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    <title>Ombligo del Mundo</title>
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    <updated>2008-06-24T23:45:47Z</updated>
    <subtitle>Renzo Guerrero de Luna  Zárate. Treinta años. La mayor parte del día periodista, pero también se desempeña con cierto éxito como amo de casa, barman, musicólogo, ayudante de cocina y cuando puede, buen amigo. Empezó fascinado por la política, pero al corto tiempo cambiaba el Congreso por las crónicas literarias, para luego dar el salto a las notas policiales. Trabajó en la revista Tiempo de Madrid y en los diarios Liberación, Correo y La Primera. También incursionó en la televisión en el programa “A las 11 con Hildebrandt?, pero duró poco tiempo. No era lo suyo: a él le gusta escribir. Desde hace unos meses es corresponsal (y bloggero) oficial de El Comercio en la ciudad de Cusco. </subtitle>
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    <title>Muchas gracias</title>
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    <published>2008-06-24T23:40:04Z</published>
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        <![CDATA[<p><img height="245" alt="Foto despedida web.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/Foto%20despedida%20web.jpg" width="350" /> </p>
<p>Llevo escribiendo este post desde hace un mes, quizás un poco más. No soy bueno para las despedidas, pero igual me encantan. Detesto a aquellos que prefieren no dar la cara por temor a lagrimones o a los más cobardes que en la agonía de una velada deciden marcharse sin decir una sola palabra. No, para eso no sirvo. Me gusta el sufrimiento y mucho. Más aún, la sensación de ausencia y la necesidad de volver a repetir todo. Eso que llaman extrañar, supongo. Por eso ahora, envuelto en un mar de llanto, en crisis de melancolía, les digo gracias y hasta pronto.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Me toca empacar, con mucha pena, las mismas maletas con las que aterrice, allá en marzo del año pasado. Otra ciudad me espera, un nuevo reto, con mayor responsabilidad. Eso sí, siempre para el mismo diario. Al ir aglutinando mis cosas, mis días, rebobinando historias, recolectando recuerdos, me di con la sorpresa de que me llevo equipaje de exceso. Y es que Cusco, mágico y generoso, me dio todo lo que un desahuciado puede pedir: paz, salud, trabajo, alegrías, tristezas, amigos, mucha comida y una compañera con quien haré las próximas mudanzas. Gracias. </p>
<p>Agradecer, antes de desaparecer de este mundillo cibernético, a Fabricio por creer en esta propuesta, a Joaquín por estar siempre atento, a la familia, a mi hermano Javicho Polanco por acompañarme tanto tiempo, a la guapa Esperanza por aguantar griteríos y algo más, a Sandra por amenazar nuestra existencia, a mi amigota Karlita Carranza por ser tan leal, a mis colegas cusqueños Aldo, Ana, Angel, Angelita, Carito, Carlos, Dante, Diana, Fernando, Flor, Flor de María, Guillermo, Haydee, Herlinda, Javier “El Cuate” y su entrañable esposa María Lida, J.C. y adorada esposa Yahira, José Carlos, José Víctor, Julio, Junior, Lily, María Teresa, Mary, Mendívil “El Plaga”, Percy, Soledad, Yrma, Zelmira. Sin ellos nada hubiera sido igual. Tampoco sin la presencia de mi cuñado José Manuel y su Guillermina, Abril y sus hermosos cachetes, Giordano y sus “Beer Pong”, Jesse y sus chistes gringos, Zeppe y sus borracheras horrendas, Walter, Pedro, el artista Phuru y su correligionario Hans, Sengo, Kurt, Miguelón, Alexis, Cristo, mis tías de los choclos, panes y jugos, Emerson y sus compinches, el señor Zárate, la sacrificada Jacinta y, claro está, mi amada María.</p>
<p>Además, no podía cerrar este capítulo en mi vida sin agradecer a todos aquellos que leyeron, en algún momento, cualquiera de los más de 50 textos que con honestidad y compromiso escribí en el Ombligo del Mundo. De corazón, muchas gracias. Y a los que se tomaron el tiempo de dejar un comentario, realmente, mis reverencias virtuales por todas las emociones que generaron en el que ahora escribe, incluso las frases en las que dulcemente me insultaban. Otra vez, gracias. Espero que nos veamos pronto en alguna esquina de esta hermosa ciudad, quizás en aquella plaza a la que tanto concurrimos o en la fiesta de un amigo de un amigo de un primo. Tal vez al pie del Señor del Qoyllur Ritt'y, de quien me llevo su bendición. Sé que así será.</p>
<p>Se les va a extrañar y mucho. Hasta siempre. </p>]]>
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    <title>La fiesta del hielo se derrite</title>
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    <published>2008-06-05T13:35:07Z</published>
    <updated>2008-06-05T13:37:53Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img height="263" alt="qollblog.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/qollblog.jpg" width="350" /></p>
<p>Un mar de velas alumbra la última cruz antes de entrar al templo del Señor de Qoyllur Rit’y. Decenas de fieles se aferran a ellas en oración mientras atrás, un grupo de pabluchas y danzarines corretean al ritmo de un incansable bombo. Imposible no inclinar la cabeza y elevar algún pedido, agradecer por el solo hecho de estar ahí, de pie, tras un largo viaje. La noche es fría, se respira agua al pie del nevado de Qolquepunko, en el paraje de Sinak’ara, donde descansa la sagrada imagen. Puntos de fuego se divisan por todos lados. Se calcula que han llegado 80 mil personas en los nueve días de fiesta. La estampa es, quizás, la más bella que me ha tocado ver desde que llegué al Cusco, y la más anhelada. Sin embargo, la felicidad no es completa, como siempre: la hermosa postal blanca que decora esta festividad se ha ido descascarando con el paso de los años, dando paso a la inclemente piedra. Una imagen más que triste, por la cual también elevo una plegaria para que no desaparezca.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Según cuenta el buen Felipe Achahui Tapia, presidente de la hermandad del Señor de Qoyllur Rit’y, la santa vista nevada se viene rediseñando desde hace ocho años, aproximadamente. Nostálgico, comenta que en esa época aún se podía ver la nieve. Se puede sentir su tristeza en cada bocanada de frío, en especial cuando habla del famoso calentamiento global. Me aúno a su lamento. “Lo que cuentan los más antiguos es que antes la zona blanca llegaba hasta la gruta de la Virgen, pero ya no. Ahora se ve tan lejana, tan distante. Esto, indudablemente, nos preocupa y mucho. Se calcula que ha desaparecido en un 40% la nieve”, sostiene alarmado y pierde la mirada en las montañas peladas. Provoca abrazarlo, decirle que todo va a cambiar, pero eso sería mentirle, engañarlo, abusar de su fe.</p>

<p>Tras recuperar oxígeno, Achahui, para ese momento ya un amigo, habla de lo que representa el lugar, de las danzas, de las naciones, de los pabluchas y sus bautizos de frío, de aquellos que llegan hasta el Santuario simplemente para morir en suelo santo, de la ausencia del licor en tan sagrado lugar, aunque de esto último puedo dar testimonio que al menos me topé con 20 borrachos. Un personaje que nos acompaña, una vez solos, me cuenta que la gente sube hasta el nevado sagrado porque arriba estaba la piedra en la que ahora descansa el Señor de Qoyllur Rit’y. “Dicen que quemaba, que nunca se apagaba y que los incas por eso les rendían pleitesía”, afirma el hombre de nombre desconocido. A su lado, cuatro niños, juegan ante la inclemente mirada de sus padres que le piden cordura mientras saborean el más revitalizador de los caldos. Alguien se aventura a decir que estamos bajo 14 grados de temperatura. No exagera. Dormir, en esa situación es casi un milagro, más aún con los devotos que hacen penitencia con un bombo en la mano.</p>

<p>A la mañana siguiente, ya sin Achahui, y ahora con la compañía de mi estimado tocayo, el aclamado Giraldo, subimos a la cima blanca. Eran las cuatro de la mañana cuando comenzamos el viaje. Cada diez pasos, cinco minutos de descanso. En el camino nos pasaban mujeres, niños, todos. No le ganábamos a nadie, aunque eso nos incomodaba, aquí sí lo importante era participar (de la fiesta). Tras varios caramelos, ahogos y tembladeras, llegamos. Indescriptible la sensación que se puede tener arriba, más allá del misticismo y la fe, uno, al menos yo, me sentí en paz y embriagado de instantes felices mientras veía desplazarse filas de hombres de las nieves. Dicen que si pides o dibujas en la nieve aquello que deseas en algún momento se llega a cumplir. De ser cierto, se podría estar incrementando la familia para el año que viene. Nada me haría más dichoso, aunque me advierten que tengo que venir tres veces seguidas para que el de arriba comience a concretar los anhelos.  </p>

<p>Ya abajó, nuevamente me encuentro con Achahui y seguimos hablando del tema del deshielo. Me dice que la gente ha tomado conciencia sobre la problemática que viene afectando a la zona, de tal manera que ahora se han impuestos algunas prohibiciones, normas que en años pasados eran impensables. Así, me cuenta que ahora solo personas autorizadas pueden subir al nevado, es decir, los representantes de las ocho naciones incas y alguno que otro periodista o turista. El resto no. Los comunes mortales están condenados a celebrar cada una de las misas que se desarrollan en el templo. Igual, son bienaventurados. Al menos así lo demuestran.</p>

<p>Asimismo, afirma que una de las tradiciones más antiguas de la fiesta, la del traslado del hielo a la Ciudad Imperial, también fue anulada. La costumbre era cargar sobre sus espaldas bloques enormes (y sagrados) del nevado, los mismos que eran ofrecidos durante la celebración del Corpus Christi a las imágenes de los santos que recorrían la ciudad del Cusco. Una triste consecuencia del maldito calentamiento global. Entre risas preocupadas, revela que el castigo para aquellos que incumplan la norma es de tres latigazos de parte de uno de los caporales.</p>

<p>Se acaba el 20 de mayo y con ello la fiesta, al menos en el Santuario. Cientos de fieles llaman avisan a sus familias que están por regresar: Telefónica ha puesto cabinas en el campo santo, allá a más de 4 mil metros de altura. Todo es un basural, aunque este año han llamado a la conciencia de los parroquianos para que no boten plásticos ni dejen basura tirada. “Sabemos que aunque sea muy poco lo que hacemos, podremos contribuir a que este lugar no pierda su esencia. Algunos incumplen, pero año a año más feligreses tomarán conciencia. Al menos eso queremos”, puntualiza Achahui, se despide y luego se pierde entre la multitud. No sé si regresaré, pero espero que cuando vuelva aún pueda caminar sobre la nieve. Una canción de Nacho Vegas, ya en el silencio de los cánticos al Señor, retumba en mi cabeza: “Si pudiera elegir solo un deseo, pediría morir, siempre cerca del cielo…”. Nunca mejor dicho. <br />
    <br />
------------------------------------------------------------</p>

<p>Este post fue parte de una nota que salió en El Comercio sobre la situación de la fiesta del Qoyllur Rit’y. Quería agregar a este texto, una par de notas vinculadas que también acompañaron a dicho informe. Espero que, de una u otra forma, con esto podamos contribuir a resguardar este Santuario y todos los nevados de la región cusqueña.</p>

