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    <title>Escritor Delivery</title>
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    <updated>2008-05-30T23:02:24Z</updated>
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Jesús Antonio Risco Escritor y periodista. Se inicia en el periodismo a mediados de los 90 en programas políticos de la televisión peruana, para luego dedicarse a lo que más le gusta: desempeñarse como redactor y editor en distintos diarios limeños. A la par se desempeñó como profesor de Redacción en la Universidad de San Martín de Porres y tras cinco años dictando clases, decide mudarse a España. En el 2004 fue finalista del concurso “El cuento de las 2,000 palabras” de la revista Caretas. Actualmente escribe su primera novela mientras espera la publicación de un libro de cuentos ya terminado. Como escritor delivery invita a los lectores de este blog a que colaboren con él en el desarrollo y desenlace de esta trama.</subtitle>
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    <title>El poder de las campanadas</title>
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    <published>2008-04-02T17:26:17Z</published>
    <updated>2008-05-30T23:02:24Z</updated>

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        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="clockbell300.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/clockbell300.jpg" width="300" height="400"></div>

<p>Eran cuatro lienzos perfectamente embalados que habían estado escondidos en el doble fondo de una pared de la casa y que Rodríguez observó con detenimiento. “Estos son”, dijo y le sonrió a la mujer. “A estos dos ya no los necesitamos”.</p>

<p>Llegaron a ellos porque Román había entendido la función del reloj en ese engranaje. El anticuario, ante la necesidad de mantenerlos ocultos había logrado levantar un farol. No era ni las iniciales MSI, que al parecer sí debían corresponder al Mariella Siles I, ni los constantes retrasos, que se deberían al constante movimiento al que él lo había sometido, sino las campanadas. Se lo había dicho el viejo relojero cuando lo llevó por primera vez a su taller: era un antiguo reloj con doble espiral en la caja de resonancia, lo suficientemente fuerte como para atravesar paredes. Mientras sonaron las nueve de la mañana, él, sentado en un extremo distante de la ubicación del reloj, pudo oír el doble eco de la pared que tenía detrás. No solo había sido el sonido de las campanadas las que lo habían despertado sino también ese eco atronador, y que se repitió una hora después, ante la atenta espera del resto.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Los tres habían volteado hacia él cuando les dijo que tenía la respuesta. Y Rodríguez, que hace rato ya estaba cansado de tanto Indiana Jones, había sacado su revólver y apuntándole, jaló del martillo para que Román viera de cerca como giraba el tambor, amenazante. “A ver, cholito, cántate las mañanitas”.</p>

<p>- Les digo el lugar, me dan mis veinticinco mil y me dejan ir- exigió Román.</p>

<p>Un Rodríguez sonriente se acercó hasta la silla, le puso el revólver en la frente y le dijo casi al oído: “Mejor esta nueva: los cuadro o te lleno de plomo”. Más claro ni el agua, se dijo, miró a todos lados y no encontró esa ayuda divina por la que había estado rogando. “Aquí”, dijo señalando la pared que tenía detrás. “¡Cómo! ¿Aquí? ¿En la pared? ¿Entonces no hay pasillos secretos o habitaciones ocultas?”. En ese momento una mezcla de voces se apoderó del salón. Todos querían decir algo. Que si hay una seña, que si tirarla abajo, que no es posible, que no le creas. Todos le pedían una explicación. “Es hueca”, fue todo lo que dijo. Los tres se acercaron a la pared y con los nudillos trataron de comprobarlo. </p>

<p>- No es posible- dijo Rodríguez-. Ya probamos esa opción en toda la casa y no hay ninguna pared que sea lo suficientemente hueca para los cuadros.</p>

<p>- Ésta sí- insistió Román.</p>

<p>Javier se acercó con un desarmador plano. “¿Dónde es?”. Román le miró como diciendo “¿también quieres que te diga de qué color son?”. Entonces comenzó a probar desde el centro yendo hacia los lados. Y como si fuera solo un cascarón, la pared comenzó a levantarse por trozos dejando ver las telas con las que estaban embaladas las obras de arte. Javier sonrió, la mujer se llevó las manos a la boca y Rodríguez se guardó el revólver atrás del pantalón. En aquel momento Román pensó: “ahora sí que estoy muerto”.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>La frase de Rodríguez había sido concluyente. La mujer se sacó de atrás una pistola que nadie había visto hasta entonces y fue hasta Javier. “Esta bala tiene tu nombre, cariño, y vale trescientos mil dólares”. Le pidió que dejara los cuadros y caminara. “¡Teníamos un trato!”, le reclamó Javier a Rodríguez. El mafioso le dibujó una mueca burlona y se pasó una mano por los cabellos engominados. “No creerás que yo hago trato con desconocidos, ¿no?”, y mirando a la mujer, ordenó: “Tú te haces cargo de estos dos y yo de los cuadros”. Entonces ella, aprovechando que había caminado hacia la puerta y que Rodríguez le daba la espalda para recoger los cuadros, se acercó decidida al de la casaca de cuero y le lanzó un golpe certero con la cacha del arma, lo suficientemente fuerte para tirarlo al suelo. Viendo la posibilidad que tenía delante, Javier se arrojó sobre el matón, todavía de espaldas, y le quitó el revólver. Ella todavía seguía apuntando con su pistola y Román miraba la escena con el temor inconfundible del que se sabe muerto.</p>

<p>- Claudia, no dejes de apuntarle- dijo Javier mientras levantaba a Rodríguez y lo arrastraba a un lado. Ella no se había movido un milímetro de su sitio ni quitado ojo a su ex camarada. Rodríguez, a pesar de estar consciente, era incapaz de mantenerse en pie-. Ahora desata a Román que este gordito va a ocupar su lugar. </p>

<p>Ella hizo caso y liberó a Román de la silla. Y como si no hubiesen pasado una noche juntos ni haber hecho planes de viajar, la mujer volvió a su pistola para apuntar al taxista. “¡Ayuda a Javier y no te pases de listo!”. Entre los dos ataron a Rodríguez a la silla y Javier aprovechó la ocasión para devolverle uno de los derechazos que había recibido anteriormente. “No habrás creído que una chica guapa se iba a quedar contigo, ¿no?”, y le volvió a lanzar otro golpe con la pistola en la mano.</p>

<p>Mariella Siles o Claudia o como se llame, sin hacer caso a la pequeña venganza de Javier, fue hacia una de las ventanas para observar la calle. “Tenemos que irnos”, dijo. Román a un lado miraba sin saber si esa frase también iba dirigida a él. “No sé si sea buena idea dejarlo aquí”, dijo Javier. Al volver, ella vio que Rodríguez estaba desmayado sobre la silla. Le había rellenado la boca con un pañuelo y amordazado con cinta. “Aquí no vendrá nadie. Ese fue el plan”, le recordó.</p>

<p>Román les quedó mirando como se iban haciendo de los cuadros y de la cartuchera del relojero. Ni Javier ni la mujer se habían tomado la molestia de seguir apuntándole, como si fuera un miembro más del clan. Y cuando Javier se percató que solo quedaba el reloj de péndola, volteó para mirar a Román: “¿No te querrás quedar con él, no?”. El taxista negó con la cabeza mientras esbozaba una sonrisa. Entonces el relojero le descargó una patada directa al sistema de escape y vio cómo el reloj se hacía añicos.</p>

<p>- Nunca fue el plan meterte en esta casa- le dijo la mujer-. Teníamos la situación controlada, sin embargo agradecemos que te hayas aparecido sino sabe Dios cuándo habríamos encontrado los cuadros.</p>

<p>- Es cierto- confirmó Javier, y acercándole el maletín con el dinero, le preguntó:- ¿sin rencores, no?</p>

<p>- Necesito que me expliquen por qué- respondió el joven. </p>

<p>- Créeme, Román- intervino ella-, ya nadie te tiene agarrado de los huevos con tu madre en coma. Según los cálculos para esta hora ya debe estar comiendo sus primeras papillas. Que te lo cuente ella.</p>]]>
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    <title>El secreto del reloj</title>
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    <published>2008-03-26T14:39:27Z</published>
    <updated>2008-05-30T23:02:06Z</updated>

    <summary>Foto:Simone Tagliaferri Cuando Román llegó a la avenida La Paz comenzó a entender de qué iba toda esta historia de relojes, amenazas de muerte y dinero. Aparcó a un lado de la calle y se acercó a la casa. Dentro,...</summary>
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        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="Secreto300.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/Secreto300.jpg" width="300" height="451"></div><small><em>Foto:<a href="http://www.flickr.com/photos/simone_tagliaferri/1140573029/" target=_blank>Simone Tagliaferri</a></em></small>

<p>Cuando Román llegó a la avenida La Paz comenzó a entender de qué iba toda esta historia de relojes, amenazas de muerte y dinero. Aparcó a un lado de la calle y se acercó a la casa. Dentro, Javier ya no era el mismo de hace un momento, ese joven maniatado que encajaba derechazos. Ahora estaba libre de pies y manos, muy cerca de la lámpara y concentrado en el reloj de péndola.</p>

<p>Misteriosamente tenía a su disposición una cartuchera con pinzas, una linterna en la frente y público en primera fila. Mariella Siles fumando de sus mentolados y Rodríguez de brazos cruzados, vigilantes. Román tanteó la perilla de la puerta, que no estaba del todo cerrada y dejó entrar en la casa un halo espeso de luz blanca. Los tres ahí dentro, al unísono, arrastraron la mirada hacia la entrada. El joven taxista llevaba en la mano el maletín con el dinero. Después de meditarlo había vuelto para entregarlo a cambio del relojero. Veinticinco mil dólares menos en el bolsillo, pero ningún muerto en su conciencia. Como si nunca los hubiese tenido, se dijo.</p>]]>
        <![CDATA[<p>- ¡Puta madre, Claudia, dime que hace este idiota acá!- renegó Rodríguez  mirando a la mujer. Javier, como si no fuera asunto suyo, volvió al reloj.</p>

<p>- ¡Román, qué haces aquí!- dijo ella mientras se iba acercando al joven. Entonces Rodríguez se le adelantó y cogió a Román, y lo llevó hasta la silla.</p>

<p>- No voy a repartir el dinero entre cuatro, mujer. Eso no fue lo acordado- discrepó el matón y señalando a Javier, agregó: - Éste al menos ahora es necesario, pero este mocoso, dime tú. Te dije que no era buena idea.</p>

<p>- No debiste volver, Román- insistió ella. Había perdido ese aire de dueña de la situación y mujer decidida. Su inesperada presencia y la reacción de Rodríguez le habían abierto un flanco vulnerable.</p>

<p>- No quiero tu dinero. Vine a dejártelo y a que dejes libre a Javier- dijo el joven.</p>

<p>- ¡Mira a tu amiguito, huevón!- intervino Rodríguez volteándole la cara hacia un lado-. ¡A mí me parece que en este momento está mucho mejor que tú!- Javier seguía en lo suyo. Tenía abierto el reloj y metía mano en sus partes como si lo que estuviera pasando con él no fuera cosa suya-. Esto no es Indiana Jones ni el Código Da Vinci, estúpido. Aquí no hay FBI ni Interpol. A lo mucho un par de policías malparados que jamás le dicen no a pequeños incentivos. Esto no es más que tráfico de arte y dinero fácil por un tubo. Y tu amiguito es socio nuestro.</p>

<p>Román quedó mirando al relojero, que desde que había llegado, por fin había soltado las pinzas. La mujer, a un lado, miraba la escena con un brazo cruzado en el pecho y la mano sujetando el codo del otro, empinado y con el cigarrillo en la punta de los dedos. Aunque bajito, seguía diciendo: “No debiste volver, Román, no debiste”.</p>

<p>- Ya sabe que yo estoy bien, ¿por qué no le devuelves su dinero y le dejas ir?- preguntó Javier, que al oír la palabra socio, pensó en eso del derecho a voz y voto.</p>

<p>- Es buena idea- reafirmó la mujer-. Igual ya no contábamos con ese dinero y para mañana todos habremos desaparecido.</p>

