Febrero 2008
29
2008

Tengo un entretenimiento que para algunos me haría merecedor al insomnio perpetuo o a una cura de sueño: escribo bestiarios (compendio de bestias) de sueños. ¿Se han preguntado por el significado de los animales recurrentes que aparecen en sus mentes mientras duermen? De adolescente tenía un grupo de amigos que nos llamábamos los nefelíbatas: por ese mítico pueblo griego que vivía imaginando formas en las nubes. Y nos íbamos a mochilear a provincias para hallar nubes que nos alucinaran; boca arriba en un campo sin tiempo. Recuerdo que sobre todo imaginábamos animales dignos de los libros de Kafka, Borges y Cortázar. Ya mayor y más solitario expandí ese gusto por idear formas a los bosques de piedras: y los animales que aparecían en las viejas rocas hacían volar mis abismos. Después de eso, nada era igual: luego de todos esos días de fantasía, venían las noches de sueños bestiales.
20
2008

Solo basta pedirlo con intención y el sueño aparecerá. Cuando terminé de escribir el primer ‘post’ de esta serie me quemó un sorpresivo desasosiego: en el siguiente tendría que contar un sueño. Era obligatorio para ahondar en aspectos que sus comentarios enriquecen. Lo malo es que siempre he tenido una desconfianza con eso, porque siento un falsete al narrarlos. El consciente se mueve bajo el principio de ‘no contradicción’ para mantener la lógica de la vida. En los sueños, por el contrario, nuestras reprimidas contradicciones son cimarrones libertos, caóticos y cancerberos. Igual que el personaje de Sábato en “Abaddón, el exterminador” siempre cuestioné que se pudieran expresar con palabras, porque son signos inevitablemente ambiguos. Allí no hay ‘copas’ ni ‘estimado señor’ ni ‘piano’. Hay copavaginas, esticarajos, vagipianos, señorajos, pianicopas, coparajos. Y sin embargo, un sueño lúcido apareció dos días después de esa primera entrada. Porque lo pedí a mi subconsciente, antes de dormir: con mi lunazón en mi alma-zen.
11
2008

Todos los manuales de interpretación de sueños son una alucinante estafa. Todos. Pero los colecciono igual para entender su demanda popular –la desbordada imaginación popular-: los he encontrado hasta en la plaza más perdida del pueblo más pobre del Perú. Por ejemplo, en la feria de la nación chopcca en Huancavelica había un folletín fotocopiado a manera de típico diccionario onírico, muy vendido. En este, soñar con nubes significaba andar mal de las articulaciones, que el dinero chorrea y hay predisposición a tener hijos. Soñar con perros bravos aludía al peligro de perder la moral; sus ladridos significaban amigos que en realidad son enemigos y que te muerda: buena suerte en el juego. Uno podría denostar de estos manuales y citar libros científicos. Pero recuerdo sobre todo mi experiencia en un taller de sueños con la psicoterapeuta Ana Cecilia Sáenz. Un viaje a las entrañas embarazadas del subconsciente.


