación Internacional que, dentro de sus varios proyectos, ha estado a cargo de la restauración de varias iglesias coloniales del valle. En la sede, situada cerca a la nueva estación de autobuses construida de piedra, me encuentro con Juan de la Serna, arquitecto madrileño y buen amigo quién encabeza los proyectos de restauración del patrimonio histórico en diversos puntos del país. Recorremos varios pueblos del valle para ver los avances que AECI, en estrecha colaboración con los pobladores, han logrado a lo largo de estos años. Los resultados son increibles.

Ambas historias, junto con otras más, las iré relatando con lujo de detalles en las siguientes semanas. Hay mucho que contar. Hasta entonces.

<img alt="ElValleDelColca400.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/ElValleDelColca400.jpg" width="420" height="320" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;"/><strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

(1) Tristán, Flora: “Peregrinaciones de una paria”, traducción de Emilia Romero; Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; Lima, 2006; pág. 281.
(2) Ibíd; págs. 281 - 282]]>
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   <title>Crónicas desde Arequipa (II)</title>
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   <published>2007-11-21T16:36:29Z</published>
   <updated>2008-05-30T22:31:25Z</updated>
   
   <summary> Foto: Jorge Riveros Cayo El Monasterio de Santa Teresa: así en la Tierra como en el Cielo - ¿Ya es hora? pregunto. - Aún no, me responde Ricardo mirando su reloj. Faltan dos minutos para las doce. Ricardo Poccohuanca...</summary>
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      <name>Jorge Riveros</name>
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<img alt="084 Monasterio de Santa Teresa abridora.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/084%20Monasterio%20de%20Santa%20Teresa%20abridora.jpg" width="450" height="344">
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

<strong><big>El Monasterio de Santa Teresa: 
así en la Tierra como en el Cielo</big></strong>

- ¿Ya es hora? pregunto.
- Aún no, me responde Ricardo mirando su reloj. Faltan dos minutos para las doce.

Ricardo Poccohuanca –el celador del recinto religioso– cierra la inmensa puerta frente a mí. Una monja de claustro, a quien probablemente nunca veré en persona, hace su ingreso, casi en silencio, a la Sala de las Campanas, situada detrás de aquella puerta. En medio, cuelgan tres gruesas cuerdas blancas amarradas a las campanas que están colocadas en lo alto de la torre blanca de la iglesia. La monja tañedora, invisible ante los ojos del mundo, jala con fuerza una de las cuerdas tres veces. O quizás cada cuerda una sola vez. En realidad, no lo sé porque no estoy ahí para presenciarlo. Pero sí oigo los tres campanazos, sonidos secos y pausados, que marcan las doce del mediodía de un soleado martes 30 de octubre de 2007. Pego mi oreja a la puerta. Quiero oír el más mínimo sonido que haga aquella monja invisible, a quien probablemente nunca le veré el rostro. A lo lejos, escucho el sonido de una llave que entra en un cerrojo. Una puerta ha sido lentamente cerrada. La monja se ha ido. Martín abre nuevamente la inmensa puerta frente a mí y sonríe con cierta sorna al observar la expresión expectante en mi rostro. Me invita a cruzar el ambiente para dirigirnos a la iglesia. Al caminar observo las cuerdas de las campanas. Aún se mueven. En escasos segundos tendré el extraño privilegio de oír rezar el Angelus y cantar la Hora Sexta a 21 monjas de clausura y cinco novicias –actuales inquilinas del Monasterio Carmelita de Santa Teresa– apostadas en el Coro Bajo de la iglesia, tras una hermética reja cruzada de madera que las mantiene ocultas de un intruso como yo. 

12:15 p.m. Las religiosas se retiran. Un silencio sepulcral invade nuevamente el templo. Decido quedarme un rato más, esperando oír quizás algún murmullo detrás de las paredes impregnadas de cierta mística religiosidad. Sin lugar a dudas.
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<img alt="016 Cuerdas de las campanas.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/016%20Cuerdas%20de%20las%20campanas.jpg" width="450" height="344">
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

