Santa Lima
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La camisa menguante

Jun
30
2009

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Ocurrió hace cuatro años. Por entonces yo salía con una artista plástica de pelo muy largo, dientes de conejo y perenne parpadear en los ojos. Ella me trajo a Polvos Azules por mi cumpleaños, toda linda. Éramos jóvenes, arrogantes, felices y, por supuesto, teníamos poco dinero. El arte alimenta y el talento seduce: uno no necesita nada más. Así que vinimos aquí el día de mi santo y ella me dijo que escogiera una camisa (tenía un sencillo porque acababa de ganar un premio por un cuadro). Caminamos por pasajes largos y tupidos. En breve, se hizo evidente que ella conocía mejor el lugar que yo: de hecho, caminaba rápido, tan rápido que yo la perdía de vista. Ella manejaba la hipótesis de que una pareja de enamorados siempre es más vulnerable a los asaltos a mano armada pues los delincuentes aprovechan el vínculo afectivo, así que me instó a andar un metro detrás suyo (bienvenidos a Lima freak). Al final, me decidí por una camisa negra con rayas grises (ver foto), que se amoldaba bien a mi entonces flaco torso de chico andrógino. La tela tenía truco: la estirabas y volvía a su sitio original. La chica que vendía le llamó a eso stretch.

A la primera lavada, la camisa se redujo a la mínima expresión (tres cuartas partes de su tamaño original). No se confundan, este hecho no es atribuible a una falla del centro comercial: la negligencia de mí mismo hizo que la prenda entrara en contacto con más agua fría de la que sus tejidos podían soportar. Además, es sabido que uno debe comprar una talla más grande previendo los efectos de la primera lavada (pero qué puedo hacer, siempre me gustaron las cosas apretadas y a veces me entusiasmo). El caso es que cuando vi la camisa de nuevo, seca e insignificante, casi rompo a llorar. Me la puse, puteando en silencio. Yo tenía el torso flaco, es cierto, pero aquello ya me quedaba como la envoltura de un paté. Horror. Durante los siguientes días, intenté muchas cosas para estirar de nuevo la camisa. Me puse almohadas entre la tela y el torso y pasaba así un rato, mirando tele o leyendo. También me ponía la camisa y me la estiraba con fuerza, como Hulk. Pujaba.

Probé plancharla en estado de máximo estiramiento. La camisa quedaba con una talla XL, parecía una bandera. Pero para cuando terminaba de ponérmela, ya tenía el tamaño exacto de mi cuerpo. Dos minutos después, volvía a apretarme.

Aquella camisa era la camisa menguante.

Cuando conseguí reducirla un poco, me atreví a ponérmela en circunstancias cotidianas. Desarrollé algo parecido a una técnica. Estando en la calle, entraba a estirarme la camisa negra al baño de un local público cada vez que sentía que se estaba achicando. La estiraba con las manos por un lapso de 90 segundos. Luego salía del baño con una sonrisa, fingiendo que nada había ocurrido. Suelto de huesos.

Hoy la camisa negra sigue en el clóset. La suelo llamar “la camisa polvoazulina”. El tiempo hizo que volviera a estirarse, fijando sus tejidos en un Medium más o menos estable. A estas alturas se ha desteñido un poco: su color ya no es negro sino gris oscuro. Cada vez que el sol asoma, me la pongo.

Las veces en que he ido a Polvos Azules —ya dije que suelo ir a DVD de películas caletas o cine porno—, he pasado varias veces por puestos de camisas. Pero nunca he encontrado una que me guste tanto como aquella.

Bueno, esa fue la historia de mi camisa polvoazulina. Si quieren, les puedo contar la historia de mi bolso Benetton de CC Caminos del Inca. Es más corta. Lo compré una tarde de sábado. La cuarta vez que lo abrí, el cierre de metal se rompió, como se rompe un sólido trozo de merengue, más o menos. No he vuelto a usarlo.

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Los pro y los anti

Jun
27
2009

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Foto: Musuk Nolte

Vaya, un solo post ha bastado para crear dos bandos: los defensores y los anti. Eso me gusta, por supuesto. Polvos Azules genera pasiones y fobias. Algunos acusan directamente a los hinchas de este centro comercial de ir por la vida con un negro parche en el ojo. Otros van a los hechos: compradores de San Isidro y Miraflores llegan en sus carrazos a este emporio comercial y luego dicen que compran en Hiraoka o Ripley, así que no nos hagamos los hipócritas. Hace algunos meses compré en Polvos mi nueva grabadora digital Sony. La mujer que me la vendió almorzaba cau cau mientras hacía la transacción. Dijo que no tenía la caja original, pues “esto llega así nomás joven”, así que tomó una bolsita transparente y puso allí el diminuto artefacto. ¿Y el manual de instrucciones?, pregunté y la señorita rebuscó por entre cartones y cajas y me dio una fotocopia (bastante bien encuadernada, hay que decir). Ni modo, me dije: al fin y al cabo, ¿quién lee los manuales?