<p><br />
<strong>SITUACIÓN CR?TICA DE LOS NEVADOS CUSQUEÑOS</strong></p>

<p>Sobre el tema de la desglaciación del Qolquepunko, el nevado de Qoyllur Rit’y, Nora Ugarte Bustinza, presidenta del Núcleo de Expertos de Calidad Ambiental y Cambio Climático, tiene una apreciación más dramática. Según dice la bióloga, la situación es más crítica, tanto, que ya se habrían perdido en un 60%. Todo, en menos de tres años </p>

<p>Eso no es todo. Cuando se refiere a la problemática de los nevados en el resto de la región el balance también es negativo. En la asociación que conducen, en la que se congregan expertos de distintas instituciones cusqueñas relacionadas con el tema, calculan que ya ha desaparecido el 40% de las montañas de nieve.</p>

<p>Importantes referentes para el Ausangate, La Verónica y el Salkantay sufrieron en los últimos años la inclemencia del cambio climático, sobreviviendo solo por la influencia de los vientos fuertes del Altiplano. Ni que decir de nevados como Sawasiray y Pitusiray, en la provincia de Calca, o Chicón y Pumamarca, en Urubamba, los cuales han visto mermada su estructura en casi 50%.</p>

<p>En ese sentido, indicó que vienen proponiendo que se declare como biosfera, con lo cual se recibiría la ayuda necesaria para impulsar, desde el gobierno central, programas, políticas, de reforestación. Esa es la única salida, afirma, pensando ya no en el futuro, sino en la actualidad. “De la cordillera depende el clima de la costa y de la selva, sin ella no habría ni Amazonía ni corriente del Humboldt ni Valle Sagrado. Los cálculos eran al 2011 en un 70%, pero no puedo ser tan optimista. Al final, puede que en el 2025 los glaciares menores a 4 mil metros estén desglaseados”, dijo.</p>

<p>De la misma manera piensa José Agurto Belloso, supervisor técnico de proyectos del Instituto de Manejo de Agua y Medio Ambiente (IMA) del Gobierno Regional del Cusco, quien sostiene que si no se enfrenta el calentamiento global, existirá hielo (y poco) a más de 5 mil metros. </p>

<p>“Poco a poco estos nevados se van reduciendo debido a que su capacidad de retener hielo es mínima. Tenemos que enfriar la atmósfera y no hay nada mejor que iniciar campañas para reforestar la región”, precisó no sin antes recordar que eso dependerá del gobierno y del rol que cada ciudadano quiera asumir. Así es.</p>

<p><br />
</p>]]>
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    <title>Cuando El Ayllu se va</title>
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    <published>2008-05-22T15:08:20Z</published>
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        <![CDATA[<p><img height="263" alt="aylluweb.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/aylluweb.jpg" width="350" /></p>
<p>Quería compartir con todos un artículo que publiqué en el diario sobre el café El Ayllu, el cual dejará su tradicional esquina por “diferencias económicas” con la gente del Arzobispado del Cusco, propietarios del local, quienes afirman que la familia Beltrán Paz no quiere pagar un precio justo por el lugar. Me imagino que todos los que han pasado por la Ciudad Imperial lo conocen. Y si no, los invito a que se den una vuelta antes de que nos abandone. Es en estos momentos cuando pienso en todos aquellos que se rasgan las vestiduras defendiendo a su Cusco querido, hoy, al menos el centro histórico, vendido a intereses foráneos. No sé, me gustaría saber que piensan. </p>]]>
        <![CDATA[<p>-----------------------------------------------</p>
<p><strong>El Ayllu que no será más</strong></p>
<p>Sentado y con las manos apoyadas sobre la mesa, Pericles Beltrán Paz conversa. No hay grabadora de por medio, tan solo su historia, la mañana dorada afuera y aquel bullicioso encantador que hacen los comensales al untar sus panes, al mover sus cafés, al arrastrar sus sillas. Comienza por el final: “Estamos en un proceso judicial con el Arzobispado, ya que nos quieren desalojar de este lugar después de 37 años”. </p>
<p>Luego, un silencio melancólico lo apaga y algunas preguntas se quedan sin respuesta. A su alrededor, diez personas, disfrutan de un placentero desayuno sin saber bien lo que está pasando. El Ayllu, el café más tradicional del Cusco, sigue presentando su mejor cara pese a todo. A todos.</p>
<p>Según cuenta Pericles el problema se inició hace varios meses, cuando comenzaron las conversaciones con los representantes del Arzobispado para la renovación del alquiler. Dice que las pretensiones económicas de la Iglesia, algo más que un diezmo, escapaban de sus posibilidades. Entonces, cuando aún negociaban, les llegó una notificación en la que le explicaban, no muy amablemente, que se tenía que ir. Pericles consciente de que los propietarios tenían la razón, el derecho de alquilar a quien quiera, les pidió algunos meses para desalojar sus pertenencias, pero otra vez sin amabilidad, le indicaron que no. Así, desde febrero, cual penitencia, carga con un proceso judicial, el mismo que viene afrontando sacrificadamente porque considera que ahí formas y formas. “Me enteré hace ya un tiempo, como un chisme, que el Starbucks quería este lugar. De ahí todo degeneró en la parte legal. Así no se hacen las cosas. Así no”, sentencia.</p>
<p>No obstante, resignado, Pericles se comienza a despedir de a pocos de aquella esquina que lo vio crecer, y que decenas de cusqueños y visitantes sienten como suya. El que menos se ha sentido conmovido con la noticia. Algunos vecinos ilustres de la Ciudad Imperial han redactado sendas cartas al Arzobispado para que reconsidere su posición, haciéndole saber lo que representa en la sociedad, en las familias, que no será lo mismo, que como el El Ayllu, ninguno. Es más, en un libro que ahora está junto a la caja, previa explicación, los parroquianos que más quieren al café han abierto un libro para que la gente se solidarice. Hechos como éstos, a Pericles lo conmueven, lo parten en mil, ya que es un reconocimiento al esfuerzo infatigable de sus padres, Zoila Juliana Paz Vargas y Manuel Abelardo Beltrán Bravo, quienes desde abril de 1971, han dado lo mejor de sí. Ellos, como todos, están tristes.</p>
<p><strong>UN CAFÉ DE HISTORIA </strong></p>
<p>En realidad, rectifica Pericles, el café se inició hace 39 años, en un local ubicado en la Cuesta del Almirante, cerca de la Plaza Tricentenario, en pleno centro histórico. En esos tiempos no tenía nombre, más sí fama, ya que los dulces que preparaba su mamá, doña Zoila, eran más que cotizados en los desayunos y lonchecitos cusqueños. Luego, se trasladaron a esa esquina, la cual dice, pidiendo perdón, que no la quería ni Dios: abandonadas después de ser oficinas y las instalaciones del recordado Supermercado Carrillo, los Beltrán Paz ingresaron para hacer historia. Su padre, quien trabajaba en la Ferretería Macedo, decidió aventurarse y apostar por la buena mano de su esposa y por la vocación servicial que tenía, la cual convirtió en la filosofía de El Ayllu: atender a todos los comensales como si fueran los propietarios. </p>
<p>Así es como se gesta la historia del recinto más tradicional del Cusco. Y sigue tan igual como entonces, a pedido de los clientes, quienes en más de una oportunidad hicieron que Don Manuel desistiera de sus caprichos por realizar cambios arquitectónicos, decorativos: así nos gusta, le decían y él, cedía. Por eso está tal cual en sus inicios, con las mesitas sencillas de madera, aquella vitrina provocadora, los techos altos y señoriales y ese ambiente que te transporta a tiempos en los que el turismo no era tan comercial. Ahora, en plena Plaza de Armas, quedan muy pocos sitios como El Ayllu, como dice Pericles, los sobrevivientes, los Muñiz, los Herrera y alguno más. El resto de los locales son de inversionistas foráneos que ven al Cusco como un producto, afirma, y no como la ciudad que los vio nacer y que los crió. Puntualiza que es difícil, casi imposible, comprar un lugar en el centro con los cuatro mil dólares que cuesta el metro cuadro. Mucho peor alquilar, ya que los inescrupulosos ponen sus inmuebles hasta en cinco mil dólares. Impensable. </p>
<p>“Cusco al convertirse en una ciudad cosmopolita está dejando que su espíritu se muera, y al ritmo que va, las tradiciones y las costumbres, como ya viene ocurriendo, irán desapareciendo”, sostiene emocionado Pericles y pide permiso para cobrar una de las mesas que se va. Él trabaja, como cualquiera de las 20 personas que tiene a su cargo, los cuales se reparten turnos entre las 6 y 30 de la mañana hasta las 10 y un poco más de la noche. Más aún desde hace tres años que abrió un restaurante en los altos del café, donde quedaba antes radio Salkantay, al que lo llamó El Ayllu, con la diferencia de que los de arriba son expertos en cuy, tamales, carnes y pastas. Pero esa es otra historia.</p>
<p><strong>DE SABROSAS LENGUAS, <br />OJOS DULCES Y OTROS</strong></p>
<p>Celvio Cusihuamán tiene 45 años, 27 de los cuales viene trabajando en El Ayllu. Si se le pregunta por una sugerencia, intempestivamente responde que la especialidad de la casa son “las lenguas de suegra”, un delicioso pastel relleno de manjarblanco. “Son las mejores, hasta a Shirley McClain (la famosa actriz de “La fuerza del cariño”) le gustaron. Imperdibles”, afirma y se ríe, recordando que ha tenido la oportunidad de atender a varios de los últimos presidentes del Perú, como Morales Bermúdez, Belaunde, Paniagua y Toledo. No niega a contar si le dejaron propinas o no, tan solo dice que todos se fueron contentos.</p>
<p>Pericles lo ayuda con la historia de los siete dulces que preparaban en El Ayllu. Todos eran los que su madre hacía en casa para sus cuatro hijos: manzanitas asadas, arroz con leche, alfajores, lenguas de suegra. Este último, ya conocido dentro de la historia de la pastelería cusqueña como lengua, fue adaptado en honor a la abuela Beltrán, porque la Doña Zoila sentía un gran cariño. Al día, se venden cerca de 150 lenguas de suegra, muchas de ellas salen en paquetes especiales, ya que tienen como destino final Estados Unidos o Europa.</p>
<p>Otro dulce que tuvo éxito gracias a su peculiar nombre es el “ojo de gringo”. Cuenta la leyenda urbana que una tarde llegó un turista y pidió ese postre que tenía en el medio una jalea cuya forma era muy parecida a sus ojos. Al pedirlo dijo eso, por lo que, entre carcajadas, los conocidos hasta entonces como ojos de buey perdieron su nomenclatura oficial. </p>
<p>Pero en El Ayllu, lo recuerda Celvio, no solo se sirven dulces. También destacan, y de sobre manera, los sándwiches de asado de lechón y los mixtos, las empanadas de carne con harto limón, y los incomparables mega-desayunos: uno no se puede ir del Cusco sin probar el popular Ayllu, con ponche de leche, pan de maíz, nata para untar, ensalada de frutas con miel, yogurt y granola. Una delicia que quizás no se repita más, aunque Pericles sostiene que podría continuar el negocio, siempre y cuando encuentre un buen lugar. Él sabe que sí, pero prefiere no avizorar nada. Dos señores se acercan y le brindan su apoyo. Los despide bajo esa mañana aún dorada y sigue trabajando. </p>
<p><br /></p>]]>
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    <title>La velada de las cruces</title>
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    <published>2008-05-07T12:50:56Z</published>
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        <![CDATA[<p><img height="263" alt="cruzblog.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/cruzblog.jpg" width="350" /></p>
<p>Al pie de la cruz de la Iglesia de San Francisco, la pequeña Rosa y sus hermanos luchan por dejar constancia de su fe: vela en mano tratan de estampar la cera al cemento, claro está, siempre a un costado para que el viento no borré su ilusión. Mi vela llena de sentimiento descansa muy cerca de la de ella. Es niña y es bella, más aún cuando cierra sus ojitos y eleva una plegaria. Su figura conmueve tanto que podría colocarla en una estampita como la Melchorita o la Sarita. Su madre está cerca, repartiendo ponche a las casi cien personas que han llegado hasta el templo para rendirle culto a la cruz. Es una noche fría, pero alegre. Todos están celebrando la fiesta del Cruz Velacuy, que se inicia en Cusco el 2 de junio con la folclórica velada y culmina, dos (a veces tres) días después, en medio de reflexiva algarabía, llanto y baile. En la calle son miles los que deambulan buscando fe, ya sea por la lealtad que le tienen a determinada imagen o por la juerga que ofrecen los que están de “cargo”. Por eso, Rosita, pese a que casi es medianoche, sigue despierta. Riendo. Rezando. </p>]]>
        <![CDATA[<p>Don Omar, que no es el cantante, es el guía que el Colegio de Licenciados en Turismo del Perú (Colitur) designó para realizar un recorrido por las cruces más importantes. Tiene cara de católico que no va a misa. El comenta, muy suelto de huesos y con frío en las manos, que esta tradición occidental se inició en Cusco allá por el año 1710, cuando un hombre llamado Sebastián Castañeda veló, sin compañía, una cruz en un cerro cercano a la ciudad. También explica que existen dos tipos de cruces, las de guardianía y las de protección, como la de San Cristóbal, por ejemplo: siempre Jesús con los ojos abiertos resguardando a sus feligreses. Siempre. En total, nos dice, existen decenas de cruces, ya sea de templos, barrios o hermandades, cada una con su respectiva pleitesía. De todas, la más representativa de la ciudad imperial es la Cruz de Tetecaca, inmortalizada en una huaca y que cuenta, además de 500 trajes, con un trono propio. Según narra Don Omar, visiblemente emocionado e iluminado con una linterna como en “La Bruja de Blair”, es la única que la que  atrae más devotos, tantos, que al año se le celebra 15 veces. </p>

