Marzo 2008
26
2008

Cuando Román llegó a la avenida La Paz comenzó a entender de qué iba toda esta historia de relojes, amenazas de muerte y dinero. Aparcó a un lado de la calle y se acercó a la casa. Dentro, Javier ya no era el mismo de hace un momento, ese joven maniatado que encajaba derechazos. Ahora estaba libre de pies y manos, muy cerca de la lámpara y concentrado en el reloj de péndola.
Misteriosamente tenía a su disposición una cartuchera con pinzas, una linterna en la frente y público en primera fila. Mariella Siles fumando de sus mentolados y Rodríguez de brazos cruzados, vigilantes. Román tanteó la perilla de la puerta, que no estaba del todo cerrada y dejó entrar en la casa un halo espeso de luz blanca. Los tres ahí dentro, al unísono, arrastraron la mirada hacia la entrada. El joven taxista llevaba en la mano el maletín con el dinero. Después de meditarlo había vuelto para entregarlo a cambio del relojero. Veinticinco mil dólares menos en el bolsillo, pero ningún muerto en su conciencia. Como si nunca los hubiese tenido, se dijo.
19
2008

- Este es el sujeto que te ha estado amenazando de muerte, Román- dijo Mariella Siles señalándole a Javier, amordazado y maniatado, el escenario lúgubre, el salón de la primera planta vacío.
Rodríguez se acercó y comprobó que las cuerdas estaban tensas. Luego encendió un cigarrillo y quedó mirando a la mujer a la espera de nuevas órdenes. Román seguía en completo silencio. Al ver la presencia del taxista, el joven relojero trató de soltarse, de expresarse con sonidos guturales, sin éxito alguno. Román miró a la mujer para que le explicara lo que estaba sucediendo.
- Necesitamos el reloj, Román. No estamos aquí por casualidad. Necesitamos el reloj en este salón-. Su acento había cambiado. Había perdido ese tono de súplica y nerviosismo. Ahora sonaba imperativa. Ansiosa.
- No entiendo qué hacemos aquí. Ni por qué tienen a Javier en esa silla.
- El reloj, Román.
11
2008

Cuando Mariella Siles se acercó hasta su silla, Román percibió nuevamente el aroma almizcleño que desprendía su piel. La mujer se pegó a su cuerpo y recorriendo con un dedo los hombros del joven y con la mirada fija en su cuello, soltó un resuello y se mordió los labios. Él la miraba tenso, con la respiración agitada pero manteniendo su pecho rígido, una coraza curtida por tantos años de desamor y soledad que ante la presencia de aquella sensual mujer parecía querer romperse hasta hacerse añicos.
04
2008

Mientras condujo hacia el centro de Lima, Román no se pudo quitar de la cabeza el abrazo que le había dado la mujer al despedirse en el hotel. La había sentido contra su pecho y había notado con profunda nitidez cómo se le hinchaban los senos con la respiración. Mansa y tibia. Fugazmente entregada. Y sin soltar el timón, se llevaba una mano a la cara, por donde ella había pasado las suyas. “Deberías alejarte, Román”, susurró acariciándole con sus ruegos.
Le estaba pidiendo que se fuera. Que no jugara ese juego que él supuestamente desconocía. Sin embargo esas palabras más que apartarlo solo conseguían comprometerlo más con ella, con el reloj y hasta con Javier. Pensó entonces en ir a buscarle.


