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    <title>Lavaplatos</title>
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    <updated>2008-07-16T18:52:47Z</updated>
    <subtitle>Sergio Galarza PuenteNació en Lima en 1976. Tiene cuatro libros de cuentos publicados: Matacabros (1996), El infierno es un buen lugar (1997), Todas las mujeres son galgos (1999) y La soledad de los aviones (2005). Su reportaje Los Rolling Stones en Perú, coescrito con Cucho Peñaloza, fue reeditado en el 2007 en España por Editorial Periférica. El presente año Estruendomudo reeditará Matacabros, Editorial Periférica publicará una colección de sus cuentos y Alfaguara (Perú), su primera novela. Galarza vive en Madrid frente a una papelería que solo vende artículos para zurdos, colabora a veces con revistas y juega al fútbol. </subtitle>
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    <title>Fin</title>
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    <published>2008-06-18T17:43:14Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:52:47Z</updated>

    <summary>He decidido ya no postear más porque no tengo tiempo para hacerlo. Ahora debo enfocarme en mi nuevo libro y en otros proyectos que me interesan más. Si un día puedo acabaré la historia del Hermano Candela. Gracias por leer...</summary>
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        <name>Sergio Galarza</name>
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        <![CDATA[<p>He decidido ya no postear más porque no tengo tiempo para hacerlo. Ahora debo enfocarme en mi nuevo libro y en otros proyectos que me interesan más. Si un día puedo acabaré la historia del Hermano Candela. Gracias por leer el blog, en resumen ha sido una buena experiencia, no sabía que los lectores de blogs fueran tan exigentes. Si más adelante me animo a abrir otro blog será de música.<br />
Me despido dejándoles este video de un concierto donde yo sí estuve. El grupo se llama Irene, no son muy buenos pero esta canción tiene su toque.<br />
PD: He conseguido entradas para ver a Bruce Springsteen en julio, después de ver a un Dylan salvado de la muerte el 2000 y a un Lou Reed en otra galaxia el 2006, espero que este concierto no sea otra decepción de un grande.</p>

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    <title>Bonus track (Cuento: El Mapache)</title>
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    <published>2008-06-12T17:23:30Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:51:55Z</updated>

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        <name>Sergio Galarza</name>
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        <![CDATA[<p><b>El cuento que publico ahora quedó segundo en el último Copé, así que no es inédito, pero es la base sobre la cual he escrito mi tercera novela y primera que creo merece ser editada. He preferido no editarlo a pesar de que hay cosas que debería cambiar. La próxima semana espero seguir posteando capítulos de Lavaplatos.</b></p>]]>
        <![CDATA[<p><strong><div style="text-align: center;">EL MAPACHE</div></strong></p>