<p>Para esta noche especial, la cruz del Papa, aquella que colocó en su visita en 1985, ilumina a todo el Cusco. Desde allí, cual hormigas, se ven todos los parroquianos moviéndose de un lado a otro y el olor a pólvora se impregna en la nariz. La tierna luz de los faroles hace de este un paisaje digno de fotografía. La ruta sigue. Don Omar cuenta que otra cruz importante, sin duda, es la ubicada en la avenida Recoleta. Conocida como la cruz de la despedida porque hasta ese lugar llegaban los familiares para decir adiós a sus seres queridos cuando se iban de viaje, este enorme bloque de cemento guarda una serie de historias, al igual que todas. La leyenda urbana dice que en una oportunidad, dos amigos, Carlos y Luis, juraron frente a ella, que el primero que muriera tenía que regresar de ultratumba y contar como el más allá. Luis muere a las pocas semanas y, cumpliendo su promesa, decide volver. Carlos lo espera en la cruz y cuando aparece el amigo le pregunta cómo era la muerte. Luis se le acerca y comienza forcejear con él, como tratando de llevárselo. Carlos pelea, pero se desvanece y muere. Al día siguiente, el cuerpo de Carlos fue encontrado muerto al pie de la cruz, babeando y con un trozo de tela de un traje azul. Curiosamente, horas más tarde, se darían cuenta que la tumba de Luis fue profanada y que una parte del traje no estaba, la tenía Carlos, obvio. Un hilo de nervios recorre mi espalda parado frente a la imagen. Cientos me acompañan. Dudo que estén pensando en Carlos y Luis. </p>

<p>Así como ésta, Don Omar se regodea contando algunas historias más. Como la de la Cruz del Medio, a un costadito de la Plaza de Armas, de la que se dice se colocó después de que el diablo se llevara a un buen amigo. O aquella de la Cruz de Puma Moqo, ubicada al lado del Cristo Blanco en Sacsayhuamán, que se colocó a pedido del cura Tadeo Gonzáles, quien vio diablillos bailando en esta cima. O la de la Cruz de Tambo del Montero, que pertenece a una familia particular y sobre la que cae una leyenda oscura: sobre esas maderas cruzadas descansaba la imagen de un Cristo negro, el cual era azotado, en señal de una extraña penitencia, todos los viernes, allá por 1,700. O la Cruz de la Almudena, a la que dicen que se encomiendan los amigos de lo ajeno para que no sean atrapados por la fuerza de la ley. Y así prosiguió toda la noche, narrando sin fin de creencias, leyendas, que en Cusco tomaron mayor relevancia a raíz del terremoto devastador de 1950: la gente se volcó a la calle en oración, y las cruces se convirtieron en un aliado de fe. Algo así como ahora, pero sin tragedia de por medio.   </p>

<p>Los más fieles se niegan a sentir frío. Cada uno está realizando la ofrenda que cree conveniente, ya sea en oraciones o “pagos” a la Pachamama o al Apu. Es hora de marcharse, me digo, y algunos me siguen. Un grupo de San Blas que llegó hasta San Francisco para que su cruz reciba la bendición baila al ritmo de una orquesta desatada. A un costado, tres señores beben cual adolescentes ron en bolsa. No es la primera, por el aspecto que llevan: uno encima del otro balbuceando te quieros al viento, con las articulaciones dobladas, la sonrisa partida y poca fe en sus ojos. Unos turistas, más alejados, toman fotos de los danzantes y algunos comerciantes, en medio de todos, se pasean ofreciendo velas y detentes. En tanto, Don Omar se calienta con ponche. Me despido de la imagen y veo al fondo, siempre en el mismo rincón, junto a sus hermanos, que Rosita aún disfruta del show. Es la más alegre y su vela aún se apaga.<br />
</p>]]>
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    <title>¿Cahuide fue un cobarde?</title>
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    <published>2008-04-30T14:48:56Z</published>
    <updated>2008-04-30T14:53:18Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img alt="Cahuideblog.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/Cahuideblog.jpg" width="350" height="289" ></p>

<p>Para el presidente de la República, Alan García Pérez, uno de los máximos héroes de la nefasta conquista occidental fue un cobarde. Cahuide, aquel guerrero que prefirió lanzarse a un abismo desde la mítica torre de Sacsayhuamán antes de morir a manos de un español, no merece ser reconocido como un icono Inca. Es más, para el líder aprista, el general inca y su temeroso acto son culpables de la actitud que hoy por hoy suelen asumir los peruanos frente a la vida: derrotista. Unos amigos cusqueños, muy orgullosos ellos, me decían que García Pérez, “centralista y autoritario”, reflejaba en su comentario no solo el odio a la capital imperial y sus habitantes, sino también, su poco respeto por la historia. Otros, muy pocos, decían que sí, tal vez, quizás, Cahuide no tuvo los cojones bien puestos para enfrentar a los españoles. Si fue valiente o no el aguerrido militar, si se trata de una leyenda de las enciclopedias escolares o de una farsa, queda en la percepción de cada uno, y no dependerá de lo que diga ni un mandatario ni los libros de historia ¿O no? </p>]]>
        <![CDATA[<p>Y es que la historia, por donde se toque, siempre será un tema de conflicto. Claro, decir que Cahuide fue un cobarde es fácil, más aún ahora que conocemos los caballos (je,je) y las armas de fuego ¿Se imaginan al ejército inca enfrentando a estos corceles humanizados? Pues yo sí y lo único que veo es una película de Steven Spierlberg, con harta sangre de por medio y muchas personas luchando contra estos seres de otro planeta. En mi humilde opinión, participar de una guerra, más aún en una que no se quiere (es decir, una invasión y posterior conquista), es digna de resaltar con valentía. Además, esto va más allá de Cahuide, ya que después de la Independencia, donde también tenemos próceres y precursores, no podemos hablar de guerras ganadas. Motivo por el cual, más que hablar de la historia, de la cual muchos se sienten orgullosos, García Pérez tuvo que hablar solo del cambio de chip. Como repito, en mi humilde opinión. Por otro lado, no sé por qué siempre los cusqueños piensan que todos los odian o que todos están en su contra o que todos…. Las cosas tampoco son así. Bueno, en mi humilde opinión.</p>

<p>En ese sentido, la referencia a Cahuide fue una excusa para que García Pérez diga lo siguiente a una reconocida periodista de Canal 2: “mientras unos ven el vaso vacío, yo lo veo medio lleno”. Comencé a recorrer la ciudad infestada de turistas y a medida que avanzaba me cruzaba con los personajes que desde hace un año alegran mi vida. Siempre con la frese en la cabeza. Estaba Lucila con sus periódicos, abrazada a su pequeño, y pensaba en cómo miraría ella el vaso. Medio lleno, me repetía y sonreía. Lo mismo suponía de mi amigo Emerson, el mejor lustrabotas del Cusco, de Edison y su auto fantástico, de mi tía de los jugos del mercado de San Blas, del maestro Cárdenas y de todos aquellos que día a día se rompen la espalda para llevarse un pan a la boca. Por ellos sí reviento mis manos en calurosos aplausos. Por ellos sí: cómo no abrazar y respetar hasta el cansancio a Jacinta, aquella divina mujer que cada siete días deja su hogar para venir a consentirnos. Ella, sin duda, tiene el vaso (y el alma) al tope, como la heroína que es.</p>