<p>Rodríguez, que en cuestión de minutos había pasado de ser el asalariado guardaespaldas de la dama al iracundo amo de la situación, sacó de atrás un revólver de tambor de plata y se la mostró a Román por el lado del cañón. “Estos son mis negocios, muchacho. Y no me gusta que gente estúpida como tú se interponga en ellos. Te estás jugando el pellejo por un traidor y enchuchado por esta idiota, y eso me da miedo porque no estás pensando con la cabeza. Te conviertes en un peligro”. Entonces Román vio cómo el arma de Rodríguez cruzó por su oreja y lo último que oyó fue un golpe seco antes de caer desplomado.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>El sonido de las campanadas del reloj despertó a Román espantado. Se sentía ido y le costó trabajo reconocer el lugar y la gente con la que se encontraba. Javier y Rodríguez discutían, la mujer observaba en silencio. El relojero trataba de explicarle al traficante sobre el funcionamiento de un aparato de esas características. El reloj había dado nueve campanadas y en realidad eran las ocho de la mañana. Entonces Javier había tratado de corregir el sincronismo adelantando la aguja corta de las horas y después la larga de los minutos hasta ponerlo en hora. Ahora convenía esperar a que quedara centrado.</p>

<p>- Está claro que no son las iniciales- explicó Javier- por tanto debe ser algo relacionado con los atrasos de los que habló en su momento Román. Debe dar algo así como las coordenadas del lugar donde se encuentran los cuadros.</p>

<p>- ¡Mierda, y yo que decía que esto no tenía nada que ver con Indiana Jones!- prorrumpió Rodríguez. Ni él ni nadie en el salón se había percatado que Román había salido de su desmayo, lo que le sirvió para ir enterándose de los pormenores desde la silla a la que ahora él estaba atado.</p>

<p>- Ya revisamos la casa de arriba abajo. La verdad es que estoy un poco cansada y si ese reloj no nos revela donde guardó las obras de arte ese anticuario, cojo estos veinticinco mil y me doy por bien servida- comentó la mujer. </p>

<p>- No seas idiota, estamos hablando de cuadros por los que solo en Brasil nos darían al menos un millón de dólares- refutó Rodríguez.</p>

<p>- Román me contó que la primera vez el reloj marcó un atraso de cuarenta minutos. La segunda creo que fueron catorce. Si todo va como dices- Javier miraba a Rodríguez, que no perdía la seriedad con su cabello engominado- entonces el tercer retraso debe marcarnos el sitio donde están los cuadros.</p>

<p>Una hora después el reloj volvió a marcar las nueve campanadas. Los tres habían esperado todo el tiempo en silencio a ver si el reloj, que ahora funcionaba sin percances, marcaba el último retraso y les revelaba su secreto. Y en el momento de las campanadas, cada uno lo confirmó con su reloj de pulsera y la sensación fue agria. La péndola funcionaba en perfectas condiciones y no se había atrasado ni un minuto. Entonces un sonido inesperado capturó su atención. Era la voz de Román:</p>

<p>- Yo sé dónde se esconden esos cuadros que ustedes andan buscando.<br />
</p>]]>
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    <title>El cazador y la liebre</title>
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    <published>2008-03-19T14:42:08Z</published>
    <updated>2008-05-30T23:01:40Z</updated>

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        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="Liebre400.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/Liebre400.jpg" width="400" height="300"></div><small><em>Foto: <a href="http://www.flickr.com/photos/polandeze/429331685/" target=_blank>Polandeze</a></em></small>

<p>- Este es el sujeto que te ha estado amenazando de muerte, Román- dijo Mariella Siles señalándole a Javier, amordazado y maniatado, el escenario lúgubre, el salón de la primera planta vacío.</p>

<p>Rodríguez se acercó y comprobó que las cuerdas estaban tensas. Luego encendió un cigarrillo y quedó mirando a la mujer a la espera de nuevas órdenes. Román seguía en completo silencio. Al ver la presencia del taxista, el joven relojero trató de soltarse, de expresarse con sonidos guturales, sin éxito alguno. Román miró a la mujer para que le explicara lo que estaba sucediendo.</p>

<p>- Necesitamos el reloj, Román. No estamos aquí por casualidad. Necesitamos el reloj en este salón-. Su acento había cambiado. Había perdido ese tono de súplica y nerviosismo. Ahora sonaba imperativa. Ansiosa.</p>

<p>- No entiendo qué hacemos aquí. Ni por qué tienen a Javier en esa silla.</p>

<p>- El reloj, Román.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Y como si esa fuera la frase que Rodríguez estaba esperando para actuar, se movió de su sitio y se acercó a Román con cara de “mi tiempo es dinero”. Entonces el taxista miró al relojero, que seguía la escena con los ojos a punto de salirse de su órbita, y pensó que más fácil era hacerse rico y entrar en el reino de los cielos que pasar un camello por el ojo de una aguja. Y en su mente, apañándose en el silencio, rogó por ayuda divina o una cuota de buena suerte.</p>

<p>- Claro, no hay problema- respondió Román al ver al tipo que tenía delante.- Pero primero explíquenme qué tiene que ver Javier con las amenazas de muerte si él también recibió una.</p>

<p>Con un movimiento de ojos, la mujer le dio la venia a Rodríguez para que se hiciera cargo. “¡Habla cabrón!”, le ordenó éste al mismo tiempo que le arrancaba la mordaza de un tirón.</p>

<p>- ¡Vete Román, busca ayuda! Estos huevones nos van a mat…</p>

<p>La derecha de Rodríguez directa a la mandíbula le había cortado la frase en seco y le había abierto un corte en los labios. Javier escupió sangre y miró a Rodríguez, al que no se le había movido ni un solo cabello. “Cuéntale a tu amiguito que fuiste tú el de las cartitas o voy a romper la piñata”, le dijo mientras volvía a cerrar el puño. </p>

<p>- ¡Pero fue ella la que mató al anticuario!- gritó dejando ver sus dientes manchados de sangre. Al menos esta vez pudo terminar la frase antes de recibir un segundo guantazo. La sangre le salpicó en los pantalones a Román. Escupió y se sacudió la cabeza para recuperar el sentido, y aprovechando el silencio, agregó: Pregúntale sino qué hacemos aquí. </p>

<p>- No le creas, Román. Dice eso porque no tiene salida. Acaba de reconocer que fue él quien te amenazó de muerte. Ha estado jugando contigo todo este tiempo, ¿no lo ves? Yo te prometí el dinero a cambio del reloj y cumpliré mi promesa. Si tú me entregas el reloj juro que te contaré todo.</p>

<p>En ese momento Román entendió que no seguiría el mismo camino de Mariella Siles. Y que fuera Javier quien lo estuviera amenazando de muerte, aunque era un golpe muy bajo, le dejaba más tranquilo. Ahora se creía capaz de lidiar con el tema. Sin embargo había un asesinato de por medio y nadie podía asegurarle que al final de esta historia fuera el único. El reloj en sus manos seguía siendo su baza.</p>

<p>***</p>

<p>Conduciría él. Mariella Siles le entregó las llaves del Ford y se sentó al lado. Rodríguez, por órdenes de ella, se había quedado en casa vigilando a Javier. Era de día y no podían correr riesgos en una avenida transitada.</p>

<p>Fueron hasta Lince. A unas calles del hotel, donde Román había estacionado su viejo carro. El reloj de péndola había pasado la noche en la maletera como si fuera una llanta de repuesto. Mariella Siles se sorprendió cuando Román le enseñó la pieza. “¡Dios!, por el dinero a cambio pensé que lo tendrías en una caja de seguridad de un banco suizo”, y sonrió. Ella hizo lo mismo: de la maletera del Ford sacó el maletín con el dinero. Eran los veinticinco mil dólares iniciales y no el doble, como había pedido Javier.</p>

<p>En ese momento, el celular de Román comenzó a timbrar. Era su hermana. Atendió sin dudarlo y sin prestar atención a la mujer, que en pocos minutos había guardado el reloj en el asiento trasero del Ford y ya estaba al volante. Le llamaba desde el hospital. ¡Mamá ha despertado esta mañana! Estaba fuera de Cuidados Intensivos.</p>

<p>- Román, ahora lo mejor es que cojas ese dinero, te subas a tu carro y te olvides del reloj de péndola, de mí y sobre todo de ese tipo-. Volvía a tener ese aire de mujer frágil. Su mirada expresaba ruego-. Yo no soy la que da las órdenes, ni éste es mi dinero, créeme. No tengo nada que ofrecerte.</p>

<p>Una a una, las noticias le iban tejiendo su propia mortaja. Tenía a su madre recuperada, aunque no podía dejar de pensar en lo que le esperaba al relojero. Sonaba tan fácil subirse a su carro y olvidarse de todo…</p>

<p>- Juraste que cuando te diera el reloj me contarías todo y sigo esperando.</p>

<p>Con las manos en el volante, ella le sonrió de nuevo, encendió el auto y puso primera. </p>

<p>- Ya lo hice. Es todo lo que te puedo contar. Lo siento Román, pero tengo que irme.</p>

<p>De pie junto al viejo Nissan azul de su padre, Román la vio partir. Iría a Miraflores, claro. Él en cambio tenía un maletín lleno de dinero, una madre recuperándose y por fin se había deshecho de ese reloj de péndola que le había traído solo desgracias. Sin embargo había algo que no encajaba. Lo habían eliminado del juego de la manera más torpe y ahora estaba libre y además con recompensa. Y, viniendo de gente que mataba gente, le sonaba a coto privado de caza, y se vio la cara de liebre. <br />
</p>]]>
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    <title>Jugando con fuego</title>
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    <published>2008-03-11T17:00:19Z</published>
    <updated>2008-05-30T23:01:22Z</updated>

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        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="fuego.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/fuego.jpg" width="234" height="350"></div>

<p>Cuando Mariella Siles se acercó hasta su silla, Román percibió nuevamente el aroma almizcleño que desprendía su piel. La mujer se pegó a su cuerpo y recorriendo con un dedo los hombros del joven y con la mirada fija en su cuello, soltó un resuello y se mordió los labios. Él la miraba tenso, con la respiración agitada pero manteniendo su pecho rígido, una coraza curtida por tantos años de desamor y soledad que ante la presencia de aquella sensual mujer parecía querer romperse hasta hacerse añicos.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Ella pasó sus manos por la nuca y lo atrajo para besarlo. Román la envolvió con sus brazos, la aferró con fuerza y atrapó sus labios encarnados con su boca nerviosa para regalarle un segundo beso, largo e intenso. Mariella Siles se dejó caer en sus brazos y cuando recobró el sentido lo tomó de las manos y lo llevó a la cama. Román se sentó y ella sobre él, a horcajadas, levantando el camisón para acomodarse. Y entre beso y beso, ella le cogió una mano y la condujo con decisión entre sus piernas. Entonces sintió la tela sedosa de su ropa interior inundada de calor y apetito. Ella no le daba tregua. Los quejidos llegaban ahogados desde el fondo de su garganta. Mariella tenía el control. Y con movimientos seguros y rápidos fue desabotonando la camisa de Román, el pantalón. De pronto el joven quedó tendido sobre la cama mirando como ella, de espaldas, terminaba por fin de quitarse ese camisón de algodón. Tenía una silueta hermosa, apenas alterada por una cicatriz  redondeada que alteraba su flanco derecho. Se giró y la misma cicatriz se hallaba en su abdomen. Sin duda, era la entrada y salida de un proyectil. La miró con desconfianza y sin entender qué diablos hacía con esa mujer y mucho menos, qué quería ella de un tipo como él.</p>

