Viajeros y Vagamundos

Agosto 2007

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Conversación de La Catedral

Ago
23
2007

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Foto: Jorge Riveros Cayo

Al contemplar en silencio una foto panorámica y tan clásica de La Catedral, como la que abre esta crónica, hago el esfuerzo de imaginar por un momento cómo debió suceder aquel episodio dantesco: La tierra se sacudió violentamente. Las placas tectónicas, aquellos parches gigantes de masa terráquea sobre las cuales se yergue todo lo que nuestra especie conoce hasta ahora, se movieron lentamente por debajo de la corteza terrestre. La furia volcánica que emanó desde lo más profundo de nuestro planeta, hizo brotar su sangre espesa y mortífera. Las lluvias y tormentas asolaron la superficie, mientras la placa continental se alzaba lentamente hacia el infinito, creando montañas y cordilleras. Cientos de especies desaparecieron, diezmados por temperaturas extremas, mientras otras nuevas iniciaban el largo camino de la evolución. Y en medio de toda esta hecatombe, hermosa y extraordinaria, horrorosa e incomprensible, los mares y los vientos esculpieron durante millones de años una de sus mayores obras de arte, situada en la costa sudamericana del Océano Pacífico, en medio de la franja costera desértica más árida del mundo. La Catedral se alzó silenciosa e imperecedera como una fortaleza inexpugnable, resistiendo los crueles embates del tiempo. Pero así como la furia de la naturaleza la creó, hace apenas una semana, la fuerza destructora de la naturaleza se la llevó para siempre.

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El sendero de María Josefa

Ago
15
2007

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Foto: Yayo López

Era una mujer hermosa, aseguran los antiguos moradores en las inmediaciones de la quebrada de Llanganuco. Incuestionablemente casta y piadosa, tenía los rasgos finos y delicados, la edad joven y la piel aterciopelada. La historia cuenta que, un buen día, la bella muchacha conoció a un caballero, apuesto y adinerado, cuyo nombre nadie parece recordar hoy en día. Este hombre, hacendado y poderoso, la pretendía y deseaba, pero María Josefa no respondía a sus maniobras seductoras. Tanta fue la presión de aquel sujeto, que ella decidió huir. Entonces emprendió camino por un antiguo sendero de arrieros que serpenteaba en dirección este. Su propósito era cruzar la maciza y agreste Cordillera Blanca, hacia el Callejón de los Conchucos, donde nadie la encontraría, mucho menos aquel personaje que la perseguía sin descanso. En un momento en que la muchacha se detuvo a descansar, al costado del camino, muy cerca de la laguna Llanganuco, el hacendado apareció de pronto, montado sobre un caballo. Se bajó y se acercó a la muchacha –asustada y sorprendida por tan inesperada e indeseable presencia– ofreciéndole riquezas y posición social a cambio de su amor. Ella se negó una vez más. El hombre, preso de la ira e impotencia, sacó una daga y se la clavó violentamente en el corazón. La joven y bella mujer cayó en un charco de sangre, ante la atónita mirada del hombre, quien huyó despavorido sin prestarle ayuda. María Josefa murió bajo las frías sombras de los nevados Huascarán y Huandoy y, según reza la leyenda, está enterrada en la gruta situada al borde del camino que ahora lleva su nombre.

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Ven a mi huarique

Ago
03
2007

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Foto: Vanadis Phumpiú

Cuando me mudé a Barranco hace cinco años, cumplí uno de mis anhelos más preciados. Durante años caminé por las calles y frecuenté los bares de este distrito bohemio y turístico. Conocí a leyendas vivientes, artistas con talento, personajes pastrulos, poetas, escritores, periodistas, orates, músicos y muchos viajeros provenientes de los puntos más alejados del planeta. Logré hacer amistades duraderas y muchas de ellas me preguntaron, en más de una ocasión, ¿si tanto te gusta Barranco, porque no te mudas de una puta vez? Y así lo hice en 2003. Inicialmente con pareja, después solo y posteriormente compartiendo un departamento con una amiga, hasta el día de hoy. Me sentí orgulloso y feliz de vivir en un barrio que respira historia y tradición. Y fui descubriendo de a pocos su valiosa arquitectura, develando sus historias casi olvidadas, recorriendo sus barrios más antiguos y conociendo algunos de sus vecinos más ilustres. Sentía la obligación de ser medianamente consecuente conmigo mismo. Si me jactaba escribiendo y publicando sobre los maravillosos periplos que había realizado a la Amazonía peruana, a la Patagonia chilena, a las islas Galápagos o a urbes tan disímiles y fascinantes como Sao Paulo, Nueva Orleáns o Montreal, ¿sería admisible que no conociera minuciosamente el barrio donde vivo? Es así que llegué a la siguiente conclusión. Si me preguntan, hoy en día, cuál es el principal atractivo turístico de Barranco, ya tengo una respuesta contundentemente deliciosa: sus huariques.

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