<p>Otro es el caso de aquellos que vestidos de autoridad o con algún cargo de poder suelen llamar a la insurgencia porque de eso viven, o la situación de los inescrupulosos que ven en la in-justicia eterna su banquete, o los malditos que roban, matan o se la llevan fácil. Ese es otro cantar. De ellos sí Cahuide estaría avergonzado.<br />
</p>]]>
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    <title>Los maravillosos caldos de Anita Mora</title>
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    <published>2008-04-24T13:37:02Z</published>
    <updated>2008-04-24T13:41:15Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img height="263" alt="caldoweb.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/caldoweb.jpg" width="350" /> </p>
<p>Los días en Cusco han cambiado. La lluvia se alejó con sus nubarrones y nos dejó mañanas soleadas, más no calurosas. El frío, aún no tan inclemente, comenzó a saturar de prendas a los transeúntes, cual michelines, en especial a aquellos que se ganan la vida en la calle, como es el caso de las chicas de las “llamadas, llamadas”, las señoras de los kioscos, los guías informales, las incombustibles jaladoras de masajes o los periodistas. Una media mañana, deambulaba por las calles con Yrma, Flor y Diana, las chicas bravas (y guapas) del periodismo cusqueño, quienes cansadas de escuchar mis gélidas quejas decidieron llevarme a un local ubicado en una esquina humeante, frente al hospital de EsSalud, la caldería de Anita Mora. Aún con las manos petrificadas y con los pies como bolsa de hielo de cinco soles, al parecer por una precaria gripe, me tomé un revitalizador caldo de panza de cordero, con su ají más. El resultado: una experiencia alucinante y sabrosa que no solo calmó mi exagerado estómago, sino también, esa tembladera irracional que me tenía descompuesto. </p>]]>
        <![CDATA[<p>Cuando entré no sabía bien que pedir. Soy un hincha acérrimo del adobo, pero no en horas de trabajo: o muy temprano en día de resaca o por la tarde antes de hacer la siesta (de resaca, obvio). Así tras husmear el menú colgado en la pared decidí descartar mi plato favorito. Flor me recomendó el caldo de pollera y Diana me decía que no, que mejor el de Lengua. Yrma ya había desayunado, por lo que no tenía ganas de nada. Ninguna de las dos propuestas me sedujo, motivo por el cual me pedí el caldo de panza. Yanira, una de las trabajadoras del local, muy risueña ella, me lo trajo acurrucado entre sus manos. Una preciosura ardiente, digna de fotografía, quizás de concurso. El plato parecía interminable, familiar: yuca, moraya, arroz, caldo y la deliciosa y no tan fachosa  panza. Cuchara en mano ataco la exagerada maravilla. Inevitable recordar las sopas de mi abuela Chocha, sobre todo aquellos domingos en que nos cuesta trabajo volver a ser personas. Pido ají y alcanzo la gloria. Hago un gesto a lo Gastón Acurio y las chicas se ríen. “Uhmmmmmm, Tú sí saaaaaaaaaaaabes”, le digo a la pequeña Yanira y aunque no entiende la broma también se ríe. La merienda se convierte en un jolgorio.</p>

<p>Son las 11 de la mañana y el local sigue abierto. Abren a las seis de la madrugada y cierran pasado el mediodía. Son seis trabajadoras, Yanira, nuestra amiga, y otras cinco. Dos mueven los caldos, otra jala gente en la vía pública y el resto atiende las 15 mesas que tiene el local. No está Anita Mora cerca, pero dicen que es buena gente. Es difícil imaginarse una señora malgeniada con las recetas que prepara. Nos cuentan que el local tiene muchos años, pero no saben precisar cuantos. Las correligionarias en la mesa dicen que desde tienen uso de razón vienen a este lugar, es decir, dos décadas por lo menos. Y siempre lleno y con buena fama, sino que respondan los póster autografiados por Dina Paucar y Abencia Meza, dos consagradas estrellas del folclore y de la tele, que firman con plumón que este es el mejor caldo del Cusco. Dina nunca miente y Abencia…bueno, ya saben lo que dicen de ella y las pistolas, entonces mejor le creemos. Junto a ambas cantantes, un Cristo que funge de reloj y algunas rosas artificiales que lo decoran: el lugar está lleno de gracia, de espiritualidad, tanto así que provoca elevar una oración por tan revitalizador potaje.</p>

<p>Dice Yanira que para poder atender la demanda diaria tiene que colocar quince corderos, tres cerdos, decenas de papas y cuchucientosmil granos de arroz. Todo, hirviendo a su debido tiempo en ollas de batallón de cuartel durante 9 horas. Un Concentrado de aquellos, con la suficiente autoridad moral para llamarse “levanta muertos”. Después de abandonar dicho local, al ritmo del Grupo 5, les comento a las chicas que me siento mucho mejor. Yrma, muy juiciosa ella, me dice que estaba convencida de que un caldo de tal envergadura acabaría con mi malestar y complementa su afirmación diciendo: “no por las puras siempre vas a encontrar calderías frente a los hospitales… es para curar a los enfermos”. Sí, le digo, pero ninguna como la de Anita Mora, con sus mesas plastificadas, con sus manteles amarillos de la época de la abuela, con sus paredes verdes fosforescentes y con sus maravillosos caldos.<br />
</p>]]>
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    <title>La reina de San Blas</title>
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    <published>2008-04-16T13:55:47Z</published>
    <updated>2008-04-21T21:31:06Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img height="233" alt="gayweb.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/gayweb.jpg" width="350" /> </p>
<p>La noche en que nos conocimos acabamos bebiendo cierto elixir endiablado al pie de su cama, allá, en algún lugar perdido de San Blas. Regresábamos de Mamá ?frica, decepcionados por el poco éxito que tuvimos y con las ganas de matar a ese par de andrajosos con olor a hierba y melena de cartón que se llevaron a las pequeñas de nacionalidad desconocida. Resignados por nuestra suerte, en su cubil mágico brindamos, reímos y al final, después de confesiones innecesarias, me marché por el caminito de piedra pensando en la niña de cabellos rojos que me despreció y en lo bueno que es tener un aliado cuando batallas como esas se pierden. Días después me lo crucé en la calle, siempre despreocupado y sonriendo, acompañado de otro muchacho, más delicado y con menos pelos en la cara que él. Lo tenía de la mano y lo besaba en el cuello, en plena papada. “Nos vemos en el bar, ya vuelvo”, me dijo y así fue. Desde entonces, hace un año, nos vemos casi siempre, y casi siempre recuerdo como perdimos aquella noche&nbsp;en la que&nbsp;él no tenía&nbsp;la más mínima intención&nbsp;de salir victorioso.</p>]]>
        <![CDATA[<p>No será la Chueca de Madrid, pero San Blas sin temor a equivocarme es el barrio más gay del Cusco. De día, quizás el barrio más tradicional de la ciudad imperial es un ala más de ese armatoste comercial también llamado centro histórico. Tiene infinidad de tiendas, decenas de artesanos que ofertan trabajos similares (o todos tienen el mismo maestro o uno los haces y los demás lo venden), llamitas sufridas trepando a la fuerza por la cuesta, niños comercializando con postales y restaurantes que ofrecen la carne de alpaca y de cuy a precios impagables. Sin embargo, es cuando cae el sol que despierta el verdadero espíritu de San Blas. Y no es para menos, allí están los lounges, lugares propicios, con la música indicada, para entablar alguna relación. La paz y la falta de prejuicios al interior de “The Muse” o del “Yerba Buena”, incluso en el segundo piso del “Km.0” o en algún cuartucho de “7 Angelitos”, permiten a los enamorados del mismo género dar rienda suelta a sus bajos instintos, claro está, siempre con respeto. Es ahí donde mi amigo es la reina, la más puta del barrio. </p>
<p>No puedo decir que es una loca, pero tampoco se parece a un ejecutivo (gay, obvio). Nada de eso. Es él. Sincero y directo. Si uno le gusta lo ataca, lo persigue con la mirada hasta que se conectan y se aman virtualmente. Es guapo, conversador, solidario, pelo largo, amanerado como Cristian Castro, buena gente al igual que Gisela y baila mejor que brasilera calata. Me faltan dedos, manos, una calculadora, para contabilizar sus aventuras. Alemanes, holandeses, gringos de cualquier parte del mundo forman parte del regimiento de amantes que se ha llevado a la cama. Soy testigo fiel de cómo muchos cambiaron sus pasajes para quedarse unos días más con el semental cusqueño. Incluso, como los aglutina en la barra del bar donde trabaja, donde se pelean por salir esa noche con él. Sin lugar a dudas, es el brichero con más éxito del Cusco, y que no se ofendan los amigos músicos que también tienen un gran prontuario. “Nada de carne nacional, ese no es un buen producto”, grita con la autoridad que le permite elegir a sus hombres como quien escoge un paquete de galleta. </p>
<p>Hace unos días estuve en Lima y un correligionario me preguntó cómo era la movida gay en Cusco. No pude contar mucho, salvo la exitosa historia de mi amigo y alguna que otra referencia, como la enigmática “Queens”, una discoteca de la cual he escuchado mucho hablar, pero que aún o tengo el honor de conocer. Recordé, también, la famosa “Fiesta de las Alas” en el Fallen Angel, el paraíso gay por excelencia, muy cerca de San Blas: jóvenes alados estampados en las paredes y algunos más terrenales provocándose entre ritmos estrambóticos, mientras algunos transexuales, como la espectacular Barbie, paseaban en tacos de 20 centímetros mostrando sus tetas desinfladas. Un bacanal en el que Hunter S. Thompson hubiera sido feliz, tanto o igual como lo fue mi amigo, quien aquella noche de invierno se escapó tras unos matorrales con un italiano, allá, en un algún lugar perdido de San Blas. </p>
<p>Hoy lo veré. <br /></p>]]>
    </content>
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    <title>El hombre de los huesos</title>
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    <published>2008-04-08T13:03:47Z</published>
    <updated>2008-04-08T13:06:19Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img alt="huesosblog.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/huesosblog.jpg" width="350" height="263" > </p>

<p>En medio de su taller en Calca, Jesús Venero lucha por darle vida a la muerte. Decenas de huesos descansan sobre una mesa de trabajo a la espera de ser elegidas, de ser las afortunadas piezas que conformarán la próxima obra de arte. No es fácil, pueden pasar años hasta que aparezca “la indicada”, como en el amor. Por eso, don Jesús no se agobia, al contrario, aprovecha el tiempo de espera y retoma la pintura, su primera pasión, y también recicla aquella novela eterna que por fin tiene punto final. No descansa, eso es para vagos y para aquellos que decidieron que es mejor dejarse llevar por la parca que enfrentar el día a día. Por eso y para ellos, tras 40 años como artista, nos regala aquella receta que le permite tener siempre una sonrisa energizante y conservar el esqueleto firme: uno tiene que disfrutar lo que hace, hacer su trabajo con felicidad absoluta. Así de sencillo. Lo demás es puro cuento. </p>]]>
        <![CDATA[<p>La obra de Jesús Venero es fascinante, a tal punto que se te destemplan las rodillas. Deslumbrado frente a “El Quijote”, su trabajo insignia con más de 8 mil huesos de distintos tamaños y formas, y 15 años de dedicación, uno valora aún más lo que hace este artista cusqueño, más allá del toque mágico que tiene para embellecer restos óseos y colocarlos en una vitrina en lugar de guardarlos bajo tierra. Se detiene y concreta una idea: “Cuando me llegan huesos recién comienza el proceso, más no la obra. Tengo que cuidar este material porque no es madera ni metal, es una pieza única y natural que la utilizó sin variación alguna. La idea es darle espiritualidad al trabajo”, sostiene y pierde su mirada en una escultura que está recuperando, “Viajando en las aguas”. El violinista, personaje principal de dicho retrato animado, lo mira en silencio y se deja acariciar su melena mezcla de escamas y otros.</p>

<p>Llevamos conversando quizás más de dos horas. El me cuenta sus experiencias y yo las asimiló. De solo escucharlo me siento inútil y salta aquella pregunta que de vez en cuando me ataca cual virus y me deja estúpidamente enfermo: ¿qué he hecho hasta ahora por mí, más allá de robarle oxígeno a los demás y de encontrar a la mujer de mi vida? Me cacheteo virtualmente y cuando regreso lo tengo a don Jesús hablando de la anatomía de los animales. Eso está mejor que pensar en cojudeces, me digo. Ya con él, me cuenta que cuando encarga un ave de la selva o algún exótico pez de la costa, ya sabe exactamente que parte del esqueleto de ese animal necesita, quizás, para un pecho atlético o una espalda jorobada. Eso ocurrió con las patas de Rocinante, el caballo del hidalgo de La Mancha. Dos años tuvieron que pasar para que completara la obra, debido a que no encontraba las piezas idóneas. Aprovecha la confianza y narra la anécdota de cómo la terminó: “Necesitaba dos huesos de un perro grande, cualquiera. Así, tras 24 meses de estancamiento, me avisaron que había muerto un perro en la carretera. Nadie lo reclamó y me fui al campo con el carnicero para descarnarlo. Lo curioso es que una señora nos vio y puso una denuncia en la Comisaría porque pensaba que comercializábamos con esa carne. Luego todo se aclaró, pero igual ahora tengo más cuidado”, precisa entre risas envidiables.</p>

