El poder de las campanadas
02
2008

Eran cuatro lienzos perfectamente embalados que habían estado escondidos en el doble fondo de una pared de la casa y que Rodríguez observó con detenimiento. “Estos son”, dijo y le sonrió a la mujer. “A estos dos ya no los necesitamos”.
Llegaron a ellos porque Román había entendido la función del reloj en ese engranaje. El anticuario, ante la necesidad de mantenerlos ocultos había logrado levantar un farol. No era ni las iniciales MSI, que al parecer sí debían corresponder al Mariella Siles I, ni los constantes retrasos, que se deberían al constante movimiento al que él lo había sometido, sino las campanadas. Se lo había dicho el viejo relojero cuando lo llevó por primera vez a su taller: era un antiguo reloj con doble espiral en la caja de resonancia, lo suficientemente fuerte como para atravesar paredes. Mientras sonaron las nueve de la mañana, él, sentado en un extremo distante de la ubicación del reloj, pudo oír el doble eco de la pared que tenía detrás. No solo había sido el sonido de las campanadas las que lo habían despertado sino también ese eco atronador, y que se repitió una hora después, ante la atenta espera del resto.
Los tres habían volteado hacia él cuando les dijo que tenía la respuesta. Y Rodríguez, que hace rato ya estaba cansado de tanto Indiana Jones, había sacado su revólver y apuntándole, jaló del martillo para que Román viera de cerca como giraba el tambor, amenazante. “A ver, cholito, cántate las mañanitas”.
- Les digo el lugar, me dan mis veinticinco mil y me dejan ir- exigió Román.
Un Rodríguez sonriente se acercó hasta la silla, le puso el revólver en la frente y le dijo casi al oído: “Mejor esta nueva: los cuadro o te lleno de plomo”. Más claro ni el agua, se dijo, miró a todos lados y no encontró esa ayuda divina por la que había estado rogando. “Aquí”, dijo señalando la pared que tenía detrás. “¡Cómo! ¿Aquí? ¿En la pared? ¿Entonces no hay pasillos secretos o habitaciones ocultas?”. En ese momento una mezcla de voces se apoderó del salón. Todos querían decir algo. Que si hay una seña, que si tirarla abajo, que no es posible, que no le creas. Todos le pedían una explicación. “Es hueca”, fue todo lo que dijo. Los tres se acercaron a la pared y con los nudillos trataron de comprobarlo.
- No es posible- dijo Rodríguez-. Ya probamos esa opción en toda la casa y no hay ninguna pared que sea lo suficientemente hueca para los cuadros.
- Ésta sí- insistió Román.
Javier se acercó con un desarmador plano. “¿Dónde es?”. Román le miró como diciendo “¿también quieres que te diga de qué color son?”. Entonces comenzó a probar desde el centro yendo hacia los lados. Y como si fuera solo un cascarón, la pared comenzó a levantarse por trozos dejando ver las telas con las que estaban embaladas las obras de arte. Javier sonrió, la mujer se llevó las manos a la boca y Rodríguez se guardó el revólver atrás del pantalón. En aquel momento Román pensó: “ahora sí que estoy muerto”.
La frase de Rodríguez había sido concluyente. La mujer se sacó de atrás una pistola que nadie había visto hasta entonces y fue hasta Javier. “Esta bala tiene tu nombre, cariño, y vale trescientos mil dólares”. Le pidió que dejara los cuadros y caminara. “¡Teníamos un trato!”, le reclamó Javier a Rodríguez. El mafioso le dibujó una mueca burlona y se pasó una mano por los cabellos engominados. “No creerás que yo hago trato con desconocidos, ¿no?”, y mirando a la mujer, ordenó: “Tú te haces cargo de estos dos y yo de los cuadros”. Entonces ella, aprovechando que había caminado hacia la puerta y que Rodríguez le daba la espalda para recoger los cuadros, se acercó decidida al de la casaca de cuero y le lanzó un golpe certero con la cacha del arma, lo suficientemente fuerte para tirarlo al suelo. Viendo la posibilidad que tenía delante, Javier se arrojó sobre el matón, todavía de espaldas, y le quitó el revólver. Ella todavía seguía apuntando con su pistola y Román miraba la escena con el temor inconfundible del que se sabe muerto.
