Viajeros y Vagamundos

Marzo 2008

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Majes, el valle olvidado

Mar
31
2008

IMG_0223 [Valle de Majes_Yayo López].jpg
Foto: Yayo López

6:30 a.m. 3 de febrero de 2008. Julio me advierte que debemos apurarnos si queremos recorrer sus viñedos. Es la hora propicia, insiste, antes que salga el sol tras las montañas y nos queme con alevosía y premeditación. Corremos el peligro que el aire fresco de la mañana se convierta en un vaho que nos ahogue. Cuando hace calor en Majes es francamente insoportable. Pero no sería la primera vez que me sancocho en este lugar. He estado en dos ocasiones anteriores en este valle internadino. El pisco, la hospitalidad de su gente y los camarones son motivos poderosos para retornar siempre. Esta vez, me doy una escapada, aprovechando que estoy de paso por Arequipa, para visitar a Julio y Durby. He abordado un autobús que me conducirá a Aplao, capital de la provincia de Castilla, enclavada en el corazón del valle. Son tres horas y 178 kilómetros de travesía. En Majes abundan los sembríos de arroz, la buena mesa y un sinnúmero de atractivos turísticos. Pero como en el resto de la franja costera del país, estas tierras fértiles están rodeadas por un espacio geográfico desértico y árido, donde la más resistente de las lagartijas saldría huyendo despavoridamente. Después de cruzar las Pampas de Sihuas y Majes, el autobús empieza a descender por curvas serpenteantes hasta que finalmente aparece este valle amplio y verde, rodeado de formaciones geológicas prehistóricas, semejantes a fortificaciones gigantescas e inexpugnables. Mientras el autobús se aproxima a mi destino, contemplo por la ventana a las garzas que sobrevuelan serenamente los arrozales. Paisaje en silencio. Valle prehistórico.

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Vicos, a vuelo de viento (II)

Mar
18
2008

IMG_0032 [Huascarán al amanecer].jpg
Foto: Yayo López

Abril de 2003. El frío de madrugada
me despierta abruptamente.

Una gallina que empolla a sus futuros hijos me mira insolente porque estoy invadiendo sus dominios. Estoy en casa de Pablo Tadeo, más precisamente en su gallinero, durmiendo en mi cómoda bolsa de dormir confeccionada con plumas de ganso. Quizá por eso la gallina me observa con actitud sospechosa y nada amigable. Una vez más, tengo el honor de quedarme en la casa de un vicosino y no en el hospedaje para los turistas, situada unos metros más allá. Han transcurrido siete meses desde mi primera visita a esta comunidad. Ahora, estoy de regreso en Vicos, esta vez con un grupo de viajeros que incluyen una doctora que vive en las islas Bahamas, una periodista inglesa, una holandesa que hace sus prácticas de ecoturismo por estas tierras y otros personajes que ya no recuerdo muy bien quiénes son. Salgo del cuartito en medio de unos cacareos horripilantes de aquella gallina a quien le debo parecer un ser despreciable y amenazante invasor de su propiedad. A mi izquierda y sobre los cerros, emerge el Huascarán majestuoso, despejado y alumbrado por el debil sol de la mañana. Tengo hambre. Un desayuno compuesto de humeante café de cebada, una cremosa sopa de arvejas y pan frito untado con miel de abejas me dará las energías suficientes para empezar el día.

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Vicos, a vuelo de viento (I)

Mar
11
2008

IMG_0093 [Tammy & Andrés bailando].jpg
Foto: Yayo López

En la medida que se acerca la Semana Santa, me inunda un pavor solo comparable a la horrible sensación que te ahoga si eres vilmente asaltado en un autobús. Los boletos aéreos y pasajes interprovinciales se incrementan descaradamente, las tarifas de los hoteles suben el doble alegando que estamos en temporada alta, los restaurantes te cobran S/.15 por un menú que usualmente cuesta S/.5, y las ciudades, balnearios y pueblos más visitados del país durante este fin de semana largo -profundamente religioso para algunos, irremediablemente juerguerazo para otros-, son invadidos por turistas despistados, borrachines insoportables, limeñitos arrogantes y mochileros angurrientos. Llámenle libre mercado o argumenten que se trata de ley de la oferta y la demanda, seguramente. Pero a mí me parece un soberano robo que todo se incremente tan desproprocionadamente durante estas fechas. Por ello, jamás se me ocurriría sugerir que se vayan de travesía a Máncora, Ayacucho, Marcahuasi, Tarma, Huaraz o Cusco, todos lugares favoritos ciertamente, pero que son tomados en peso por los turistas y viajeros durante estas fechas con servicios carísimos. Preferiría invitarlos a conocer un lugar distinto, lejos del bullicio, no tan costoso y relativamente cercano, aunque lo suficientemente lejano para brindarles una experiencia única de viaje. Por eso, cuando los editores de esta página web me pidieron que recomiende un destino de viaje para la Semana Santa, no dudé en escoger Vicos, una comunidad campesina situada al pie de la Cordillera Blanca, donde el tiempo parece que se ha detenido. Aunque, quizás, no por mucho tiempo más.

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El (último) reposo del guerrero

Mar
03
2008

IMG 0001 Fachada noche.jpg
Foto: Mylene d’Auriol

Lamento que un considerable número de lectores se hayan ofendido con mis impresiones sobre Chiclayo, irreverentes y cachacientas por cierto, pero a fin de cuentas, mis opiniones tan solo. Lamento además que el grueso de las críticas y reacciones hechas por estos lectores –en su mayoría chiclayanos o lambayecanos– se hayan centrado más en el insulto y la agresión desmesurada, que en una réplica contundente o ingeniosa. No obstante, quisiera dar por concluido este breve pero anecdótico episodio, rescatando el hecho que ambas partes –tanto los lectores como quien suscribe este blog– hemos expresado lo que pensamos y sentimos a través de comentarios sazonados con mucho ají, humor negro y desenfado, pero aún más importante, sin censura o mordazas. Para mí, esto trasciende cualquier crítica u opinión: el hecho de poder expresar lo que uno piensa y siente, con cierta dosis de sentido del humor por cierto, aunque a veces no sea del agrado de todos.

En un ánimo por demostrar que mis impresiones sobre Chiclayo no tienen nada que ver con mi admiración por el legado histórico que nos dejaron los antiguos peruanos que habitaron Lambayeque, quiero invitarlos a leer el siguiente texto que escribí hace algún tiempo sobre uno de los descubrimientos más extraordinarios del siglo XX: el Señor de Sipán. Se trata de la tumba intacta de un soberano Mochica, una especie de gobernante y jefe guerrero que fue enterrado hace unos mil setecientos años junto a sus sirvientes y más de mil ofrendas y joyas de oro, plata, cobre, cerámica y conchas marinas, descubierta en 1987 por el arqueólogo Walter Alva. Desde 2002, este los restos del Señor de Sipán yacen finalmente en su última morada: el Museo Tumbas Reales de Sipán, lugar que volví a visitar en mi reciente visita al norte y que constituye un edificio monumental construido a la altura de su real investidura.

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