<p>Lavaplatos, ayudante de entrega de artículos informáticos, cuidador de una piscina, dependiente de la sección de comida en un supermercado, teleoperador por tres días y paseador de perros, son algunos de los trabajos que he realizado desde que iniciara este peregrinaje por la ruta incierta de los anhelos. Antes fui empleado en una oficina. ¿Oficina de qué? No importa (pero parecía una nave espacial alucinada en los años cincuenta). Los empleados son sólo empleados en cualquier parte del mundo. He viajado por Chile, Bolivia, Paraguay, Argentina y Uruguay, Florida, Alabama, Mississipi, Louisiana, Georgia, Tennessee, California, Idaho, Utah, Oregon, Washington, Chicago, Ohio, New York y ahora escribo estas señales de viajero desde Barcelona, aunque mi hogar en España está en Madrid. Han pasado unos meses desde que partiera una mañana de forma definitiva de Lima, luego de varios regresos obligados. Lima es la ciudad donde aprendí a odiar, verbo que conjugo muy bien si de pelear se trata, y donde, como una carta de despedida, fui amado. Pensé que olvidaría odiar y que recibiría una carta de despedida en cada lugar al que llegara. Sin embargo, mis odios persisten y se renuevan, mientras extraño aquella primera carta de despedida. Quien me reveló esta verdad fue un mapache.<br />
Madrid es como una maternidad para los viajeros. Aquí todo empieza y yo tenía ganas de borrar el Lado A de un disco sin éxitos. El Lado B es éste, que empieza como todo aquí en Madrid.<br />
Trabajo paseando perros. Es un trabajo que me aleja de la gente y sus taras. Cuando era lavaplatos ahuyentaba a las ratas del Deep South para tirar la basura y cuando fui teleoperador tuve que soportar los discursos motivadores de un colombiano que me preguntaba a cada rato cómo me sentía. Ésta es una de las cosas que más odio, que alguien me interrumpa para preguntar cómo me siento. He llegado a creer que mi rostro refleja a un tipo huraño. ¿Acaso soy un tipo que necesita ayuda? ¿Será por eso que los amigos de mis amigos me miran raro y me hablan con timidez, como si acabara de salir de un centro de desintoxicación? A veces no me interesa hablar en las reuniones, sólo me da la gana de escuchar y quedarme ciego de fiesta. Si llego de trabajar, lo único que necesito es el descanso en una cama tendida a la perfección. Que por dentro me carcoma una calamidad, es lo de menos. Lo que importará siempre es que la cama esté bien hecha y limpia como la jaula del mapache que conocí.<br />
Llegué a Madrid en compañía de Laura, mi novia. La convencí de que no valía la pena quedarse estacionado en una misma ciudad, le dije que siempre tendría a su familia como un mapa de afectos que podría visitar cuando quisiera, y me creyó. Evitaré caer en el recuento amoroso de nuestra relación. Basta con confesar que el día que todo empezó ha sido el más feliz que he tenido hasta ahora. Sucumbí, hay que reconocerlo, a los temblores que ocasiona una chica frágil escondida bajo el caparazón de la indiferencia. Esa madrugada nos quedamos dormidos en el sofá de su salón con el televisor prendido. La dejé desayunando y en la calle una 4x4 pasó por mi cara a toda velocidad. Adiviné que unas cuadras más allá una patrulla de la policía los detendría. Subí a una combi y en un momento pasamos al lado de la 4x4. Sus ocupantes eran interrogados por unos policías. Quería contarle a los noctámbulos que viajaban en la combi que había dormido en un sofá junto a mi nueva chica. No me atreví. Y le dije a la cobradora de la combi que yo había adivinado que esos policías pararían a la 4x4. La señora me miró desconfiada y exigió que le pagara el pasaje de inmediato. Tenía la mirada de un mapache aquella mujer.<br />
Vivo en La Latina, el barrio al que llegué con Laura hace unos meses. Unos parientes tan lejanos que recién los conocí aquí, me alojan por estos días a unas calles de la habitación que alquilamos. La habitación quedaba en un sótano, lo que nos emparentaba con los topos. En invierno el sol apenas si se asomaba por las ventanas a ras del suelo y para saber si era de día o de noche había que mirar el reloj, aunque la hora nos tenía sin cuidado porque entonces éramos dos jóvenes desempleados y deslumbrados por el bullicio de una ciudad que respiraba el polvo de las construcciones y el humo de la fiesta perpetua. La ruptura sucedió al comienzo de esta primavera. Yo ya había conocido a Odo, el mapache, por medio de un amigo que pensó que si perros y mapaches tienen cuatro patas, entonces daba lo mismo que lo cuidara. Llevaba dos semanas visitándolo en su casa de Pozuelo, una zona de gente adinerada, con residencias que me recordaban a La Planicie en Lima. Por las mañanas me iba a La Moraleja, otra zona residencial, donde dos labradores me recibían entre arañazos y lamidas, luego paseaba a los perros que fueran apareciendo en la semana, y por la tarde Odo me bufaba desde un rincón de su jaula amenazando atacarme.<br />
El mapache es una rata, aunque haya quienes lo emparenten más con un gato. Es más grande que una rata, quizás como aquella que una tarde de fútbol hizo lo que la policía no podía: dispersar a una horda de barristas del Alianza Lima que amenazaba vengar la derrota de su equipo por las calles aledañas al Estadio Nacional. Los barristas portaban varas de fierro y piedras, asaltaban a los vendedores ambulantes que aceptaban resignados su imprudencia, desquitaban su furia contra cualquier desprevenido que cruzaba por su camino, abollaban los carros que quedaban atrapados en esa telaraña de frustración y robaban lo que hubiera en su interior, destrozaban a pedradas los vidrios de casas y edificios en un concierto de violencia. El odio arrasaba las calles. Hasta que la rata saltó de un desagüe sin tapa. Empezó a correr entre los barristas como si fuera un misil que los despedazaría. Los barristas se dividieron y yo aproveché para irme a casa porque ya habían empezado a asaltar a cualquiera de la horda que no reconocieran.<br />
Los mapaches son animales que uno recuerda gratamente sin haberlos conocido. Las películas de dibujos animados han de haber abonado en todos una imagen inofensiva y de bicho hábil del mapache. La última parte es cierta, se trata de un animal que tiene cinco dedos en cada mano y las utiliza con la destreza que una gran parte de la gente desearía poseer. La primera es mentira. Consideran a los extraños como enemigos. El dueño de Odo era, por una herencia no bienvenida, un anciano que mataba las horas leyendo el diario y encerrado en su habitación. Quien llevó a Odo a la casa fue su hijo, un chico que vive en Londres. El anciano, que apenas hablaba, ahuyentó a su hijo con su intransigencia. Quería que tomara las riendas de la imprenta que les había permitido vivir en la monarquía periférica de Madrid. El chico se espantó por la insistencia del padre y voló donde la hermana de su madre fallecida hacía pocos años, dejando al mapache enjaulado. Más allá de estos trazos gruesos, aquella historia familiar terminaba cuando el anciano tiraba las puertas de la casa cada tarde que yo limpiaba la jaula del mapache.<br />
Irene, la empleada de la casa tampoco quería al mapache. Ni siquiera se atrevía a pasar por delante de la jaula. Irene trataba de evitar también al anciano y a sus quejas por la suciedad y el desorden que según él imperaba en la casa. Era obvio que el hombre estaba desquiciado. Además del salón, la cocina y el baño, la única habitación con rastros de vida era la suya. La de su hijo permanecía clausurada y el resto de cuartos guardaban nada más que ausencias. Las marcas del pasado como fotos y adornos, estaban en unas cajas que ocupaban la mitad de la cochera, donde se oxidaba un carro que parecía una cápsula del tiempo de esas que ya no salen en las películas de ciencia-ficción. Irene limpiaba las cajas todas las semanas mientras al otro lado de la casa yo le hablaba con cariño a Odo y barría su mierda, rogando porque no me mordiera.<br />
Por las mañanas el trabajo era más relajado. Recogía a los dos labradores y caminábamos hasta un parque cercado detrás de su casa. No causaban problemas y cuando no tenían ganas de jugar se dedicaban a arrancar las ramas de los árboles. Esos ratos los aprovechaba para leer, escuchar música o concentrarme en el rostro de una chica que pudiera transportarme a una escena de felicidad. A veces me distraía mirando a las adolescentes que se escapaban del colegio y perdían el tiempo en el parque infantil de al lado, cantando los éxitos de moda en la radio y hojeando revistas del corazón. Los chicos que las buscaban entonaban las mismas canciones y fumaban hachís. ¿Contra qué se rebelaba esa banda de adolescentes bronceados en incubadoras y barnizados con gel? ¿Contra el aburrimiento cultivado por la cuenta bancaria de sus padres? ¿Contra la velocidad de las motos que volaban por las calles de sus hogares de piedra? La adolescencia: época de fracasos y victorias mínimas que uno engrandece para empapelar las paredes de la memoria. Mis recuerdos de esos años son gigantografías de detalles borrosos.<br />
Veo que no me falta nada para alcanzar los treinta años. Mi hermana tenía ya dos hijos a los veinticinco. A mí no me atrae la idea de ser padre, no si la paternidad me obliga a trabajar más de ocho horas diarias y callarme la boca si el jefe me grita porque mi deber es mantener el empleo sobre todas las cosas. Si encontrara una mujer que me delegara las tareas del hogar y saliera a trabajar cada mañana, entonces sí que me agradaría criar a un niño. Le cambiaría los pañales y no habría que tragarse el miedo porque me mordiera. Sería como cuidar a un mapache recién nacido. Trataría que no se convirtiera en un animal huraño al crecer y que no alimentara el odio natural que todos llevamos dentro. Me gustaría que no copiara mis manías, que soporte una cama destendida al llegar del trabajo y que no menosprecie los gustos musicales de otros sin claudicar en los suyos, es decir, los que aprenderá de mi colección de discos. Me costaría trabajo entender que asuma a Jim Morrison como su héroe. Para mí Morrison es el héroe de los poetas borrachos que ahogan su escaso talento entre el tráfico de las ciudades. A pie, por supuesto. Porque un poeta, bueno o malo, siempre anda a pie.<br />
Pregunta: ¿terminaré ahuyentando a mi hijo hipotético como el anciano de Pozuelo?</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>El placer del paseador de perros: husmear en pisos y casas extrañas, establecer el perfil del dueño mirando su estantería de libros si la hay, los platos sucios en la cocina que siempre los hay y los medicamentos y los envases del baño. Las ventajas: esos paseos impagables por el parque Retiro, las horas de lectura en compañía de un perro exhausto por el calor, el disfraz de dueño que el paseador aprovecha para conversar con las chicas guapas que se acercan a acariciar a la mascota adoptiva. La comida: bocatas de calamares, de chorizo ibérico y agua. La música: cualquier grupo con reminiscencias folk o country. La fantasía: tirarse a una dueña. La calamidad: observar a las parejas sudando amor tirados bajo los árboles y a esas familias en bicicleta o paseando como un ejército victorioso. La realidad: eres el empleado de un perro.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Después de un mes limpiando la jaula de Odo, estaba al borde de un colapso nervioso. Temía por mi vida cada tarde en Pozuelo cuando Odo mostraba esos dientes que podían atravesarme la mano como a un crucificado. A esto había que sumarle el calor que inundaba los vagones del metro convirtiendo a los pasajeros en muñecos de plástico dentro de un microondas, mientras en la calles el sol caía como una plancha sobre los turistas que exhibían la palidez de sus afectos por el centro de Madrid. Mis amigos veraneaban en otras ciudades y cada mañana al bajar por la escaleras mecánicas del metro me sentía como una sardina a punto de ser triturada y enlatada. Para llegar a La Moraleja tomaba un bus en la Plaza Castilla. El bus se llenaba de rumanos, latinos, árabes y algunas excepciones españolas. La gente rompía la fila por subir al bus y el chofer nos castigaba manteniendo apagado el aire acondicionado. El bus era un container de olores que invitaban al desmayo. Odiaba que me antepusieran un brazo en la cara, que alguien renegara en voz alta cuando el día apenas empezaba, que todos tuvieran como timbre de sus móviles las horribles canciones de moda que sonaban como música metálica, que ese árabe siempre cargara con una radio portátil donde difundía la música pop de su país, odiaba estar en una jaula, pero todos viajábamos por el mismo camino.<br />
Una tarde en Pozuelo, mientras esperaba que Odo se alejara de la puerta de su jaula para limpiar, el anciano me sorprendió al hablarme por la espalda.<br />
-¿Cómo está ese bicho?<br />
-No sé, yo lo veo igual.<br />
El anciano me hizo a un lado y miró por la única reja durante unos minutos al mapache. Luego no entendí lo que dijo y desapareció. Esa noche tuve un paseo de urgencia para una boxer. Su dueña era una chica que vivía sola en un piso del barrio de Salamanca y viajaba a menudo por asuntos de negocios. La boxer dormía en el sofá de un salón donde abundaban los folletos de ropa y las revistas de economía. En la cocina nunca había rastros de comida y en el baño sobraban las máquinas de afeitar. La habitación de Paula, la dueña, siempre estaba cerrada.<br />
La boxer estaba obesa y se desplomó al pie de un semáforo a pocas calles de su hogar. Allí nos quedamos el resto de la hora que debía durar el paseo. Los carros cruzaban a toda velocidad, la gente corría a sus citas nocturnas sofocada por el viento que parecía salir de un motor recalentado, unos policías me dijeron que el perro debía llevar un bozal porque parecía peligroso, y un padre que iba con su familia me ordenó, creyendo que eran de la boxer, que recogiera unas morcillas de mierda que uno de sus hijos estuvo a punto de pisar. Deseé que la perra se transformara en un mapache gigante y los aplastara a todos con la cola. Después el mapache huiría de la policía corriendo por la Gran Vía y se quedaría ciego por los flashes de los turistas. Se colgaría del aviso de Schweppes como King Kong, pero al faltarle Jessica Lange como prisionera le dispararían con una bazuca. Su muerte sería aprovechada por los chinos, que venderían camisetas con la cara del mapache en la Plaza Mayor. El Garaje Sónico de Malasaña sería rebautizado en su honor. Unos vándalos reemplazarían al Oso y el Madroño por una estatua del mapache. Los niños pedirían un mapache de peluche como regalo de Navidad y yo me convertiría en el Paseador Anónimo.<br />
