Agosto 2007
23
2007

Cuando tenía 13 años, mi mamá me regaló un perfume riquísimo, que creo no volvería a usar: el Anaïs Anaïs de Cacharel. Es "la alianza de la ternura y la calidez", se dice sobre él en su página web. Si lo pensamos un poco, ¿cómo un olor puede inspirar ternura u otras sensaciones? ¿Qué hace que nos conectemos con él? ¿Y --como en mi caso-- por qué dejamos de serle fiel? Nuestra conexión con los perfumes puede ser muy subjetiva. Deliciosamente subjetiva.
Detrás de esa fragancia que nos gusta hay un mar de cosas mas bien objetivas que quizás no sepamos. Por ejemplo, que un pequeño frasco de perfume real puede superar los $300; que los aromas más frescos tienen una vida más corta; que dejar descansar los perfumes nos permite sentirlos plenamente; que es común que paguemos más por la imagen que por el contenido...
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1ª Temporada10
2007

Este hombre es un encanto. Wladimir Utrera sabe más que nadie de maquillaje: rostros como el de la princesa Diana, las estrellas de Dawson's Creek y CSI, Shakira y las regísimas candidatas a Miss Venezuela han pasado por sus manos. Y, ojo, también fue el maquillador de Betty la fea. Este venezolano vino al Perú, invitado por Unique, y le pedimos que nos dé lo que más nos gusta en este blog: tips, tips, tips. Ahí van.
Wladimir, ¡cuéntanos los secretos de las misses!
- El secreto de las misses es bien heavy. ¿Por qué? Porque pueden llegar a usar hasta cinco capas de base, siete capas de polvos, y después aplicar un rocío de agua de rosas o agua Evian en spray para así minimizar el exceso visualmente. No se admiren ni se aterren, porque la idea es tener un rostro de Barbie. En sí es un maquillaje de teatro, pero personalizado y armoniosamente mejorado.
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1ª Temporada02
2007

Hace un par de años, involuntariamente, hice una dieta extrema. Me quitaron las amígdalas y me dolía mucho pasar cualquier comida: a mi estómago solo llegaron pequeñas porciones de gelatina, sopas y alimentos muy suaves. En menos de dos semanas, oh maravilla, bajé cerca de cinco kilos.
Flaca, recuperada y sin amígdalas, viajé a la selva para pasar el año nuevo. Cuando regresé a Lima seis días después, la balanza me demostró qué era eso del efecto rebote: casi todos los kilos perdidos se habían vuelto a acomodar jubilosamente en mi cuerpo latino.



