Julio 2007
25
2007

Foto: Mylene d'Auriol
Historias de sol, arena y mar
La ruta por la cual me lleva el autobús, desde el áspero perfil urbano de Guayaquil hasta las soleadas costas de la provincia de Guayas, es una transición visual entre caos citadino y paraíso tropical. Contaminante smog, iguanas libérrimas, putas bamboleantes, carne con menestra, agobiante humedad y un cielo gris que no me hace extrañar Lima en lo más mínimo, se contraponen a flores brillantes, árboles extraños, fértiles campos, litoral verde y un mar azul intenso que se confunde al atardecer con un cielo endrino en el horizonte. Guayaquil es el corazón industrial del país, pero no es precisamente un encanto, pese a los esfuerzos de las autoridades por convertirlo en un ansiado destino turístico. Pero el resto del Ecuador sí lo es y no termina de sorprenderme en la medida que lo voy descubriendo. Me produce la misma sensación como el de haber vivido a lado de una vecina que siempre pasó desapercibida ante mi vista, hasta que un buen día descubro que es guapísima, deseable, inteligente y con gran sentido del humor. Por el momento, sin embargo, Guayaquil se limita a ser mi puerta de ingreso a tierras ecuatorianas en mi primera incursión hacia la costa, con una mochila al hombro y poco dinero en el bolsillo. No importa. No me moriré de hambre, ni me divertiré menos.