El barrio de Salamanca es una zona ascéptica si uno levanta la mirada hacia sus edificios y visita sus bares y discotecas, pero si la entierra (lo cual es una recomendación), apreciará la consistencia y los colores de la mierda perruna que los dueños de sus depositarios esperan que otros recojan. Definición general de Madrid: ciudad de jorobas forzosas por el asco a pisar mierda. Para quien desee saberlo, la mierda del mapache es como la de un labrador. Sólo cuando el hedor era insoportable en su jaula, Odo me dejaba limpiar tranquilo, brindaba una tregua a su empleado y bufaba si me demoraba en hacer mi trabajo. Busqué cebarlo para ver si así le provocaba una depresión por sobrepeso. Le picaba la fruta en pedazos grandes esperando que uno se le atorase en el esófago. Estuvo sin agua unos cuantos días porque no me dejó sacar su plato. Qué diferencia con la boxer y su dueña invisible, a quien encontré encerrada en su habitación una noche que volví a pasear a su mascota.<br />
Paula siempre solicitaba el servicio de paseo a última hora, por las mañanas o por las noches. Fue una de esas mañanas que tuve que regresar con el perro unos minutos después de salir tras darme cuenta de que había olvidado mi móvil en su baño. Mientras abría la puerta del departamento escuché un portazo en el dormitorio y una ráfaga de aire esparció por el suelo unas hojas de papel que estaban amontonadas en una mesa. Recogí el móvil y me acerqué a su puerta. Seguro ella escuchaba mi respiración agazapada en la cama. Había llamado a última hora diciendo que tenía que viajar de improviso. ¿Acaso había perdido el vuelo y le avergonzaba admitirlo? ¿Por qué su dormitorio estaba siempre cerrado? En ese momento me parecieron tonterías propias de quien no tiene otra cosa en qué pensar a las ocho de la mañana. ¿Estaría en ropa interior? Permanecí detrás de su puerta esperando que algo la delatara: un estornudo, un lloriqueo, la respiración agitada de una niña descubierta en su travesura. Luego arrastré al perro fuera del piso y desaparecimos por el ascensor.<br />
Fatigado por el trabajo y las preocupaciones de mi supervivencia, llamé a mi amigo-jefe una mañana para avisarle que estaba mal del estómago y que él tendría que hacerse cargo de Odo y de cuanto perro hubiera que pasear ese día. Pretendía quedarme en la cama pero el calor me expulsó a la calle. Caminé buscando refugio bajo los árboles. Tomé unas cervezas y compré unos discos que necesitaba para soportar la dejadez y la soledad que me invadían por la noche. Para regresar a casa me sumergí en el metro. Revisaba mis discos cuando una chica empezó a gritar mi nombre desde el andén de en frente. ¿Paula?<br />
No la reconocí porque su cabello se había oscurecido y llevaba un corte horrible, como si la peluquera le hubiera colocado un wok en la cabeza para perpetrar ese esperpento. Pauline, mi ex compañera de piso me sonreía dibujando esos hoyuelos con los cuales me había alegrado varias noches burlándonos frente al televisor. La había olvidado. ¿Por qué recordamos a alguien? Siempre tengo presentes a mis padres porque incumplo todas sus advertencias y mis aventuras acaban como profecías que para otros sólo suponen tropiezos. ¿Será por esa manía a tomarme hasta los fracasos mínimos como tragedias? Quizás no haya nada más importante para fijarme en esta ruta, como un camionero que cree que su vida está escrita en los avisos publicitarios que palidecen a lo largo de cualquier desierto. Las risas de Pauline no habían marcado un territorio en mi memoria, donde dominaba la derrota de mi relación con Laura, una lista interminable de historias inconclusas y los colmillos del mapache.<br />
Saludé a Pauline fingiendo esa emoción de los encuentros casuales que detesto por sus chirridos adolescentes, sobre todo si se trata de alguien a quien te da lo mismo ver de nuevo. Ella me hizo una seña para que la esperara en mi andén. Perdí el tren y cuando llegó corriendo mientras se quitaba aquella peluca en forma de casco que me había engañado, no supe si putearla porque el siguiente tren tardaría más de cinco minutos, o decirle que se veía linda. Nos abrazamos y salimos de la estación rumbo a un bar. Si le hubiera dicho lo linda que estaba habría utilizado el adjetivo preciso. Si la hubiera puteado no habría podido disfrutar de esos hoyuelos.<br />
Pauline vivía en un piso con un estudiante peruano y una modelo rusa. Se ofreció a presentarme a mi compatriota y la corté diciéndole que ya conocía a varios. Pauline me contó que acababa de terminar con un novio argentino que la estresaba con su manía por construir frases trascendentales. Pero el detonante de la ruptura no fue eso, sino la exasperación que le causaban sus gemidos en la cama. El argentino, bruto y dócil de apariencia según Pauline, se portaba como una niña que asume su primer polvo como la comunión entre sexo y amor. Esta situación tuvo su capítulo final cuando ella le exigió una tarde, con la ropa esparcida en la cocina, que la penetrara con fuerza y la jalara los pelos. Él se negó porque temía hacerle daño y, además, la cocina no le parecía un lugar adecuado para tirar.<br />
-Pobre huevón, yo te la hubiera metido y punto.<br />
Mi comentario me sorprendió a mí mismo. Pauline enmudeció y secó de un trago su cerveza. Luego pidió la cuenta. La había cagado. Estaba por disculparme cuando ella me clavó la mirada. ¿Tenía que pegarme para sentirse desagraviada?<br />
-¿Entonces? ¿Vamos a mi piso o al tuyo?</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Odo se enredó en mi brazo un día. Aprovechó que se me cayó el plato de agua dentro de la jaula, para dar un brinco y prenderse como un alfiler. Bufaba en mi oreja mostrando el filo de sus colmillos. Traté de esconder la cabeza para que por lo menos no me desfigurara. Para qué tanto viaje si me va a matar un mapache, me lamenté. En momentos así uno se sumerge en el recuerdo de cosas que aún le faltan por hacer, o en el recuento de aquellas que le producen un arrepentimiento sutil o brutal que, da igual, son el síntoma de la fragilidad humana que necesitaba el mapache para perdonarme la vida. Sus bufidos bajaron de tono y empecé a girar la cabeza hacia él. Un leve movimiento bastó para que el animal retomara su posición hostil. Tardó un rato en calmarse y luego saltar al suelo. Se quedó sentado a mis pies. ¿Cuántos días llevaba en esa jaula? ¿Quién y dónde lo habría capturado? ¿Cuál era su edad? ¿Le gustaba viajar? ¿Qué lugares había conocido? ¿Tenía una familia esperándolo?<br />
Los días siguientes el mapache se deprimió y el trabajo dejó de ser un riesgo. Se la pasaba acostado en cualquier rincón y su pelaje comenzó a parecer la melena de un vagabundo, un mapache resignado a su suerte. Por las noches me preguntaba qué contradicción existía entre considerarme un viajero y trabajar como empleado. Para viajar había que caer en la despreocupación, dejar que los mapas se dibujaran con los obstáculos que aparecían en el horizonte, creer que la única responsabilidad era no prolongar las responsabilidades ineludibles que a veces asaltan a cualquiera. Todos aquellos que piensen así son unos ilusos. Siempre hay responsabilidades que cumplir, sino pregúntenle a un empleado, él también quisiera viajar en avión o durmiendo frente al televisor. ¿Debía marcharme una vez más sin mirar atrás, para quedarme botado en otra ciudad en la cual tendría que trabajar quizás en un oficio duro para escapar de ahí? La idea no me agradaba. Pauline me dijo una de las últimas veces que nos vimos, que a mi edad ya quería tenerlo todo arreglado en su vida. Había marcado una frontera clara para la siguiente etapa. Suspiraba antes de empezar una frase y le disgustaba que le dieran la contra. Quería hartarse de su juventud para adoptar el próximo personaje.<br />
Paula solicitó un servicio un domingo por la noche. El piso estaba con la luz del salón encendida. Era la regla. Cuando la boxer se quedaba sola esa luz no se podía apagar. Por un reflejo involuntario la apagué al salir con la perra y, al volver la mirada hacia el interior, vi una línea de luz blanca y tenue que parpadeaba bajo la puerta de la habitación de Paula. Estaba ahí. ¿Por qué no paseaba a su perro ella misma? Es cierto que eso me hubiera restado ingresos. Me lo preguntaba porque molesta que alguien te espíe. Había llegado a esta conclusión sobre la chica que se ocultaba detrás de una puerta para vigilarme unos minutos de vez en cuando. Al retornar del paseo con la boxer apagué la luz del salón a propósito y me largué.<br />
El anciano de Pozuelo se asomaba más a menudo a la cocina, desde donde podía verme limpiar la jaula del mapache y yo a él. Irene ya no se quejaba de su malhumor, reemplazado por un mutismo misterioso. Los empleados que habían tomado sus vacaciones primeros que todos retornaban a Madrid. Pauline se marchó a su pueblo en Francia. Ella aseguraba que era una ciudad porque tenía varios sitios históricos y un centro comercial que se llenaba los fines de semana de jóvenes que llegaban de pueblos cercanos. Para no hacerme problemas aceptaba que era una ciudad. Me dijo que la visitara y recibí la invitación con el gesto afirmativo de quien nunca paseará su sombra por allí. Aumentaron los paseos de perros y hasta cuidé a un par de gatos. El aire acondicionado no funcionaba en los vagones del metro. La ciudad era como un resto arqueológico: calles cerradas, huecos y tierra, maquinaria ociosa por todos lados.<br />
El amigo que me daba el trabajo llamó una mañana para contarme que Paula se había suicidado. Después me indicó cuáles serían los servicios de la semana. Copié sus instrucciones y al terminar la llamada pensé en quién pasearía a la boxer. La chica que yo creía que me espiaba se había matado encerrada en su habitación. Que mi amigo no me lo hubiera dicho no me impedía llenar el vacío de la noticia. ¡En qué otro lugar se habría podido atiborrar de pastillas con tranquilidad! Tuvo que ser con pastillas, lo apuesto. Nunca había estado a una puerta de alguien que terminara suicidándose. Todos piensan alguna vez en la posibilidad de hacerlo. En la mayoría de los casos son arrebatos de desesperación porque las cosas no son como queremos que sean. Al cabo de un rato la vergüenza invade al aspirante a escapista, puede que hasta la burla. Es una sensación desoladora, como extraviarse en un desierto sin una brújula. ¿A dónde ir? ¿Hacia qué patria correr? ¿La familia, un amor olvidado, un consejero del trabajo, la letra de una canción que uno supone con empeño que contiene la verdad absoluta, un paraíso artificial de alucinógenos, el ocio liberador si no se es un empleado, la resignación inútil porque la única posibilidad en semejante situación es desaparecer?<br />
Durante los paseos de ese día me dediqué a buscarle un rostro a Paula entre las chicas que me cruzaba. Uno que le sirviera para mirarme cuando yo abriera la puerta de su habitación.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Decidí renunciar a los perros y largarme a Francia. Quería dormir en los cementerios de París, donde se supone que están enterrados los más grandes talentos de la humanidad, lo cual significaría que el talento se ha extinguido. Si al morir me ponen una lápida, por favor que diga: “Peleó contra el mapache”. Mi amigo me pidió que me quedara unos días más, porque había conseguido quien me reemplazara con los perros pero no había nadie que se ocupara de Odo, ni siquiera él mismo. El anciano estaba al tanto del problema. En mi penúltima visita estuvo presente toda la hora que tardé en limpiar la jaula.<br />
-¿Te ha mordido alguna vez?<br />
-No.<br />
-¿Y no te gruñe?<br />
-Ya no. Al comienzo sí, pero ahora está deprimido.<br />
-¡Cómo que deprimido! Las ratas no se deprimen.<br />
Este hombre no sabe nada de nada, pensé. Los animales no se emocionan al escuchar una canción que los transporta a un pasado feliz o amargo. Sin embargo, sí la pasan mal, sobre todo en una jaula, en la mansión de un viejo que los odia.<br />
Tomaría un bus hasta Barcelona y de ahí en adelante tiraría dedo en la carretera. Cargaría chorizos para comprar pan en el camino y atravesaría los pueblos sin entrar a los bares por precaución, no fuera a emocionarme muy pronto. Escribiría en un diario el nombre y la dirección de cada conductor, ofreciendo enviarles una postal de la Torre Eiffel, y en vez de ello les mandaría la foto de un cementerio anunciándoles mi lamentable deceso. Llevaría una grabadora de mano para registrar los conciertos callejeros. Ningún libro me acompañaría para no contaminar la experiencia. Partiría el viernes por la noche luego de la última visita a Odo.<br />
Pauline vivía cerca de los Pirineos. Acercarme por allí no me entusiasmaba. La ex novia de un amigo vivía en París, lo cual me aseguraba al menos un techo. Un escritor peruano con fama de salvaje conducía el tranvía en Nantes. Me dijeron que en Lille no habría problema para conseguir drogas. Montpellier parecía el nombre de una joven pequeña y tímida. Pero antes había que decirle adiós a Odo. Llegué temprano a Pozuelo. Irene había salido a hacer unas compras, así que el anciano me abrió la reja. Tuve un presentimiento. Como si fuera a ocurrir un desenlace sangriento. El viejo caminaba a mi lado hacia la jaula del mapache. Aluciné que al llegar me enseñaría el cuerpo aplastado del animal por una vara de fierro, y a continuación procedería conmigo.<br />
-Se me escapó.<br />
La confesión del anciano al aparecer la jaula con la puerta abierta, me molestó porque se trataba de una mentira mal pensada. Si lo sometía a un interrogatorio terminaría inventándose otra mentira. Su orgullo le impediría aceptar la torpeza de su plan. La jaula estaba vacía y limpia, como si un sicario hubiese borrado las huellas del delito. Ante mi silencio me dijo que había querido alimentarlo, para ir entrenándose en su cuidado, pero no había calculado su velocidad para escabullirse. ¿Dónde estaría Odo? ¿Sobreviviría? Salí de la mansión sin despedirme. Caminé hasta la parada del bus. La calle estaba silenciosa. Corría un viento ligero que se agradecía por la temperatura que me producía visiones de Madrid derritiéndose. Y me pregunté si en Toulouse habría mapaches.<br />
</p>]]>
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    <title>Nota aparte 4</title>
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    <published>2008-05-28T11:30:25Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:51:16Z</updated>

