Marzo 2008
29
2008

De postal
Salgo de Chimbote y llego a Tortugas, una playa rodeada de cerros y grandes bloques de rocas. Lo primero que uno busca al llegar aquí, creo, son esos seres de caparazón verdoso, pero uno se entera rápido que estos se extinguieron en la primera mitad del siglo pasado: eran unas tortugas marinas muy grandes. Hoy este balneario conserva el atractivo del paisaje, la tranquilidad de sus serenos visitantes y la lentitud con que transcurren todas las cosas. La playa, de piedras y no de arena, contribuye a dar a Tortugas un carácter hermético de escondite secreto, pendientes en los cerros y en los cerros sombra, humedad, sobre un mar azul quieto que contrasta con los colores vivos de los botes de los pescadores. Perfecto para perderse.
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Playas24
2008

A cuerpo de rey
Huanchaco el lunes es otra cosa. Eso me había advertido la belga Anne Kesh. Y es cierto. El sábado, cuando llegué, apenas si tuve tiempo de alejarme del barullo y refugiarme en el Club Colonial para tomar unas copas, exhausto por un viaje largo con temperaturas que bordeaban los treinta grados. Por la noche, salí a una fiesta de esas que organizaba Barena, a pocas cuadras de la Municipalidad, ya saben, una de esas juergas con un grupo que canta covers pop y éxitos de los noventa. En el clímax de la noche, los visitantes se ponían a cantar y los de Lima gritaban “bravazo” y los argentinos coreaban cosas como si estuvieran en un estadio de fútbol. Fue horrible. Anne Kesch me dio la llave con la condición de hacer ruido al llegar al Club. “Haz lo que quieras, pero sin escándalos”, dijo. Empiezo a creer que es un ángel.
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Playas18
2008

El loquerío
La combi me deja en Huanchaco un sábado por la tarde. El aire está caliente. Quienes frecuentan el norte y leen estas líneas deben estar pensando en algo que yo todavía no sé: que el sábado es un pésimo día para conocer esta parte de la costa, porque es verano y el sol arde y la gente viene en mancha a la playa más famosa de Trujillo: Huanchaco en fin de semana es un loquerío, un alud, un enjambre permanente de niños y niñas y grandes y gordos y flacos que saturan la orilla con su entusiasmo demencial, juegos de voley y fulbito que conviven y se superponen unos sobre otros en minúsculas porciones de arena. Y aquí estoy, caminando por el malecón con un papel doblado. El papel dice “Club Colonial”, un alojamiento que me recomendó mi buen amigo ?ñigo Maneiro, un vasco bonachón adicto a las rutas del Perú. “Busca a Anne Kesh, es de puta madre, muy paja”, me dijo ?ñigo con ese acento suyo que parece una ensalada. La mochila me pesa. Tengo hambre.
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Playas13
2008

La ola más larga
El megáfono anuncia que el circo se quedará un día más: la voz llega desde lo alto de un mototaxi que da vueltas y vueltas por el pueblo. El pueblo es colage de bullicio, casas de puertas cerradas y alguna salsa de Héctor Lavoe sonando por ahí. Estoy a Puerto Chicama. Hace sol y poco viento. Los surfistas suelen maravillarse cuando vienen a este balneario, dicen que esta es la fracción de la costa con la ola más larga del planeta —veo que Magoo de La Rosa le acaba de dedicar un post—, pero yo me iré de aquí sin saberlo a ciencia cierta. Prefiero concentrarme en las luces largas del atardecer, en el caminar lento de la gente, en los chicos jugando fulbito en la loza deportiva o en la arena, calmadamente, como si esto fuera un domingo de relajo y no un miércoles hecho para la chamba.
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Playas06
2008

Playa lúgubre
Al fin, al cabo de treinta minutos de interminable lucha contra la arena, el mototaxi me deja en Puémape, balneario-fantasma a medio construir, con rocas oscuras hasta lo tétrico y casas que nadie habita. De Puémape se cuenta que fue escenario de civilizaciones antiguas y que por eso te carga de energías buenas, que es una playa espiritual. También te hablan de sus estupendas olas, muy tubulares y largas, que atraen a tablistas de todo el mundo. Lo cierto es que esta mañana lo único que veo es un montón de neblina y el contorno difuso de las casas, al fondo una familia pescando en absoluto silencio, como en una especie de velorio frente al mar. Acaso sea por mi escepticismo urbano, pero la verdad no le encuentro magnetismo espiritual a esta soledad pura y dura, playa gótica sin risas, sobre todo cuando yo mismo no tengo la menor idea de cómo voy a regresar.
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Playas06
2008

El motor humano
Eso de no escuchar los consejos de los mayores es un defecto terrible. Lothar Busse me dijo que me informara bien cómo llegar a Puémape, y lo único que hice fue preguntarle a un vendedor de artesanía y a un mozo. El resultado: llego a San Pedro de Lloc y allí tomo un mototaxi para que me leve e Puémape. En medio del camino, sé que he cometido un error. El tramo hacia la playa es una trocha imposible, áspera, bélica, y el descampado al que me voy acercando podría ser la escenografía perfecta para un asesinato sin testigos. No hay una sola alma y el mar parece estar más lejos que nunca. De súbito, el mototaxi se detiene. El chofer arranca de nuevo pero solo hay ruido, el ruido bobo de algo que gira y gira. La llanta da vueltas y no nos movamos.
—Una ayuda, amigo.
Y sí, ocurre lo que imaginan: aquí me tienen, empujando un mototaxi que varó en la arena. El chico logra salir adelante y corro detrás de él. Subo de nuevo. Repito la gracia dos veces más antes de llegar a mi destino. Me duele el trasero. Pienso que los choferes de mototaxi deben tener la próstata doscientos años más envejecida que un hombre común.
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Playas05
2008
La magia del atardecer
A estas alturas sufro una especie de sobredosis de mar, ya saben, una resaca playera que se nota en mi piel tostada —jamás en mi vida la he tenido tan así—, acaso también en mi forma de mirar y caminar. Sin embargo, Pacasmayo consigue surtir ese efecto hipnótico de la primera vez, como cuando eres niño y te llevan a descubrir la arena. Nunca antes estuve aquí, y me arrepiento de pasar tanto tiempo sin visitar este pueblo chico donde la luz miel del atardecer unta de amarillo las casonas y callejuelas, como una arquitectura transitoria repleta de efectos especiales que duran lo que el sol tarda en hundirse. Como siempre, hay chibolos en tabla pero también historias qué contar. En el mar de Pacasmayo pescaron los súbditos de Pakatnamú; en sus orillas atracaron los barcos chilenos durante la invasión de 1880, y en sus olas se bañó más de una vez Marina Mora Montero, alguien cuyo solo nombre hincha de orgullo el ego local, representado en folletos turísticos que, con cierta candidez, invitan a disfrutar “la belleza femenina de estas tierras”.
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Playas03
2008

Del muelle a la caleta
A veces, me gusta sentirme Michael J. Fox en su alocada máquina del tiempo e imaginar las secuelas terribles de un viaje al pasado sin la mínima planificación. Por ejemplo: si me hubiera parado en este mismo muelle a esta hora cincuenta años antes, correría el riesgo de tropezar con un pesado vagón de carga y caer de bruces al piso, insignificante en medio de los rieles largos del progreso. Pero es el verano de 2008: ya casi no hay rieles en el muelle de Pimentel, y el progreso se fue hace décadas a la velocidad de un tren en marcha, sin dar aviso, como una brisa sepia de la Historia.