<p>Es hora de almorzar y en casa me espera gente. Los dejaría plantados por conocer un poco más a don Jesús. Desde su sala se ve el Valle Sagrado en su esplendor. Me imagino con la panza llena, un cigarrito, mi María descansando sobre mi regazo, todo mientras las nubes se arrastran sobre el cielo intenso y agradecido, esquivando cerros y creando formas que en el suelo parecen dinosaurios. Hace calor y brindamos con agua. Aún quedan historias que contar, hazañas protagonizadas en este pequeño lugar paradisíaco llamado Calca, entre Urubamba y Pisac, donde habita el no tan agraciado puma de cemento. “El corazón de El Quijote es un hueso que un amigo me trajo desde La Mancha, para que así pueda completar su obra con un detalle del lugar donde transitó el hidalgo caballero”, dice y agrega que cree que es del oído de un cordero. La verdad que no podría decir una u otra cosa, y tampoco lo contrario. Debe ser, sostengo y le anuncio mi partida. No le parece una buena idea, pero la asume.</p>

<p>Quedamos, ambos, en repetir la mañana de sol y buena charla. Para ese instante su hija Ivana, guapa odontóloga del pueblo que piensa abrir su consultorio en Cusco, ya nos acompaña. Besos, abrazos y salgo al encuentro de Edison, mi fiel amigo de jornadas periodísticas. Le digo a don Jesús que siga con esa querida vitalidad y me responde, sabiamente: “El tiempo es mi mayor enemigo, por eso tengo que enfrentarme a él con más y más trabajo, desde que amanece hasta que se me caen los párpados”. Ivana, su más fiel admiradora, lo abraza. Don Jesús muestra la mejor de sus sonrisas y añade: “me gusta que reconozcan mi trabajo, pero prefiero que me quieran por lo que soy, y eso encuentro en mi querido valle, aquí en Calca”. Yo también, pensaba camino a casa. Yo también.</p>

<p>--------------------------------</p>

<p>PD. Hoy por hoy, Jesús Venero, quien estuvo retirado por varios años de las exposiciones, vuelve con sus obras en huesos al Museo El Quijote, de la ciudad imperial, ubicado en la calle San Agustín Nro. 275, donde además, junto a los mejores artistas cusqueños de los últimos años, exhibe algunos cuadros. Pregunte por él y su hijo Ilich sabrá darle referencias. En todo caso, si le apetece, búsquelo en Calca </p>

<p><br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>De sueños y segundas partes</title>
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    <published>2008-03-24T13:59:21Z</published>
    <updated>2008-03-24T22:22:55Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img alt="Contraluz web.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/Contraluz%20web.jpg" width="350" height="301" ></p>

<p>Tuve un sueño. Estaba sentado frente a la plaza de San Blas brindando con algunos amigos, cerca de la cascada iluminada, mojado y con la sonrisa extendida. No recuerdo bien de que hablábamos, quizás por el alcohol, pero estoy seguro que la charla era más que amena. A mi lado, siempre apuesto, estaba el entrañable Ricky y más allá, mi querido chino Contreras. Ambos lucían bien, pese a los años y a lo mucho que no los veía. Se les extraña tanto y se notaba porque no me cansé de abrazarlos, besarlos y repetirles que los quiero. María también departía con ellos y con varios correligionarios más, cusqueños e internacionales, que completaban la banda. De repente, la inestabilidad risueña me llevó al agua y desperté con la cara pegada cual calcomanía en la ventana del avión. Un caballero con voz femenina anunciaba que afuera, bajo el cielo color piscina, a cinco grados los parroquianos luchaban para controlar el tatatatatata de sus dientes: “Bienvenidos a la ciudad del Cusco”.</p>]]>
        <![CDATA[<p>El aire frío de la mañana irrumpe en mis fosas húmedas de enfermedad. El éxtasis. Gringos y japoneses se golpean para ingresar antes a recoger su maleta. Todos tienen la consigna de no separarse, así que van rozándose, de la mano como en la escuela inicial. Algunos ya tienen sus primeras cincuenta fotos del viaje, treinta de ellas panorámicas aéreas con marco de plástico. Salí pisando el acelerador, atravesé la marea de taxistas careros y por tres soles, un buen hombre que manejaba su Tico guinda me llevó hasta la casa. De eso ya hace unas horas, casi 20. Ahora estoy a punto de salir a trabajar, a recolectar noticias. Tengo todo listo, salvo el cuerpo decadente que arrastro y que espero no me traicione en alguna cuesta. Cusco me llenó de esperanza y de lechones, cuyes, chiriuchus, choclos y demás, que hicieron que la bolsa de grasa que adorna mi ombligo crecería y significativamente. No me arrepiento de nada de lo que comí, pero tampoco me siento orgulloso de cargar con este peso embarazoso. Un cigarrillo, canciones para caminar en el reproductor que cuelga de mis orejas y para fuera.  </p>

<p>Ha pasado un año desde que pisé las calles –nuevamente- de Cusco. En aquella oportunidad, tenía la necesidad de buscar un hogar, un centro de operaciones. Ahora la cosa no ha cambiado mucho: la ausencia de mes y medio se debió a que me casé con mi niña bonita y a que nos fuimos de luna de miel por ahí, pero ahora, otra vez, en la ciudad imperial, tengo que buscar casa nueva, para hacer cumplir el refrán. Así que se me ocurrió repetir la escena de marzo del 2007, sentarme de espaldas a la Catedral con un periódico local, dos tamales de la señora del mandil azul que se instala bajo el portal y una botella de agua. Nacho Vegas en la cabeza gritándome que siempre se puede recapitular. Y así fue. Sentado, quizás con la misma casa de entonces, pensé en lo bueno que había sido el de arriba conmigo. Imposible no agradecer con una oración que en mi mente ya estaba en desuso. Amén. También revisé este espacio que se ha convertido en vital para mí, pero que por cosas de la vida y el mismo trabajo a veces mantengo descuidado. Prometí cambiar eso y sonó como una plegaría con golpes en el pecho y todo. El instante de reflexión se vio interrumpido por un niño que me ofreció revivir mis zapatillas verdes pantano. Me dijo que se llamaba Emerson y que tenía 12 años, siete de ellos trabajando. Le invité la mitad del tamal que quedaba entre mis manos y con la boca llena murmuró gracias. Luego se fue detrás de un turista con pinta de Papá Noel flaco. Ojalá le regalé una alegría, pensé.</p>

<p>Suena el teléfono y un colega me avisa que estaba por comenzar la conferencia de prensa de la Policía Nacional. Un último sorbo de vida y me dispongo a caminar. Una canción de White Lion me transporta a mi chiquititud y a mi sueño en el avión. Esbozo una sonrisa y la respiración se acelera. La vida continúa, me digo, y entusiasmado avanzo construyendo en la imaginación lo que será esta nueva etapa en al ciudad imperial. Inevitable sentirme realizado por un momento. </p>

<p>Imposible dejar de soñar.</p>

<p><br />
PD. Quería pedir disculpas públicas por la ausencia prolongada. Espero que no se repita. Gracias por los comentarios, siempre son de mucha utilidad. También los insultos y demás que algunos tantos se esfuerzan en escribir. Si ofendí a alguno en alguno post, mil disculpas. Para los que les provoque, aquí les paso un video de lo que fue aquel inigualable 8 de marzo, el día más feliz de todos: http://www.youtube.com/watch?v=sS1Najl2_pQ</p>]]>
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    <title>La felicidad no llega en botella</title>
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    <published>2008-02-14T12:43:05Z</published>
    <updated>2008-04-08T14:01:46Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img class="mt-image-left" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 20px 20px 0px" height="263" alt="felicidadblog.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/felicidadblog.jpg" width="350" /></p>