    <summary>Les paso la web de un premio interesante: www.premiosdeltren.com Lo curioso de este premio es que los concursantes pueden presentarse con su nombre o con seudónimo. En la web se pueden leer los cuentos y poemas ganadores, pues hay dos...</summary>
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        <![CDATA[<p>Les paso la web de un premio interesante: www.premiosdeltren.com<br />
Lo curioso de este premio es que los concursantes pueden presentarse con su nombre o con seudónimo. En la web se pueden leer los cuentos y poemas ganadores, pues hay dos categorías, cada una con 15 mil euros para el afortunado. Avisaré de otros premios cuando lo sepa.<br />
Cambiando de tema, fui a ver a Jesse Sykes, estuvo increíble al comienzo y al final, sosa al medio. Llegué cuando Phosphorescent tocaba su última canción, pensé que no me perdía de mucho pero acabo de ver su myspace y tiene temas muy buenos. Luego vino Marissa Nadler, un gustazo. Lo malo del concierto fue que habían muchos indeseables que no paraban de hablar y reírse. Hay que ser subnormal para hacer esto en un concierto de Jesse Sykes, estaban detrás del público real, creo que era gente que había conseguido pases gratis por error, hubo algunos asistentes que se acercaron para callarlos pero ni así.<br />
Pongo un vídeo de una cantante a la cual creo que veré el 6 de junio, se llama Russian Red.</p>