Misti no erupciona, ni bota fumarolas como un volcán. Me mira de reojo, más bien, y al saber que no le genero peligro para su integridad física, salta y brinca alrededor mío, jugueteando pero esquívamente, marcando sus patitas embarradas de tierra mojada sobre mi pantalón negro. Misti es un perro peruano, recontra calato, medianamente pequeño pero con la energía de un gigante. De un murciélago gigante, pienso, al verle la cara de cerca con su gracioso mechón sobre la cabeza. “Es la mascota de las monjas”, me dice Patty, la guía que me conduce por los diferentes ambientes del sector del monasterio abierto al público. Pero al parecer, Misti goza más de la compañía de los visitantes que de sus santas propietarias. Nos acompaña a cierta distancia mientras Patty empieza a explicarme la historia del convento al ingresar al Claustro de las Oficinas, uno de los cuatro que existen donde ahora se sitúa el museo. Misti, me pongo a divagar, es el vínculo más cercano entre mi persona y las monjas de claustro, de quienes no veré ni la sombra. “Yo las he visto”, me confiesa Patty, casi adivinando lo que pienso. Días después me entero que los guías, todos muy jóvenes, han tenido contacto con las habitantes de Santa Teresa. “Son bajitas y menuditas –me diría otro guía en algún momento– y la Madre Superiora tiene apenas 29 años”. Misti me sigue a distancia, pero se acerca en forma audaz para olfatear concienzudamente mi mochila.

<img alt="016 Claustro de las Oficinas vertical.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/016%20Claustro%20de%20las%20Oficinas%20vertical.jpg" width="255" height="330">
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

“A las cuatro de la tarde del domingo 23 de noviembre de 1710, una multitudinaria procesión salió de la entonces barroca catedral de Arequipa. En una esquina de la plaza se apreciaba, imponente, la iglesia de La Compañía, terminada hace unos años atrás. Una nube de incienso abría el cortejo que pasaba bajo los arcos floridos y ante los altares domésticos levantados en los portones de las casas. La procesión tomó la calle de la Alcantarilla, siguió de frente hasta el templo de San Francisco, donde hizo una pausa, y subió luego tres calles a la derecha hasta llegar a lo que entonces era uno de los confines de la ciudad, en las estribaciones de la pampa de Miraflores.”

“Primaba lo barroco: portadas, atuendos, arcos, imágenes, la ceremonia misma, respondían a ese estilo recargado y encubridor que estaba floreciendo con un curioso encanto en su variante mestiza…Sobre la multitud…se veían ricamente ataviadas las imágenes patriarcales de los santos cuyas órdenes habían ido afincándose en la ciudad a partir de su fundación española (1540). Santo Domingo, San Francisco, San Agustín, San Ignacio, San Pedro Nolasco, San Juan de Dios eran llevados en andas. Entre ellos, iban también…Santa Catalina, bajo cuya advocación había surgido el primer monasterio de monjas de la ciudad (1578); y, como nueva vecina y guía espiritual venida simbólicamente a estas lejanas tierras, la imagen de Santa Teresa de Jesús, en compañía de San José y la Virgen del Carmen.” <strong>(1)  </strong>

<img alt="038 Iglesia desde el Coro.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/038%20Iglesia%20desde%20el%20Coro.jpg" width="450" height="344">
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

El recorrido por el convento me transporta irremediablemente al pasado. Es julio de 1977. Durante mis vacaciones de medio año, mientras mis compañeros de colegio patalean por ir a Disneylandia, mi madre me envía a Arequipa a pasar una corta temporada con mis abuelos. Es primera vez que realizo un viaje solo. Me embarco en uno de esos legendarios pero ruidosos Boeing DC-9 de Faucett, con el respectivo permiso notarial sujetado con un imperdible a mi largo saco azul, exageradamente elegante para mi edad. Tengo apenas 8 años. A los pocos días de llegar a la Ciudad Blanca, mi abuelo me lleva al Monasterio de Santa Catalina, ícono indiscutible de la religiosidad y misticismo arequipeños. El padre de mi madre, Jorge Cayo Linares, hijo de un militar vencedor del Combate de Dos de Mayo es, más bien, un modesto pero talentoso escultor de imágenes religiosas. Le fascina pasearse, una y otra vez, por iglesias y conventos, contemplando las grandes obras maestras, pero también las que le encargan. Él es la primera persona a quien oigo hablar del Monasterio de Santa Teresa, un lugar restringido para el resto del mundo, me dice, repleto de tesoros coloniales que muy pocos han tenido el privilegio de apreciar. Mi abuelo es uno de ellos. Me lo confiesa, casi susurrando, para que lo tenga claro. Treinta años después, finalmente puedo contemplar las pinturas y esculturas del siglo XVII y XVIII, atesoradas en este recinto religioso, de los que alguna vez oí hablar.

