Cambio de guardia
04
2008

Mientras condujo hacia el centro de Lima, Román no se pudo quitar de la cabeza el abrazo que le había dado la mujer al despedirse en el hotel. La había sentido contra su pecho y había notado con profunda nitidez cómo se le hinchaban los senos con la respiración. Mansa y tibia. Fugazmente entregada. Y sin soltar el timón, se llevaba una mano a la cara, por donde ella había pasado las suyas. “Deberías alejarte, Román”, susurró acariciándole con sus ruegos.
Le estaba pidiendo que se fuera. Que no jugara ese juego que él supuestamente desconocía. Sin embargo esas palabras más que apartarlo solo conseguían comprometerlo más con ella, con el reloj y hasta con Javier. Pensó entonces en ir a buscarle.
Lo encontró trabajando en un reloj de mesa estilo Luis XVI. “Es una bonita pieza aunque no vale tanto como el que tienes en casa”, le dijo. “Vengo de ver a Mariella Siles”, le respondió a bocajarro. El relojero levantó la cabeza y le mostró una sonrisa articulada. Y dejando las pinzas espetó: “Sabía que iría a verte la muy cabrona. Reconozco a una serpiente apenas abre la boca-. Se había llevado las manos a la cintura y observaba el reloj al que trataba de devolverle la vida-. Y seguro que también te dijo que te cuides de mí”. En ese momento Román entendió que ambos se conocían mucho más de lo que él creía, y se sintió un idiota. ¿Y si tal vez ellos ya…? “Hace cuánto sabías del reloj”, inquirió, como volviendo al tema. “No te das cuenta que lo que quiere esa arpía es justamente esto. Es una mentirosa calculadora. Lo tiene todo bien planeado y seguro no le gustó nadita que yo le duplicara el precio”.
- ¡Hace cuánto! ¡Dime hace cuánto que sabías del reloj!- insistió. Era la primera vez que levantaba la voz. Tenía la cara roja y una vena que le cruzaba la frente se hinchaba de furia. Javier hizo una mueca y le confesó:
- Hace menos de un año. Por pura casualidad. Cierto día, el anticuario se apareció por aquí con el reloj en la mano y mi tío no fue capaz de aguantar la impresión. Entonces me contó la historia, que tras la muerte de tu abuelo había intentado recuperarlo, pero que con la muerte misteriosa del hermano de tu mamá, desistió. Habían pasado muchos años desde entonces hasta que la casualidad vino dos veces, primero el anticuario y de ahí tú. Estaba claro que ese reloj buscaba a mi tío.
Casualidades. Román pensó en lo que le había dicho Mariella Siles sobre las casualidades. La carrera al aeropuerto y los accidentes. Y optó por no creer lo que estaba oyendo. Sin embargo que Javier supiera más de su familia y de la muerte de su tío José, al que apenas conoció, le estremeció. Recordaba que había muerto cuando él era un niño y su madre jamás entró en detalles sobre las causas. Era un tema del que se hablaba poco. Vio un momento al relojero y prefirió no abrir más la boca; dio media vuelta y en eso oyó a Javier, que levantaba la voz como para atajarlo: “¡Tú llegaste aquí, recuérdalo! ¡Tú llegaste con ese reloj buscando ayuda!”. Y se detuvo un momento, justo para oír la última frase: “Recuerda que ese reloj esconde lo que le pasó a tu madre”. Entonces se giró y le quedó mirando: “Voy a entregarle el reloj, Javier, le pertenece”.
Al llegar a casa, la cuñada le recordó a Román que la historia en la que estaba metido era más que un juego. Hacía un momento le había llegado una carta sin remitente ni sello y la habían deslizado por debajo de la puerta con total anonimato. Para no preocupar más a su familia, la cogió como si fuera algo que estuviera esperando, fue hasta su habitación y allí recién la abrió:
Pensó inmediatamente en Mariella Siles o como se llame. No podía ser ella. Si no habían pasado ni dos horas desde que se habían despedido. Sin embargo, en ese tiempo Rodríguez pudo haber venido hasta su casa, dejar el sobre y marcharse muy campante mientras ella lo entretenía. Y por inercia saltó de la cama y fue hasta el armario donde tenía el reloj. Ella no puede ser, se dijo mientras comprobaba que seguía en su sitio. Si le había rogado por ayuda, le había dicho que era en el único en quien podía confiar. Había alguien más, eso estaba claro. Alguien que estaba amenazando de muerte a él y Javier y por quien ella también temía. Después de pensarlo un momento, cogió el reloj, algo de ropa y salió. Era hora de alejarse de casa.