<p><object width="425" height="355"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/1DymJ0GUL8s&hl=en"></param><param name="wmode" value="transparent"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/1DymJ0GUL8s&hl=en" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="425" height="355"></embed></object><br />
</p>]]>
        
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    <title>Hermano Candela (continuación)</title>
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    <published>2008-05-28T11:04:36Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:50:28Z</updated>

    <summary>Un año el Hermano Candela pasó a enseñar Religión solo a los alumnos de secundaria. Por un momento pareció que extrañaría a sus seguidores de primaria, pero creo que fue más feliz que nunca. Pronto formó una pandilla de quinceañeros,...</summary>
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        <![CDATA[<p>Un año el Hermano Candela pasó a enseñar Religión solo a los alumnos de secundaria. Por un momento pareció que extrañaría a sus seguidores de primaria, pero creo que fue más feliz que nunca. Pronto formó una pandilla de quinceañeros, entre los cuales se encontraban Snoopy, uno de mis compañeros de salón, un pesado para resumir sus cualidades. Snoopy siempre estaba molestando a todos y vivía refugiado bajo la amistad de Lerdo, el más grande del salón. Ninguno de los dos eran buenos estudiantes, para eso tenían a otros que les ayudaban a aprobar los exámenes, no de buena gana por supuesto. Cuando alguien quería pegarle a Snoopy, éste corría buscando a Lerdo y luego al Hermano Candela.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Por una razón que no comprendo, Snoopy nunca me fastidiaba. Quizás sospechaba que yo estaba dispuesto a soportar una paliza de Lerdo con tal de vengarme de él. Siempre he creído en la venganza. Una tarde Snoopy me pidió a la salida del colegio que lo acompañara a comprar una mochila a un centro comercial que quedaba muy cerca de mi casa. Como no tenía nada que hacer acepté. Snoopy me dijo que teníamos que esperar a que salieran todos los alumnos porque antes debía resolver un asunto con un profesor. Aunque esto me extrañó no dije nada. Entramos de nuevo al colegio y nos dirigimos hacia el pabellón donde vivían los curas y el Hermano Candela. Entonces me pidió que lo espere un rato. Me entretuve quitándole la pelota a unos niños que hacían tiempo para sus clases de nivelación, y tirándole piedras a los perros enjaulados que los curas soltaban por la noche. Snoopy apareció sudoroso al cabo de quince minutos, me sonrió enseñándome un billete que le alcanzaba para comprar más que una mochila. Le pregunté quién se lo había dado. El Hermano Candela, respondió. No me pidió que guardara el secreto, él sabía que lo haría. Esa fue la primera pista que me hizo sospechar sobre aquel hombre tan venerado por niños, madres y quinceañeros como Snoopy. <b>(Seguirá).<b></p>]]>
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    <title>Nota aparte 3</title>
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    <published>2008-05-18T18:11:02Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:49:41Z</updated>

