Viajeros y Vagamundos
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Cusco Bizarro (II)

Abr
24
2008

IMG_1000 Cusco Bizarro [carátula].jpg
Diseño de Carátula: Xabier Díaz de Cerio

Esta guía alternativa ya está a la venta
tanto en Lima como en la Ciudad Imperial

Regreso a Cusco por motivos de trabajo. Coincide con el hecho de que quiero escribir una segunda entrega en torno al libro de María Luisa del Río sobre ese Cusco misterioso y desconocido para la inmensa mayoría de peruanos. Recorro las calles del Centro Histórico y hago una encuesta al paso sobre esta guía desopilante que llama la atención por su diseño y propuesta gráfica. Al hojear el libro, muchos cusqueños se divierten a carcajadas al encontrar potos, llamas gigantes, momias, locos lindos, maestros de la genialidad y lugares insólitos que ni ellos conocen o han oido hablar, en vez de las típicas ruinas, los circuitos y la insoportable seriedad y afán de precisión de las aburridas guías convencionales. Ciertos ciudadanos, más circunspectos y con aire de pomposidad, auscultan la guía en silencio, me observan como si fuera un marciano y braman ofendidos: ¿quién se atreve a hacer sorna de la Ciudad Imperial? ¿acaso nuestra cultura es motivo de burla y banalidad? ¿qué saben los limeños del Cusco? Yo no sé qué responder, pero pienso que a esta gente le falta cierto sentido del humor. Felizmente no todos los cusqueños son así. Las nuevas generaciones se van despercudiendo de esa solemnidad cojuda que se traduce en oponerse violentamente a casi todo lo que no sea o no nazca en el ombligo del mundo. Entonces recuerdo una gran cita del escritor y lingüista cusqueño, Luis Nieto Degregori, que interpreta este proceso de manera muy aguda y certera: "Mi relación con el Cusco es la de una persona que admira la belleza de esa ciudad... La que es difícil es mi relación con la sociedad cusqueña, bastante tradicional, muy cerrada aún al mundo exterior... El cusqueño de clase media, todavía muy tradicional, se siente agredido por la llegada de estos cientos de miles de visitantes que traen costumbres nuevas, otras maneras de ver el mundo, otras formas de relación entre el hombre y la mujer.” No podría estar más de acuerdo.

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Cusco Bizarro (I)

Abr
14
2008

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Foto: Iñigo Maneiro

Una mirada al ombligo del mundo
desde el ángulo perspicaz de una viajera y vagamundos

A María Luisa la veo cómodamente sentada en el suelo, apoyada sobre una pared de su oficina mientras empieza a relatarme cuándo empezó a viajar, a dónde y porqué. Entiéndase por oficina una habitación situada en el segundo piso de su casa que está en pleno corazón de Miraflores, donde tiene su PC, sus libros, sus papeles y su espacio para poder pensar y escribir. Vivir en una casa en este distrito tan turístico y comercial es toda una rareza. Algo bizarro. O un privilegio. Porque las casas que describe Mario Vargas Llosa en casi todos los libros en los que alude a su niñez y su juventud en Miraflores, ya no existen. Ahora solo se alzan edificios de concreto armado, altos, lujosos, en medio de la neblina tan usual, entre junio y setiembre, frente al mar. En esta casa que aún se resiste a ser demolida, María Luisa vive con Iñigo y Nua, su esposo y su hija, respectivamente. Tienen un perro muy simpático y chiquito llamado Félix. “Nos lo vendieron en 30 dólares diciendo que era un Fox Terrier, pero está cruzado con algo que no sabemos qué raza es. Nos encantaría saber, pero a veces sospecho que con Bull Terrier”. María Luisa del Río es periodista, narradora, madre, viajera y autora del blog Pequeño Detalle. También ha escrito “Cusco Bizarro” un libro que hurga en lo fantástico, huachafo, maravilloso, secreto y milenario de la Ciudad Imperial, sus personajes y sus alrededores. Esta guía alternativa, que yo auguro será un indiscutible éxito editorial, está dirigida al viajero acucioso y sensible, que busca una mirada más íntima que la de una foto cliché, o la información que ofrecen las odiosas y banales guías Lonely Planet. A continuación, les presento la primera parte de una selección de historias del libro, “unas más bizarras que otras”. Disfrútenlas. Pero sobretodo, compren el libro.

