Abril 2008
30
2008

Para el presidente de la República, Alan García Pérez, uno de los máximos héroes de la nefasta conquista occidental fue un cobarde. Cahuide, aquel guerrero que prefirió lanzarse a un abismo desde la mítica torre de Sacsayhuamán antes de morir a manos de un español, no merece ser reconocido como un icono Inca. Es más, para el líder aprista, el general inca y su temeroso acto son culpables de la actitud que hoy por hoy suelen asumir los peruanos frente a la vida: derrotista. Unos amigos cusqueños, muy orgullosos ellos, me decían que García Pérez, “centralista y autoritario?, reflejaba en su comentario no solo el odio a la capital imperial y sus habitantes, sino también, su poco respeto por la historia. Otros, muy pocos, decían que sí, tal vez, quizás, Cahuide no tuvo los cojones bien puestos para enfrentar a los españoles. Si fue valiente o no el aguerrido militar, si se trata de una leyenda de las enciclopedias escolares o de una farsa, queda en la percepción de cada uno, y no dependerá de lo que diga ni un mandatario ni los libros de historia ¿O no?
24
2008
Los días en Cusco han cambiado. La lluvia se alejó con sus nubarrones y nos dejó mañanas soleadas, más no calurosas. El frío, aún no tan inclemente, comenzó a saturar de prendas a los transeúntes, cual michelines, en especial a aquellos que se ganan la vida en la calle, como es el caso de las chicas de las “llamadas, llamadas?, las señoras de los kioscos, los guías informales, las incombustibles jaladoras de masajes o los periodistas. Una media mañana, deambulaba por las calles con Yrma, Flor y Diana, las chicas bravas (y guapas) del periodismo cusqueño, quienes cansadas de escuchar mis gélidas quejas decidieron llevarme a un local ubicado en una esquina humeante, frente al hospital de EsSalud, la caldería de Anita Mora. Aún con las manos petrificadas y con los pies como bolsa de hielo de cinco soles, al parecer por una precaria gripe, me tomé un revitalizador caldo de panza de cordero, con su ají más. El resultado: una experiencia alucinante y sabrosa que no solo calmó mi exagerado estómago, sino también, esa tembladera irracional que me tenía descompuesto.
16
2008
La noche en que nos conocimos acabamos bebiendo cierto elixir endiablado al pie de su cama, allá, en algún lugar perdido de San Blas. Regresábamos de Mamá ?frica, decepcionados por el poco éxito que tuvimos y con las ganas de matar a ese par de andrajosos con olor a hierba y melena de cartón que se llevaron a las pequeñas de nacionalidad desconocida. Resignados por nuestra suerte, en su cubil mágico brindamos, reímos y al final, después de confesiones innecesarias, me marché por el caminito de piedra pensando en la niña de cabellos rojos que me despreció y en lo bueno que es tener un aliado cuando batallas como esas se pierden. Días después me lo crucé en la calle, siempre despreocupado y sonriendo, acompañado de otro muchacho, más delicado y con menos pelos en la cara que él. Lo tenía de la mano y lo besaba en el cuello, en plena papada. “Nos vemos en el bar, ya vuelvo?, me dijo y así fue. Desde entonces, hace un año, nos vemos casi siempre, y casi siempre recuerdo como perdimos aquella noche en la que él no tenía la más mínima intención de salir victorioso.
08
2008
En medio de su taller en Calca, Jesús Venero lucha por darle vida a la muerte. Decenas de huesos descansan sobre una mesa de trabajo a la espera de ser elegidas, de ser las afortunadas piezas que conformarán la próxima obra de arte. No es fácil, pueden pasar años hasta que aparezca “la indicada?, como en el amor. Por eso, don Jesús no se agobia, al contrario, aprovecha el tiempo de espera y retoma la pintura, su primera pasión, y también recicla aquella novela eterna que por fin tiene punto final. No descansa, eso es para vagos y para aquellos que decidieron que es mejor dejarse llevar por la parca que enfrentar el día a día. Por eso y para ellos, tras 40 años como artista, nos regala aquella receta que le permite tener siempre una sonrisa energizante y conservar el esqueleto firme: uno tiene que disfrutar lo que hace, hacer su trabajo con felicidad absoluta. Así de sencillo. Lo demás es puro cuento.