El único lugar que conocía y al que sentía que podía ir, era ese hotel de Lince. Llevaba en la maletera la llave que le abriría esa puerta. Lo intercambiaría por protección o al menos una noche en la alfombra de esa habitación. No quería tampoco el dinero, podía quedárselo. Solo quería seguir vivo y recuperar a su madre. Sin embargo cuando vio las luces verticales del hotel, pensó en esas películas donde el bueno le planta cara al malo porque esconde lo que el otro quiere, su “seguro de vida”. Así que la buscó con las manos vacías.
Cuando se abrió la puerta de la habitación vio a Mariella Siles con un camisón de algodón que le cubría apenas el comienzo de los muslos. Estaba descalza y Román la sintió por primera vez más baja que él. “No te esperaba”, le dijo mientras cruzaba las piernas para guarecerse del viento que entraba del pasillo. Y al ver que el joven llevaba una mochila en los hombros, se le dibujó una sonrisa: “Pasa”.
- Lo siento venir así, sin avisar. Fui a ver a Javier, discutimos, y luego en casa recibí otra amenaza de muerte. Estoy desesperado. Ya no sé…
Ella detuvo la acelerada verborrea del joven, que trataba de excusarse, con el simple gesto de ponerle un dedo en la boca. “Shhhh”, le susurró. “Aquí no nos pasará nada”. Le cogió la mochila y fue a ponerla en el armario. “Me fui de casa”, dijo mientras la veía de espaldas, las piernas descubiertas, doradas y lisas, y sintió un súbito despertar en la entrepierna. ¿Lo habrá notado?, pensó, y buscó saliva para tragar. “No quiero poner en riesgo a mi familia”. Ella le devolvió una sonrisa cómplice. “Hoy duermes aquí”, le dijo. Y acercándose hasta la mesilla donde estaba el teléfono agregó: “Tendrás hambre. Voy a pedir algo de comida”.
Después de los bocadillos y las cervezas, ella encendió un cigarrillo mentolado y se lo ofreció a Román. Y cuando él se lo llevó a la boca no pudo pasar por alto el filtro húmedo en sus labios. “¿Y Rodríguez?”, soltó el joven, buscando algo de qué hablar. “Su contrato no estipula pasar las noches conmigo, pero no te preocupes que estamos bien cuidados”. Entonces ella se levantó de la mesa y, como dudando, le preguntó: “¿Prefieres música o la tele?”. Román, atacado nuevamente por los nervios, le hizo una mueca y levantó los hombros. Ella encendió la radio y se acercó a él moviéndose suavemente. En ese momento el joven notó como, bajo el camisón y agitados por la melodía, comenzaban a brotar dos tiernos pezones.



06
2008
Me gusta la historia ,está muy bien escrita , como a mi me gustan las leyendas , sin artificios candorosos , sin cursiladas impropias de una buena narración . tú estilo es comprensible, directo emotivo. ¡felicidades! yo tambien escribo algo y procuro hacerlo dentro de esas premisas , me gustaria que echases un vistazo a mi web . Soy un autodidacta y vengo de la escuela de la postguerra, así que en mis renglones abundan las faltas de todo tipo. esta es mi web http://www.antoniolarrosa.com Desde España un saludo s todos los peruanos. Gracias.
07
2008
Yo opino que la chica debería atacar y herir a rOmán para crear más desconcierto
10
2008
Me parece que Román se va a involucrar sentimentalmente con la chica y después ella lo traicionará, incluso puede morir alguien más por culpa del reloj (ya sea Javier, Rodríguez o ella).
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