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Majes, el valle olvidado

Mar
31
2008

IMG_0223 [Valle de Majes_Yayo López].jpg
Foto: Yayo López

6:30 a.m. 3 de febrero de 2008. Julio me advierte que debemos apurarnos si queremos recorrer sus viñedos. Es la hora propicia, insiste, antes que salga el sol tras las montañas y nos queme con alevosía y premeditación. Corremos el peligro que el aire fresco de la mañana se convierta en un vaho que nos ahogue. Cuando hace calor en Majes es francamente insoportable. Pero no sería la primera vez que me sancocho en este lugar. He estado en dos ocasiones anteriores en este valle internadino. El pisco, la hospitalidad de su gente y los camarones son motivos poderosos para retornar siempre. Esta vez, me doy una escapada, aprovechando que estoy de paso por Arequipa, para visitar a Julio y Durby. He abordado un autobús que me conducirá a Aplao, capital de la provincia de Castilla, enclavada en el corazón del valle. Son tres horas y 178 kilómetros de travesía. En Majes abundan los sembríos de arroz, la buena mesa y un sinnúmero de atractivos turísticos. Pero como en el resto de la franja costera del país, estas tierras fértiles están rodeadas por un espacio geográfico desértico y árido, donde la más resistente de las lagartijas saldría huyendo despavoridamente. Después de cruzar las Pampas de Sihuas y Majes, el autobús empieza a descender por curvas serpenteantes hasta que finalmente aparece este valle amplio y verde, rodeado de formaciones geológicas prehistóricas, semejantes a fortificaciones gigantescas e inexpugnables. Mientras el autobús se aproxima a mi destino, contemplo por la ventana a las garzas que sobrevuelan serenamente los arrozales. Paisaje en silencio. Valle prehistórico.

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Vicos, a vuelo de viento (II)

Mar
18
2008

IMG_0032 [Huascarán al amanecer].jpg
Foto: Yayo López

Abril de 2003. El frío de madrugada
me despierta abruptamente.

Una gallina que empolla a sus futuros hijos me mira insolente porque estoy invadiendo sus dominios. Estoy en casa de Pablo Tadeo, más precisamente en su gallinero, durmiendo en mi cómoda bolsa de dormir confeccionada con plumas de ganso. Quizá por eso la gallina me observa con actitud sospechosa y nada amigable. Una vez más, tengo el honor de quedarme en la casa de un vicosino y no en el hospedaje para los turistas, situada unos metros más allá. Han transcurrido siete meses desde mi primera visita a esta comunidad. Ahora, estoy de regreso en Vicos, esta vez con un grupo de viajeros que incluyen una doctora que vive en las islas Bahamas, una periodista inglesa, una holandesa que hace sus prácticas de ecoturismo por estas tierras y otros personajes que ya no recuerdo muy bien quiénes son. Salgo del cuartito en medio de unos cacareos horripilantes de aquella gallina a quien le debo parecer un ser despreciable y amenazante invasor de su propiedad. A mi izquierda y sobre los cerros, emerge el Huascarán majestuoso, despejado y alumbrado por el debil sol de la mañana. Tengo hambre. Un desayuno compuesto de humeante café de cebada, una cremosa sopa de arvejas y pan frito untado con miel de abejas me dará las energías suficientes para empezar el día.