    <summary>Éste es uno de esos conciertos donde a cualquiera con ganas de pasarlo bien le habría gustado estar. Los Felice Brothers tocan en el festival Primavera Sound, al cual fui hace dos años y me llevé una gran decepción con...</summary>
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        <![CDATA[<p>Éste es uno de esos conciertos donde a cualquiera con ganas de pasarlo bien le habría gustado estar. Los Felice Brothers tocan en el festival Primavera Sound, al cual fui hace dos años y me llevé una gran decepción con un conciero lamentable de Lou Reed y su pequeño saltamontes. Ah, esta tarde vi la última peli de John Sayles, <em>Honeydripper</em>, recomendable aunque Ardilla Gallega opina que le sobran una subtrama y cinco minutos del final. Le doy la razón.<br />
<object width="425" height="355"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/ofE_XUkytAI&hl=es"></param><param name="wmode" value="transparent"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/ofE_XUkytAI&hl=es" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="425" height="355"></embed></object></p>]]>
        
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    <title>Hermano Candela (capítulo que debería ir más adelante pero escribí ahora)</title>
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    <published>2008-05-18T13:38:59Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:49:11Z</updated>

    <summary>Cuando uno recuerda su etapa escolar piensa que fue un momento en el cual se encontraba protegido de cualquier ataque, sobre todo si iba a un colegio privado y de sacerdotes como el mío. Pero ahora me parece que ese...</summary>
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        <name>Sergio Galarza</name>
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        <![CDATA[<p>Cuando uno recuerda su etapa escolar piensa que fue un momento en el cual se encontraba protegido de cualquier ataque, sobre todo si iba a un colegio privado y de sacerdotes como el mío. Pero ahora me parece que ese lugar era uno de los más peligrosos. Las peleas eran parte de la rutina y se peleaba hasta que uno de los luchadores sangrara, no importaba que ya se hubiera rendido. Los castigos del jefe de disciplina eran castigos militares, violentos y como consecuencia de una sentencia que no admitía apelaciones, casi un juicio con jueces sin rostro. Y  todos habíamos querido en algún momento al Hermano Candela, el más temible de todos sin que nadie lo supiera.</p>]]>
        <![CDATA[El Hermano Candela era un hombre pequeño, de piel oscura y modales refinados cuando atendía a los padres de familia. Había nacido en la selva y por eso su acento lo convertía en un personaje gracioso. Siempre vestía guayaberas blancas o celestes, aún en invierno, y le gustaba estar rodeado por los alumnos de los primeros años. Siempre regalaba caramelos y repartía caricias que los niños reclamaban, pues ser querido por el Hermano Candela equivalía a vivir en el paraíso, era una cuestión de jerarquía. Además era una persona justa, lo importante para él no eran las buenas notas o una conducta ejemplar. Valoraba que los niños fueran niños, esa condición era suficiente para ejercer el perdón como guía espiritual, título que se había ganado desde hacía varias generaciones. Daba caricias en la nuca o repartía peñizcos en la ingle a quienes se peleaban por sentarse a su lado, porque sentarse a su lado era como compartir un altar. Se sofocaba con facilidad y no hablaba demasiado con el resto de religiosos, sacerdotes españoles que nunca lo llamaban por su nombre, bastaba una seña con la mano y el Hermano Candela corría a recibir órdenes.
Cada vez que me cruzo con algún sacerdote por Madrid pienso en qué suerte habrá corrido la vida del Hermano Candela. Espero que no le haya ido tan bien como a los otros. El padre María José, así le decíamos, se desligó de la orden después que se descubrió una estafa al colegio. Él no era el estafador pero fue su culpa porque actuaba como apoderado legal, entonces decidió abandonar los hábitos y se marchó a vivir con una viuda del colegio a quien consolaba desde hacía varios años. El padre Paul no llegó a ser nombrado director como lo esperaba, pero logró que su programa de radio se convirtiera en uno de televisión. El padre Paul, rubio y deportista, al llegar al colegio los alumnos siempre lo encontraban corriendo en la pista atlética.
<b>Continúo mañana..., me voy a ver un documental en la 2 sobre Perú, El País anuncia que el premier Jorge del Castillo es uno de los entrevistados. ¿Contará algún chiste?<b>]]>
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    <title>Nota aparte 2</title>
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    <published>2008-05-09T14:49:00Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:48:37Z</updated>

    <summary>El 23 de este toca Jesse Sykes en Madrid y de todas maneras iré. Mañana compraremos las entradas con el Chispa, otro camisa a cuadros. Es difícil encontrar amigos que compartan el espíritu folk, género que está ganando más adeptos...</summary>
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        <![CDATA[<p>El 23 de este toca Jesse Sykes en Madrid y de todas maneras iré. Mañana compraremos las entradas con el Chispa, otro camisa a cuadros. Es difícil encontrar amigos que compartan el espíritu folk, género que está ganando más adeptos en esta ciudad, pero espero que no sea una moda. Cuando descubro a un músico del que no me puedo desenganchar sé que haré todo lo posible por comprar el disco original. A veces me bajo música pero no es lo mismo.<br />
Descubrir un músico o un disco nuevo es algo que me produce alegría, como cuando el personaje de Plexus se emocionaba con una lectura. Aquí se los dejo:<br />
<em>Si estaba leyendo un libro y me encontraba con un pasaje maravilloso, cerraba el libro en ese punto y me iba a pasear. Detestaba la idea de llegar al final del libro. Prolongaba la lectura, aplazaba la lectura todo lo posible. Pero siempre, cuando llegaba a un gran pasaje, dejaba de leer inmediatamente. Salía, con lluvia, granizo, nieve o hielo, y meditaba. uno puede llenarse tanto con el espíritu de otro ser para temer literalmente reventar. Supongo que todo el mundo ha tenido esa experiencia.</em></p>

