Viajeros y Vagamundos

Noviembre 2007

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Crónicas desde Arequipa (II)

Nov
21
2007

084 Monasterio de Santa Teresa abridora.jpg
Foto: Jorge Riveros Cayo

El Monasterio de Santa Teresa:
así en la Tierra como en el Cielo

- ¿Ya es hora? pregunto.
- Aún no, me responde Ricardo mirando su reloj. Faltan dos minutos para las doce.

Ricardo Poccohuanca –el celador del recinto religioso– cierra la inmensa puerta frente a mí. Una monja de claustro, a quien probablemente nunca veré en persona, hace su ingreso, casi en silencio, a la Sala de las Campanas, situada detrás de aquella puerta. En medio, cuelgan tres gruesas cuerdas blancas amarradas a las campanas que están colocadas en lo alto de la torre blanca de la iglesia. La monja tañedora, invisible ante los ojos del mundo, jala con fuerza una de las cuerdas tres veces. O quizás cada cuerda una sola vez. En realidad, no lo sé porque no estoy ahí para presenciarlo. Pero sí oigo los tres campanazos, sonidos secos y pausados, que marcan las doce del mediodía de un soleado martes 30 de octubre de 2007. Pego mi oreja a la puerta. Quiero oír el más mínimo sonido que haga aquella monja invisible, a quien probablemente nunca le veré el rostro. A lo lejos, escucho el sonido de una llave que entra en un cerrojo. Una puerta ha sido lentamente cerrada. La monja se ha ido. Martín abre nuevamente la inmensa puerta frente a mí y sonríe con cierta sorna al observar la expresión expectante en mi rostro. Me invita a cruzar el ambiente para dirigirnos a la iglesia. Al caminar observo las cuerdas de las campanas. Aún se mueven. En escasos segundos tendré el extraño privilegio de oír rezar el Angelus y cantar la Hora Sexta a 21 monjas de clausura y cinco novicias –actuales inquilinas del Monasterio Carmelita de Santa Teresa– apostadas en el Coro Bajo de la iglesia, tras una hermética reja cruzada de madera que las mantiene ocultas de un intruso como yo.

12:15 p.m. Las religiosas se retiran. Un silencio sepulcral invade nuevamente el templo. Decido quedarme un rato más, esperando oír quizás algún murmullo detrás de las paredes impregnadas de cierta mística religiosidad. Sin lugar a dudas.

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Crónicas desde Arequipa (I)

Nov
07
2007

051_Sabor Caymeño.jpg
Foto: Jorge Riveros Cayo

Cinco lugares para ser feliz
(comiendo) en la Ciudad Blanca

La semana pasada estuve en Arequipa. No iba hace muchos años. En esta ocasión, la travesía fue algo inesperada, pero con un objetivo clarísimo: viajé con mi flamante socia de una aventura empresarial, en un rubro que nos apasiona a los dos por igual: comer bien. Y eso fue lo que hicimos. Recorrimos las picanterías más tradicionales de Arequipa, exploramos los restaurantes que se autodenominan gourmet o de fusión en los alrededores de la calle San Francisco, conocimos a verdaderos personajes del ambiente culinario arequipeño y nos adentramos al colorido mundo del Mercado San Camilo, donde el dulce aroma de las papayas arequipeñas es sólo comparable al intenso sabor del chocolate de La Ibérica o a la inconfundible fragancia del anisado Muñoz-Nájar. De Arequipa proviene la familia de mi madre. Por mis venas fluye sangre arequipeña, pese a haber nacido en Lima. Es la ciudad de mi infancia, a donde viajé innumerables veces para gozar de las vacaciones junto a mis abuelos, Natalia y Jorge. Fue en su casa, situada en la calle Deán Valdivia, donde descubrí que los arequipeños le rinden un incomparable culto a la comida. No se quejan ni de los portentosos platos que les sirven, ni de la digestión lenta que puedan padecer ("para eso está el té piteado", diría mi abuela), ni de los terremotos que han asolado la ciudad, ni de las revoluciones que han propiciado desde su fundación española. Y es que los arequipeños tienen coraje y orgullo. Bolas que le llaman. No en vano tienen un plato hecho en base a los testículos del toro llamado zarza de criadillas, que se lo comen en un afán simbólico de doblegar la fiereza del animal más temible de la campiña. Así, la tradición culinaria arequipeña, que tan profusamente se ha desarrollado durante siglos, ha convertido a sus habitantes en seres llenos de dicha y felicidad. Yo también, admito, haber sido feliz durante los seis días que permanecí en la tierra de mis ancestros, al reencontrarme con una gran cocina vigorosa y marcada por nuevas tendencias que invaden la ciudad. Por ello, me animo a recomendarles cinco lugares donde podrán ser inmensamente dichosos si gozan, tanto como yo, de la buena comida. Porque la felicidad se encuentra siempre sobre una mesa noble, servida con algún manjar, una buena copa y al pie de un volcán

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