Agosto 2007
28
2007
Julieta tiene los ojos más bellos que una persona pueda ostentar, un pelo hermoso, marrón oscuro (del mismo color de sus ojos), desordenado y libre como ella, precioso. Su piel es suave y blanca, cachetona, tímida y reilona. Cariñosa, besucona, adorable. Cuando camina de mi mano por la calle, la gente voltea y admira su dulce belleza y yo orgulloso simplemente me limito a sonreír.

Como les he comentado en mis pasadas entregas, tengo una hija hermosa llamada Julieta. Ella nació hace dos años y cuatro meses luego de una relación de tres años que tuve con su mamá. No pienso entrar en detalles sobre el fin de esa relación ni decir por qué hoy no somos una familia como el común de la sociedad concibe esa palabra. Simplemente quiero decir que jamás abandoné a ninguna de las dos y hasta el día de hoy su mamá y yo nos tenemos un cariño a prueba de balas. Ahora ella tiene una nueva pareja y vive con él, y yo, hace pocas noches que vivo con Alejandra. Los cuatro nos llevamos como quizá muchos envidiarían y somos muy felices girando alrededor de ese torbellino inagotable llamado Julieta.
Imagino que para varias personas debe ser todo un mundo comenzar una relación con alguien que viene en una especie de combo de McDonald's, no te puedes llevar la hamburguesa sola, tienes que comerte las papas sí o sí. En este caso no sé si soy la hamburguesa o las papas pero desde que nació, siempre fue humanamente imposible que me separe de Julieta para contentar a mi pareja. Es más, desde que Julieta ilumina mis días me convertí tan exigente que nunca salí con alguien más de dos semanas seguidas hasta que llegó Alejandra.
15
2007

Debo comenzar esta nueva entrega sobre mi experiencia prenupcial agradeciendo una vez más a esos amables lectores que se toman la molestia de escribir su comentario en bien de mi matrimonio. Y también quiero agradecer a esos lectores que una vez que terminan de pasar sus ojos por mis líneas, deciden destruir mis relatos sin piedad. Son todos bienvenidos en este humilde blog.
Esta vez estoy doblemente agradecido porque Alejandra y yo estamos tomando lo mejor de todos sus consejos de todos sus consejos, así que pronto podré contarles finalmente cómo será nuestro matrimonio. Sinceramente, para ser una pareja de novios a los que le faltan apenas dos meses para casarse, todavía no sentimos el estrés que se traduce en peleas cargadas de frases hirientes o palabras malintencionadas. Sin embargo, no podemos negar que hemos tenido nuestros encontrones por la manera en que los dos percibimos esto del matrimonio.
08
2007

Estamos a tres meses de casarnos y aún no hemos definido la iglesia en la que nos daremos el sí definitivo. Me imagino que el común de novios planifica este principalísimo detalle con meses, incluso con más de un año de anticipación. Nosotros hemos recorrido apenas tres parroquias y creemos saber cuál será la elegida, pero todavía no pagamos y vamos por la cuarta parte de los requisitos. El único paso concreto que hemos dado ha sido que ambos ya recogimos nuestras respectivas partidas de bautizo y los certificados de confirmación. Esos documentos ya están legalizados por el Nuncio Apóstolico de Lima gracias a la amable gestión de mi futura suegra Cecilia.
Mención aparte merece mi partida de bautizo. Resulta que el chorrito de agua bendita me fue aplicado en la casa de mi “Nonna” en Camacho. Fue algo así como un bautizo delivery. El cura fue a la casa y la celebración, de la que no recuerdo nada porque tenía 1 mes de nacido, fue en ese mismo lugar. Hasta ahí todo bien con simpáticas costumbres italianas de mis ancestros, el problema fue que 31 años más tarde vaya usted a saber de qué parroquia salió el padrecito en mención. Por suerte, mi mamá, que recuerda absolutamente todo en esta vida, soltó una pista al viento pero que serviría de mucho: “creo que la parroquia pertenecía a Santa Anita, sería cuestión de que te vayas por el óvalo de Santa Anita y preguntes. Es algo como San Alfonso, San Idelfonso, una cosa así”. Recordemos que el año 76 todavía tenía algunos rezagos de la época hippie, así que perdonaré esa ligereza con la que mi viejita tomó el tema de mi bautizo.