<p><object width="425" height="355"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/Bn9KvRR-Mcc&hl=en"></param><param name="wmode" value="transparent"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/Bn9KvRR-Mcc&hl=en" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="425" height="355"></embed></object></p>]]>
        
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    <title>La dignidad del lavaplatos</title>
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    <published>2008-05-09T14:42:04Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:48:04Z</updated>

    <summary>F es el dueño y el cocinero del restaurante. Para cocinar sintoniza una radio de música latina que no me hace ninguna gracia, no porque me disguste sino porque me recuerda aquellas noche de juerga eterna que disfrutaba en Lima....</summary>
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        <![CDATA[<p>F es el dueño y el cocinero del restaurante. Para cocinar sintoniza una radio de música latina que no me hace ninguna gracia, no porque me disguste sino porque me recuerda aquellas noche de juerga eterna que disfrutaba en Lima. Martina siempre está apurándolo, gritando el nombre de los platos y buscándome con la mirada para encargarme alguna tarea más, casi siempre algo que ya cumplí y que me ordena que vuelva a hacer alegando que lo hice mal. Martina tiene cuarenta años y está embarazada por segunda vez. Quizás por eso F le aguanta todo en silencio. Según Ro, la camarera ecuatoriana, la pareja teme el riesgo de que su próximo hijo nazca con retardo mental u otra deficiencia. El día que conocí a su primera hija comprobé que era un temor real. La niña chupaba las servilletas de papel y la madre no sabía cómo frenar su manía.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Los primeros días en el restaurante limpiaba los platos con gran rapidez. Hay que tirar los restos a un tacho de basura y luego echarles un chorro de agura con la manguera del fregadero antes de apilarlos. Muchos de los platos regresaban de las mesas casi intactos, sobre todo si se trataba del segundo plato. Al principio no me fijaba en ello, pero supongo que el ocio es el motor de la imaginación. F nos da de comer a mí y a Ro. Siempre es una ensalada y un pedazo de carne o de pescado. Cuando toca pescado preferiría no comer nada, es un trozo chicloso. Ro me dice que es un pescado muy caro y yo le refuto aduciendo que si de algo conozco es de pescados, y que hasta donde yo sé ningún pescado es chicloso. Me da asco pero lo como, en mi piso nunca tengo nada qué comer, siempre me olvido que aquí los supermercados cierran a las ocho, los baratos.<br />
	En un momento me sentí tentado a comer los restos, que yo llamaría la mayoría, de los platos. Cuando el estómago gruñe es legítimo dudar sobre si tirar a la basura un pedazo casi intacto de carne jugosa o darle un mordisco. Esas milésimas de segundo de indecisión son la dignidad del lavaplatos. Si Martina hubiera sido la lavaplatos no le habría costado nada decidir. Los tomates que los clientes no tocaban ella los reciclaba. Le preguntaba a F si podían usarlos para otra ensalada y sin esperar la respuesta de su marido los ponía en un plato limpio. CONTINUARÁ...</p>]]>
    </content>
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    <title>Nota aparte 1</title>
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    <id>tag:blogs.elcomercio.com.pe,2008:/lavaplatos//75.4338</id>

    <published>2008-04-29T11:19:41Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:47:16Z</updated>

    <summary> Para que nadie se confunda, las notas aparte son eso: notas aparte de la novela. Aquí publico la carátula de este libro que ojalá puedan conseguir en Lima, es la traducción de una biografía de Nick Drake. En youtube...</summary>
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        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="P1000375.JPG" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/lavaplatos/P1000375.jpg" width="262" height="350"></div>

<p>Para que nadie se confunda, las notas aparte son eso: notas aparte de la novela.<br />
Aquí publico la carátula de este libro que ojalá puedan conseguir en Lima, es la traducción de una biografía de Nick Drake. En youtube está colgado el documental <em>A skin too few</em> sobre este músico excepcional. La misma editorial que ha publicado el libro sobre Nick Drake, lo ha hecho con la biografía de Ian Curtis escrita por su viuda. El otro día vi la peli basada en este libro y no me gustó mucho. La fotografía es increíble pero el guión no revela nada. Hay un artículo interesante escrito por su hija Natalie Curtis a propósito de la peli, quienes quieran leerlo búsquenlo en google, se titula <em>A divided joy: seeing my father on film</em>.</p>]]>
        
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    <title>(Continuación de...) Matt</title>
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    <published>2008-04-29T11:13:17Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:46:42Z</updated>

    <summary>Desde que me mudé a Madrid no deja de recomendarme que vaya a conciertos. Matt cree que los más importante en la vida es tener buen gusto. Desde este punto de vista es incomprensible que seamos amigos, y no es...</summary>
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        <![CDATA[<p>Desde que me mudé a Madrid no deja de recomendarme que vaya a conciertos. Matt cree que los más importante en la vida es tener buen gusto. Desde este punto de vista es incomprensible que seamos amigos, y no es porque yo tenga mal gusto, sino porque la música no me interesa como un curso de educación sentimental. Así lo entendía Matt. Su cantante favorito es Billy Bragg. Siempre me repetía que sus canciones despertaban su rebeldía, y Matt se despertaba después del mediodía como la mayoría de rebeldes que proclaman su derecho a esa libertad suprema llamada ocio.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Matt ingresó a la universidad contra su propio pronóstico. Ni siquiera lo celebró por compromiso. Se encerró en su habitación a pensar cómo resolvería aquel problema. No contestó mis llamadas un par de días y su ausencia en los foros de internet bajó el tono de las discusiones. Contra lo que se podría pensar, Matt no bajaba música por internet, prefería coleccionar discos originales. Cualquier copia le parecía un atentado. Los días que permaneció encerrado se dedicó a depurar su colección personal porque aceptaba que empezaba otra etapa en su vida. Para mí no, yo no ingresé.</p>]]>
    </content>
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    <title>Mientras, un poco de música...</title>
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    <published>2008-04-25T15:19:50Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:46:00Z</updated>

    <summary>En algunos de los posts siguientes aparecerá el señor tan respetable que canta aquí:...</summary>
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        <name>Sergio Galarza</name>
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    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://blogs.elcomercio.com.pe/lavaplatos/">
        <![CDATA[<p>En algunos de los posts siguientes aparecerá el señor tan respetable que canta aquí:</p>

<p><object width="425" height="355"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/U_m7QDckFJQ&hl=en"></param><param name="wmode" value="transparent"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/U_m7QDckFJQ&hl=en" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="425" height="355"></embed></object></p>]]>
        
    </content>
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    <title>Matt</title>
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    <published>2008-04-25T14:45:16Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:45:20Z</updated>

