Jugando con fuego
11
2008

Cuando Mariella Siles se acercó hasta su silla, Román percibió nuevamente el aroma almizcleño que desprendía su piel. La mujer se pegó a su cuerpo y recorriendo con un dedo los hombros del joven y con la mirada fija en su cuello, soltó un resuello y se mordió los labios. Él la miraba tenso, con la respiración agitada pero manteniendo su pecho rígido, una coraza curtida por tantos años de desamor y soledad que ante la presencia de aquella sensual mujer parecía querer romperse hasta hacerse añicos.
Ella pasó sus manos por la nuca y lo atrajo para besarlo. Román la envolvió con sus brazos, la aferró con fuerza y atrapó sus labios encarnados con su boca nerviosa para regalarle un segundo beso, largo e intenso. Mariella Siles se dejó caer en sus brazos y cuando recobró el sentido lo tomó de las manos y lo llevó a la cama. Román se sentó y ella sobre él, a horcajadas, levantando el camisón para acomodarse. Y entre beso y beso, ella le cogió una mano y la condujo con decisión entre sus piernas. Entonces sintió la tela sedosa de su ropa interior inundada de calor y apetito. Ella no le daba tregua. Los quejidos llegaban ahogados desde el fondo de su garganta. Mariella tenía el control. Y con movimientos seguros y rápidos fue desabotonando la camisa de Román, el pantalón. De pronto el joven quedó tendido sobre la cama mirando como ella, de espaldas, terminaba por fin de quitarse ese camisón de algodón. Tenía una silueta hermosa, apenas alterada por una cicatriz redondeada que alteraba su flanco derecho. Se giró y la misma cicatriz se hallaba en su abdomen. Sin duda, era la entrada y salida de un proyectil. La miró con desconfianza y sin entender qué diablos hacía con esa mujer y mucho menos, qué quería ella de un tipo como él.
Mariella Siles se movía con precisión, inalterable, como si siguiera un esquema trazado. Los pezones oscuros y palpitantes se movían con despiadada tranquilidad. Como si su desnudez fuera un estado de comodidad para ella; y debía serlo, pensaba Román, era atractiva y milagrosamente quería estar con él. Ella le miraba sonriéndole de soslayo y en un breve momento dejó patente el cuidado que ella misma profesaba hacia su cuerpo: Su pubis casi inexistente se alzaba en un pequeño penacho en la zona más álgida de su sexo. Román yacía en la cama con un brazo bajo la cabeza observando el panorama apetecible que se mostraba ante sí y sintiendo su sexo endurecido. Ella notó el detalle y se lanzó sobre él como un león dándole dulce muerte a su presa. Román acarició la herida del abdomen y ella tembló por las cosquillas.
Mariella se sentó cómoda y Román sintió como ambos encajaban perfectamente. Él no decía nada, Mariella le dejaba sin palabras. Se sentía sumiso y controlado por aquella mujer que por momentos parecía tímida e inofensiva y ahora se movía despeinada y descontrolada. Román la miraba boquiabierto. En un momento la apretó contra él para atrapar sus pechos entre sus labios. Sus manos buscaban la prominencia de sus glúteos y la llenaba de caricias. Ella posó su mano sobre su pecho y clavó las uñas regresándolo de nuevo a la cama. Román se liberó con un quejido de dolor y ella, con gemidos entrecortados, comenzó a doblarse hacia atrás, con una mano sobre el pecho de él, otra apretando su pierna y sintiendo el trepidar de sus entrañas. Román sintió deliciosamente aquellos suspiros apresurados y se sintió estallar. De pronto, un gemido atroz explotó desbocado y se quedó exhausto junto a ella.
Durante esas horas Mariella Siles volvió a recuperar su carácter recio, capaz de aparecerse en casas ajenas a la medianoche y lanzar amenazas de muerte. ¿Quién era ella, realmente, la vulnerable y tierna o la decidida y diestra?, se preguntaba Román, ahora a un lado, desnudo, mientras la observaba echar el humo por lo anchos orificios de su nariz y tirar las cenizas sobre un cenicero apoyado sobre su vientre herido.
- Fue un error de chica tonta que casi me cuesta la vida- dijo ella, de pronto, entendiendo que Román se había dado cuenta de las cicatrices. Sin embargo, él prefirió no hablar del tema. Ella tampoco agregó más. Entonces pensó: ¿será la misma frase que repite cada vez que se va a la cama con un hombre nuevo?
Ella apagó el cigarrillo y dejó el cenicero sobre el velador. Se acercó a Román y apoyó su cabeza sobre el pecho de éste. Fue el último momento de la noche y también fue lo suficiente para que Román se convenciera que a su lado tenía a la chica tierna y vulnerable, la que un minuto le pedía socorro y al otro, que se alejara por su propio bien.
Un par de horas después, el timbre del teléfono despertaba a ambos de un sobresalto. La mujer, que no se había movido de su lugar mientras dormía, atendió y cuando colgó se puso de pie y fue hasta la silla donde estaba la ropa de Román, cogió su camisa, se la abotonó y fue a abrir la puerta. El joven miró la escena sin entender mucho a quién esperaba. De repente apareció por la puerta Rodríguez. Llevaba la misma casaca de cuero y el cabello engominado hacia atrás, como si fuera su vestuario de matón a sueldo. Y Román notó que el sujeto no se sorprendía de ver a su jefa casi desnuda ni verle a él tumbado sobre la cama. “Ya es hora de que nos vayamos”, dijo. Entonces Mariella Siles volteó y esbozándole una sonrisa a Román le dijo: “A partir de ahora ya no tienes que temerle a nadie, cariño”.
Los tres fueron por el ascensor directo hasta el sótano donde Rodríguez había estacionado el carro. Román iba pensando en el station wagon que lo siguió cuando fue a la Capitanía Marítima y cuando vio que el vehículo era un Ford Fiesta negro, el alma le volvió al cuerpo. No había tenido tiempo de preguntarle a Mariella Siles adónde iban tan temprano y si era necesario que él también les acompañase. Rodríguez no le daba buena espina y era mejor recuperar la guardia perdida.
Llegaron a la avenida La Paz cuando el cielo comenzaba a clarear. Román no entendía aún de qué iba este cuento, no obstante se sentía tranquilo al tener todavía el reloj de péndola en su poder. Estacionaron a un par de calles y fueron con calma hasta la tienda del anticuario. Por ambas aceras de la avenida no había un alma y la casa estaba totalmente a oscuras. “¿Qué hacemos aquí?”, preguntó Román. Ella se acercó y le dio la mano mientras Rodríguez fue hacia la puerta. “¿Quién está aquí?”, le musitó al oído. “Espera”, le respondió. En eso Rodríguez la abrió y se hizo a un lado para dejarlos entrar.
Adentro, una pequeña lámpara en un rincón del suelo del salón alumbraba hacia una de las esquinas donde Román reconoció los ojos de Javier, amordazado y atado a una silla de metal clavada al piso.



15
2008
mmmm...
la historia se pone mas y mas interesante :D
16
2008
hala que salio premiado Roman!
22
2008
Va genial!!!
Acaso Javier y Román serán familia?