Las batidas policiales contra Polvos Azules nos duelen en el corazón. Por lo menos, a mí me da cierta sensación de justicia selectiva. Hace tiempo conocí un abogado que asesoraba a los representantes de grandes marcas de zapatillas para promover operativos por parte de Indecopi. Todo un chambón, un papeleo. El hombre era un buen tipo, se había hecho mi amigo porque lo llamé para resolver algunos líos en los que me metí (o en los que querían meterme), pero cuando me contó eso no pude evitar sentir un auténtico desprecio, un sentimiento similar al que experimenté aquella vez en que un venerable anciano, un peruano que peleó en la Segunda Guerra Mundial (desembarcó en Normandía y todo), me contó cálidamente con un café en la mano cómo mataba niños alemanes que no se convencían del fin de la guerra.

Pero no nos desviemos. Tengo la grabadora polvoazulina en mi poder y en ella descansan, muy nítidas, unas veinte horas de conversaciones con Magaly Solier, sobre quien estoy escribiendo una crónica larga (ya les avisaré de eso). La grabadora tiene conexión directa USB, por lo que cada archivo es descargado en mi máquina ni bien abro la laptop. Es una cosa estupenda, fantástica… diría hasta que la quiero. ¿Me arrepiento de lo sospechosa que resultó mi compra? Creo que no. Duermo tranquilo. Aunque sí me pregunto en qué lugar del mundo descansará la caja de fábrica de la grabadora, esa caja con una foto del artefacto en toda su mecánica belleza, protagónicamente resaltado, como si fuera la estrella del poster de una película de cine.

A ver, chicos listos. ¿Por qué creen que vino sin caja mi grabadora?

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Polvos mágicos

Jun
22
2009

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Hace poco hice esta pregunta entre mis contactos de Facebook.¿Qué es para ti Polvos Azules? Nunca imaginé la cantidad y variedad de respuestas que recibiría. “Antes, casacas de cuero al alcance del bolsillo”, dijo una amiga del norte. “Lo mejor de Lima; y x lejos”, dijo una colega argentina que crea páginas web. “El mejor lugar para conseguir cualquier cosa a buen precio. Aunque ya ni tanto...”, dijo una estudiante de arquitectura y modelo profesional. “PARAÍSO para conseguir películas que nunca veré en pantalla grande”, dijo una diseñadora gráfica. “Lugar de peregrinación. Pero también, algo así como describió Lou Reed en Waiting for the men, donde parado en una esquina de Harlem esperaba al "hombre" que le traía la merca. En Polvos tengo mi dealer y mi rica merca: videos caletas”, dijo una periodista guerrera. “El lugar perfecto para salir de ignorante en cuanto a cine, y para comprar mis Hi Tec a 40% menos que en Ripley!”, dijo una redactora de Economía de este diario. “De acá a dos mil años será un lugar bíblico...”, dijo un ilustrador nada creyente. “Películas caletas”, dijo una abogada. “Eternidad”, dijo un hombre que se hace llamar Perro Black. “Utopía”, dijo Marco Sifuentes, amo y señor del ciberespacio, más conocido como Ocram.

La primera vez que recuerdo haber ido, fue en esos años en que Polvos Azules quedaba detrás de Palacio de Gobierno. Mi padre me había llevado allí para comprarme la anhelada espada de He-Man por la que todos en el colegio moríamos, una espada amarilla de plástico para gritar por el poder de GraySkull en los recreos garuosos de Barranco. Costaba como 30 soles y la pedí durante varios meses hasta que un día, por la noche, mi madre dejó encima del televisor las monedas (Miguel Grau en altorrelieve) que me proveerían de tan magnífico tesoro. Mi padre me llevó por pasadizos atiborrados de ropas y al fin llegamos al puesto que vendía la espada. “Luego volvemos, debo comprar otras cosas para la casa”, dijo y yo me quejé porque pensaba que sería imposible encontrar de nuevo ese puesto en medio de un lugar tan grande. No que el juguete se me perdiera de vista.

Al final, recurriendo a yo no sé qué radares o mapas, volvimos al lugar y él compró la espada. Al día siguiente, la llevé al colegio en la espalda, debajo de la chompa. Como He Man.

Polvos Azules es el santuario de los que buscan de todo sin tener casi nada en el bolsillo. Y, por alguna razón, el vínculo que nos une con el lugar va a más allá de la necesidad de abastecimiento. En el extranjero, los peruanos recuerdan Polvos Azules como un símbolo patrio de esos que provocan sonrisas nostálgicas. Como la bandera o los picarones.

Por cierto, en Polvos Azules hay picarones.

La última vez que fui, compré una grabadora digital con pistas en mp3 y películas pornográficas con Jennifer Stone y Sasha Grey (bolsa negra, varón). Ah, también unas medias chiquitas Adidas (eso decía la etiqueta). Para el gimnasio.

Bueno, ahora se los pregunto. ¿Qué es para ustedes Polvos Azules?

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