    <summary> Mi mejor amigo se llama Mateo, pero todo el mundo le dice Matt. Todo el mundo no es mucha gente para mi mejor amigo, aunque así lo pareciera por la cantidad de contactos que contienen sus emails masivos. Matt...</summary>
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        <name>Sergio Galarza</name>
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    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://blogs.elcomercio.com.pe/lavaplatos/">
        <![CDATA[<p>	Mi mejor amigo se llama Mateo, pero todo el mundo le dice Matt. Todo el mundo no es mucha gente para mi mejor amigo, aunque así lo pareciera por la cantidad de contactos que contienen sus emails masivos. Matt no trabaja y hace un tiempo dejó de estudiar. Dedica sus días a leer, escuchar música, ver películas y contestar a todos los miembros de los innumerables foros de internet donde participa. Nos conocimos un verano en una academia pre universitaria. Mi padre me inscribió pese a que yo hubiera preferido trabajar en su empresa. Las veces que estuve en las oficinas de la exportadora de palmitos que tenía, me pareció que allí no sucedía nada. La secretaria siempre estaba haciendo trámites en el banco y un hombre pálido de bigotes ordenaba unos folders con una parsimonia envidiable, como si el tiempo le perteneciera. Ordenar folders a la velocidad de un enfermo terminal me parece el empleo ideal, sobre todo si trabajas en una empresa rentable y tu padre es el dueño. En casa siempre sobraban los frascos con palmitos. Nunca me gustaron los palmitos por más que mi madre insistía en que los comiera, pero tampoco les cogí asco, porque los respetaba. Sabía que los militares ganan una miseria y que siempre tienen que buscar una manera de sobrevivir. Mi padre la había encontrado con su empresa de exportación de palmitos. Para mí, los palmitos representaron el éxito familiar gracias al esfuerzo paterno durante años.</p>]]>
        <![CDATA[<p>A Matt tampoco le gustaban mucho los palmitos, pero cada vez que iba a mi casa a estudiar mientras nos preparábamos para postular a la universidad, mi madre le regalaba varios frascos advirtiéndole que debía alimentarse lo mejor posible para aprobar aquel examen. Matt no sabía qué podía estudiar en la universidad. Se había inscrito en la academia para que sus padres no lo fastidiaran ese verano. Postulaba por inercia a la carrera de Administración de Empresas, algo que suena muy sencillo y con futuro, el pretexto perfecto para que sus viejos lo dejaran en paz, al menos hasta que encontrara otra cosa que de verdad le apasionara hacer. Creo que el lugar más cómodo para Matt sería una tienda de discos, vinilos si es posible. Podría ser el administrador. La música era su pasión. CONTINÚA ANTES DEL MIÉRCOLES...<br />
</p>]]>
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    <title>Verde militar</title>
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    <published>2008-04-17T16:37:25Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:44:49Z</updated>

    <summary>Los rumanos en España solo son jefes de las bandas de delincuentes que roban en las casas y extorsionan a las mujeres para que se prostituyan. No conozco otro rumano que sea jefe en otra cosa, salvo Martina. Los rumanos...</summary>
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        <name>Sergio Galarza</name>
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        <![CDATA[<p>Los rumanos en España solo son jefes de las bandas de delincuentes que roban en las casas y extorsionan a las mujeres para que se prostituyan. No conozco otro rumano que sea jefe en otra cosa, salvo Martina. Los rumanos que forman estas bandas son ex militares que tras la caída de la dictadura rumana se quedaron desempleados, pero siguieron delinquiendo de otra manera. Lo vi en un documental en la televisión. Cuando no estoy en el restaurante veo televisión. Hay un canal donde pasan documentales todos los días, en su mayoría sobre animales. No es que me interese aprender sobre los rumanos y los animales. Sucede que no tengo otra cosa qué hacer en mi tiempo libre. El otro día vi a F escribir la lista de las compras y pensé que yo debería escribir una lista de cosas para hacer en esos ratos de ocio.</p>]]>
        <![CDATA[<p><img alt="Vestido+verde[1].jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/lavaplatos/Vestido%2Bverde%5B1%5D.jpg" width="244" height="320" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;"/>	Desde que vi el documental sobre las bandas de rumanos tengo una fijación especial con Martina. Me pregunto cuántos trajes color verde militar tiene, porque es el único que le he visto. Me pregunto dónde la conoció F. Me pregunto por qué no sonríe. Mi madre tenía una empleada en la casa para que se encargara de la limpieza y cocinara. Mi madre no vestía trajes color verde militar y tampoco trataba a la empleada como si fuera un soldado. Nunca se equivocaba con su nombre porque la había rebautizado como Lady. Decía que así le hacía un favor a la chica, cuyo nombre verdadero no sé si era peor.<br />
	El primer día que llegué al restaurante F me entrevistó y me dijo que el puesto vacante era para office boy, uno de esos inventos para que lavar y limpiar no suenen tan mal. Las palabras no sirven solo para expresar algo, sino también para ocultarlo, para distraer la atención, para engañar. Estoy tan acostumbrado a que las palabras no signifiquen lo que dice el diccionario. Cuando mi padre se suicidó yo esperé que fuera así.</p>]]>
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    <title>Otra instrucción y algunas recomendaciones</title>
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    <published>2008-04-17T15:53:32Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:44:14Z</updated>

    <summary>La instrucción se refiere a que los lectores pueden decidir con su comentarios qué rumbo quieren que tome la historia. Ésa es la &quot;ayuda&quot; a la cual me refería....</summary>
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        <name>Sergio Galarza</name>
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        <![CDATA[<p>La instrucción se refiere a que los lectores pueden decidir con su comentarios qué rumbo quieren que tome la historia. Ésa es la "ayuda" a la cual me refería.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p>Y para quienes les gusta la música, pueden ver esta página: http://www.mushroompillow.com/ En el link de artistas busquen a Sr. Chinarro y luego en el link tienda tendrán la oportunidad de escuchar algunos temas. El mejor para mí es <em>Esplendor en la hierba </em>del disco <em>El mundo según</em>. Hace una semana lo vi con Chispa y Sandra en el teatro del Colegio de Médicos en Madrid y estuvo alucinante. El mismo sello ha creado una editorial y acaban de publicar dos libros, uno de ellos es la biografía de Ian Curtis escrita por Deborah, su viuda, en la cual se basa la película <em>Control</em> que veré en unos días aprovechando mi viaje a Warsaw.</p>]]>
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    <title>Instrucciones breves</title>
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    <published>2008-04-11T19:32:55Z</published>
    <updated>2008-07-16T18:43:40Z</updated>

    <summary>A los lectores: Esto no es parte de la historia. Solo quería explicar que los comentarios deberían servirme para seguir trabajando como si se tratara de un taller literario. No publicaré todos porque algunos se repiten. Eso sí, los leo...</summary>
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        <name>Sergio Galarza</name>
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        <![CDATA[<p>A los lectores: Esto no es parte de la historia. Solo quería explicar que los comentarios deberían servirme para seguir trabajando como si se tratara de un taller literario. No publicaré todos porque algunos se repiten. Eso sí, los leo todos. Y tampoco seré tan estricto respecto a que los comentarios sean solo sobre cuestiones literarias. Cuando uno escribe necesita que le levanten el ego tanto como que lo entierren. Publicaré mis avances entre el jueves y el viernes.</p>]]>
        
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