<p>Mariella Siles se movía con precisión, inalterable, como si siguiera un esquema trazado. Los pezones oscuros y palpitantes se movían con despiadada tranquilidad. Como si su desnudez fuera un estado de comodidad para ella; y debía serlo, pensaba Román, era atractiva y milagrosamente quería estar con él. Ella le miraba sonriéndole de soslayo y en un breve momento dejó patente el cuidado que ella misma profesaba hacia su cuerpo: Su pubis casi inexistente se alzaba en un pequeño penacho en la zona más álgida de su sexo. Román yacía en la cama con un brazo bajo la cabeza observando el panorama apetecible que se mostraba ante sí y sintiendo su sexo endurecido. Ella notó el detalle y se lanzó sobre él como un león dándole dulce muerte a su presa. Román acarició la herida del abdomen y ella tembló por las cosquillas.</p>

<p>Mariella se sentó cómoda y Román sintió como ambos encajaban perfectamente. Él no decía nada, Mariella le dejaba sin palabras. Se sentía sumiso y controlado por aquella mujer que por momentos parecía tímida e inofensiva y ahora se movía despeinada y descontrolada. Román la miraba boquiabierto. En un momento la apretó contra él para atrapar sus pechos entre sus labios. Sus manos buscaban la prominencia de sus glúteos y la llenaba de caricias. Ella posó su mano sobre su pecho y clavó las uñas regresándolo de nuevo a la cama. Román se liberó con un quejido de dolor y ella, con gemidos entrecortados, comenzó a doblarse hacia atrás, con una mano sobre el pecho de él, otra apretando su pierna y sintiendo el trepidar de sus entrañas. Román sintió deliciosamente aquellos suspiros apresurados y se sintió estallar. De pronto, un gemido atroz explotó desbocado y se quedó exhausto junto a ella.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Durante esas horas Mariella Siles volvió a recuperar su carácter recio, capaz de aparecerse en casas ajenas a la medianoche y lanzar amenazas de muerte. ¿Quién era ella, realmente, la vulnerable y tierna o la decidida y diestra?, se preguntaba Román, ahora a un lado, desnudo, mientras la observaba echar el humo por lo anchos orificios de su nariz y tirar las cenizas sobre un cenicero apoyado sobre su vientre herido.</p>

<p>- Fue un error de chica tonta que casi me cuesta la vida- dijo ella, de pronto, entendiendo que Román se había dado cuenta de las cicatrices. Sin embargo, él prefirió no hablar del tema. Ella tampoco agregó más. Entonces pensó: ¿será la misma frase que repite cada vez que se va a la cama con un hombre nuevo?</p>

<p>Ella apagó el cigarrillo y dejó el cenicero sobre el velador. Se acercó a Román y apoyó su cabeza sobre el pecho de éste. Fue el último momento de la noche y también fue lo suficiente para que Román se convenciera que a su lado tenía a la chica tierna y vulnerable, la que un minuto le pedía socorro y al otro, que se alejara por su propio bien.</p>

<p>Un par de horas después, el timbre del teléfono despertaba a ambos de un sobresalto. La mujer, que no se había movido de su lugar mientras dormía, atendió y cuando colgó se puso de pie y fue hasta la silla donde estaba la ropa de Román, cogió su camisa, se la abotonó y fue a abrir la puerta. El joven miró la escena sin entender mucho a quién esperaba. De repente apareció por la puerta Rodríguez. Llevaba la misma casaca de cuero y el cabello engominado hacia atrás, como si fuera su vestuario de matón a sueldo. Y Román notó que el sujeto no se sorprendía de ver a su jefa casi desnuda ni verle a él tumbado sobre la cama. “Ya es hora de que nos vayamos”, dijo. Entonces Mariella Siles volteó y esbozándole una sonrisa a Román le dijo: “A partir de ahora ya no tienes que temerle a nadie, cariño”.</p>

<p>Los tres fueron por el ascensor directo hasta el sótano donde Rodríguez había estacionado el carro. Román iba pensando en el station wagon que lo siguió cuando fue a la Capitanía Marítima y cuando vio que el vehículo era un Ford Fiesta negro, el alma le volvió al cuerpo. No había tenido tiempo de preguntarle a Mariella Siles adónde iban tan temprano y si era necesario que él también les acompañase. Rodríguez no le daba buena espina y era mejor recuperar la guardia perdida.</p>

<p>Llegaron a la avenida La Paz cuando el cielo comenzaba a clarear. Román no entendía aún de qué iba este cuento, no obstante se sentía tranquilo al tener todavía el reloj de péndola en su poder. Estacionaron a un par de calles y fueron con calma hasta la tienda del anticuario. Por ambas aceras de la avenida no había un alma y la casa estaba totalmente a oscuras. “¿Qué hacemos aquí?”, preguntó Román. Ella se acercó y le dio la mano mientras Rodríguez fue hacia la puerta. “¿Quién está aquí?”, le musitó al oído. “Espera”, le respondió. En eso Rodríguez la abrió y se hizo a un lado para dejarlos entrar.</p>

<p>Adentro, una pequeña lámpara en un rincón del suelo del salón alumbraba hacia una de las esquinas donde Román reconoció los ojos de Javier, amordazado y atado a una silla de metal clavada al piso.</p>]]>
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    <title>Cambio de guardia</title>
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    <published>2008-03-04T23:17:53Z</published>
    <updated>2008-05-30T23:00:54Z</updated>

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        <name>Jesús Antonio Risco</name>
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        <![CDATA[<p><img alt="sobre.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/sobre.jpg" width="400" height="356"></p>

<p>Mientras condujo hacia el centro de Lima, Román no se pudo quitar de la cabeza el abrazo que le había dado la mujer al despedirse en el hotel. La había sentido contra su pecho y había notado con profunda nitidez cómo se le hinchaban los senos con la respiración. Mansa y tibia. Fugazmente entregada. Y sin soltar el timón, se llevaba una mano a la cara, por donde ella había pasado las suyas. “Deberías alejarte, Román”, susurró acariciándole con sus ruegos.</p>

<p>Le estaba pidiendo que se fuera. Que no jugara ese juego que él supuestamente desconocía. Sin embargo esas palabras más que apartarlo solo conseguían comprometerlo más con ella, con el reloj y hasta con Javier. Pensó entonces en ir a buscarle.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p>Lo encontró trabajando en un reloj de mesa estilo Luis XVI. “Es una bonita pieza aunque no vale tanto como el que tienes en casa”, le dijo. “Vengo de ver a Mariella Siles”, le respondió a bocajarro. El relojero levantó la cabeza y le mostró una sonrisa articulada. Y dejando las pinzas espetó: “Sabía que iría a verte la muy cabrona. Reconozco a una serpiente apenas abre la boca-. Se había llevado las manos a la cintura y observaba el reloj al que trataba de devolverle la vida-. Y seguro que también te dijo que te cuides de mí”. En ese momento Román entendió que ambos se conocían mucho más de lo que él creía, y se sintió un idiota. ¿Y si tal vez ellos ya…? “Hace cuánto sabías del reloj”, inquirió, como volviendo al tema. “No te das cuenta que lo que quiere esa arpía es justamente esto. Es una mentirosa calculadora. Lo tiene todo bien planeado y seguro no le gustó nadita que yo le duplicara el precio”.</p>

<p>- ¡Hace cuánto! ¡Dime hace cuánto que sabías del reloj!- insistió. Era la primera vez que levantaba la voz. Tenía la cara roja y una vena que le cruzaba la frente se hinchaba de furia. Javier hizo una mueca y le confesó:</p>

<p>- Hace menos de un año. Por pura casualidad. Cierto día, el anticuario se apareció por aquí con el reloj en la mano y mi tío no fue capaz de aguantar la impresión. Entonces me contó la historia, que tras la muerte de tu abuelo había intentado recuperarlo, pero que con la muerte misteriosa del hermano de tu mamá, desistió. Habían pasado muchos años desde entonces hasta que la casualidad vino dos veces, primero el anticuario y de ahí tú. Estaba claro que ese reloj buscaba a mi tío.</p>

<p>Casualidades. Román pensó en lo que le había dicho Mariella Siles sobre las casualidades. La carrera al aeropuerto y los accidentes. Y optó por no creer lo que estaba oyendo. Sin embargo que Javier supiera más de su familia y de la muerte de su tío José, al que apenas conoció, le estremeció. Recordaba que había muerto cuando él era un niño y su madre jamás entró en detalles sobre las causas. Era un tema del que se hablaba poco. Vio un momento al relojero y prefirió no abrir más la boca; dio media vuelta y en eso oyó a Javier, que levantaba la voz como para atajarlo: “¡Tú llegaste aquí, recuérdalo! ¡Tú llegaste con ese reloj buscando ayuda!”. Y se detuvo un momento, justo para oír la última frase: “Recuerda que ese reloj esconde lo que le pasó a tu madre”. Entonces se giró y le quedó mirando: “Voy a entregarle el reloj, Javier, le pertenece”.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Al llegar a casa, la cuñada le recordó a Román que la historia en la que estaba metido era más que un juego. Hacía un momento le había llegado una carta sin remitente ni sello y la habían deslizado por debajo de la puerta con total anonimato. Para no preocupar más a su familia, la cogió como si fuera algo que estuviera esperando, fue hasta su habitación y allí recién la abrió: </p>

<div style="text-align: center;"><em>Estás jugando con mi tiempo y mi paciencia.
Tuviste tu oportunidad.</em></div>

<p>Pensó inmediatamente en Mariella Siles o como se llame. No podía ser ella. Si no habían pasado ni dos horas desde que se habían despedido. Sin embargo, en ese tiempo Rodríguez pudo haber venido hasta su casa, dejar el sobre y marcharse muy campante mientras ella lo entretenía. Y por inercia saltó de la cama y fue hasta el armario donde tenía el reloj. Ella no puede ser, se dijo mientras comprobaba que seguía en su sitio. Si le había rogado por ayuda, le había dicho que era en el único en quien podía confiar. Había alguien más, eso estaba claro. Alguien que estaba amenazando de muerte a él y Javier y por quien ella también temía. Después de pensarlo un momento, cogió el reloj, algo de ropa y salió. Era hora de alejarse de casa.</p>

<p>El único lugar que conocía y al que sentía que podía ir, era ese hotel de Lince. Llevaba en la maletera la llave que le abriría esa puerta. Lo intercambiaría por protección o al menos una noche en la alfombra de esa habitación. No quería tampoco el dinero, podía quedárselo. Solo quería seguir vivo y recuperar a su madre. Sin embargo cuando vio las luces verticales del hotel, pensó en esas películas donde el bueno le planta cara al malo porque esconde lo que el otro quiere, su “seguro de vida”. Así que la buscó con las manos vacías.</p>

<p>Cuando se abrió la puerta de la habitación vio a Mariella Siles con un camisón de algodón que le cubría apenas el comienzo de los muslos. Estaba descalza y Román la sintió por primera vez más baja que él. “No te esperaba”, le dijo mientras cruzaba las piernas para guarecerse del viento que entraba del pasillo. Y al ver que el joven llevaba una mochila en los hombros, se le dibujó una sonrisa: “Pasa”.</p>

<p>- Lo siento venir así, sin avisar. Fui a ver a Javier, discutimos, y luego en casa recibí otra amenaza de muerte. Estoy desesperado. Ya no sé…</p>

<p>Ella detuvo la acelerada verborrea del joven, que trataba de excusarse, con el simple gesto de ponerle un dedo en la boca. “Shhhh”, le susurró. “Aquí no nos pasará nada”. Le cogió la mochila y fue a ponerla en el armario. “Me fui de casa”, dijo mientras la veía de espaldas, las piernas descubiertas, doradas y lisas, y sintió un súbito despertar en la entrepierna. ¿Lo habrá notado?, pensó, y buscó saliva para tragar. “No quiero poner en riesgo a mi familia”. Ella le devolvió una sonrisa cómplice. “Hoy duermes aquí”, le dijo. Y acercándose hasta la mesilla donde estaba el teléfono agregó: “Tendrás hambre. Voy a pedir algo de comida”.</p>