- Claudia, no dejes de apuntarle- dijo Javier mientras levantaba a Rodríguez y lo arrastraba a un lado. Ella no se había movido un milímetro de su sitio ni quitado ojo a su ex camarada. Rodríguez, a pesar de estar consciente, era incapaz de mantenerse en pie-. Ahora desata a Román que este gordito va a ocupar su lugar.
Ella hizo caso y liberó a Román de la silla. Y como si no hubiesen pasado una noche juntos ni haber hecho planes de viajar, la mujer volvió a su pistola para apuntar al taxista. “¡Ayuda a Javier y no te pases de listo!”. Entre los dos ataron a Rodríguez a la silla y Javier aprovechó la ocasión para devolverle uno de los derechazos que había recibido anteriormente. “No habrás creído que una chica guapa se iba a quedar contigo, ¿no?”, y le volvió a lanzar otro golpe con la pistola en la mano.
Mariella Siles o Claudia o como se llame, sin hacer caso a la pequeña venganza de Javier, fue hacia una de las ventanas para observar la calle. “Tenemos que irnos”, dijo. Román a un lado miraba sin saber si esa frase también iba dirigida a él. “No sé si sea buena idea dejarlo aquí”, dijo Javier. Al volver, ella vio que Rodríguez estaba desmayado sobre la silla. Le había rellenado la boca con un pañuelo y amordazado con cinta. “Aquí no vendrá nadie. Ese fue el plan”, le recordó.
Román les quedó mirando como se iban haciendo de los cuadros y de la cartuchera del relojero. Ni Javier ni la mujer se habían tomado la molestia de seguir apuntándole, como si fuera un miembro más del clan. Y cuando Javier se percató que solo quedaba el reloj de péndola, volteó para mirar a Román: “¿No te querrás quedar con él, no?”. El taxista negó con la cabeza mientras esbozaba una sonrisa. Entonces el relojero le descargó una patada directa al sistema de escape y vio cómo el reloj se hacía añicos.
- Nunca fue el plan meterte en esta casa- le dijo la mujer-. Teníamos la situación controlada, sin embargo agradecemos que te hayas aparecido sino sabe Dios cuándo habríamos encontrado los cuadros.
- Es cierto- confirmó Javier, y acercándole el maletín con el dinero, le preguntó:- ¿sin rencores, no?
- Necesito que me expliquen por qué- respondió el joven.
- Créeme, Román- intervino ella-, ya nadie te tiene agarrado de los huevos con tu madre en coma. Según los cálculos para esta hora ya debe estar comiendo sus primeras papillas. Que te lo cuente ella.



02
2008
Ya nadie usa reloj. Todo el mundo mira la hora en el celular.
02
2008
Ja, qué buen desenlace!
De verdad no imagino que sigue...para mi que Román hace algo antes de irse, eso si
03
2008
vaya, vaya!!, pero aún falta la explicación de la mámá de Román :-)
08
2008
INTERESANTE
14
2008
Y cuando hay nuevo post?
22
2008
Ya hace 2 semanas que no recibimos post, no nos dejes más con la duda del desenlace por favor!!!
23
2008
El blog ya no aparece en la web principal de El Comercio. A ver quién se termina la histria en este mismo post ...
24
2008
Lástima, estaba bueno este blog
29
2008
Lástima realmente y que falta de consideración con sus lectores.
Respuesta del administrador: El blog "Escritor delivery" estaba planeado para que durara exactamente las semanas que estuvo dentro de nuestra parrilla. El autor, Jesús Antonio Risco, decidió desde un inicio que su relato "El reloj de péndola" terminara de ese modo, con un final abierto para que cada quien pudiera imaginar el desenlace que más le gustara
15
2008
Nooooooooooooo... a mi no me engañan... este blog no le gustaba a casi nadie, a lo mucho a veinte personas que eran los únicos que comentaban, y eso que estoy siendo positivo con este cantidad, que bueno que lo hayan finalizado!