Julio 2007
31
2007

(Corregido: antes decía hierbaluisa cuando la palabra correcta era hierbabuena. Mil disculpas)
Cuando llegan las Fiestas Patrias no todos celebran. Si bien la gran mayoría holgazanea y se jaranea de lo lindo, también están los otros que trabajan, y en estas fechas de fiesta, siempre más de lo necesario. Así, en la narices de los bienaventurados juergueros, están aquellos que venden banderitas en los alrededores de la Plaza de Armas, las tías que preparan caldos de gallina y adobo frente al Hospital del Seguro, los que vigilan discotecas, calles y casas de la invadida ciudad imperial, los guías turísticos de sonrisa perenne, Doña Luisa y sus choclos, Lucila y sus periódicos, Simeona y su pan, y así miles y miles de emprendedores comerciantes y sacrificados empleados que no tienen tiempo para nada. Obvio, entre ellos los periodistas, aunque éstos últimos se las ingenian para robarle minutos al día y así empinar el codo tranquilamente. Por eso, tras largas horas de apostolada cobertura decidí que tenía que salir de paseo, aunque sea el 29. Un afiche me reveló lo que haría: el domingo se conmemora el Décimo Quinto Festival del Chicharrón Saylla 2007. No había más que pensar, el delicioso veredicto estaba tomado.
24
2007

No recuerdo muy bien cuando pisé por primera vez una cancha de fútbol. Quizás era domingo. No lo sé. Tengo en la memoria un capítulo casi descolorido, carcomido y borroso que podría ser el más remoto y, probablemente, sea el día en que debuté como espectador: dicen que eran 22, pero yo podía contar cientos de hombrecitos disfrazados con pantalones apretaditos y camisetas pintadas de colores cálidos, todos ellos corriendo atrás de un balón casi imperceptible a mi vista. Mi abuelo Gustavo, apasionado hincha de uno de esos cuadros, me tenía de la mano y me explicaba, cual narrador emocionado, lo que pasaba en aquel campo verde encendido. Le dije, según cuenta su historia y no la refuto: “mi equipo es el de mi papá, pero le haré barra al primero que meta gol”. Para su mala suerte, los primeros en anotar fueron los otros. Igual me quedé callado. Felizmente, los suyos empataron y así terminó el encuentro. El último domingo, 25 años después, otra vez, fui al estadio para ver a dos conjuntos ajenos a mis amores. No me aburrí, aunque sí salí decepcionado porque aposté todo por uno de ellos, por el Cienciano. Odio la maldita frase: “Así es el fútbol”. O la perdedora: “Tuvimos mala suerte, para la otra será”. Jaja. Uno no se hace hincha o antihincha por gusto. Lo hace para ganar. Y cuando no ocurre eso sufres, te enfureces, quieres matar a alguien. Como yo, aquel maldito domingo.
15
2007

Aquí me tienen. Treinta años, tres décadas. En varios pasajes de mi vida pensé que no llegaría a redondear onomásticos, pero me equivoqué, como en tantas otras oportunidades. Para esta fecha importante decidí que las cosas serían distintas: una cena especial con mi chica especial, un par de copas añejas acompañando, mucha conversación, algo de reflexión y, como siempre, risas hasta para regalar. Y así fue, claro, hasta las 00:00 horas del 13 último. El primer brindis conmemorativo trajo consigo un sinfín de sinceros “te quieros” sinceros y una extraña molestia estomacal, y no precisamente de las que tienen los enamorados: con esa dolencia vivo desde que conocí a María, una revolución de sentimientos. Con la otra, por el grado de intensidad de los dolores, entendía que no habría empatía. Esta vez, acerté.
07
2007

En medio de la multitud ella salta y todos gritan. Abril tiene un año de edad y pese a que no entiende bien lo que ocurre, sabe que Guillermina, su madre, está feliz. Sonríe. Cuando crezca le contarán que en hombros de su madre vivió uno de los momentos más importantes en la historia de una ciudad, de un país: Machu Picchu, la ciudadela inca tantas veces visitada –y a la que ella ira cuando sea más grande- se convirtió en una de las Nuevas Maravillas del Mundo.
06
2007
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06
2007

En una esquina descansan las dos, cansadas de ser ellas. Son ñustas, al menos eso les han dicho. Normalmente, en su vida cotidiana como cusqueñas de pura cepa, responden a sus nombres de pila: Angela y Patricia. Son guapas y un chico sediento de amor así lo confirma después de vociferar un piropo. Ellas, siempre en la intersección de asfalto, sonríen y recolectando votos por Machu Picchu. Esa es su chamba. Llevan tres días convenciendo a la gente para que selle cibernéticamente su simpatía por la famosa ciudadela. La mayoría le hace caso. Se anima, ya sea por la belleza de ambas o por el cariño que se le tiene a la candidata a Nueva Maravilla del Mundo. Por lo que sea, igual votan. Y eso es bueno. O no?
04
2007

Los conocí de noche y entre tragos, como lo hacen los grandes amigos (y conspiradores). Eran cuatro y tomaban Fernet, ese licor ítalo-argento que tanto gusta, pero solo allá, en la tierra de los gauchos, del dulce de leche, de Maradona y Calamaro. Me contaron que eran de Capilla, una ciudad perdida en Córdoba, y que estaban coleccionando aventuras por Sudamérica. Una de sus odiseas los llevaría a conocer Machu Picchu. Lo de siempre, me dije: Otros fanáticos de “Diarios de Motocicleta”. Equivocado andaba. Eran un cuarteto, una pesadilla en fuga, buscando kilometraje para la vida. Y yo, un simple espectador en ese periplo.
04
2007

Play. Una canción. Tal vez un himno. Se abre la puerta, la calle Totorapaqcha aparece alfombrada de tierra y piedras. Cusco abajo, amaneciendo. La tibia luz de los faroles me despeja el camino. Se escucha una voz y un olor a café me invade hasta lo más profundo. Es extraño que no me guste, después de convivir tantos años con él:
Ahora sí, parece que ya empiezo a entender / Las cosas importantes aquí /
Son las que están detrás de la piel / Y todo lo demás / Empieza donde acaban mis pies
después de mucho tiempo aprendí / que hay cosas que mejor no aprender.
La casa por el tejado (Fito y Los Fitipaldis)