<p>Después de los bocadillos y las cervezas, ella encendió un cigarrillo mentolado y se lo ofreció a Román. Y cuando él se lo llevó a la boca no pudo pasar por alto el filtro húmedo en sus labios. “¿Y Rodríguez?”, soltó el joven, buscando algo de qué hablar. “Su contrato no estipula pasar las noches conmigo, pero no te preocupes que estamos bien cuidados”. Entonces ella se levantó de la mesa y, como dudando, le preguntó: “¿Prefieres música o la tele?”. Román, atacado nuevamente por los nervios, le hizo una mueca y levantó los hombros. Ella encendió la radio y se acercó a él moviéndose suavemente. En ese momento el joven notó como, bajo el camisón y agitados por la melodía, comenzaban a brotar dos tiernos pezones.<br />
</p>]]>
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    <title>La dama vulnerable</title>
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    <published>2008-02-26T20:57:21Z</published>
    <updated>2008-05-30T23:00:25Z</updated>

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        <name>Jesús Antonio Risco</name>
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        <![CDATA[<p><img alt="damavulnerable.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/damavulnerable.jpg" width="400" height="349"></p>

<p>Cuando Román colgó el teléfono pensó en la rapidez y la determinación de Mariella Siles. Le había llamado por teléfono, y con las palabras justas le había citado en un hotel de Lince donde decía estar hospedada, sin darle margen a réplica o al menos a  proponer un lugar neutral. Había pasado un día y tal y como lo había dicho, esperaba una respuesta. Entonces vio la hora en su celular. Tenía veintiocho minutos y contando.</p>

<p>Pensó que también se encontraría con Javier y con el hombre de la casaca de cuero y el cabello engominado, pero en la habitación del hotel solo estaba la mujer. Llevaba los mismos pantalones y las botas del día anterior, había colocado un vaso con gin tonic sobre una mesa de vidrio y fumaba cigarrillos mentolados. Le ofreció uno a Román y ella misma se lo encendió. “Veo que no ha traído el reloj”, dijo. Román aspiró y sintió como el mentol le aclaraba la garganta. “Mi celular también da la hora y al menos cabe en mi bolsillo”, respondió. Ella le devolvió una sonrisa y se sentó en el borde de la cama. Él tomó asiento junto a la mesa. “Le llamé porque tengo información que le puede interesar”, dijo mientras se mordía el labio. “¿Y su amigo?”. “Sé cuidarme sola, así que le di la tarde libre”. Sin embargo el que le hablara de usted era un claro indicio de que estaba a la defensiva y eso le dio más confianza. Luego le pasó revista a la habitación y dejó la mirada en el vaso recién servido. “¿Le puedo ofrecer uno?”. Él negó con la cabeza.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p>- Sé que usted tiene el reloj. Y sé cómo lo obtuvo, la historia con el anticuario y por qué se lo dio a usted y no a otra persona. Hay situaciones en la vida, señor Galindo…</p>

<p>- ¡Román!</p>

<p>- Hay situaciones en la vida, Román, que parecen una casualidad, como también hay muertes que parecen un accidente de carro, no sé si me entiende.</p>

<p>Entendía; tanto que no pudo esconder su sorpresa. Alguna vez se le había ocurrido que el accidente del anticuario podría no serlo, no obstante jamás había pensado que esa carrera al aeropuerto fuera parte de algo arreglado. Así como él, muchos taxistas trabajaban en la avenida La Paz, y pudo ser cualquiera. Ahora sí quería ese trago que le habían ofrecido. Una desconocida en un hotel cualquiera le estaba contando de un asesinato como diciéndole las amenazas de muerte no son en vano. Comenzaba a sudar y el cigarrillo temblaba entre sus dedos. Y como si le hubiese leído el pensamiento, la mujer se puso de pie y fue hasta el otro extremo de la habitación, abrió una botellita minúscula de ginebra y le preparó el gin tonic. “Eres tan víctima como yo en esta historia”, le dijo mientras lo dejaba en la mesa.</p>

<p>Con la mirada Román le pedía explicaciones. Necesitaba respuestas. La mujer había conseguido bajarle la guardia. Bebió.</p>

<p>- La misma información que le acabo de dar, me lleva a pensar que el tío de Javier tampoco se fue de muerte natural. Y me aterra imaginar que haya alguien dispuesto a matar por el reloj de mi familia.</p>

<p>Román pensó inmediatamente en el escudero de Mariella Siles. Tenía toda la pinta de matón a sueldo y ella había demostrado tener con qué pagarle sus honorarios. Pensó: “hipócrita”. Pensó: “Asesina hija de puta. Linda forma de decirme que estoy muerto. Solos en una habitación de hotel y sin testigos. Seguro que te has registrado con un nombre tan falso como Mariella Siles”. Y como si ella conociera la secuencia de los hechos y de sus pensamientos le dijo:</p>

<p>- Ayer yo no quise amenazarlos de muerte, pero debía hacerlo para dejar claro que yo no voy a ser la siguiente que termine bajo tierra. Por eso contraté a Rodríguez, para que vieran que no estoy sola y que sé cómo cuidarme. Estoy dispuesta a pagar por ese reloj, pero no con mi vida. No sé a quién me enfrento y eso es lo que más me aterra.</p>

<p>Román apuró el gin tonic de un trago. Cada vez sudaba más y entendía menos. Sintió que se mareaba así que decidió ponerse de pie y caminar por la habitación. Ella también se incorporó aunque prefirió quedarse quieta, con los brazos cruzados sobre el pecho a la par que se acariciaba los hombros como para darse calor.</p>

<p>- Por eso te pedí que vinieras solo, Román. Ambos nos necesitamos. No estoy segura de quién más pueda estar detrás del reloj. De lo único que puedo fiarme por ahora es que tú no matarías a nadie, por eso te he buscado.</p>

<p>Era otra. En nada se parecía a la joven resoluta que había ido a la casa de Javier la madrugada anterior para decir que su abuelo pudo haber terminado en el paredón. Ahora la sentía vulnerable, temerosa. Apoyada en el marco del armario con los brazos y las piernas cruzadas todavía se encogía de hombros envuelta sobre sí misma, ¿a qué olía?</p>

<p>- Necesito hablar con Javier. Tal vez él sepa algo y pueda ayudarnos- dijo.</p>

<p>- Ten cuidado. Tampoco me fío de él.</p>

<p>- Estás hablando de que su tío…</p>

<p>- ¡Lo sé! Sin embargo tengo mis motivos.</p>

<p>Román volvió a sentarse, aunque esta vez en un lado de la cama y atendió a la mujer, que sin moverse de su sitió, le fue resumiendo la historia: Había conocido a Javier por lo menos un mes antes de la muerte del relojero. Después de años investigando había dado con él porque sabía quién era; y aunque esperaba que el joven relojero supiera del Mariella Siles I por boca del tío, nunca sospechó que estuviera tan interesado por el reloj. Desde entonces se vieron dos o tres veces más y cuando se enteró que lo había encontrado duplicó el precio de su valor. Aún así estuvo dispuesta a pagar. Entonces fue cuando se enteró de la existencia de Román, de la historia del anticuario y no dudó un minuto en convertirlo en el único sospechoso, aún después de la muerte de su tío.</p>

<p>¿Cómo creerle? Fue él quien llegó a Javier, y pudo haber elegido esa como cualquier otra relojería de Lima. No había forma… Entonces se dejó caer sobre la cama, los brazos estirados hacia atrás. Y notó a la mujer que se sentaba a su lado. “Tampoco estoy tan segura. Es posible que haya alguien más”. Román se volvió a incorporar. ¿Qué hacía ella para despertar ese olor? La observó por un momento y notó que tenía la piel enrojecida en el cuello, los párpados caídos y los orificios de la nariz demasiado dilatados, sin embargo le atraía su vulnerabilidad y el olor lo desarmaba. Pensó: “estamos demasiado cerca”.</p>

<p>- Por qué dejaste que ese hombre subiera a tu taxi, Román- se lamentó-. No estarías ahora jugándote la vida por una historia que desconoces.</p>]]>
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    <title>El precio del reloj</title>
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    <published>2008-02-20T15:46:20Z</published>
    <updated>2008-05-30T23:00:06Z</updated>

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        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="dinero.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/dinero.jpg" width="400" height="268"></div>
<div style="text-align: center;"><strong>Foto: Richard Hirano</strong></div>

<p>Esa misma noche apareció Javier por casa de Román. Era como si el joven relojero hubiera oído el mudo llamado de su amigo. Se había quedado toda la tarde dándole vueltas a la llamada y a esa frase final que le había sonado tan disparatada como alarmante. ¡Una sonrisa! Sobre la mesa de noche reposaba un cenicero que acumulaba las colillas de los cigarrillos. Román fumaba el último de la cajetilla.</p>

<p>- Hoy me llamaron de nuevo. Me siguieron por la calle. Me nombraron a Mariella Siles como si fuera una mujer de carne y hueso, me tienen… </p>

<p>- ¡Me han amenazado de muerte!- le interrumpió Javier, alargándole un papel con la misma letra con la que a él le habían “advertido” con acompañar a su madre en el hospital-. Alguien sabe que te estoy ayudando con el reloj y me piden que me aleje.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p>Román sujetaba el papel y lo alumbraba con las brasas del cigarro. “¡Ese reloj de mierda!”. Los dos seguían de pie. Javier miraba a su compañero y por primera vez ya no se le notaba tan resoluto, sin planes a la vista. Entonces Román le puso al corriente de su visita a la Capitanía, la persecución, la llamada. Y después de ir atando cabos fueron concluyendo que quien los amenazaba de muerte quería vengar a una mujer o a la embarcación como si fuera una dama. “Yo creo que es una mujer”, dijo Javier. “Y yo que es el barco”, respondió el otro. “Pero tú te basas en supuestos”, remarcó Javier. “Ya, ¿y tú en qué?”, espetó soltando el humo por la nariz. “En que Mariella Siles está más viva que tú y yo juntos”.</p>

<p>Javier se quedó mirando para lo alto de la cómoda y por un momento sintió cómo se le desencajaba la cara. “¿Y el reloj?”. Sin embargo Román le respondió con otra interrogante: “¿De quién estás hablando?”. Entonces Javier entendió que antes de avanzar debía desenmarañar las inquietudes del taxista. “Hay una mujer que dice ser la descendiente de los dueños del barco. Apareció por mi casa antes de venir aquí. Quiere comprar el reloj y la suma que ofrece excede de lejos su valor, por eso creo que debemos armarlo de nuevo. No sé, tal vez haya algo en él que se nos haya escapado y por el que podamos sacar mucho más plata… Le dije que nos veríamos esta noche”. Román, que había estado oyendo en silencio, no pudo pasar por alto la descarada aparición de la mujer: </p>

<p>- ¡Esa mujer nos está amenazando de muerte y tú la recibes en tu casa como si nada!- caminaba por la habitación y aspiraba lo poco que le quedaba del cigarrillo.</p>

<p>- No estoy tan seguro que tenga que ver con las amenazas… </p>

<p>- ¡Pero si el que me llamó hoy la nombró! ¡Dijo que haría lo que sea por recuperar su sonrisa!</p>

<p>- Es que no tendría sentido que primero me envíe una amenaza y horas después aparezca en mi casa ofreciéndome una fortuna por el reloj. No encaja.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Iban a ser las diez de la noche cuando Román y Javier llegaron al punto de encuentro. Era un escondido restaurante en la zona industrial del Cercado de Lima, de luz menguante y suelo de tierra. Dos choferes comían en una mesa, una mujer detrás de una barra de latón veía una telenovela en un viejo Imaco en blanco y negro. “¿Es ella?”, preguntó Román. “No, me parece que es donde está ese sujeto, el de la esquina”. Era un hombre pequeño, robusto. Vestía una casaca de cuero y llevaba el cabello engominado hacia atrás. “Tú debes ser el nieto de Xocas”, dijo al ver a Román, como si ya supiera quién era Javier. “No se suponía que nos reuniríamos con Mariella Siles”, dijo el taxista mientras tomaba asiento. “No esperarás que una mujer de clase asome la nariz en un lugar como éste”, dijo mientras bebía de su taza de café. Javier notó que a su lado tenía una pequeña maleta y supuso que era el dinero. Entonces aprovechó para adelantarse: “Jum, el reloj… me parece que ahora vale el doble”. El hombrecito arqueó las cejas y chasqueó los dientes, Román abrió los ojos y observó a su compañero con asombro. “De qué estás hablando”, se dijo. “Esto no la va a gustar a la dama”, dijo; y como ninguno respondió, bebió café, cogió la maleta y se puso de pie. “Ya tendrán noticias”.</p>

