Abril 2008
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2008

Eran cuatro lienzos perfectamente embalados que habían estado escondidos en el doble fondo de una pared de la casa y que Rodríguez observó con detenimiento. “Estos son”, dijo y le sonrió a la mujer. “A estos dos ya no los necesitamos”.
Llegaron a ellos porque Román había entendido la función del reloj en ese engranaje. El anticuario, ante la necesidad de mantenerlos ocultos había logrado levantar un farol. No era ni las iniciales MSI, que al parecer sí debían corresponder al Mariella Siles I, ni los constantes retrasos, que se deberían al constante movimiento al que él lo había sometido, sino las campanadas. Se lo había dicho el viejo relojero cuando lo llevó por primera vez a su taller: era un antiguo reloj con doble espiral en la caja de resonancia, lo suficientemente fuerte como para atravesar paredes. Mientras sonaron las nueve de la mañana, él, sentado en un extremo distante de la ubicación del reloj, pudo oír el doble eco de la pared que tenía detrás. No solo había sido el sonido de las campanadas las que lo habían despertado sino también ese eco atronador, y que se repitió una hora después, ante la atenta espera del resto.


