Julio 2007
29
2007

Foto: Enrique Castro-Mendívil
MODALES LANGOY
El de la izquierda de la foto soy yo, sometiéndome al tortuoso ritual de almorzar con la máxima autoridad pública de los buenos modales en el país. No me pregunten cómo llegué aquí. Es obvio que hay en la mirada de Frieda Holler cierta perplejidad y desaprobación hacia el afanoso escritor que esta tarde la ha invitado a comer chifa. Estamos en el Wa Lok de Miraflores, uno de los más ricos de la ciudad. Por fuera, el Wa Lok parece una cápsula espacial futurista con un casino debajo. El ambiente es bueno y el wantán frito es de los mejores que he probado. Pero que Frieda te vea tan cerca mientras comes es una de las cosas más abrumadoras y estresantes que existen. Alucinaaaa.
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Chifamanía25
2007

EL WANT?N FRITO ES LO M?XIMO
Mi primer contacto con un chifa fue agridulce (obvio, ¿no?). Retrocedo 25 años en la película de mi vida y detengo la cinta en un close up multicolor: la salsa de tamarindo viajando dentro de la bolsita transparente amarrada (como un diminuto cojín rojo) y los wantanes en las bolsas grandes que mi padre traía a la casa ciertas tardes de viernes. No era difícil para él darse el gusto. El chifa quedaba justo al frente de la residencial en la que vivíamos, en Barrios Altos, una quinta con un portón de rejas que daba al jirón Paruro, esa calle que para mis ojos siempre fue un sitio importante, mostro, pues era el lugar donde traían los televisores enfermos de la ciudad para que los curasen. O las radios. O los relojes. En ese entonces yo no sabía que estábamos a escasas cuadras de Capón y tampoco entendía qué era Capón o el barrio chino. Lo único claro para mí era que no existía una operación más grandiosamente humana —la humanidad era reciente, cuatro años de descubierta— que hundir la masa del wantán en la salsa de tamarindo y dejar el centro para el final, después de comer el crujiente contorno y así disfrutar al último de esa solitaria pelota rellena de carne. Calentita.
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Chifamanía19
2007

NUEVA TEMPORADA
A estas alturas la autoestima nacional está suficientemente trastornada como para que a nadie se le ocurra dudar que el chifa es peruano. Ya saben, son días de inflar el ego gastrónomo y preguntarse: ¿Existe algo más esplendorosamente peruano que un arroz chaufa? Por supuesto, cada victoria nacional es tarde o temprano silenciada por la violenta amplitud de ese matamoscas de largo alcance que es la derrota. Y entonces bajamos la cabeza y nos repreguntamos ¿y hay algo más jodidamente peruano que una cucarachita en el arroz chaufa?, ¿algo más peruano que ver, entre los cuadraditos de apio, aquel rostizado exoesqueleto mirándonos cachoso desde el más allá? Perú: país bipolar. Los miles de lectores de este blog que viven fuera del país ya están salivando imaginándose la jugosa densidad de una salsa de tamarindo. Pero los más fríos y racionales, esos aguafiestas que todo blogger aborrece, recuerdan en este mismo instante detalles tristes y feos del chifa de la esquina.
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Chifamanía16
2007
POR UNA LIMA CON CHOFERES Y COBRADORES PROFESIONALES
Hace algunas semanas encontré esta joyita en el ciberespacio. Y se me ocurrió colgarla en el blog a raíz de las declaraciones de mi amigo Jesse Hardaman, el gringo que en un post anterior se preguntaba muy serio si existían escuelas para cobradores o combistas. Bueno, no sé quién es el autor de este audio —si lo saben, avisen— pero su grabación es una idea cabal de lo que sería una alucinada academia para los tripulantes de nuestra querida combi. Aprieten play, se van a cagar de la risa. Aunque, como ocurre siempre, después de un rato se van a poner a pensar un poco. Digo, toda práctica humana tiene su sabiduría, su know how y, llegado el momento, se hace necesaria la transmisión de conocimientos, así que supongo que hablar medio en broma es también hablar medio en serio. Por eso me pregunto, ¿llegará a haber una escuela de combistas?
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Combimanía13
2007

MEDIR 2 METROS EN UNA COMBI
Mejor no leas este post. Ojo, no es nada personal, pero como podrás imaginar por el título, es muy posible que no pertenezcas al público objetivo, porque lo más probable es que seas peruano y que midas entre 1.60 y 1.70. (Esa pues es nuestra talla promedio y por eso Gloria lanza campañas para que “Chato? no sea un apodo tan popular, toma tres vasos de leche al día y crece, peruano, crece). Bueno, lo que quiero decir es que este es un post exclusivo para altos, ¿ok?. Así que bye bye. Hoy pensé súbitamente en esos seres larguiruchos que nos hacen erguir el cuello al hablarles. Porque bajo el cielo de Lima habitan también individuos altos. Altísimos. Son pocos pero son. Margaritos de saco y corbata, Gabys Pérez de lonchera y medias nylon, estos chicos suben todos los días a una combi y la pasan muy mal. Medir 1 metro 85 en Lima es catastrófico cuando tienes que embutir tu humanidad en el breve espacio de un minibús local. Es una vida de cotidiano transformer, de contorsionista involuntario, de hombre-goma urbano. Algo triste.
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Combimanía04
2007

LA COMBI COMO CAFETER?A RODANTE
Con esto del boom gastronómico los limeños creemos que nuestra comida es tan brutalmente buena que eso nos da derecho a hacer chanchadas. O al menos, a andar por la vida dispuestos a sacar en cualquier momento, sin roche, al anhelante comilón que llevamos dentro. Quizás porque en la tele Gastón Acurio lo hace prácticamente en cada hueco/huarique/boliche de la ciudad —acompañando cada ajuste de las mandíbulas con un “hummm? certificador—, el caso es que de un tiempo a esta parte es lícito y bien visto comer como y donde sea. Lo importante es el placer, o sea, que tragar sea rico por sobre todas las cosas. Es casi una liberación sexual. Comer con las manos está bien. Comer parado —incluso agachao— es maravilloso. Comer tripas al vuelo es cool. Comer cuy es lo más in. Comer tallarín verde con papa a la huancaína no solo es socialmente aceptable, sino que es una belleza, sobre todo si se hace en plato plástico de fiesta infantil a dos metros de los apurados —y hambrientos— transeúntes de Lima la horrible. Así, hay quienes digirieron el mensaje, inflaron su orgullo gastronómico y dieron un paso temerario: comer en la combi.