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<strong>Fotos: Jorge Riveros Cayo</strong>

“En 1643 se funda en Lima, capital del entonces floreciente virreinato del Perú, el primer monasterio de la reforma carmelita. Entre las primeras religiosas figura una joven arequipeña llamada Teresa Butrón [Antonia Teresa del Espíritu Santo], quien se empeña en partir a la capital e ingresar en la Orden, no obstante la propuesta familiar para que profese en el monasterio domínico de Santa Catalina de Arequipa. Una sobrina de Teresa Butrón, Inés Moscoso y Butrón [Inés de Jesús María] (ver imagen de arriba a la derecha), no tarda en seguir su ejemplo y parte también a Lima.”

“En 1655, tía y sobrina vuelven a su ciudad rumbo a Chuquisaca (Bolivia), a donde han sido convocadas por el obispo de La Plata para fundar un nuevo monasterio carmelita. En Arequipa, las dos religiosas convencen a parientes y amigos de la necesidad de fundar allí también un monasterio carmelita. En 1673, las dos religiosas viajan de Chuquisaca al Cusco para fundar un nuevo monasterio. No llegan a ver realizado su sueño en Arequipa, pues fallecen pocos años más tarde en la clausura cusqueña, pero dejan en la ciudad una semilla que no tarda en madurar y fructificar.” <strong>(2)</strong>

<img alt="035 Cilicios.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/035%20Cilicios.jpg" width="450" height="344">
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

Franz Grupp Castello es el director del Museo de Arte Virreinal de Santa Teresa de Arequipa, nombre oficial de este recinto de exhibición dentro del monasterio. Restaurador y además, actual director de la sede regional del Instituto Nacional de Cultura, Franz cuenta que, a raíz del terremoto del 23 de junio del 2001, el convento fue seriamente dañado. En un acto sin precedentes, las religiosas no solo decidieron emprender la refacción del monasterio y la restauración de varias obras de arte celosamente guardadas durante siglos, sino que pusieron fin a 295 años de claustro y abrieron parte del monasterio al mundo. Franz junto a su esposa, la conservadora Zully Mercado, dirigieron el trabajo de acondicionamiento de los ambientes arquitectónicos, que ahora son salas de exhibición, bajo un esquema museográfico detallado, instalando sistemas de seguridad y una iluminación adecuada para cada sala. Paralelamente se realizó el inventario de las colecciones de pinturas, esculturas, porcelana y orfebrería. El trabajo duró cuatro cuatro años. Finalmente, el 16 de junio de 2005, los ambientes del monasterio y el Museo de Arte Virreinal de Santa Teresa de Arequipa abrieron sus puertas. “El objetivo es reunir fondos para continuar con la restauración del resto del  monasterio”, explica Franz. Y es que solo un 25% del recinto religioso ha sido refaccionado.

La muestra museográfica exhibe verdaderas obras maestras de los siglos XVII y XVII, procedentes tanto del Viejo Mundo, como de varios rincones del virreinato. Una de las obras que más impresiona por su prolija minuciosidad con la que se hizo es el Baúl de la Natividad: 120 esculturas de unos 15 centímetros de altura que representan personajes religiosos y animales fantásticos. Están organizadas en once escenas de la historia de la Sagrada Familia, incluyendo el nacimiento de Jesucristo. Las figuras fueron elaboradas en Quito. El baúl que alberga las figuras –mandado a fabricar por un cura llamado Pedro de Arbe– mide casi dos metros y sirve de espectacular escenario para este nacimiento inmenso, sostenido por columnas barrocas doradas y con montañas de fondo elaboradas con cristales de cuarzo. Pero también hay piezas menos suntuosas y quizás con un significado mucho más místico que decorativo. En el Locutorio Grande, por ejemplo, se exhiben instrumentos de auto-flagelación como los cilicios, usados por las religiosas para cumplir actos de penitencia.