<p>Poco antes de ir a la cita, Javier había vuelto a colocar cada pieza del reloj en su sitio, tomando puntual atención en cualquier anomalía que pudiera mostrarles ese valor escondido por el que habían ofrecido muchísimo dinero, pero no había hallado nada. Entonces habían decidido entregarlo por la suma propuesta, sin embargo, cuando vio la maleta con el dinero, Javier pensó en especular. Por eso había dicho lo que había dicho, Román. Sin embargo al taxista esa explicación no le valía. Quería terminar con esa historia ya y centrarse en su madre, que seguía en el hospital. “¿No lo entiendes? Ese reloj guarda algo que desconocemos, pero que tu madre sí que sabe o no habría caído cuando lo vio. No es solo la plata. Estoy convencido que hay algo más y puede que sea lo único que pueda salvarla”. Román ya no quería saber nada de misterios ni relojes, pero tampoco le quedaba mucho de donde cogerse para recuperar a su madre. Y decidieron esperar.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Las noticias de Mariella Siles aparecieron más pronto de lo esperado. Fue esa misma madrugada y en casa de Javier. Era ella acompañada del sujeto con cara de pocos amigos, que aguardó fuera. Estaba sobre los treinta años, guapa, de piel blanca y bien puesta, el cabello negro y lacio recogido con una coleta. Vestía con botas y jeans apretados y cargaba una mochila en el hombro. Se la notaba desenvuelta y en ningún momento se quedó corta frente a los dos, un tanto también porque sabía que afuera tenía a un hombre bien pagado que al menor grito les haría tragarse las pelotas a boca llena. Se acomodó con calma y puso la mochila sobre la mesa. Y en vez de dinero, sacó un cartapacio. “Aquí hay una historia que pondría a tu abuelo en el paredón”, dijo mirando a Román. “Y a tu tío a su lado”, casi sonriendo. Estaba cerrado y mantenía una mano sobre él. “Sin embargo, no seré yo quien se entretenga en historias. Ya habrá alguien que se tome esa molestia. Lo que quiero, chicos, es recuperar el reloj y evitarles que les pase algo malo”. Los miraba con escasa curiosidad, metida en lo suyo. “Estoy al tanto que les tienen amenazados. Cosa seria. Por eso me dan el reloj y les doy el dinero que les prometí y listo. A vivir cada uno su vida”. Javier miró a Román como diciéndole tú decides, compadre. Y viéndose en esa situación, habló: “Entenderá que no podemos dárselo. Si no eres la que nos amenaza, alguien está detrás de nosotros y entregarle el reloj sería jodernos hasta el cuello”. Ella frunció los labios, pensativa. “Tienen hasta mañana o deberán añadirme a esa lista de amenazas”.<br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>El “Mariella Siles I”</title>
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    <published>2008-02-12T15:16:50Z</published>
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        <![CDATA[<p><img alt="barco240.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/barco240.jpg" width="400" height="266" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;"/><em>Foto:Wouter Otto</em></p>

<p>Román sintió como el humo de su cigarrillo ascendía lentamente y le impedía ver con claridad el momento justo en que Javier le señalaba en el monitor de su computadora el recorte de un diario, donde aparecía borrosa la fotografía de un barco que a mediado de los cuarenta había naufragado de manera misteriosa en aguas piuranas. “Era el Mariella Siles I”, dijo. “Lo encontramos”.</p>

<p>Estaban en casa de Javier, en el centro de Lima. Román le había caído de sorpresa camino del hospital. No había dormido toda la noche, no tanto por el miedo de la primera amenaza de muerte de su vida, sino por su hermana Fátima, quien, hasta que no le pusiera al corriente “con pelos y señales”, le prohibió marcharse a su cuarto. “Le tuve que meter un palo pero no se lo creyó. Mi familia anda con los nervios deshechos”. Javier había tratado de tranquilizarlo enseñándole lo que había avanzado la noche anterior. Los dos fumaban Gold Coast y leían el recorte. Se hacía referencia a la desaparición de un barco local en las inmediaciones de la costa piurana, que podría haber pertenecido a una familia pudiente aunque no se precisaba si había víctimas. “Hablamos de 1947. Seguro en esa época se perdían barcos como ahora se pierden mototaxis. Lo importante es el nombre, MSI. Doy mi brazo a que con este barco se topó ‘El Remanso’”, dijo Javier.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p>Las tiendas de antigüedades de la avenida La Paz, a diferencia de las de artesanía de Petit Thouars, si bien se parecen unas con otras, apilando en la entrada taburetes, pedestales, porcelanas y cristales, tienen la prudencia de no ofrecer reproducciones. O sea que un reloj como el de péndola, que había estado en los anaqueles de la tienda del anticuario, era una pieza auténtica, con un pasado y una historia, explicaba Javier. Y eso es lo que nos falta hallar: su relación con el “Mariella Siles I”; y esa importancia que ellos todavía no eran capaces de distinguir y que a otros los llevaba a proferir amenazas de muerte.</p>

<p>Román aspiraba del cigarrillo hasta encender al rojo vivo sus brasas. Estaba más callado que de costumbre. “Alguien me quiere matar”, apuntó. “Alguien me está pidiendo que me aleje de ese barco –señalando a la pantalla– y del reloj de péndola”. Javier le quedó mirando sin decir nada. “¿Y si vamos a la tienda del anticuario?”, preguntó Román. “No, ahí no encontraremos nada”, le respondió Javier con seguridad. Era como si el relojero caminara sobre terreno conocido. “Lo mejor ahora es aguardar”. </p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Román cuadró el viejo Nissan a un par de calles de la Plaza Grau. Eran más de las dos de la tarde y antes de volver a casa, decidió acudir a la Capitanía Marítima del Callao. Eso de “aguardar” le sonaba a tiempo perdido. En el hospital le habían comentado que sobre barcos naufragados el lugar ideal para informarse era el puerto y después de preguntar por aquí y por allá, se había enterado de la existencia de la Dirección General de Capitanías y Guardacostas.</p>

<p>- Tiene que llenar este formulario y pagar la tasa correspondiente- le dijo una joven ubicada al otro lado de una mesa. Sobre su cabeza se veía un escudo con dos anclas negras cruzadas y el mapa del Perú en blanco al centro.</p>

<p>- Es un barco de los años cuarenta, señorita- insistió Román mientras cubría los datos en un pliego impreso-. En Piura.</p>

<p>La mujer cogió el papel como si no prestara atención a las palabras del taxista. Se caló los anteojos, levantó la cabeza como si fueran bifocales y comparó el documento con una plantilla que tenía en la computadora. “Es curioso –dijo la muchacha–. Sesenta años después y de pronto pareciera que todo el mundo busca al ‘Mariella Siles I’”. Román estaba sacando el dinero para pagar la tasa cuando oyó el comentario de la oficinista. ¡De qué estaba hablando! “Hace dos o tres semanas vino un hombre. Dijo que era un familiar de un superviviente. Buscaba lo mismo que usted, pero le dije lo mismo; que demoraría al menos un mes porque primero se pasaría parte al Distrito 1, de Talara o Paita, porque Callao es Distrito 2 y tenemos distintas jurisdicciones”.</p>

<p>En ese momento Román pensó en ir a buscar de nuevo a Javier, contarle que la persona que lo estaba amenazando de muerte había estado averiguando sobre el barco. Sin embargo, al salir de la casona de la avenida Jorge Chávez, notó que no estaba solo. Un hombre había aparecido de la nada y caminaba unos pasos detrás y se escondía tras una gorra marrón y unas gafas de sol. Y hasta que subió al carro azul de su padre, Román no pudo reconocer al sujeto que pasó de largo por la acera del frente.</p>

<p>Entonces encendió el carro y apuró la partida. Le temblaban las manos. Cogió por la calle Nieto rumbo al Real Felipe y de ahí por Buenos Aires, hacia Lima. Fue a la altura del Mercado Central cuando distinguió al tipo de la gorra de copiloto en un station wagon blanco. Aceleró un par de calles y bajó la marcha cuando notó que no los perdía de vista. Pensó en salir de la avenida y tomar calles pequeñas, pero, taxista de oficio, reparó que por las arterias menores muchas veces no pasa un alma y pensó que eso sería entregarse en bandeja. Siguió por Guardia Chalaca y La Marina esquivando coches sin quitarle la vista al retrovisor, hasta el cruce con Riva Agüero. Por el espejo lateral podía distinguir al carro blanco tres lugares atrás. Y por más que trataba no era capaz de reconocer a sus ocupantes. Había que zafar ya, se dijo. Entonces aprovechó el semáforo en ámbar para doblar escopetado y chirriando hacia la izquierda y dejar a sus perseguidores atascados por los vehículos que bajaban hacia El Callao.</p>

<p>Condujo una hora más por calles apartadas hasta que llegó a casa. Pensó en no salir el resto de ese día ni los sucesivos. Apenas al hospital y punto. Cogió todas las piezas del reloj que estaban ordenadas sobre una franela en lo alto de la cómoda y las escondió en una maleta, se quitó las zapatillas, encendió un cigarrillo y se acostó. Dentro de esa nube de humo recordó a Mersault, el único personaje al que siempre quiso parecerse de los pocos libros que había leído en su vida, El extranjero de Albert Camus. Y recordó que la historia comenzaba por la muerte de su madre y eso lo asustó. Entonces Alicia le interrumpió. Tenía una llamada telefónica. </p>

<p>- Román, ya va siendo hora de que te desprendas de lo que no te pertenece o acabaré con quien haga falta para recuperar la sonrisa de Mariella Siles- y colgó.<br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>Anotaciones en un cuaderno de bitácora</title>
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    <published>2008-02-05T15:36:21Z</published>
    <updated>2008-05-30T22:59:26Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img alt="cuadernobitacora.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/cuadernobitacora.jpg" width="400" height="316"></p>

<p>Esa ráfaga que le golpeaba en la cara eran los alisios que venían del sureste para abanderarle la camisa color marfil y refrescarle el pecho curtido tras una maraña de vello oscuro. Un día más bajo el calcinante sol, que castigaba a diario por todos los frentes. La vida en alta mar no tenía tiempo para contemplaciones ni daba tregua. Y Xocas lo tenía claro. Como su padre en Portugal, él también había sido contagiado por la marejadilla y la resaca marina, y llevaba cinco años surcando el Pacífico Sur desde Tierra del Fuego hasta el Canal de Panamá ganándose la vida y cumpliendo su promesa de evitar tierra firme.</p>

<p>Cada mañana salía a cubierta, encendía un cigarro negro y, apoyado en la borda de babor, observaba la línea imaginaria que le indicaba la costa. Millas al sur se encontraba Lima y sus miles de habitantes y sus bancos de niebla. Después de una jornada inesperada de refriega, esa mañana navegaban sobre agua calma, sin embargo esa quietud, contraria a producirle alivio, provocaba en Xocas mal augurio.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p>La decisión ya había sido discutida, tomada y acatada, y sobre mar picado no había tiempo para arrepentimientos. Eran hombres de mar y como tales, asumían consecuencias. Si bien se habían encontrado encallados frente a un panorama lóbrego, la decisión final había sido alcanzada en franquía. Al principio los hombres al mando se habían sentido fondear, pero la voz de Xocas izó velas en sus mentes y los puso a toda marcha. No obstante, él mismo, en el silencio de esa noche, había navegado con la sonda en la mano.</p>

<p>- Lee aquí, estamos hablando de los años cuarenta. Desde entonces ya se conocían- le dijo Javier a Román, que seguía interesado en la historia.</p>

