Junio 2007
26
2007

Primero: mil disculpas. Segundo: muchas gracias. Recién, después de casi semana y media, tengo el tiempo necesario para escribir esto que se ha convertido en una necesidad. Entre la despampanante Cameron Díaz y el ricachón Bill Gates me han chupado la energía cual zancudos salvajes. La primicia, la bendita noticia exclusiva, me obligó a perseguirlos por todo Cusco. Lo peor es que cuando estuve cerca de Ella ni siquiera disfruté su belleza. Menos con el hombre de las computadoras, a quien no encontré tan millonario como pensaba: gorrita fea, casaca añejada y regateando entradas para asistir al Inti Raymi, ya que se olvidó de comprarlas con anticipación. En fin, ya le tengo alergia a las personalidades. Y lo que más me duele es que me perdí, a plenitud, las fiestas de la ciudad imperial. Ahora entiendo cuando dicen que la fama es difícil de manejar.
16
2007

Hace trece horas conocí el frío. El frío de verdad. Ese que no te deja pensar, que te quita el hambre, que te congela las penas, que te escarcha la ilusión, que te entumece la esperanza. Por un momento pensé que se me caerían los dedos y que la cabeza me iba a explotar en mil. Ni que decir de mis pies gordos envueltos en tres pares de media y papel periódico. La camioneta parece una refrigeradora y nosotros, sus tripulantes, los ingredientes del próximo menú. Al borde de una hipotermia me pregunto como es posible que alguien viva en este lugar, donde solo crece piedra y algunos ichus. Diego, a sus nueve años y temblando por un resfrío inmortal, no tiene respuestas a la mano. Camina lento. Puedo jurar que tiene las piernas petrificadas, pero igual sigue su camino rumbo a Condoroma, la ciudad más alta del Cusco, donde se sobrevive a menos 16 grados bajo cero.
10
2007

No es que me duelan los huesos: me pesan. El Corpus Christi llegó con toda su algarabía, con millares de oraciones desperdigadas al cielo y con mucha chela para pasar el sabor amargo de la culpa, ese sentimiento imprudente que suele despertar en los parroquianos cada vez que se acercan las fechas de reflexión. Todos somos culpables de algo. La cosa es que solo algunos lo reconocen, lo aceptan y buscan la salvación frente a uno de los quince santos que salen en procesión. Otros, simplemente, sobreviven matando penas (pecados) en una cantina improvisada. Y en Cusco, somos muchos los sobrevivientes, así que, como dice el más impenitente de los meseros, la fiesta en junio será eterna. Me da miedo. Brindo con él.
06
2007

Mi querida y recordada D -quien está de cumpleaños- diría que soy un pobre diablo, que me encanta sufrir, que soy repetitivamente triste y que uno de cada dos de los que me escribe lo hace por compasión. Y sí, pueda que “la bandolera” tenga razón. No lo sé. Puede que sea la autodestrucción de la que tanto hablan, esa maldita excusa, esa maldita condena. Han sido días difíciles y mi ausencia en estos menesteres del blog así lo demuestra. Mil disculpas por ello y otras mil gracias por todas aquellas líneas que se tomaron el tiempo de escribir por el buen Ricky. Sus palabras han sido puñetazos anímicos, latigazos espirituales que levantaron a este cuerpo decante en sus horas más inciertas.