<p>La historia de Huama, una localidad ubicada en el distrito de Lamay, en la provincia de Calca, es digna de resaltar. Hasta ahora sigo pensando que se trata de un cuento andino, mágico por donde se le viera, con personajes de carne y hueso que, después de tanto luchar, lograron derrotar a ese demonio que los poseía de cuando en vez. En Huama acabaron con el alcoholismo después de que diez de sus pobladores murieran de cirrosis. He aquí un artículo que publiqué en el diario El Comercio y que me gustaría que lean porque es de las experiencias más positivas que me han pasado en la vida. </p>]]>
        <![CDATA[<p><strong>--------------------------------------------------------</strong></p>
<p><strong>CUANDO LA FELICIDAD NO LLEGA EN BOTELLA</strong></p>
<p>En doce comunidades del distrito de Lamay, en la provincia cusqueña de Calca, ya no quieren convivir con borrachos. Por eso, desde hace diez años, vienen luchando para erradicar el alcoholismo entre sus pobladores. Prácticamente, lo han logrado. </p>
<p><strong>Renzo Guerrero de Luna Zárate</strong></p>
<p>Se acaban de iniciar los carnavales y, como es tradicional en estas épocas del año, la gente suele celebrar entre talco, agua, bailes y mucha cerveza. Es normal –pese a que no está bien- encontrarse en cualquiera de las carreteras cusqueñas a parejas alcoholizadas discutiendo (golpeándose, casi siempre) y a despreocupados sujetos que prefieren dormir su borrachera al borde de la vía. Dicha estampa paisajista se puede observar en toda la región, menos en el distrito de Lamay, en la provincia de Calca, ubicado a 45.5 kilómetros del Cusco. Ahí, el licor está prohibido, después de que las autoridades iniciaran su lucha contra el alcoholismo al percatarse que ese maldito vicio estaba acabando con su sociedad.</p>
<p>En la comunidad de Huama, a comienzos de 1990, murieron más de diez personas por cirrosis. Nadie sabía bien por qué era, pero vinculaban la desaparición de sus compañeros al trago. Elías Tillca, de 32 años, recuerda aquellos días como los más tristes del pueblo. “Al morir esa gente, muchos niños quedaron abandonados y la situación se volvió incontrolable. Decidimos que teníamos que hacer algo”, sostiene Elías medio escondido entre un gorrito y una voz partida. Y no era para menos. Según explica, el 95% de las personas bebían y mucho, tanto, que los índices de violencia familiar eran altísimos: de cada tres hombres, dos le pegaban a sus mujeres. Una realidad intratable ya que por más salvaje que suene, nadie se metía en los problemas de los demás.</p>
<p>Sin embargo, la muerte de los campesinos les hizo entrar en razón y decidieron, en Asamblea Comunal, acabar con esta lacra llamada alcoholismo. Así, determinaron algunas normas, quizás extremistas, pero vista la problemática, necesarias. Obviamente, primero quedó prohibido el consumo de alcohol. Para constatar que se cumpla esta ordenanza popular se creó el Comité de Seguridad Ciudadana, el mismo que debía vigilar que ningún comerciante ingresara con licor o que si algún poblador quería introducir aquel líquido vicioso. Al que se le encontraba incumpliendo la ley, se le sancionaría, estipularon, una pena económica de 150 soles y si no se pagaban en 15 días se le mataba un animal. Además, se quemaba aquello aquel veneno en sus narices, en medio de la plaza principal, en la cancha de fútbol.</p>
<p>Cuenta Elías que eso costó y mucho. Los campesinos que estaban más afectados por el vicio decidieron dejar el pueblo y otros, simplemente, murieron. Pasaron cinco años hasta llegar a la realidad que ahora mantiene Huama: ningún poblador bebe, la violencia familiar se redujo en un 80%, bajó el índice de desnutrición hasta en un 40% y la educación tuvo un impulso al consolidarse el papel de los padres como eso, como padres. “Nosotros éramos conocidos por ser agresivos, malas personas, un lugar imposible de visitar porque borrachos le robábamos las cosas a los visitantes. Pero eso ya es parte del pasado. Los letreros de cerveza ahora sirven para indicar que ahí existe una tienda. Nada más. Estamos contentos de poder vivir en paz y armonía”, afirma emocionado y comenta que tiene tres hijos, los mismos que crecen jugando a la pelota y no viendo como su “papi” se destroza la vida. </p>
<p>IMAGEN Y SEMEJANZA</p>
<p>La experiencia de Huama fue de tal relevancia que otras once comunidades aledañas la empezaron a aplicar, en parte, gracias a la vocación del pueblo y a la intervención de la ONG World Vision. Así, en poblados como Huchuy Qosqo, Huanca Ayllu, Chuquibamba, Huanco Pillpinto, Huanco Mullmunkus, Sayhua, Hanac-Chuquibamba, Poques, Sayllafaya, Warqui y Chumpe se redujo el consumo de alcohol en un 80%.</p>
<p>En Chumpe, por ejemplo, calculan que pronto erradicarán el alcoholismo, ya que muchos de los campesinos que beben lo hacen a escondidas y por temor a ser encontrados han preferido emigrar a una ciudad grande. Paulino Huamán (quien aparece en la fotografía con su familia) cuenta que la mayoría de los que ahora son jóvenes crecieron a golpes debido a que sus padres, ambos, solían ingerir licor hasta perder el control. Eso, sin embargo, gracias al apoyo de la mencionada entidad, no afectó su rol de padre. Por el contrario, en su cabeza, la actitud de sus progenitores le sirvió para ver que tipo de persona quería ser y cómo debería educar a sus hijos.</p>
<p>“Jamás le haría daño a mi hijo David. Tampoco a mi esposa Alicia. Son lo que más quiero. El alcoholismo ha generado tal caos en nuestras comunidades que no queremos que se repita, por eso si se les encuentra bebiendo se les pone una multa de 100 soles. Aquí, al menos, ya no se ven borrachos. Y eso es bueno”, indica y abraza a su pequeño con tanto amor que parece que lo va a partir. El niño sonríe. Es feliz.</p>
<p>En sí, estas doce comunidades vieron que el tema del alcoholismo más que afectar a los adultos, perjudicaba directamente en la educación y la salud de los niños. Por eso decidieron llevar adelante este cambio con el que han logrado mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Se calcula que cuando se comenzaron a aplicar estas normas el 70% de los niños de Lamay sufrían de desnutrición crónica. Ahora son menos de la mitad. Esa es una buena razón para aplicar estas medidas. Es una buena razón para brindar, con agua claro está, por el futuro de los niños. Ese que ahora sí tendrán. </p>
<p><br /><strong>DATO<br /></strong>Gracias al trabajo en conjunto con la ONG World Vision para disminuir la desnutrición de los niños en los últimos años, la comunidad de Chumpe ganó en diciembre del 2007 el premio Vigilancia del Crecimiento y Desarrollo Temprano de la Niñez, concurso organizado por el Centro Nacional de Alimentación y Nutrición (Cenam). Todo esto se comenzó a dar después de iniciar la erradicación del alcoholismo, ya que antes era imposible trabajar en estas zonas por lo agresivo que eran los padres borrachos y, también, porque no había cultura de velar por el bienestar de sus hijos. Ahora sí.</p>
<p><br /></p>]]>
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    <title>Un paro, dos fiestas y muchas preguntas</title>
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    <published>2008-02-08T15:43:42Z</published>
    <updated>2008-04-08T14:01:11Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img class="mt-image-left" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 20px 20px 0px" height="263" alt="paroweb.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/paroweb.jpg" width="350" /></p>

<p>No me voy a extender en este post. Bueno, tal vez sí. La verdad que me provoca, pero sé que puedo herir susceptibilidades. A lo largo de casi un año de blogger en este distinguido diario he recibido comentarios de todo tipo: insultos, buenos deseos, propuestas indecentes, mandadas a la mier$%•$ (que el editor, lamentablemente, no me deja publicar) y demás. Cada mensaje ha sido gratificante y lo seguirá siendo, por eso quería agradecerles. Sin embargo, mis queridos amigos y amantes de esta ciudad, debo confesarles que cada día que pasa me doy cuenta, incluso lucho para no ser contagiado, por esa peste que viene carcomiendo a nuestro querido Cusco. Ese mal se hace llamar cusqueño y, lamentablemente para la urbe, no tiene cura.</p>]]>
        <![CDATA[<p>No me crucifiquen ni me tilden de limeñito clasista, centralista y todos los “istas” peyorativos existentes. Si así lo quieren y creen conveniente, pues nada, adelante, ataquen sin compasión y quítense un peso de encima. Tampoco, y no creo que deba aclararlo, es mi intención exterminarlos (quizás a alguno sí, ¿no?). Lo único que quiero expresar es mi malestar con dos sujetos muy pintorescos que deambulan por las calles, de los cuales ya hablé en anteriores oportunidades, pero que durante la semana que pasó se esforzaron por complicarme la existencia. Ellos, sin temor a equivocarme, son la peor estampa de la ciudad, la lacra como dirían muchos. Los meones y los micro-inescrupulosos-negociantes son para este humilde servidor el virus que infecta al Cusco. Y paso a explicar el por qué.</p>

<p>Desde hace unos días estamos de fiesta en la metrópoli imperial. Más allá de Las Comadres, una simpática celebración cien veces más vistosa que la de Los Compadres, el último sábado el más tradicional de los barrios le rindió un espumoso homenaje a su patrono, el imponente San Blas. Como buenos vecinos acudimos al llamado del Señor. Muchas cañas que destilaban fuegos de colores y centenares de botellas de cerveza tibia cortesía de los generosos padrinos de turno generaban un ambiente espléndido en el cual San Blas era el anfitrión y recibía todos con brindis de honor. También habíanq ueines rezaban. Pocos, claro. La serenata fue digna de aplausos, pero lo que siguió después fue más que deplorable. Decenas de borrachos, sin importar género, incluyendo señoras de familia, desfilaron por un costado de la Iglesia y orinaron todo lo que pudieron. Ya era mucho con aguantar a los cariñosos que te abrazan y te pide alcohol gratis de manera belicosa, para soportar esa cachetada de urea en nuestras narices. Daba gana de mearlos a todos (y de ser posibles ahogarlos para que aprendan). </p>

<p>Sin embargo, lo peor estaba por venir. El puesto de una cerveza que dice que su lúpulo sí pasa, pero que no tiene cuerpo, estuvo repleto de gente durante los tres días posteriores, con su banda más. Gringos, peruanos y extraterrestres –difícil diferenciar uno de otro- ejercitaron sus codos hasta no poder controlar sus rodillas. Un espectáculo digno de cine mudo, aderezado con un riquísimo huayco llorón de Rosita de Espinar. Hasta ahí bien, total, así son las fiestas y todos tenemos derecho a celebrar como nos dé la gana. Pero en determinado momento, cuando las ganas podían más, los devotos (borrachos) de San Blas meaban sin pudor alguno frente a niños y ancianos, muertos de risa por su líquida valentía, ensuciándose los pantalones y bailando un bolero a solas. Se los hice saber y casi me ganó un escabeche de patadas y un arroz con puñete que hubieran coronado la situación. Así pasaron cuatro días y hasta hoy no se va el olor de mier”•$% de esta hermosa plaza. Para males, este fin se celebrará la Octava y estoy seguro que veré a esa señora con la cara bonita orinando casi flotando, como si fuera la mismísima Trinity de Matrix con una exagerada panza, y dejando que los vecinos menos recatados le miren sus secretos.</p>

<p>Pero si los meones son una lacra, debo confesar que no puedo con aquellos que han convertido al Cusco en un gran “Mall”. Esos tipos venderían a su madre –algunos ya lo han hecho- para transformar sus casonas en veinte tiendas de postales, dos institutos preuniversitarios con nombres de animales, siete cabinas de Internet y un recuteco al que llaman centro de oración, pero en el que nadie tiene fe. Eso es el centro histórico del Cusco hoy por hoy gracias a esos mercenarios…. Ahhhhhhhhhhh! Me siento como Gargamel detrás de los pitufos: uno contra miles es imposible. Lo que más me irrita es que muchos de ellos se rasgan las vestiduras y saltan a las calles a marchar contra las leyes que según el gobierno promoverán la inversión, pero que las autoridades cusqueñas consideran que usurparán el patrimonio arqueológico. Fuera de quien tenga razón o no –en realidad, el Ejecutivo se equivocó al no consultar con nadie esta ley… ¿no estamos en democracia?- me partió el alma, pero de rabia, ver a estos hombres apoyando desde sus fachadas de renombre la movilización. “¿Y por qué no marcha, señor?”, le pregunté a uno medio pelado y este acobardado respondió: “La ciudad no puede parar”. Pensé, entonces: “¿pero es un paro?”. Me embriagué de risa mientras una rata blanca explotaba a escasos metros y unos turistas se peleaban por subir a una carretilla para ir al aeropuerto, ya que no habían taxis. Ganó un brasileño.</p>

<p>Debo decir, para cerrar este post, que cuando uno mira las cosas de afuera se puede dar cuenta de muchos “horrores” por lo que atraviesa esta hermosa ciudad. Ahora el tema es la defensa del patrimonio, pero qué tanto hacen los cusqueños para preservar eso. Seamos sinceros, se trata de proteger a la gallina de oro llamada Machu Picchu, pero día a día, en lo cotidiano, dejamos que la gente haga lo que quiera, que se orine en todos, que destrocen el centro histórico, que los alrededores de la ciudad crezcan de manera desornada y fea, muy fea. Escuchaba durante el paro que decían que “Cusco no es mercadería”. Me preguntaba si eso es cierto. Yo creo que sí, y perdonen su voy en contra de lo que Ustedes piensan. Si no fuera así los involucrados, los empresarios locales, no estarían tan fastidiados con el posible ingreso de grandes trasnacionales hoteleras. Más interrogantes: ¿tienen algún tipo de compromiso los locales para con su gente? ¿No sería mejor regularizar bien cuáles son los deberes de una empresa para con el pueblo cusqueño en lugar de la negación? ¿Quién se beneficia uno, dos o miles de cusqueños cuando se abre una empresa local? Una vez me dijo alguien, muy educado él, que prefería que se haga rico un cusqueño a un limeño. Digo, ¿ese es el tema de fondo? Por favor, no seamos tercos y pensemos en un momento en Cusco u gamos algo por mejorar en todo y no vivir tan solo de lo que hay. Por favor, se los ruego. </p>]]>
    </content>
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    <title>¡Qué vivan Los Compadres!</title>
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    <published>2008-01-29T12:47:43Z</published>
    <updated>2008-04-08T14:00:28Z</updated>