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Vicos, a vuelo de viento (I)

Mar
11
2008

IMG_0093 [Tammy & Andrés bailando].jpg
Foto: Yayo López

En la medida que se acerca la Semana Santa, me inunda un pavor solo comparable a la horrible sensación que te ahoga si eres vilmente asaltado en un autobús. Los boletos aéreos y pasajes interprovinciales se incrementan descaradamente, las tarifas de los hoteles suben el doble alegando que estamos en temporada alta, los restaurantes te cobran S/.15 por un menú que usualmente cuesta S/.5, y las ciudades, balnearios y pueblos más visitados del país durante este fin de semana largo -profundamente religioso para algunos, irremediablemente juerguerazo para otros-, son invadidos por turistas despistados, borrachines insoportables, limeñitos arrogantes y mochileros angurrientos. Llámenle libre mercado o argumenten que se trata de ley de la oferta y la demanda, seguramente. Pero a mí me parece un soberano robo que todo se incremente tan desproprocionadamente durante estas fechas. Por ello, jamás se me ocurriría sugerir que se vayan de travesía a Máncora, Ayacucho, Marcahuasi, Tarma, Huaraz o Cusco, todos lugares favoritos ciertamente, pero que son tomados en peso por los turistas y viajeros durante estas fechas con servicios carísimos. Preferiría invitarlos a conocer un lugar distinto, lejos del bullicio, no tan costoso y relativamente cercano, aunque lo suficientemente lejano para brindarles una experiencia única de viaje. Por eso, cuando los editores de esta página web me pidieron que recomiende un destino de viaje para la Semana Santa, no dudé en escoger Vicos, una comunidad campesina situada al pie de la Cordillera Blanca, donde el tiempo parece que se ha detenido. Aunque, quizás, no por mucho tiempo más.

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El (último) reposo del guerrero

Mar
03
2008

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Foto: Mylene d’Auriol

Lamento que un considerable número de lectores se hayan ofendido con mis impresiones sobre Chiclayo, irreverentes y cachacientas por cierto, pero a fin de cuentas, mis opiniones tan solo. Lamento además que el grueso de las críticas y reacciones hechas por estos lectores –en su mayoría chiclayanos o lambayecanos– se hayan centrado más en el insulto y la agresión desmesurada, que en una réplica contundente o ingeniosa. No obstante, quisiera dar por concluido este breve pero anecdótico episodio, rescatando el hecho que ambas partes –tanto los lectores como quien suscribe este blog– hemos expresado lo que pensamos y sentimos a través de comentarios sazonados con mucho ají, humor negro y desenfado, pero aún más importante, sin censura o mordazas. Para mí, esto trasciende cualquier crítica u opinión: el hecho de poder expresar lo que uno piensa y siente, con cierta dosis de sentido del humor por cierto, aunque a veces no sea del agrado de todos.

En un ánimo por demostrar que mis impresiones sobre Chiclayo no tienen nada que ver con mi admiración por el legado histórico que nos dejaron los antiguos peruanos que habitaron Lambayeque, quiero invitarlos a leer el siguiente texto que escribí hace algún tiempo sobre uno de los descubrimientos más extraordinarios del siglo XX: el Señor de Sipán. Se trata de la tumba intacta de un soberano Mochica, una especie de gobernante y jefe guerrero que fue enterrado hace unos mil setecientos años junto a sus sirvientes y más de mil ofrendas y joyas de oro, plata, cobre, cerámica y conchas marinas, descubierta en 1987 por el arqueólogo Walter Alva. Desde 2002, este los restos del Señor de Sipán yacen finalmente en su última morada: el Museo Tumbas Reales de Sipán, lugar que volví a visitar en mi reciente visita al norte y que constituye un edificio monumental construido a la altura de su real investidura.

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Episodios de un viaje a Chiclayo

