La dama vulnerable
26
2008

Cuando Román colgó el teléfono pensó en la rapidez y la determinación de Mariella Siles. Le había llamado por teléfono, y con las palabras justas le había citado en un hotel de Lince donde decía estar hospedada, sin darle margen a réplica o al menos a proponer un lugar neutral. Había pasado un día y tal y como lo había dicho, esperaba una respuesta. Entonces vio la hora en su celular. Tenía veintiocho minutos y contando.
Pensó que también se encontraría con Javier y con el hombre de la casaca de cuero y el cabello engominado, pero en la habitación del hotel solo estaba la mujer. Llevaba los mismos pantalones y las botas del día anterior, había colocado un vaso con gin tonic sobre una mesa de vidrio y fumaba cigarrillos mentolados. Le ofreció uno a Román y ella misma se lo encendió. “Veo que no ha traído el reloj”, dijo. Román aspiró y sintió como el mentol le aclaraba la garganta. “Mi celular también da la hora y al menos cabe en mi bolsillo”, respondió. Ella le devolvió una sonrisa y se sentó en el borde de la cama. Él tomó asiento junto a la mesa. “Le llamé porque tengo información que le puede interesar”, dijo mientras se mordía el labio. “¿Y su amigo?”. “Sé cuidarme sola, así que le di la tarde libre”. Sin embargo el que le hablara de usted era un claro indicio de que estaba a la defensiva y eso le dio más confianza. Luego le pasó revista a la habitación y dejó la mirada en el vaso recién servido. “¿Le puedo ofrecer uno?”. Él negó con la cabeza.
- Sé que usted tiene el reloj. Y sé cómo lo obtuvo, la historia con el anticuario y por qué se lo dio a usted y no a otra persona. Hay situaciones en la vida, señor Galindo…
- ¡Román!
- Hay situaciones en la vida, Román, que parecen una casualidad, como también hay muertes que parecen un accidente de carro, no sé si me entiende.
Entendía; tanto que no pudo esconder su sorpresa. Alguna vez se le había ocurrido que el accidente del anticuario podría no serlo, no obstante jamás había pensado que esa carrera al aeropuerto fuera parte de algo arreglado. Así como él, muchos taxistas trabajaban en la avenida La Paz, y pudo ser cualquiera. Ahora sí quería ese trago que le habían ofrecido. Una desconocida en un hotel cualquiera le estaba contando de un asesinato como diciéndole las amenazas de muerte no son en vano. Comenzaba a sudar y el cigarrillo temblaba entre sus dedos. Y como si le hubiese leído el pensamiento, la mujer se puso de pie y fue hasta el otro extremo de la habitación, abrió una botellita minúscula de ginebra y le preparó el gin tonic. “Eres tan víctima como yo en esta historia”, le dijo mientras lo dejaba en la mesa.
Con la mirada Román le pedía explicaciones. Necesitaba respuestas. La mujer había conseguido bajarle la guardia. Bebió.
- La misma información que le acabo de dar, me lleva a pensar que el tío de Javier tampoco se fue de muerte natural. Y me aterra imaginar que haya alguien dispuesto a matar por el reloj de mi familia.
Román pensó inmediatamente en el escudero de Mariella Siles. Tenía toda la pinta de matón a sueldo y ella había demostrado tener con qué pagarle sus honorarios. Pensó: “hipócrita”. Pensó: “Asesina hija de puta. Linda forma de decirme que estoy muerto. Solos en una habitación de hotel y sin testigos. Seguro que te has registrado con un nombre tan falso como Mariella Siles”. Y como si ella conociera la secuencia de los hechos y de sus pensamientos le dijo:
- Ayer yo no quise amenazarlos de muerte, pero debía hacerlo para dejar claro que yo no voy a ser la siguiente que termine bajo tierra. Por eso contraté a Rodríguez, para que vieran que no estoy sola y que sé cómo cuidarme. Estoy dispuesta a pagar por ese reloj, pero no con mi vida. No sé a quién me enfrento y eso es lo que más me aterra.
Román apuró el gin tonic de un trago. Cada vez sudaba más y entendía menos. Sintió que se mareaba así que decidió ponerse de pie y caminar por la habitación. Ella también se incorporó aunque prefirió quedarse quieta, con los brazos cruzados sobre el pecho a la par que se acariciaba los hombros como para darse calor.
- Por eso te pedí que vinieras solo, Román. Ambos nos necesitamos. No estoy segura de quién más pueda estar detrás del reloj. De lo único que puedo fiarme por ahora es que tú no matarías a nadie, por eso te he buscado.
Era otra. En nada se parecía a la joven resoluta que había ido a la casa de Javier la madrugada anterior para decir que su abuelo pudo haber terminado en el paredón. Ahora la sentía vulnerable, temerosa. Apoyada en el marco del armario con los brazos y las piernas cruzadas todavía se encogía de hombros envuelta sobre sí misma, ¿a qué olía?
- Necesito hablar con Javier. Tal vez él sepa algo y pueda ayudarnos- dijo.
- Ten cuidado. Tampoco me fío de él.
- Estás hablando de que su tío…
- ¡Lo sé! Sin embargo tengo mis motivos.
Román volvió a sentarse, aunque esta vez en un lado de la cama y atendió a la mujer, que sin moverse de su sitió, le fue resumiendo la historia: Había conocido a Javier por lo menos un mes antes de la muerte del relojero. Después de años investigando había dado con él porque sabía quién era; y aunque esperaba que el joven relojero supiera del Mariella Siles I por boca del tío, nunca sospechó que estuviera tan interesado por el reloj. Desde entonces se vieron dos o tres veces más y cuando se enteró que lo había encontrado duplicó el precio de su valor. Aún así estuvo dispuesta a pagar. Entonces fue cuando se enteró de la existencia de Román, de la historia del anticuario y no dudó un minuto en convertirlo en el único sospechoso, aún después de la muerte de su tío.
¿Cómo creerle? Fue él quien llegó a Javier, y pudo haber elegido esa como cualquier otra relojería de Lima. No había forma… Entonces se dejó caer sobre la cama, los brazos estirados hacia atrás. Y notó a la mujer que se sentaba a su lado. “Tampoco estoy tan segura. Es posible que haya alguien más”. Román se volvió a incorporar. ¿Qué hacía ella para despertar ese olor? La observó por un momento y notó que tenía la piel enrojecida en el cuello, los párpados caídos y los orificios de la nariz demasiado dilatados, sin embargo le atraía su vulnerabilidad y el olor lo desarmaba. Pensó: “estamos demasiado cerca”.
- Por qué dejaste que ese hombre subiera a tu taxi, Román- se lamentó-. No estarías ahora jugándote la vida por una historia que desconoces.



27
2008
Interesante historia...Un hecho casual desenreda todo...Suerte,bye.
27
2008
empezó a ponerse buena la cosa....
28
2008
mmmmm interesante! ahora tengo más hipótesis!
29
2008
Estoy completamente envuelta en la historia, y a la espera de un desenlace inesperado.
03
2008
Apurate!!! jaja espero que escribas otro capitulo pronto, acabo de leer todo y me muero de curiosidad por saber que va a pasar.... saludos!
15
2008
zzzzzzz