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<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

Me he pasado casi todo un día en el Monasterio de Santa Teresa. Por momentos, y para suerte mia, prácticamente solo. Santa Catalina, con más de 30 años abierto al público, aún se mantiene como un imán turístico frente a Santa Teresa. A pesar de ello, muchos turistas visitan ambos sitios. Lo cierto es que cada uno tiene distintas cosas que ofrecer. Y para mí, Santa Teresa se me plantea como un misterio aún por resolver. Es un "museo vivo", donde uno, sin saberlo, interactúa con las religiosas que habitan el convento. Camino hacia la salida y me fijo por última vez en una de las sentencias escritas en los techos abovedados del Claustro de las Oficinas:

<em>Aspira a lo celeste, que siempre dura
Y aunque se pasa todo, Dios no se muda.</em>

A lo lejos veo a Misti quien corretea incansablemente a una mariposa. Finalmente se cansa y se sienta bajo la sombra de un arco. Él es mudo testigo del momento preciso en que el convento cierras sus puertas y las religiosas vuelven a tomar posesión de su casa, cuando el bullicio se detiene, las miradas curiosas cesan y el pasado resucita como por arte de magia. Entonces el Monasterio de Santa Teresa rebrota de vida como nunca antes. 

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<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

<strong>(1)</strong> Ruiz Rosas, Alonso: “Monasterio de Carmelitas Descalzas de Arequipa”, en Monasterio de Santa Teresa de Arequipa, 2005; págs. 11 – 12
<strong>(2) </strong> Ibíd.; págs. 18 – 20

<strong><u>Bitácora de Viaje</u></strong>

Monasterio de las Carmelitas Descalzas de Santa Teresa de Arequipa
Melgar 303, Centro Histórico
Teléfonos: (054) 24 25 31 / 28 11 88
E-mail: museocarmelitas@yahoo.com; <a href="http://www.museocarmelitas.com">www.museocarmelitas.com</a>
Abierto de lunes a sábado, 9 a.m. – 5 p.m.; domingo, 9 a.m. – 1 p.m., todos los días del año excepto Navidad, Año Nuevo, Viernes Santo y el 16 de julio.
Entrada general: S/. 10 público en general y S/.1.50 estudiantes

<u><strong>Para tomar en cuenta </strong></u>

A la izquierda del patio de ingreso al monasterio, está situada una pequeña tienda donde se ofrecen dulces, pasteles y empanadas de carne (estás últimas buenísimas, a S/.2), jabones de rosas (a S/.6) y otros productos elaborados por las religiosas del convento. Así mismo, se venden postales y libros sobre el monasterio, incluyendo el catálogo escrito por Alonso Ruiz Rosas (a S/.50) –de donde he citado algunos párrafos– con fotos de Billy Hare y Alex Bryce, y una curiosa publicación titulada <em>El Monasterio del Carmen de la Ciudad del Misti, Arequipa</em>, (a S/.30) escrito por Fray Basilio de Santa Teresa, publicado en 1957.


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   <title>Crónicas desde Arequipa (I)</title>
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   <published>2007-11-07T19:44:33Z</published>
   <updated>2008-05-30T22:31:06Z</updated>
   
   <summary> Foto: Jorge Riveros Cayo Cinco lugares para ser feliz (comiendo) en la Ciudad Blanca La semana pasada estuve en Arequipa. No iba hace muchos años. En esta ocasión, la travesía fue algo inesperada, pero con un objetivo clarísimo: viajé...</summary>
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      <name>Jorge Riveros</name>
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<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

<big><strong>Cinco lugares para ser feliz 
(comiendo) en la Ciudad Blanca</strong></big>

La semana pasada estuve en Arequipa. No iba hace muchos años. En esta ocasión, la travesía fue algo inesperada, pero con un objetivo clarísimo: viajé con mi flamante socia de una aventura empresarial, en un rubro que nos apasiona a los dos por igual: comer bien. Y eso fue lo que hicimos. Recorrimos las picanterías más tradicionales de Arequipa, exploramos los restaurantes que se autodenominan <em>gourmet</em> o <em>de fusión</em> en los alrededores de la calle San Francisco, conocimos a verdaderos personajes del ambiente culinario arequipeño y nos adentramos al colorido mundo del Mercado San Camilo, donde el dulce aroma de las papayas arequipeñas es sólo comparable al intenso sabor del chocolate de La Ibérica o a la inconfundible fragancia del anisado Muñoz-Nájar. De Arequipa proviene la familia de mi madre. Por mis venas fluye sangre arequipeña, pese a haber nacido en Lima. Es la ciudad de mi infancia, a donde viajé innumerables veces para gozar de las vacaciones junto a mis abuelos, Natalia y Jorge. Fue en su casa, situada en la calle Deán Valdivia, donde descubrí que los arequipeños le rinden un incomparable culto a la comida. No se quejan ni de los portentosos platos que les sirven, ni de la digestión lenta que puedan padecer ("para eso está el <em>té piteado</em>", diría  mi abuela), ni de los terremotos que han asolado la ciudad, ni de las revoluciones que han propiciado desde su fundación española. Y es que los arequipeños tienen coraje y orgullo. Bolas que le llaman. No en vano tienen un plato hecho en base a los testículos del toro llamado <em>zarza de criadillas</em>, que se lo comen en un afán simbólico de doblegar la fiereza del animal más temible de la campiña. Así, la tradición culinaria arequipeña, que tan profusamente se ha desarrollado durante siglos, ha convertido a sus habitantes en seres llenos de dicha y felicidad. Yo también, admito, haber sido feliz durante los seis días que permanecí en la tierra de mis ancestros, al reencontrarme con una gran cocina vigorosa y marcada por nuevas tendencias que invaden la ciudad. Por ello, me animo a recomendarles cinco lugares donde podrán ser inmensamente dichosos si gozan, tanto como yo, de la buena comida. Porque la felicidad se encuentra siempre sobre una mesa noble, servida con algún manjar, una buena copa y al pie de un volcán]]>
      <![CDATA[<strong><bigLa picantería tradicional</big></strong>