Feb
22
2008

IMG_4826 Gregoire y Fiona.jpg
Foto: Jorge Riveros Cayo

Historia de dos viajeros

Subo hasta la cima del cerro Purgatorio, situado en medio del fértil y cálido valle de la Leche en Lambayeque, rodeado de pirámides de adobe que, en la actualidad, se asemejan más a generosas porciones de helados de chocolate derretidos bajo el sol. Un camino escalonado me conduce hasta lo más alto de este promontorio de 197 metros de altura. Desde la cima, contemplo un vasto complejo arquitectónico, sobre las planicies de Túcume, donde más de veinte templos se alzan frente a las inclemencias del tiempo, desde hace unos 1700 años de antigüedad. Algunos arqueólogos sostienen que fue la antigua capital de los lambayeque. Otros arguyen que fue un centro de peregrinación. Da igual. El sitio es alucinante por donde se le vea. Me encuentro con un camarógrafo costarricense, concentrado en hacer tomas que capten ese contraste entre el verdor de los arrozales, las tonalidades de marrón que dominan el paisaje arquitectónico y los azules intensos del cielo nublado que se confunden con el perfil anguloso de las montañas en el horizonte. Empiezo a disparar mi cámara. De pronto una mujer joven y guapa, de ondulados cabellos color carmín, se me acerca con la pregunta a boca de jarro: “¿Podís tomarnos una foto con tu cámara y enviárnosla? Es que nos robaron y quisiéramos una foto en este sitio tan precioso”. Por un momento pienso que puede ser centroamericana. Costarricense o quizás guatemalteca. Pero al hablar, su acento la delata. Con cuatro disparos certeros retrato a Giannina y Gregoire –chilena y francés, respectivamente– con el abrumador paisaje que nos rodea. Días antes estuvieron en Huanchaco, ruteando la costa peruana, y se quedaron dormidos en la playa. Al despertar, se dieron con la sorpresa que les habían robado la cámara digital, el dinero y otras pertenencias. Cagados. Pero esta pareja de mochileros no se amilanó. Decidieron continuar su periplo hacia el norte del Perú y de ahí, al Ecuador. Ahora andan más precavidos, quizás algo a la defensiva, admite Giannina. Pero igual tienen ganas de seguir viajando y serán felices al recorrer el mundo.

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Crónicas desde Arequipa (III)

Feb
11
2008

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Foto: Jorge Riveros Cayo

El regreso

31 de enero de 2008. Son las 5:55 a.m. El vuelo 117 de LAN aterriza sin novedades sobre la pista principal del aeropuerto internacional Alfredo Rodríguez Ballón de Arequipa. La temperatura marca 10 grados centígrados, nos advierte la aeromoza. Bajo por la escalinata del avión (en el aeropuerto de Arequipa, con todo lo internacional que se le llame, no hay mangas), me sumo a unas diez personas que se detienen a pocos metros del Airbus 319, sacan sus cámaras digitales o celulares último modelo y empiezan a disparar sin clemencia hacia la impresionante vista del Chachani y el Misti. Frío de mierda. Pero la gente ni se inmuta. En los meses de lluvia, los tres volcanes que rodean Arequipa (los ya nombrados, más el Pichu Pichu) desaparecen del escenario cubiertos por nubarrones o tormentas de nieve. Solo en las mañanas, en horas muy tempranas, se puede contemplar estos nevados imponentes. Un guachimán se acerca con ademanes de querer botarnos. Estamos a pocos metros de la pista de aterrizaje. Pero nadie le hace caso. Estoy nuevamente en Arequipa, después de poco más de tres meses. Resulta curioso, extraño y triste mi retorno a la Ciudad Blanca. Se cruzan varias circunstancias que han marcado mi vida en estos últimos meses. Mi madre falleció el 30 de noviembre del 2007, víctima de un cáncer contra el cual luchó, sin cuartel, hasta el final. Su muerte me obligó a dejar de lado muchos compromisos, incluyendo escribir en este blog. Ahora, de regreso a la tierra que la vio nacer, retorno, desde aquí, a esta bitácora de viajes para iniciar el relato de un largo periplo que aún no ha culminado. Ya es hora de contar nuevamente las historias de mis travesías.

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Crónicas desde Arequipa (II)

Nov
21
2007

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Foto: Jorge Riveros Cayo

El Monasterio de Santa Teresa:
así en la Tierra como en el Cielo

- ¿Ya es hora? pregunto.
- Aún no, me responde Ricardo mirando su reloj. Faltan dos minutos para las doce.