    <summary> En honor a la verdad, el último jueves amanecí de mal humor. A las cuatro de la mañana, cual canchita reventando en una olla gigante, miles de petardos destrozaron los angustiados sueños de aquellos que, por esa noche, pernoctaban...</summary>
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        <![CDATA[<p><img class="mt-image-left" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 20px 20px 0px" height="279" alt="compadres.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/compadres.jpg" width="350" /></p>

<p>En honor a la verdad, el último jueves amanecí de mal humor. A las cuatro de la mañana, cual canchita reventando en una olla gigante, miles de petardos destrozaron los angustiados sueños de aquellos que, por esa noche, pernoctaban en San Blas. A los pocos segundos, cuando parecía que el diluvio había terminado, trompetas reventaron los infortunados tímpanos de los que aún intentaban dormir. Pensé que podría tratarse de una serenata, quizás de un “After Party Folclórico”. Sin María en casa (y en cama) decidí vestirme y salir a chismosear. Grande fue mi sorpresa al encontrarme en plena calle Tanda Pata con una comparsa alegre y vistosa, comandada por una hermosa bailarina de piernas peludas. “¡Salud compadre!”, me dijo uno de ellos y me estiró un vasito con una extraña sustancia adentro. Brindé con cortesía y me sumé a la celebración. Amanecía y con ello se despejaba la mala vibra. La fiesta recién comenzaba.</p>]]>
        <![CDATA[<p>El reloj avanzaba y a las 8 de la mañana la gente, vestida de gala, ya se conglomeraba en la puerta de la Iglesia de San Blas. Adobo para todos gracias a la generosidad del padrino de turno. Riquísimo. La banda, obviamente, seguía tocando a los pies de la cruz que cuida al templo. No es extraño ver como se destapan las botellas de cerveza al tiempo. Total, es un día para festejar y, como dice uno de los anfitriones, cualquier hora es buena para brindar. Algunos ya presentaban la alegría propia de lo bebido. Otros, en tanto, rezaban frente a un estandarte con una cruz bordada y dorada, revelando que no se trataba de una celebración ambigua y que servía de excusa, simplemente, para tomar. En tanto, entre bulla y pólvora, un perrito disfrutaba de los huesos abandonados en el suculento desayuno. Así, todos estaban felices.</p>

<p>Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, cerca de la Iglesia de San Cristóbal, Fernando Nina y sus parientes regresan de escuchar misa. Cargan dos cristos, uno de ellos representa a la Santísima Cruz de Pucará, lugar donde ellos viven, a casi sesenta minutos del Cusco. También tiene con que brindar y lo hacen al pie del camino que lleva a Sacsayhuamán. “Esta es una gran fiesta para nosotros y cada jueves de Compadres venimos para que bendigan a nuestro Señor… ahora nos espera un largo camino, el mismo que lo haremos felices y tomando”, sostiene y un coro de risas lo respalda. Otros conocidos bajan mientras Fernando sube. Dos enormes cruces llevan en hombros. Ellos van en busca de la bendición.</p>

<p>A pocos metros, la Plaza de Armas continúa su ritmo. Aquí no hay fiesta que valga. Al menos no hoy. Ticos doblan a toda velocidad frente a la Iglesia de la Compañía, hombres venden periódicos locales, gringos sacan fotos de niñas cargando ovejas. La celebración de "Los Compadres" se realiza previa a los carnavales y se hace en honor a los santos y, también, en honor a muchos mundanos. Cuenta la tradición que las mujeres solían colgar a los compadres en postes. Ojo, no a los de verdad, sino a muñecos de trapo. Pero eso ya se ha ido perdiendo, lamentablemente. Ahora son los hombres, en la no menos conmemorada fiesta de “Las Comadres”, a realizarse este jueves 31 de enero, los que se llevan las palmas. Ellos sí que se vengan de sus vecinas con una serie de representaciones que ya comentaremos en el próximo post. “Ya no es lo mismo”, me dice Edison, un gran amigo que me lleva a donde quiero en su taxi sin música. Igual, me parece todo espectacular.</p>

<p>Al mediodía, en la Iglesia de San Pedro, dos familias y muchos compadres, salen en Vía Crucis rumbo a sus viviendas en un cerro próximo. Globos y mucha pica pica caen encima de la imagen del cristo que los cuida. En cada parada una caja de cerveza es renovada. Una mujer llora y se persigna. Tres jóvenes sin DNI brindan a su costado. Tres músicos tocan lo que pueden mientras suben y suben y suben. A medio camino los abandono y regreso a San Cristóbal donde una gran kermese baila al ritmo del Grupo 5. Comienza a llover. Es hora de partir. Medio cuy para llevar con su papita más. Un último “¡Salud!” con un improvisado amigo. Le prometo que volveré la otra semana. Me responde: “Estoy seguro que así será”. </p>]]>
    </content>
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    <title>El maestro Cárdenas</title>
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    <published>2008-01-22T13:16:20Z</published>
    <updated>2008-01-22T13:25:59Z</updated>

    <summary> Cae la lluvia sobre la Plaza de San Blas. Es mediodía y es sábado. Los artesanos que suelen instalarse en este recinto para vender sus trabajos comienzan a recoger todo. Juan Cárdenas Flores no. Él decide tapar con unas...</summary>
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        <![CDATA[<p><img height="263" alt="maestroweb.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/maestroweb.jpg" width="350" /></p>
<p>Cae la lluvia sobre la Plaza de San Blas. Es mediodía y es sábado. Los artesanos que suelen instalarse en este recinto para vender sus trabajos comienzan a recoger todo. Juan Cárdenas Flores no. Él decide tapar con unas bolsas de plásticos su reducido estante y con paraguas en mano continúa de pie, siempre tratando de ganarse la vida. Algunos muchos lo saludan con respeto, más aún ahora que ganó el tradicional Santuranticuy, con lo que se convirtió en el mejor artesano del 2007. Se emociona cuando se lo recuerdo, pero no se deja seducir por la arrogancia. Sigue limpiando humildemente sus valiosas piezas de plata. No obstante, sabe que fue un galardón duro de roer, ya que postuló más de 20 veces. Por eso lo festeja, aunque afirma que el mejor premio que se puede llevar a su casa es la sonrisa de un cliente cada vez que le compra alguna de sus pequeñas obras de arte.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Cuando le informaron que había ganado el premio del Santuranticuy su esposa Zoila se puso a llorar. Quizás por el honor que eso significa. Tal vez porque le compraron el trabajo con el que fue galardonado a US$ 1,500.Quien sabe. Lo cierto es que inundó su rostro de alegría. Juan narra ese momento y también se emociona pensando en lo trabajoso que fue culminar el “Niño Manuelito vestido en traje de plata”. “Sabía que era un trabajo ganador y no lo digo menospreciando a los demás. Por el contrario, le dediqué mucho tiempo para que así sea”, sostiene y se le escapa un gesto mientras observa otro traje que viene realizando. “Este será mejor”, sentencia y se ríe.</p>
<p></p>
<p>Han transcurrido casi 50 minutos y no ha vendido nada. La lluvia está jugando en su contra. Igual no se preocupa por ello y prefiere seguir contando una y otra historia de su querido San Blas. Pero claro, no todo es digno de celebrar. “Lamentablemente, todo cambia para mal”, dice en referencia a lo que le viene haciendo el turismo al Cusco. Un silencio prolongado termina en pregunta: “¿Cuánta gente de los de antaño queda en este barrio tradicional?”. Dibuja la respuesta en un mapa flotante e imaginario, recordando a los amigos que se fueron. Y no se equivoca, San Blas hace mucho que dejó de ser de los cusqueños y se convirtió en el emporio comercial de gringos hoteleros o de limeños en busca del bar soñado. El mutismo, otra vez, se apodera de la conversación. Inevitable ponerse triste.</p>
<p></p>
<p>La lluvia nos vence y el maestro Cárdenas decide que será mejor ir a su taller ubicado en San Blas, pero en la zona más periférica. En el camino por la calle peatonal más larga del Cusco, la preciosa Tandapata, aquel hombre canoso de cincuenta y pico de años comenta que los premios no son su debilidad. Según dice todo lo hace por amor al arte. Podría sonar una frase repetida y sin sentimiento, pero cuando sale de su boca toma la verdadera dimensión que merece. Y es que verlo sentado en esa banquita en su taller Qollqe Wasi (casa de la plata), con esas maquinas inventadas por él y otras compradas con el paso de los años, como en sus inicios, crea un ambiente nostálgico y genuino alrededor de esos cristos y esas vírgenes y esos santos grises de plata. Cuando dice que sobrevive de este negocio se le cree. Su casa y su taller y su oficina miden nada más 28 metros de ancho x 4 metros de largo, con tres pisos de alto. Es aquí donde se genera la creatividad en pleno junto a su esposa, su cuñado, su primo, algunos trabajadores y su perro Rambo. Sin la presencia de todos nada funcionaría. Y por eso también vive agradecido: el apoyo constante de los suyos lo ha hecho cada vez más grande.</p>
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<p>Dejamos su taller y regresamos a la plaza, ya que el día así lo exige. Saluda a todo aquel que s ele cruza en el camino y es que en San Blas es de los personajes más respetados, más que algunos otros que se hacen llamar maestros y que hace mucho no dan cátedra (incluso dicen que alguno manda a hacer su chamba con artesanos chiquillos y luego le estampan su reconocida firma... ¿sabes de alguno? delátalo). Es el presidente de la Asociación y Artistas y Artesanos de San Blas y el abogado defensor Ad Honorem –estudió para serlo- de las causas imposibles y de los indefensos. Por ambas ocupaciones recibe en pago muchos agradecimientos y miles de sonrisas. Eso lo hace totalmente feliz, realizado. “Nací en San Blas y aquí moriré, haciendo cosas por este barrio que me dio tanto y al que aún me falta retribuirle. Ojalá Dios me dé las fuerzas para poder hacerlo”, afirma el artesano de moda en Cusco, mientras una ligera lluvia golpea sus manos llenas de sabiduría. Sonríe.</p>
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<p>PD. Si desea ver su trabajo no tiene más que ir los sábados a la Plaza de San Blas y preguntar por él. Lo buscan, casi siempre coleccionistas, pero también hace trabajo para exportar y para vender al por menor. De no estar en su rincón, lo pueden buscar en su casa en la Calle Pumapaccha Nro. 634 – San Blas ó llamarlo al teléfono: (084)-229701 o enviarle un mail al: qollqewasi@hotmail.com. </p><br />
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    <title>Buena suerte, compañeros</title>
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    <published>2008-01-07T23:37:30Z</published>
    <updated>2008-01-29T14:55:43Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img height="268" alt="añoweb.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/a%C3%B1oweb.jpg" width="350" /></p>

