Octubre 2007
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2007

Cuando en una sala de cine vi aparecer a esas haditas dulcineas y bárbaras de la película "El laberinto del fauno", lloré de euforia. "Así son, así las he visto, así las amo", le susurraba a la kompañera de toda mi vida: mi soledad fantástica. Es que el director, Guillermo del Toro, había creado una obra de arte legítimamente romántica (hoy que la palabra "romanticismo" ha sido embrutecida y fosilizada en la cursilería).
Es difícil hablar de esto, porque estas cosas uno no se las cuenta a cualquiera; para qué, si los pobres seres racionales, sin imaginación -que no saben que esta es la llave de la puerta secreta-, no lo entenderían.