Llegué un sábado a Arequipa. Ese mismo día nos dedicamos a recorrer, con mi socia, el camino que conduce a Sachaca, un pequeño pueblo situado al noroeste de la ciudad. Nos habían dicho que a lo largo de esta vía, encontraríamos un buen número de picanterías célebres como La Cantarilla, La Cau Cau y La Lucila, esta última la más notable de todas, en especial después de que Gastón Acurio le diera tremendo espaldarazo a través de su libro, <em>Perú, una aventura culinaria </em>y su programa de televisión por cable. 

Tuvimos la suerte que doña Lucila Salas Valencia viuda de Ballón, con 90 años, 5 hijos, 11 nietos y 5 bisnietos, media sorda, extraordinariamente lucida y cálida, y eso sí, algo mandona e indudablemente renegona, tuviera la buena gana de conversar con nosotros. Nos sentamos en un rincón de la antigua cocina a leña, donde hasta hace poco tiempo atrás, ella molía con su batán los ajos, las hierbas y los rocotos para hacer el <em>llatan</em>. Pero hoy en día, la señora está convaleciente de una reciente intervención quirúrgica en una de sus piernas. Por ello, ha delegado el mando de la cocina a sus hijas.

Las demás picanterías que visité, incluyendo La Nueva Palomino en el distrito de Yanahuara, tienen una historia similar: las propietarias, o ya murieron o se jubilaron del negocio. Como consecuencia, las hijas han tomado la posta, convirtiendo a estos bastiones de la comida arequipeña en restaurantes turísticos y de concurrencia masiva. No tengo nada en contra del progreso, pero me jode observar que muchos sabores, recetas y aromas de la gran cocina provinciana de esta región del país se pierden paulatinamente en aras de generar unos billetes de más. 

<img alt="035_Torrejitas y Kola Escocesa.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/viajerosyvagamundos/035_Torrejitas%20y%20Kola%20Escocesa.jpg" width="430" height="324">
<strong>Foto: Jorge Riveros Cayo</strong>

A la mañana siguiente nos dirigimos a la picantería <strong>Sabor Caymeño</strong> a comer un buen <strong>adobo</strong> (S/.8 media porción y S/.16 una porción), plato tradicional que se disfruta los domingos, después de una buena noche de juerga. A mi socia le habían recomendado este lugar, situado en una esquina frente a la plaza de armas de Cayma. Entonces, había que probar. Ni bien entramos se acercó doña María Meza Cárdenas, propietaria del huarique. Media bajita y gordita, con el cabello rojizo y protagonista de la foto que abre esta historia, la señora nos trajo un plato hondo con sus buenos trozos de tierno lomo de chancho macerado -desde el día anterior- en chicha de jora y vinagre, aderezado con ajos, ají colorado, hierbas, y acompañado de rodajas gruesas de cebolla roja escabechada y sus panes de tres puntas para comerlos con el jugo espeso de este plato levantamuertos. La señora miraba con gracia mientras nos relamíamos el plato. 

- Señora, su comida está bien rica...
- ¡Rica estoy yo!

Un par de días después, regresé para hacerle algunas fotos y doña María me invitó una delicia que no comía desde mis años de infancia: <strong>torrejitas de fideos con zarza de carne y habas</strong> (ver foto de arriba). Para acompañar, pedí una <strong>Kola Escocesa 