<p>Sin lugar a duda, el 2007 considero que ha sido “el año”, mi año, ya sea en lo profesional como en lo sentimental: la vida me trajo al Cusco para continuar la carrera de periodista (redactor, editor, jefe de mesa, fotógrafo, caña, mensajero), y de pasadita me presentó a la niña de mis sentidos, mi querida María, con quien me caso en marzo próximo (¡¡Ahhhhhhhhhhhhhh!!). Por eso, para cerrar la buena vibra y en agradecimiento a esta hermosa ciudad, decidí recibir el nuevo año en la Plaza de Armas y dar mis respectivas vueltitas en ese mar de gente infestada de alcoholes, pólvora y alegrías. Sinceramente, una experiencia alucinante que compartí brindando con amigos, abrazando a extraños, recordando a los que están lejos y, como no, al gran Ricky, que este año se nos adelantó en su bicicleta azul. Así, también, aprovechando las uvas y aquel paseo agitado en el cuadrilátero central, agradecí por todo lo recibido, en especial por este espacio que puedo compartir con Ustedes, Contigo, sobre las&nbsp;vivencias de&nbsp;un corresponsal en&nbsp;la capital imperial.</p>]]>
        <![CDATA[<p>La noche comenzó pasado el mediodía. Un grupo de amigos nos juntamos el 31 y empezamos a cocinar y a brindar de antemano por el buen 2007. Risas, carne, chelitas, ron y un delicioso picante a la tacneña cortesía de mi tía Eloisa y del enigmático Tony Medina, muchacho aventurero y amigo de la chiquititud que, al igual que muchos, visitó Cusco por estas fechas. David y Alberto, español y vasco, ambos simpáticos y gritones, también compartían la mesa. Afuera llovía. Era una tarde placentera para conversar de política, historia y fútbol. Mejor, imposible. Desde temprano, los desadaptados eufóricos reventaban su vida en unos cuantos cohetes que hacían asustar a Bizco, el perro de la casa donde vivimos. Los Planetas gritaban, a una hora moderada, que “no será peor de lo que era”. Nadie, excepto yo, les prestaba atención, y en la cabeza recapitulaba, como Nacho Vegas, los golpes que me ha dado la vida. Un cigarrillo más y a la calle. Llovía, aún.</p>

<p>A las 10 y 30 de la noche del 31 la Plaza estaba exageradamente hermosa. Las botellas de cerveza y vino espumante decoraban el suelo y algunos niños impetuosos se abrazaban de las piernas de sus padres con cada rata blanca que saltaba por los aires en pedazos. El punto de encuentro era la puerta de la Catedral, abierta aquella noche para deleite de todos. Los más fieles entraban para la última confesión. Los no creyentes y aquellos que no saben en que creer se deslizaban cual arañas y “caletamente” tomaban fotos a los cristos colgados y a los pintados, mientras que en la otra mano sujetaban una botella de dos litros de dudosa procedencia. Pobre de ellos que se les cayera aquel elixir. Cual Londres, ya casi a las 12, Cusco caminaba sobre una nube (explosiva). Un aroma difícil de olvidar y que de una u otra manera, por más subversivo que suene, nos recuerda a las fiestas de fin de año. </p>

<p>Es casi la hora. “Cinco, cuatro, tres… boooom, pishhhh…FELIZ AÑO NUEVOOOO”. La algarabía fue total en ese instante eterno. Brindamos con un ron en botella de dos litro de dudosa procedencia y con un vino que nunca se dejó beber por capricho maldito del corcho de plástico: el año no empezaba del todo bien. Tras largos minutos de vueltas y abrazos, decidimos ir a bailar al bar de siempre, a los 7 Angelitos. Una fiesta rebuena, extraña, sin “El Arbolito” y “El Embrujo” retumbando en mis oídos, con demasiado reggae, pero siempre alegrona. El cuerpo decadente me informó el fin de la fiesta a las cinco de la mañana, justo cuando comenzaban a tocar algo de jazz tonero. Le hice caso a mis arterias llenas de etcéteras y encamine rumbo a casa. Ya no llovía.</p>

<p>A las pocas horas, a eso de las 10, el celular comenzó a sonar, como para aclarar que era un día cualquiera. Contesté. Mi jefe, muy amable y sin voz de resaca, me informaba de la presencia de Alicia Keys en la ciudad imperial. En mi cabeza todavía estaba procesando el apellido de aquella señorita y pensaba más bien en “la reina de las llaves”. Así empezaba el año. Luego vendrían otras llamadas conmemorando la fecha, las cuales fueron bien recibidas, pero ya si tanto entusiasmo. Todos hablaban de la playa, el almuerzo familiar, el reencuentro de los amigos. Una muy especial, desde Madrid, de uno de mis mejores amigos, Rubén Ordoñez, me contaba de la inauguración de su restaurante en Valdemorillo, “La Candela”. Cuanta nostalgia y cuanta alegría conversar con ese enorme muchachón al que tanto extraño y con el que compartí tantas buenas noches atrás de una barra, ya sea en Madrid como en Cusco: de lo mejor del año la visita de este gigantón. Lo mismo que las veladas compartidas con Pati y la cofradía de niñas bonitas, Alejandro, mi hermano Nato, de Pichu y Renato, el justiciero del Cheche, las Carolinas y Alejandra, Karim, Emma, Fernando, Ezequiel, Pepe, Panchi, Hugo, Juanjo, Nicolás, Marcela y Gisele, Jaime, Yesenia, Diego, Miguel, Sebastián y otros más que pasaron la noche en esta su humilde&nbsp;posada. Muchos recuerdos que se ven interrumpidos por la presencia de una morena muy parecida a la Keys. Falsa alarma. </p>

<p>Y ahí estaba yo, bajo el cielo atormentado de un Cusco que solo quería descansar. Repasando momentos, intercambiando punto de vista con mi otro yo, sentado en una banca que servía de cagadero para las palomas. Siempre esperando a que la nueva diosa del Soul y del R&B salga para regalarme la mejor de sus sonrisas… Ya se imaginarán lo que vino después. </p>

<p>Comenzó a llover. Pese a ello, soy feliz. <br />
Buena suerte, compañeros. El 2008 espera.</p>]]>
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    <title>El Santurantikuy</title>
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    <published>2007-12-27T14:11:00Z</published>
    <updated>2008-04-08T13:59:50Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img class="mt-image-left" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 20px 20px 0px" height="263" alt="sanblog1.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/ombligodelmundo/sanblog1.jpg" width="350" /></p>

<p>Desde mi terraza, allá en los altos de San Blas, sin importar que fuera diciembre, Cusco de noche parece un árbol de Navidad. Claro, en estas fechas, por la multiplicación de las luces, más aún. Me encanta el espíritu navideño, las familias juntándose a cenar cosas ricas propias de las festividades: pavo, lechón, ensaladas agridulces, panetón, chocolate y vino, mucho vino. Me fascina, a mis treinta años, reventar cohetes, revolotear con las chispitas mariposas, abrir los regalos, cantar villancicos, rezar por todos. Sí, eso me gusta: La Nochebuena, la unión de la estirpe junto a un nacimiento, no tiene punto de comparación. Sin embargo, el resto de días “de amor y paz” podría matar al Papa Noel famélico de la esquina que no tiene mejor idea que atacarme con sus caramelos de a china. Para eso no soy nada bondadoso. Y en la ciudad imperial, la verdad, si las miradas asesinaran, tendría sobre mis hombros a más de 50. Lo siento, en Navidad soy un asesino en serie que le gusta cantar como los Toribianitos el hit: “Los peces en el río”.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Tres días antes de Navidad, caminar por Cusco es imposible. Los ambulantes toman varias calles de la ciudad, con o sin manta en el suelo, y comienzan a infectarnos del mercantilismo propio de estas fechas. “Papito, llévale a la engreída de la casa”, ofrece un hombre desesperado, angustiado y más de uno le compra más por pena que por la engreída en cuestión. Como él son miles de comerciantes desperdigados por las avenidas El Sol, Almagro, Marquez, Plateros, Maruri, etc. Insoportable, tanto igual que el centro de Lima. Lo peor de todo es que esa gente está tratando de ganarse algunos soles para recibir –por llamarlo de alguna manera- las fiestas. Pensar en ello conlleva a una reflexión que va más allá del hartazgo: amar es compartir. Ser paciente es divino. Todo ese pensamiento altruista se puede ir al carajo cuando sientes que uno de tus bolsillos está perdiendo fondos. Malditos pirañas, están en todos lados. Así, además de jodido por la multitud, tienes que andar prevenido. Al final, no haces nada de lo que tenías que hacer. Nada para celebrar.</p>

<p>A los ambulantes los puedes esquivar, huir de ellos, sacarle la vuelta ese tipo que ya te miró y que está seguro que le vas a comprar el juego de alfileres. Pero qué pasa si la mañana del 24 decides salir temprano, obviar todos los comercios, y pasear tranquilo por la Plaza de Armas. Pues nada, es imposible: desde las seis de la mañana, ese bendito día para los que hacemos todo a último minuto, es invadido por cientos de ambulantes en la tradicional feria del Santurantikuy. Obvio, yo sabía de su existencia, por eso amanecí, prácticamente, en la calle. A las siete de la mañana todo es genial. La instalación, los niños ayudando a sus padres, la gente sonriendo y rogando que sea un buen día. Pero a las 11 de la mañana… ¡DIOS MIO! Creo que a esa hora mis ojos acribillaron a 133 personas y todos con más de seis balas en la cabeza. El desorden era tal a esa hora del día que la gente avanzaba cual procesión del Señor de Los Milagros, pero sin fe, claro.</p>

<p>En total son casi mil las personas las que han decidido hacer su agosto en diciembre, más allá de mostrar el arte que practican. Y es que, aunque suene exagerado decirlo, en este improvisado mercado se puede encontrar de todo. Desde pasto natural para los pesebres hasta euros falsos para la buena suerte. Ni que decir de nacimientos: están en varios colores y múltiples tamaños, según la billetera del cliente. Ah, eso sí, mientras más grande sea el niño Manuelito (también conocido como el Niño de la Espina o el Niño de la Lágrima), y su respectiva silla, más importante será la devoción con la que vive el hogar del comprador la Navidad. En una esquina, el maestro Juan Cárdenas tiene en su humilde mostrador de tripley un bebé envuelto en trajes de plata que, según dijo, vale 1,500 dólares. Quien se lo lleve puede pensar que ya adquirido una parcela en el cielo. También se pueden adquirir muñecas autóctonas, luces multicolores que cantan villancicos, lámparas de papel, burros con cara de chancho, camisetas del Cienciano, cajitas con ositos dulces, aretes de hippies que se cansaron de viajar, ángeles con chullos, vírgenes de fécula de maíz y cristos de palos. De todo en una feria que culmina entrada la noche en una gran fiesta, tras la misa de gallo. Yo, obviamente, preferí escapar de eso mucho antes y recibir las 12 con María, Esther y su encantadora familia, en algún lugar perdido del Cusco, comiendo pavo, reventando cohetes, abriendo regalos y rezando por los demás. </p>

<p>FELICES FIESTAS</p>

<p>PD. Regresaré a la Plaza de Armas para Año Nuevo. ¿Será una buena idea?</p>]]>
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