Viajeros y Vagamundos

Septiembre 2007

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La isla misteriosa (I)

Sep
19
2007

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Foto: Servicio Aerofotográfico Nacional [1956] / Colección Currarino

Cuando los muertos tienen historias que contar

Li You nació en la lejana China, en el distrito de Xinhui, cercano a Guangzhou (Cantón), capital de la provincia de Guangdong, por donde discurre el río Xi Jang. Tenía 20 años cuando, en 1855, dejó su tierra y cruzó el Océano Pacífico rumbo al Perú, un lugar remoto y lejano, del cual había oído hablar en alguna oportunidad y que se había convertido en una palabra de esperanza para forjarse un futuro más prospero del que su patria le ofrecía. China había sido derrotada en la Guerra del Opio contra Gran Bretaña (1839-1842): su primer conflicto armado contra una potencia europea. Como consecuencia surgió el movimiento religioso Tai ping (1848-1864), apoyado por los campesinos, a favor de la creación de un estado independiente que frenase los abusos de los extranjeros. En medio de un país convulsionado, miles de chinos huyeron convirtiéndose en colonos -culíes- y migraron hacia Oceanía y el continente americano, llegando a Estados Unidos, Panamá, Cuba y Perú. Entre 1849 y 1874, unos 100,000 chinos arribaron al puerto del Callao. Li You venía con un contrato laboral de ocho años para trabajar en una de las haciendas de Domingo Elías, hombre próspero, de inmenso poder e influencias, y principal importador de culíes al Perú. El sueldo, según su contrato, sería de 13 yuan -unos 4 pesos de la época- de los que tendría que rembolsar un yuan mensualmente. Pero este joven chino, que buscaba una nueva vida al otro lado del mundo, nunca llegó a los ingenios de Elías. Li You murió de disentería y fue enterrado en San Lorenzo, aquella isla inmensa y desértica, que aparece ocasionalmente en medio de la niebla, frente a las costas de Lima. Una isla tan cercana pero, a su vez, paradójicamente inaccesible y lejana para la mayoría de peruanos, pese a que San Lorenzo ha sido habitada desde épocas precolombinas. No obstante, los hallazgos arqueológicos realizados en años recientes, como la misteriosa muerte y entierro de Li You, es apenas el inicio de una historia guardada bajo sus arenas que recién empieza a develarse.

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¡Vamos a Lachay!

Sep
05
2007

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Foto: Flor Ruiz

De pronto aparece un zorro. De tamaño mediano y bastante cauto. Con pelaje suave y cola tupida. El animalito tiene las orejas en punta y la mirada en alerta máxima. Ha bajado desde su guarida, escondida en algún lugar de las lomas costeras, para averiguar quién osa invadir su territorio. Es un vecino habitual de este ecosistema. Se da sus vueltas para observar el mundo más allá de su hogar, situado en alguna cueva cercana. Entonces detecta a los invasores. Se acerca con cautela, atento como un vigía en pie de guerra, ante cualquier movimiento sospechoso que realice algún miembro de aquella manada de animales, grandes e intrusos, que vienen a perturbar la paz de su hábitat por temporadas. Ahora lo apuntan con unos aparatos monstruosos que parecen rifles gigantes, de los cuales emana un resplandor inexplicable que parece volver locos de felicidad a sus propietarios. Al percatarnos de la presencia del zorrito, en efecto, mis colegas y demás compañeros de la breve visita a Lachay disparan sus cámaras digitales, apuntando los zooms y lentes hacia el pequeño animalejo, como si se tratara de una estrella hollywoodense, posando en exclusiva para nosotros. Al final, el zorro se aburre de tanta atención mediática, da media vuelta y se va, perdiéndose entre los arbustos retorcidos y la neblina reinante. Bienvenidos a otra temporada alta en la Reserva Nacional de Lachay. Están todos cordialmente invitados.

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