<p>Tras dejar atrás el puerto, oficiales del puente de mando y el capitán se habían reunido en el cuarto de derrota para hacer de esa tarde una historia que conviniera a todos. Fue cuando Xocas notó que los ahí reunidos tenían anclas en los tobillos y se resistían a salir a flote. Había que hacer algo con lo único que había sobrevivido: un baúl de madera lleno de vestidos y ese reloj que parecía no funcionar. La voz de Xocas, adobada por el ron, dijo que lo mejor era echarlo por la borda y el capitán pareció estar de acuerdo, menos el menor del grupo, a cargo de las anotaciones en el cuaderno: “Mi padre es relojero. Seguro él podrá arreglarlo”.</p>

<p>- Ése que habló fue tu tío, entonces. Y seguro que era el reloj de péndola- interrumpió Román. Los dos estaban alrededor de una mesa donde descansaba un viejo cuaderno que antaño pudo haber sido parte de una bitácora. Había estado guardado durante años sin que nadie en casa del tío se interesara por él. Lo habían hallado después de rebuscar cajones y armarios y ahora lo leían pendientes de hallar en sus páginas alguna relación con las iniciales MSI.</p>

<p>Con la luz del día, del tema no se habló más. Como colofón de esa conversación, todos habían llegado al acuerdo de que ya era hora de atracar en tierra firme. Unos días más barajando sobre llano y estarían en El Callao. “Cinco años”, pensó Xocas, recostado en la borda, la mirada agria puesta en el suroeste. Iba a cumplir los treinta años y estaba solo. Tal vez había llegado el momento de fondearse en algún rincón de Lima.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Después de más de veinte años, Xocas pensó que había olvidado lo ocurrido aquella vez en que viajaba en “El Remanso”, sin embargo el encuentro fortuito con Dante, el hijo del relojero, le trajo vivos recuerdos que le despertaron la angustia de no saber qué lugar es mejor, si la tierra o el mar. Al principio le había costado reconocerlo, pero después de un rato ya no tenía duda. Era él. Y seguro que como él, la nostalgia del océano le azotaba de pronto y le obligaba a ir hasta el puerto para ver y oler el mar.</p>

<p>Ahora él también era relojero, como su padre, y después de algunos años habían conseguido reparar el reloj inservible. Lo habían restaurado por dentro y por fuera y ahora era una bella joya que adornaba su casa. Entonces Xocas le invitó a la suya, a que conociera a su familia, había conseguido mujer, sí, y dos hijos. Invitación que Dante respondió más adelante, para que de paso también viera el reloj.</p>

<p>Era una pieza hermosa. Y desde el primer momento Xocas tuvo la firme idea de conseguirla. Primero lo pidió por las buenas, luego trató de pagar a cambio, y cuando vio que no era posible, acudió a la extorsión y la sutil amenaza, como si fuera cosa de amigos. Dante también tenía familia y estaba seguro que ninguno de ellos conocía la historia del reloj y de “El Remanso”. Tampoco su familia, pero estaba dispuesto a correr el riesgo. Algo en él le decía que esa reliquia valía la pena.</p>

<p>Entonces acordaron que el reloj, del que ambos eran tan dueños como ninguno, podía pasar temporadas en casa del uno y del otro. Ya había estado buenos años bajo el techo de Dante así que ahora le tocaba su turno. Sin embargo meses después, de la manera más insospechada, Dante renunció al reloj y se lo dejó a Xocas. Y desde entonces sus encuentros fueron disminuyendo hasta que simplemente dejaron de verse.</p>

<p>- Con la entrega del reloj terminan también las anotaciones en el cuaderno- señaló Javier. Habían revisado las anotaciones y de las iniciales no había ninguna referencia. Sin embargo estaba esa reyerta en un puerto, y de camino al hospital, Román fue dándole vueltas: ¿Qué había pasado en ese barco? ¿Por qué el tío de Javier había sido tan esquivo en sus anotaciones sobre lo sucedido esa tarde? Y sobre todo ¿qué secreto se había llevado su abuelo a la tumba?</p>

<p>Ya en el Rebagliati se vio obligado a dejar el tema a un lado. Su hermana le había dado la noticia que esa tarde Mercedes había salido del shock y había logrado comunicarse con los doctores, sin embargo no le había durado mucho y estaba nuevamente bajo observación. Entonces prefirió no emocionarse y buscó mantenerse serio. Seriedad que mantuvo mientras manejó rumbo a casa. Y cuando vio a Alicia intranquila, que aguardaba en la puerta, los brazos cruzados y la cara de miedo y preocupación, intuyó que algo malo había pasado. Pensó: papá.</p>

<p>- Vino un hombre, Román. Sabía tu nombre. Me dio mucho miedo, y no he parado de llorar desde entonces- le dijo, mientras volvía soltar las lágrimas. Fátima a un lado, tratando de calmarla-. Te dejó esta nota. No estaba cerrada ni nada y como decía algo de hospital…- trató de disculparse, pero Román ya no le oía. Estaba metido en lo que estaba escrito en el papel: “Aléjate del mar y deja ese reloj en paz o acompañarás a tu madre en el hospital”.<br />
</p>]]>
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    <title>El áncora</title>
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    <published>2008-01-29T15:58:31Z</published>
    <updated>2008-05-30T22:58:58Z</updated>

    <summary> - Se ha vuelto a retrasar- dijo Román mientras entraba en la relojería. Llevaba en las manos el reloj de péndola. Detrás del mostrador, el relojero estaba concentrado en una pieza de pulsera-. Lo probé como lo hizo usted,...</summary>
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        <name>Jesús Antonio Risco</name>
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        <![CDATA[<p><img alt="Ancora350.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/Ancora350.jpg" width="350" height="322"></p>

<p>- Se ha vuelto a retrasar- dijo Román mientras entraba en la relojería. Llevaba en las manos el reloj de péndola. Detrás del mostrador, el relojero estaba concentrado en una pieza de pulsera-. Lo probé como lo hizo usted, y el péndulo funciona bien, pero observe, lleva catorce minutos de atraso.</p>

<p>- Será mejor que lleve ese reloj a otra parte- ordenó el relojero sin levantar la mirada. Román no supo cómo encajar esa frase. Lo había agarrado con la guardia abajo.</p>

<p>- Es que… no sé nada de relojes y…</p>

<p>- ¡Qué se vaya!- gritó el anciano. Tenía el rostro tenso, marcado por las venas, y apretaba en las manos las pinzas con las que trabajaba.</p>

<p>De la trastienda apareció un joven unos años mayor que Román. Vestía también batín blanco y llevaba una linterna sujeta a la cabeza.</p>

<p>- Necesito ayuda- dijo Román mirando al joven y al reloj.</p>

<p>- ¡Ya le dije que saque ese reloj de aquí!- siguió gritando el relojero. La boca y las manos le temblaban y respiraba aceleradamente. El joven no quiso oír más a Román, que trataba de explicarse, de rogar por ayuda. </p>

<p>- Le voy a pedir que se vaya, amigo. Mi tío no se siente bien así que llévese su reloj a otra parte.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Román cogió el reloj de péndola y salió. Lo guardó en la maletera del auto y buscó en la guantera un fólder de plástico. En él había archivado todos los papeles que había acumulado la noche anterior. Y esperó. Pero ese día no fue posible. Ni tampoco los siguientes: de repente la relojería cerró sus puertas.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Hasta que días después volvió a ver una luz dentro. Y no dudó un instante en llamar. Llevaba consigo el fólder. Tras el mostrador estaba el sobrino del relojero. “Hola, venía a hablar contigo”. El joven estaba en plena operación a un viejo reloj de correa negra, una lupa en el ojo derecho y unas pinzas en las manos con las que manipulaba el interior de la pieza, iluminada por la luz blanca de una lámpara. Al oír a Román, le quitó la vista a su paciente y lo miró en silencio. “Sobre el reloj de péndola, creo que sabes de qué se trata”. El otro volvió a bajar la mirada y sin dejar de mover las pinzas, habló: “No, no sé de qué se trata, pero creo que has venido a contármelo, no”. Y volvió a levantar la mirada. Román notó que su expresión era dura, amarga, el preámbulo idóneo para su siguiente frase: “Y seguro también me dirás que sabes por qué ha muerto mi tío”.</p>

<p>En ese momento Román no supo de qué iba todo eso. La palabra muerto le sonaba totalmente exagerada. De pronto, como si la noticia le hubiese expuesto los sentidos, oía con abrupta nitidez el tic-tac de los relojes. Pensó: los catorce minutos.</p>

<p>“Hay un reloj de péndola que debería revisar”, dijo Román, y abriendo el fólder, continuó: “Esta foto demuestra que tu tío conocía a mi abuelo y a mi madre. Ella ahora está entre la vida y la muerte en un hospital y todo apunta al reloj”. El joven, haciendo la misma mueca que el relojero cuando pensaba, miró la foto y habló de su tío, que los doctores habían dicho que su muerte había sido natural, que ya había cumplido en esta vida, pero a él eso no le terminaba de convencer. Además ya había hecho cálculos y coincidía la primera visita del reloj de péndola con el día en que el anciano relojero comenzó a sentirse mal. Estaba claro: había que ir a casa de Román.</p>

<p>Después de una delicada disección, Javier, que había heredado el oficio y la experiencia de relojero, pudo llegar al corazón del reloj y observar una a una sus piezas, a la espera de que alguna de ellas le dijera algo. “Tu tío me enseñó que si el péndulo va bien no necesita moverse esta rueda”, señalándole la lenteja del péndulo. “Por eso sigo pensando en el reloj como algo fuera de este mundo, sabes, ya se ha atrasado dos veces y nadie le ha metido mano”. El relojero le hizo una mueca como diciendo olvídate de relojes embrujados: “¡Claro que le han metido mano! Tú mismo lo has hecho”. Y viendo que Román se quedaba helado, continuó: “Este es un reloj de mesa o pared y tiene un delicado funcionamiento, casi de perfección, y el que tú lo hayas estado llevando de un sitio a otro es más que suficiente para que se descalibre y se atrase”.</p>

<p>¿Y entonces el anticuario, el relojero y mi madre? Román estaba convencido de que esa pieza antigua estaba detrás de esas desgracias, y que de buenas a primeras le dijeran que el reloj seguía siendo eso, un reloj, le destruía lo poco que había avanzado.</p>

<p>“Sin embargo esto sí que es totalmente nuevo”, dijo Javier señalando el fondo de la madera, el espacio que hacia de caja de resonancia. El relojero llevó la luz de una pequeña linterna para que el otro pudiera ver. Era una inscripción mal tallada en la misma madera y que había estado oculta tras la rueda dentada de escape. Eran tres letras: MSI. “¿Las iniciales de un nombre?”, preguntó Román. “Muy obvio”, respondió el relojero. “Mi madre se llama Mercedes Souto pero su segundo apellido es Rodríguez…”. “Ya te dije que es muy obvio. Además mira el tallado de todo el reloj. Las columnas, los pináculos, todo está hecho por manos profesionales. En cambio estas letras fueron hechas después, y con cierta torpeza por el poco espacio que deja el mecanismo del áncora”.</p>

<p>Entonces los dos se quedaron un largo rato en silencio. Ya vueltos al principio de todo, Román quería regresar al local del anticuario: “Yo comenzaría en la tienda de antigüedades de donde salió el reloj”. Sin embargo la respuesta del relojero fue aún más desconcertante: “Yo comenzaría por el agua”.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Javier enrolló el resto de la pesa y descubrió la esfera de porcelana, las ruedas y el péndulo. Había dejado al reloj disperso por la mesa en decenas de piezas, y desde que esta pesadilla había comenzado, fue la primera vez que el péndulo dejó de oscilar.</p>

