Novedades en la categoría Cable a tierra
07
2008

Hace algún tiempo un chico me pidió que le respondiera algo con la sinceridad de obrero de construcción civil que me caracterizaba (o algo así). Al principio no supe si reírme u ofenderme por el eufemismo. Luego, dándole vueltas a la frase, me di cuenta que algo de verdad tenía: decía las cosas muy de frente, de manera un poco demasiado directa, brutalmente, como quien escupe las palabras porque no puede soportar el sabor que le producen. Entonces, pasé de sentirme una mujer que no tiene reparos en decir lo que piensa y siente, a saberme alguien que a veces hablaba de más.
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Cable a tierra26
2008

Cuando empecé a salir con mis amigos y amigas del colegio (creo que tenía alrededor de 12 años), mi papá se preocupaba -y tomaba especial atención- de que tuviera todo el dinero necesario para pagarme mi comida, mis bebidas, mi entrada al cine, mi cuota para el taxi y todo lo que me pudiera provocar o necesitar. “Págate siempre tus cosas. No necesitas que cualquier fulano o mengano esté invitándote nada”, me enseñó.
Fui creciendo y las salidas grupales se empezaron a intercalar con las de mi primer enamorado. Recuerdo que al principio cada uno se pagaba lo suyo, pero lo que él sí pagaba solo eran los taxis. Éramos chiquillos de 14 años y los dos “vivíamos” de las propinas que nos daban nuestros papás. Si mi papá no me hubiera metido entre ceja y ceja eso de la “independencia económica”, igual hubiera pensado que lo normal era dividir las cuentas por la mitad.
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Cable a tierra21
2008

Sí, otra vez Scarlett. Les explico: Los hechos que hicieron que escribiera este post me hicieron recordar esta escena de “Lo que el viento se llevó” (no puedo evitarlo, es una de mis películas favoritas). Como ven, Scarlett está rodeada de varios caballeros que, embrujados por su belleza y su encanto, se pelean por bailar el primer vals de la noche con ella o por traerle el postre. Ella coquetea con todos, pero no se compromete con nadie. La situación la divierte y le hace creer a sus pretendientes que tienen una real oportunidad con ella.
Varias veces distintos amigos me han hecho la misma pregunta: ¿por qué las mujeres te dan bola, se muestran interesadas en ti y de pronto, de la nada, te dicen que prefieren que seamos solo amigos o que lo mejor es que nos alejemos? ¡Exacto! Lo mismo nos preguntamos nosotras.
¿Por qué a veces puede ser tan difícil “encontrar a alguien”? ¿Por qué en el ínterin nos hacemos mil bolas y nudos? ¿¡Por qué¡? Veamos…
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Cable a tierra08
2008

Me la presentaron un domingo por la tarde, cuando estaba en tercero de secundaria, en medio de una conversación telefónica: “Hoy no voy a poder ir a tu casa porque voy a ir al cole a jugar pichanga”. Me quedé indignada: “¡¿Prefieres ir a jugar que venir a vermeee?!”.
Mi limitado mundo de 14 años no entendía cómo eso era posible. Durante varios meses la bendita pichanga (a la que llegué a detestar y maldecir) fue motivo de un sinnúmero de peleas, y debo reconocer que ¡hasta sentí celos de ella!
A la fuerza, empecé a convivir con los domingos pichangeros: primero la pichanga y luego a mi casa; el susodicho llegaba cansado, sudado y cochino, y claro, obviamente sin muchas ganas de salir o de hacer algo, solo con muchísima hambre. O al revés, primero iba a mi casa, salíamos a hacer algo que no requiriera de mucho tiempo, como un helado al paso o algo así, o veíamos una película a medias, porque ¡¿cómo se va a llegar tarde a la pinchanga?! ¡Eso nunca!
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Cable a tierra06
2008

Un amigo estaba comiendo con su enamorada en la barra de un restaurante, cuando empezaron a discutir sobre un asunto X. Al parecer ella se había empecinado en algo y con mucho convencimiento –y algo de terquedad- quería hacer valer su punto de vista. La discusión empezó a tomar matices de pelea y ella fastidiada dejó de lado su plato, en un gesto que demostraba que estaba molesta y que por eso no quería comer más.
Al costado, una pareja de adultos mayores había presenciado y escuchado todo. Sinceramente no sé qué dimensiones habrá tenido la escena, pero al parecer la situación fue lo suficientemente evidente como para que la señora decidiera meter su cuchara. De pronto, el clásico silencio que se genera entre rounds verbales fue interrumpido: “Deberías hacer que te envuelvan eso (refiriéndose al plato de comida casi intacto) para que cuando llegues a tu casa y se te pase el berrinche, te lo comas”. ¡Imagínense!
Esta inesperada intromisión hizo que el chico soltara la carcajada y que la chica se tragara la lengua, ¡totalmente mutis!
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Cable a tierra21
2008
¿Cómo saber cuándo es el momento preciso para dar por terminada una relación? ¿Qué necesitamos para darnos cuenta -y luego aceptar- que sencillamente las cosas no van para más? ¿Hasta qué punto uno puede intentar dar marcha atrás para recuperar lo perdido?

Pienso en todo eso y me alucino una película de acción en la que, después de una serie de hechos “catastróficos” (tiradas de puerta, peleas a grito pelado, lisuras, insultos y demás explosiones), la ¿heroína ? corre por un camino desolado en el que empiezan a aparecer letreros gigantes con luces de neón, sirenas y señales intermitentes que dicen: “¡Atención!”, “¡Abortar misión!”, “¡Peligro!”, “¡Orden de retiradaaaaaaaaaaa!”… Y nosotras -personajes distraídos, tercos y optimistas- seguimos adelante luchando con toda nuestra fuerza, contra viento y marea, enfrentando con coraje la tormenta que está destrozando nuestra relación (ay, nosotras).
Pero es que cuando uno está enamorada (o todavía cree estarlo) no hay mucho espacio para el raciocinio y nos quedamos atrapadas en un proceso continuo e infinito de resucitación. ¿Esa es la vieja excusa, no? Pero es que realmente así pasa: Intentamos reavivar nuestro amor –y el suyo también- sin percatarnos que en el camino, en realidad, todo se va deteriorando más. Podemos pasarnos años (¡años!) intentando hacer que una relación funcione, esperando poder lograr que él cambie, que sea el hombre que queremos que sea, que nos demuestre su amor como nosotras deseamos que lo haga… ¡¡¿Por qué?!! ¿Acaso no nos damos cuenta que nos hacemos daño?