Ricardo Poccohuanca –el celador del recinto religioso– cierra la inmensa puerta frente a mí. Una monja de claustro, a quien probablemente nunca veré en persona, hace su ingreso, casi en silencio, a la Sala de las Campanas, situada detrás de aquella puerta. En medio, cuelgan tres gruesas cuerdas blancas amarradas a las campanas que están colocadas en lo alto de la torre blanca de la iglesia. La monja tañedora, invisible ante los ojos del mundo, jala con fuerza una de las cuerdas tres veces. O quizás cada cuerda una sola vez. En realidad, no lo sé porque no estoy ahí para presenciarlo. Pero sí oigo los tres campanazos, sonidos secos y pausados, que marcan las doce del mediodía de un soleado martes 30 de octubre de 2007. Pego mi oreja a la puerta. Quiero oír el más mínimo sonido que haga aquella monja invisible, a quien probablemente nunca le veré el rostro. A lo lejos, escucho el sonido de una llave que entra en un cerrojo. Una puerta ha sido lentamente cerrada. La monja se ha ido. Martín abre nuevamente la inmensa puerta frente a mí y sonríe con cierta sorna al observar la expresión expectante en mi rostro. Me invita a cruzar el ambiente para dirigirnos a la iglesia. Al caminar observo las cuerdas de las campanas. Aún se mueven. En escasos segundos tendré el extraño privilegio de oír rezar el Angelus y cantar la Hora Sexta a 21 monjas de clausura y cinco novicias –actuales inquilinas del Monasterio Carmelita de Santa Teresa– apostadas en el Coro Bajo de la iglesia, tras una hermética reja cruzada de madera que las mantiene ocultas de un intruso como yo.

12:15 p.m. Las religiosas se retiran. Un silencio sepulcral invade nuevamente el templo. Decido quedarme un rato más, esperando oír quizás algún murmullo detrás de las paredes impregnadas de cierta mística religiosidad. Sin lugar a dudas.

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Crónicas desde Arequipa (I)

Nov
07
2007

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Foto: Jorge Riveros Cayo

Cinco lugares para ser feliz
(comiendo) en la Ciudad Blanca

La semana pasada estuve en Arequipa. No iba hace muchos años. En esta ocasión, la travesía fue algo inesperada, pero con un objetivo clarísimo: viajé con mi flamante socia de una aventura empresarial, en un rubro que nos apasiona a los dos por igual: comer bien. Y eso fue lo que hicimos. Recorrimos las picanterías más tradicionales de Arequipa, exploramos los restaurantes que se autodenominan gourmet o de fusión en los alrededores de la calle San Francisco, conocimos a verdaderos personajes del ambiente culinario arequipeño y nos adentramos al colorido mundo del Mercado San Camilo, donde el dulce aroma de las papayas arequipeñas es sólo comparable al intenso sabor del chocolate de La Ibérica o a la inconfundible fragancia del anisado Muñoz-Nájar. De Arequipa proviene la familia de mi madre. Por mis venas fluye sangre arequipeña, pese a haber nacido en Lima. Es la ciudad de mi infancia, a donde viajé innumerables veces para gozar de las vacaciones junto a mis abuelos, Natalia y Jorge. Fue en su casa, situada en la calle Deán Valdivia, donde descubrí que los arequipeños le rinden un incomparable culto a la comida. No se quejan ni de los portentosos platos que les sirven, ni de la digestión lenta que puedan padecer ("para eso está el té piteado", diría mi abuela), ni de los terremotos que han asolado la ciudad, ni de las revoluciones que han propiciado desde su fundación española. Y es que los arequipeños tienen coraje y orgullo. Bolas que le llaman. No en vano tienen un plato hecho en base a los testículos del toro llamado zarza de criadillas, que se lo comen en un afán simbólico de doblegar la fiereza del animal más temible de la campiña. Así, la tradición culinaria arequipeña, que tan profusamente se ha desarrollado durante siglos, ha convertido a sus habitantes en seres llenos de dicha y felicidad. Yo también, admito, haber sido feliz durante los seis días que permanecí en la tierra de mis ancestros, al reencontrarme con una gran cocina vigorosa y marcada por nuevas tendencias que invaden la ciudad. Por ello, me animo a recomendarles cinco lugares donde podrán ser inmensamente dichosos si gozan, tanto como yo, de la buena comida. Porque la felicidad se encuentra siempre sobre una mesa noble, servida con algún manjar, una buena copa y al pie de un volcán

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