<p>“¿Oíste hablar del áncora?”, preguntó el relojero. “Sí, la nombró tu tío. Es esta pieza con dos tenazas que permiten que el péndulo funcione”. “Exacto. Aunque también se le llama ancla, por la forma de las anclas de los barcos. Mi tío viajó durante años en uno y apostaría lo que fuera a que fue ahí donde conoció a tu abuelo”.<br />
</p>]]>
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    <title>La foto en sepia</title>
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    <published>2008-01-21T18:15:52Z</published>
    <updated>2008-05-30T22:58:38Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img alt="fotosepia.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/fotosepia.jpg" width="400" height="326"></p>

<p>Al llegar de vuelta a casa, Román se enfrascó en el vano intento de que su padre le confirmara si había manipulado las agujas del reloj en algún momento de la noche. Alicia, que no entendía de lo que hablaba su cuñado, miraba desde un extremo, preocupada al ver el rostro desencajado, los gritos del joven. Quería contarle que su hermana Fátima había llegado de Ilo pasado el mediodía y ahora estaba en el hospital, pero no supo cómo.</p>

<p>Román veía para todos lados, llevándose las manos a la cabeza, arrastrándolas por la cara, lanzando frustrados quejidos de desesperación. Pensaba en su padre enfermo y en su madre hospitalizada. Y en el reloj. ¿Cómo era posible que un reloj de péndola fuera el causante de tanta desgracia? Sin entrar en detalles de lo ocurrido a su madre y al anticuario, le había pedido al relojero que lo revisara detalladamente. Que le confirmara si en su mecanismo, sus molduras, su enchapado, encontraba algo que no encajara. Algo fuera de lo común. Pero no habían llegado a nada. Era como otro cualquiera. Bastante antiguo aunque bien cuidado. “Un lujo”, la sentencia del especialista.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p>Entonces había que aprovechar la presencia de Alicia para ir al hospital. Ver a su madre. Pensar. Fue en la sala de espera donde se enteró de la llegada de Fátima. Ella estaba al corriente del estado de mamá, o de lo poco que se sabía hasta entonces: los médicos querían descartar alguna anomalía o traumatismo craneoencefálico. Estaban ya al tanto que doña Mercedes sufría de hipertensión, aunque tampoco descartaban una insuficiencia cardiovascular. La noche anterior había llegado a Emergencias por un infarto. Pero lo que no entendía la hija era el motivo. Y cuando Román le contó la historia del reloj, no encontró mejor reacción ni mayor consuelo que lanzarle una bofetada, que su hermano interpretó en el acto como “te culpo de todo”.</p>

<p>Ya en casa, y después de haber acostado al padre, Román se atrevió a tocar el tema de nuevo con su hermana. Era lo único que tenía y estaba desesperado por ayuda. Sentados en la sala –desde esa mañana el reloj estaba en la habitación de Román– aprovechó para contarle lo que había dicho papá la noche anterior, sobre la historia del reloj en la familia. Pero Fátima no sabía nada. Nunca había oído nada sobre el tema. Y prefirió no seguir “con esa cantaleta”. Cogió el teléfono y llamó a Ilo, a Baltasar, su marido, para ponerle al tanto del estado de su madre.</p>

<p>- Ah, por cierto, llamó tu hermano Ernesto. Hablé con él y le dije que volviera a llamar sobre las diez de la noche para que hablara con ustedes- dijo Alicia, que también estaba en la sala.</p>

<p>Román pensó que tal vez su hermano mayor le podría ayudar, pero cuando más tarde habló con él, solo recibió gritos desesperados. Fátima, que habló primero con él, le puso al corriente a su manera de la historia del reloj, y cuando el joven intentó contarle su versión y pedirle ayuda, algo de información, recibió la impotencia del hermano mayor que sabía que no podía volver al Perú como quien toma un vuelo desde Ilo.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Al final de la noche en vez de irse a dormir, decidió quedarse en la sala. Y bajo la luz de una lámpara comenzó a revolver los cajones del viejo aparador y de los armarios apolillados que escondían los años de la familia. Si sus hermanos no eran capaces, serían los papeles, cartas y fotos los que le dieran una pista, una aproximación al misterio del reloj de péndola.</p>

<p>Y mientras revolvía documentos, antiguos legajos y álbumes, no dejaba de pensar en el reloj. En lo que le había dicho el relojero sobre la intervención de alguien. ¿Acaso no podía haberse atrasado solo y luego volver a su estado normal? Probaría esa noche. Comprobaría si volvía a atrasarse. Y siguió buscando. Y mientras repasó centenares de fotos fue dejándose llevar por sus pensamientos: ¿Acaso el constante movimiento del péndulo no estaría ligado a los latidos de alguien? Que adelante o retrase no sería otra cosa que la vida misma. Un reloj con deseos propios… Era una locura, pensó. Se sentía divagar. Necesitaba ayuda. Necesitaba algo.</p>

<p>Fue sobre la cresta de la madrugada, acostado en su habitación, adonde había llevado una pila de álbumes y cartapacios llenos de papeles, que ese algo apareció ante sus ojos. Con el papel en las manos sintió un frío gélido recorrerle los brazos. Un cierto mareo. Sin creer lo que estaba viendo. Era una fotografía en sepia. De esas antiguas y descoloridas con muescas en los bordes. Claro que había latidos de un corazón de por medio, pensó al verla. Y había estado muy cerca de él, aunque aún no fuera capaz de entender qué tenía que ver con su familia. Lo que sí tenía claro, era dónde lo había visto. Eran las mismas facciones, la misma mueca de la boca como si estuviera pensando. Trató de buscar más pruebas, más fotos, pero era la única. Entonces dejó todo a un lado y pensó que al día siguiente iría a verlo. Tenía preguntas y había encontrado alguien que guardaba respuestas.</p>

<div style="text-align: center;">***</div>

<p>Román permaneció en la misma posición durante interminables minutos. Sentado a los pies de la cama, los codos apoyados en las rodillas y la mirada firme y furibunda, incapaz de deslizarse de su objetivo siquiera un milímetro.</p>

<p>Había despertado innumerable de veces durante las pocas horas que le quedó a esa madrugada, sobre todo cada vez que llegaba una hora punta, cuatro, cinco, seis campanadas, sin embargo, fue sobre las siete en que se levantó de la cama, se acomodó a sus pies y se concentró en el enigma que tenía delante: el reloj de péndola se había atrasado de nuevo, aunque esta vez el retraso era de solo catorce minutos.</p>

<p>Lo corroboró con su reloj de pulsera y con el de su celular. Había catorce minutos de diferencia y esta vez estaba casi seguro que nadie había ingresado a su habitación mientras dormía. Por eso se había quedado durante largo rato observando la pieza, como lo hizo el relojero para comprobar el vaivén de la péndola. Y cuando notó que el reloj funcionaba perfectamente, entendió que nada ganaría quedándose ahí sentado. </p>

<p><strong>¿Qué tenía que ver el personaje de la foto con todo esto? ¿Qué pasado oculto guardaba junto al reloj de péndola?</strong></p>]]>
    </content>
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    <title>Cuarenta minutos</title>
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    <published>2008-01-14T20:51:52Z</published>
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        <name>Jesús Antonio Risco</name>
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        <![CDATA[<p><img alt="cuarentaminutos.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/cuarentaminutos.jpg" width="400" height="267"></p>

<p>Fueron nueve las campanadas que despertaron a Román la mañana siguiente. Abrió los ojos sin entender de dónde venía el sonido ese que retumbaba en toda la casa. Y cuando miró su reloj de pulsera y vio que las agujas marcaban las nueve y cuarenta entendió menos. Habían regresado a eso de las tres de la madrugada, cuando le dijeron a su cuñada que la señora Souto había sido trasladada a Cuidados Intensivos y que ya no se podían quedar en Emergencias. Román fue directo a la habitación de su padre, que seguía durmiendo. Había quedado con Alicia que ella vendría a cuidarlo. Quería aprovechar para devolver ese reloj a primera hora.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Cuando bajó a la sala y vio la caja de péndola reposando en el mismo lugar donde lo había dejado la noche anterior, supo de dónde había venido ese ruido tan antiguo. Había una diferencia de cuarenta minutos entre esa reliquia y su reloj de pulsera. Comprobó con otro reloj de pared que tenía su madre en la cocina: En una noche se había retrasado cerca de una hora. Lo que le faltaba, había pensado Román. No solo su presencia había mandado a su madre a Cuidados Intensivos sino que ni siquiera servía. No había duda: era hora de devolverlo a su dueño o botarlo a la basura.</p>

<p>Llegó a la avenida La Paz cerca de las once, cuando las tiendas de antigüedades recién comenzaban a abrir sus puertas. Conocía a los vendedores de algunas de ellas, así que no sería difícil indagar nuevamente por el distinguido anticuario que le tomó una carrera hacía dos días. Estacionó el viejo Nissan azul a un lado y comenzó a preguntar por él. No sabía su nombre, pero lo recordaba como si le hubiera tomado una fotografía con su memoria. Nadie lo recordaba. De esos hombres había muchos, podía ser el marido de cualquiera de estas señoras, o el padre. O podía ser en realidad un comprador dadivoso, que había preferido regalarle a un desconocido una pieza carísima.</p>

<p>Así fue andando por las innumerables tiendas de La Paz, hasta que dio con una que era atendida por dos señoras. Lo recordaban, sí. Un hombre distinguido, silencioso, trabajador. Un buen hombre en esta vida, le dijeron. Y alternándose una con otra y sin interrumpirse, como si lo hicieran por años, siguieron comentando: Una pena lo que le había pasado. Esa, señalándole una puerta dos casas más allá, había sido su tienda. Estaba cerrada desde el día anterior. Ya nos había parecido muy raro porque jamás cerraba. Al parecer no tenía familiares ni nada. Sí, porque hacía un momento nomás había estado la policía llevándose todo. Una pena, sabe. Dicen que fue un accidente. Había muerto en la madrugada de ayer, casi al principiar el día. Dicen que le gustaba salir mucho y a la vuelta sufrió un accidente de carro. Tristísimo, joven. Nosotras estamos que no podemos… ¡Virgen María Purísima!</p>

<p>***</p>

<p>Muerto. Con esa idea en la cabeza volvió al Nissan y ahí se quedó pensando. ¿Muerto en un accidente, justo después de entregarle ese reloj? Tenía el bulto ahora sin dueño en la cajuela y no sabía qué hacer con él. ¡Muerto! ¿Cómo era posible? Después de un buen rato se había quedado con dos ideas en la mente: o dejarlo en el primer contenedor de basura o llevarlo a un relojero para que lo viera y de paso lo tasara. Los comentarios de los vendedores de que era una pieza carísima, le animó por lo segundo. Encendió el viejo carro y fue hasta el centro de Lima, donde conocía a un relojero después de llevar a uno que otro anticuario por ahí.</p>

<p>Ingresó en la relojería con la reliquia en las manos y fue directo al mostrador. Detrás de éste, un hombre en bata blanca, cabello cano y anteojos lo recibió con un saludo. Claro que podía verlo, para eso estaba, le respondió. Puso el reloj de pie sobre el mostrador y el relojero cruzó los brazos. Bonita pieza, comentó. Reloj de antesala o pared. Caja en madera de roble, bordes impecables con medias columnas a los lados, acristalado y con esfera de porcelana. Estilo Viena. Sí, seguro no bajada de unos mil dólares.</p>

<p>- Normalmente los relojes con péndulo suelen retrasarse o adelantarse porque se descalibran en la lenteja, esta pesa redonda al final de la varilla. Dependiendo siempre del cuidado que le den. Dígame, ¿cuándo le dio cuerda por última vez?- los ojos inquisidores observándole a Román por encima de las gafas.</p>

<p>-Lo tengo desde ayer. No sabía que debía darle cuerda.</p>

<p>- Jummm-. El hombre seguía en lo suyo. Había abierto el reloj y ahora revisaba las piezas escondidas detrás de la esfera. Las ruedas, el áncora y la pesa funcionaban correctamente. Después de un momento soltó otro quejido de duda, como si siguiera pensando:</p>

<p>- Es curioso, porque si usted no le dio cuerda, alguien sí lo hizo. Esta péndola estuvo trabajando perfectamente. Fíjese, para recuperar la hora y no se atrase, lo que se suele hacer es subir la lenteja por esta varilla para que el péndulo oscile más de prisa. Así se acelera el movimiento hasta recuperar el tiempo real. Lo que no me explico es por qué en este caso se atrasaría si lo que veo es que la lenteja se encuentra en el lugar exacto. Observe, sin haberla tocado el péndulo está dando la hora al mismo tiempo que estos otros relojes- señalando los que tenía alrededor suyo, en toda la tienda.</p>

<p>- O sea que si ya tenía cuerda y tampoco es el péndulo, a qué se puede deber que se haya atrasado cuarenta minutos en una noche.</p>

<p>El relojero prefirió no responder. Se quedó mirando el cadencioso oscilar de la varilla comparándolo con un reloj de cuarzo y otro mecánico de bolsillo. Y tras varios minutos en silencio, absorto en la pieza, levantó la mirada, se acomodó los anteojos y le dio una última explicación, la única que le quedaba:</p>

<p>- Solo nos queda una opción, amigo: que alguien lo haya retrasado moviendo las agujas manualmente.</p>

<p>- Pero sí anoche estuve solo- respondió Román.</p>

<p>- Ya, y es que no solo existe ese problema, sino que además las agujas de estos relojes se pueden mover manualmente solo hacia adelante. O sea que si alguien las tocó, se tomó la molestia de adelantar el reloj todas las horas restantes hasta llegar a la misma hora pero con cuarenta minutos de retraso. Muy extraño.<br />
</p>]]>
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    <title>El misterioso hombre de la avenida La Paz</title>
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    <published>2008-01-08T21:06:53Z</published>
    <updated>2008-05-30T22:57:50Z</updated>

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        <name>Jesús Antonio Risco</name>
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        <![CDATA[<p><img alt="antiguedades2.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/antiguedades2.jpg" width="400" height="318"></p>

<p>Cuando el hombre de traje gris y escasa cabellera le señaló con el dedo el viejo reloj de péndola que esperaba a un lado de la acera, Román Galindo sintió un pálpito violento, como aquella vez en que supo que iba a perder el trabajo. Se acercó a él y lo levantó con cuidado para ubicarlo en la cajuela del viejo Nissan del 76 de su padre con el que ahora se ganaba magros soles haciendo taxi. El hombre se había sentado en la parte trasera y se entretenía con unas facturas que llevaba en una carpeta. Era una carrera larga desde Miraflores hasta unos almacenes frente al aeropuerto y desde el principio Román fue pensando en ese viejo reloj, que creía recordar y que lo fue transportando a una maraña de imágenes del pasado. ¿Acaso fue en casa de su tía Anselma o fue en la de Margarita, su ex enamorada? ¿Dónde? Entre semáforos y bocinazos, continuó aplicadamente pasando revista a escenas fugaces del pasado, hasta que se fue acercando al lugar y el momento, que lo arrastraban obligatoriamente a su niñez. Entonces lo recordó: ¡claro, había sido en casa de su abuela Ofelia a principios de los 80!, cuando Lima vivía bajo sombras y existían los buses azules del Metropolitano.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Desde ese instante y durante gran parte del trayecto, Román no fue capaz de quitarle la vista al hombre por el retrovisor como si en las líneas de su amplia frente estuvieran las respuestas a esa sensación que comenzaba a ahogarle. Hasta que se atrevió a dirigirle la palabra: “Bonito su reloj, caballero. Bien antiguo, seguro que le debió costar lo suyo”. Al oírle, el hombre, que miraba por la ventanilla las casas descoloridas de la avenida, hizo una mueca de poca cosa y movió la cabeza: “Nada”. Román, siempre atento al retrovisor, sintió en ese momento una sensación de angustia: “¡Qué suerte!”. Y eso fue suficiente para que el hombre elegante se enfrascara en su historia: “Se equivoca, amigo, yo vendo. Y este reloj ha estado a la venta… ¡uff!... pero parece que nadie lo quiere… y fíjese que está en magníficas condiciones… como recién hecho… así que estoy aprovechando que voy para el almacén para dejarlo… me ocupa mucho espacio en la tienda”. Román recordó la imagen que lo transportaba a casa de su abuela, el reloj colgado sobre la pared amarillenta y descascarada de la sala. Pensó: “Se va a podrir”.</p>

<p>Cuando llegaron al almacén, el hombre terminaba de contarle a Román sobre las frustradas ventas del reloj de péndola como si fuera un tema recurrente con las piezas antiguas, pese a que cada vez su precio había caído considerablemente. Desde que había caído en sus manos, los compradores habían desistido de adquirirlo de las maneras más extrañas al punto que más de uno le había pedido que se lo llevase sin reclamar el dinero. Por eso, mientras Román lo fue descargando, el hombre, que había notado el interés del taxista por esa reliquia, sorpresivamente, le propuso dejárselo. Román, que no se lo esperaba, le respondió con una mirada incrédula. “Sí, te lo regalo. Créeme, me harías un favor. Si tú estás de acuerdo, te dejo la factura y el certificado de propiedad. Con eso lo puedes retirar aquí mismo a partir de mañana”. </p>

<p>Minutos después, ya solo en el auto, Román cayó nuevamente en el vértigo de sus recuerdos, ese emotivo pálpito que lo aceleraba al pensar en el reloj. Una caja de péndola cadenciosa, de madera tallada en sus bordes, el barniz mate y el cristal brillante. Lo recordaba perfectamente por ese sonido lúgubre y escalofriante que anunciaba cada nueva hora del día. Pensó también en su madre mientras guardaba los papeles en la guantera. En la sorpresa que le daría cuando llegase a casa. Por lo menos una buena noticia después de tanto tiempo, pensaba. Sin embargo, esa noche, cuando le contó lo sucedido y le mostró los papeles, fue ella quien sorprendió al joven taxista diciéndole que mejor fuera pensando en mudarse si pretendía regresar ese objeto a la familia.</p>

<p>***</p>

<p>Al día siguiente trató de no hacerle mucho caso a las palabras de su madre. Había vuelto por la avenida La Paz y había buscado la tienda del elegante caballero del día anterior. No la recordaba a pesar de trabajar en esa zona desde hacía cuatro meses. Luego pasó la mañana yendo de un lado al otro, transportando gente y antigüedades, pero del hombre y la tienda, nada. Ya por la tarde, aprovechando una carrera hacia Los Olivos, se acercó al almacén y recogió el reloj. Si bien la madre no lo quería en casa, tranquilamente lo podía vender a buen precio y sacar algo de dinero, que en estas épocas nunca está de más, pensaba.</p>

<p>Con ese argumento llegó a casa por la noche, el reloj a un lado, para que la madre no le saliera con eso de que se tenía que mudar. Le explicaría, le diría que ya tenía comprador entre tanto anticuario que conocía en Miraflores. Sin embargo, cuando atravesó la puerta y la madre reconoció el antiguo reloj de madera, Román no tuvo tiempo de defenderse con su explicación. Un rictus de amargura y de mutismo se había pintado en su semblante. Con los ojos en blanco y lanzando un apagado quejido, había caído al suelo y ambos, padre e hijo, al verla desplomada, se apresuraron a su encuentro.</p>

<p>Una hora después, los dos aguardaban en la sala de espera de Emergencias del Hospital Rebagliati. También había llegado hasta allí Alicia, la mujer de su hermano Ernesto que desde hace tres años vivía en Paterson, Estados Unidos. Y durante las siguientes horas aguardaron con el corazón en la mano sin que nadie se tomara la molestia de ponerles al corriente sobre el estado de la señora Mercedes Souto. Nadie hablaba. Román, que no entendía hasta qué punto había sido una mala elección llevar el reloj a casa, se perdía en sus pensamientos buscando respuestas. Hasta que la voz de su padre, que muchas veces lo sorprendía con repasos de lucidez, lo trajo de vuelta:</p>

<p>- Ese reloj perteneció a tu abuelo Xocas- los tres seguían sentados uno al lado del otro en el mismo banco-. Cuando llegó envuelto en una gran caja de Portugal tu madre aún era pequeña y se hizo una celebración como si fuera un gran acontecimiento. Era una pieza antigua, una reliquia del siglo XIX. Y por años tu abuelo fue la única persona con autorización para darle cuerda. Nadie más tenía permiso para tocarlo, ni tu tío José. Hasta que con su muerte, el reloj comenzó a dar problemas.</p>

<p>- ¿Qué clase de problemas? ¿Qué tiene que ver eso con mamá?</p>

<p>- Después fue tu abuela Ofelia y cuando murió, tu tío José. Tu mamá en cambio no…</p>

<p>Y por más que Román insistió, su padre ya no volvió a hablar del tema. Luego se acercó una enfermera y llamó a un lado a Alicia. Román seguía pensando en lo que le había contado su padre. Entonces recordó la historia del anticuario, los problemas con sus antiguos compradores. Y pensó en seguir el mismo camino. Devolverlo. Todo con tal de ver a su madre en casa.</p>]]>
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    <title>El reloj de péndola: Argumento</title>
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    <published>2008-01-02T21:58:43Z</published>
    <updated>2008-05-30T22:57:27Z</updated>

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        <name>Jesús Antonio Risco</name>
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        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="Reloj350.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/escritordelivery/Reloj350.jpg" width="262" height="350"></div>

<p>Román Galindo es un técnico informático, limeño, de 27 años, sin estudios terminados, desempleado, pero taxista eventual. El último y único trabajo fijo que tuvo fue en una empresa familiar de servicio de beepers, que quebró con la irrupción de los celulares. Hace taxi en el desvencijado automóvil de su padre (que padece de Alzheimer). No le da mucho dinero, pero no le importa. No tiene ambiciones. Vive todavía en casa de sus padres y no tiene mayores gastos. La familia vive con la jubilación del padre, que fue funcionario de Petro-Perú. El temperamento de Román es melancólico. Es un ser pasivo, sin iniciativa, pero dispuesto a seguir a cualquiera que la tenga. Es leal y honrado.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Después de meses dando vueltas por la ciudad ha descubierto que puede ahorrar dinero en gasolina haciendo movilidad de carga transportando antigüedades. Por eso merodea la Calle La Paz, en Miraflores, y espera durante horas que caiga un cliente. Una de esas tardes, le hace el servicio a un señor que debe llevar un antiguo reloj al Callao. Al ver el aparato, Román tiene un presentimiento, una suerte de iluminación de sus recuerdos. Cree reconocer al antiguo reloj de péndola. Hasta que logra recordarlo de la casa de su abuela cuando era niño. Y al preguntar por el precio, le responden que no tiene. Le dicen que nadie quiere comprarlo, aun cuando está en magníficas condiciones. Por eso será depositado en un almacén ubicado cerca del aeropuerto.</p>

<p>Le cuentan también que en realidad los últimos compradores han desistido de adquirirlo de una manera verdaderamente extraña y han pedido que se lo lleven, sin reclamar el dinero. Entonces, de manera sorprendente, le propone dejárselo. Sin embargo, Román no lo recoge ese día. Quiere darle una sorpresa a su familia. Ya en casa, habla con su madre acerca de ese reloj y recibe una respuesta evasiva.</p>

<p>Al día siguiente, Román lleva el reloj a casa. Cuando lo ve, la madre sufre un colapso nervioso y resulta internada en un hospital. A partir de ahí, se dedicará a tratar de descifrar el origen del reloj, lo que a su vez le llevará a descubrir que su familia guarda un secreto; que irá desvelando poco a poco mientras su madre está en el hospital agonizante.</p>

<p><em>¿Cuál es ese misterio que esconde la familia de Román? ¿Qué tiene que ver el reloj en todo esto?</em></p>

<p><strong>El propósito que busca este argumento es el de interactuar con los lectores, quienes pueden dar no solo su opinión sino también ofrecer pautas y caminos para descubrir el desenlace.</strong><br />
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