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El precio del reloj

Feb
20
2008
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Foto: Richard Hirano

Esa misma noche apareció Javier por casa de Román. Era como si el joven relojero hubiera oído el mudo llamado de su amigo. Se había quedado toda la tarde dándole vueltas a la llamada y a esa frase final que le había sonado tan disparatada como alarmante. ¡Una sonrisa! Sobre la mesa de noche reposaba un cenicero que acumulaba las colillas de los cigarrillos. Román fumaba el último de la cajetilla.

- Hoy me llamaron de nuevo. Me siguieron por la calle. Me nombraron a Mariella Siles como si fuera una mujer de carne y hueso, me tienen…

- ¡Me han amenazado de muerte!- le interrumpió Javier, alargándole un papel con la misma letra con la que a él le habían “advertido” con acompañar a su madre en el hospital-. Alguien sabe que te estoy ayudando con el reloj y me piden que me aleje.

Román sujetaba el papel y lo alumbraba con las brasas del cigarro. “¡Ese reloj de mierda!”. Los dos seguían de pie. Javier miraba a su compañero y por primera vez ya no se le notaba tan resoluto, sin planes a la vista. Entonces Román le puso al corriente de su visita a la Capitanía, la persecución, la llamada. Y después de ir atando cabos fueron concluyendo que quien los amenazaba de muerte quería vengar a una mujer o a la embarcación como si fuera una dama. “Yo creo que es una mujer”, dijo Javier. “Y yo que es el barco”, respondió el otro. “Pero tú te basas en supuestos”, remarcó Javier. “Ya, ¿y tú en qué?”, espetó soltando el humo por la nariz. “En que Mariella Siles está más viva que tú y yo juntos”.

Javier se quedó mirando para lo alto de la cómoda y por un momento sintió cómo se le desencajaba la cara. “¿Y el reloj?”. Sin embargo Román le respondió con otra interrogante: “¿De quién estás hablando?”. Entonces Javier entendió que antes de avanzar debía desenmarañar las inquietudes del taxista. “Hay una mujer que dice ser la descendiente de los dueños del barco. Apareció por mi casa antes de venir aquí. Quiere comprar el reloj y la suma que ofrece excede de lejos su valor, por eso creo que debemos armarlo de nuevo. No sé, tal vez haya algo en él que se nos haya escapado y por el que podamos sacar mucho más plata… Le dije que nos veríamos esta noche”. Román, que había estado oyendo en silencio, no pudo pasar por alto la descarada aparición de la mujer:

- ¡Esa mujer nos está amenazando de muerte y tú la recibes en tu casa como si nada!- caminaba por la habitación y aspiraba lo poco que le quedaba del cigarrillo.

- No estoy tan seguro que tenga que ver con las amenazas…

- ¡Pero si el que me llamó hoy la nombró! ¡Dijo que haría lo que sea por recuperar su sonrisa!

- Es que no tendría sentido que primero me envíe una amenaza y horas después aparezca en mi casa ofreciéndome una fortuna por el reloj. No encaja.

***

Iban a ser las diez de la noche cuando Román y Javier llegaron al punto de encuentro. Era un escondido restaurante en la zona industrial del Cercado de Lima, de luz menguante y suelo de tierra. Dos choferes comían en una mesa, una mujer detrás de una barra de latón veía una telenovela en un viejo Imaco en blanco y negro. “¿Es ella?”, preguntó Román. “No, me parece que es donde está ese sujeto, el de la esquina”. Era un hombre pequeño, robusto. Vestía una casaca de cuero y llevaba el cabello engominado hacia atrás. “Tú debes ser el nieto de Xocas”, dijo al ver a Román, como si ya supiera quién era Javier. “No se suponía que nos reuniríamos con Mariella Siles”, dijo el taxista mientras tomaba asiento. “No esperarás que una mujer de clase asome la nariz en un lugar como éste”, dijo mientras bebía de su taza de café. Javier notó que a su lado tenía una pequeña maleta y supuso que era el dinero. Entonces aprovechó para adelantarse: “Jum, el reloj… me parece que ahora vale el doble”. El hombrecito arqueó las cejas y chasqueó los dientes, Román abrió los ojos y observó a su compañero con asombro. “De qué estás hablando”, se dijo. “Esto no la va a gustar a la dama”, dijo; y como ninguno respondió, bebió café, cogió la maleta y se puso de pie. “Ya tendrán noticias”.

Poco antes de ir a la cita, Javier había vuelto a colocar cada pieza del reloj en su sitio, tomando puntual atención en cualquier anomalía que pudiera mostrarles ese valor escondido por el que habían ofrecido muchísimo dinero, pero no había hallado nada. Entonces habían decidido entregarlo por la suma propuesta, sin embargo, cuando vio la maleta con el dinero, Javier pensó en especular. Por eso había dicho lo que había dicho, Román. Sin embargo al taxista esa explicación no le valía. Quería terminar con esa historia ya y centrarse en su madre, que seguía en el hospital. “¿No lo entiendes? Ese reloj guarda algo que desconocemos, pero que tu madre sí que sabe o no habría caído cuando lo vio. No es solo la plata. Estoy convencido que hay algo más y puede que sea lo único que pueda salvarla”. Román ya no quería saber nada de misterios ni relojes, pero tampoco le quedaba mucho de donde cogerse para recuperar a su madre. Y decidieron esperar.

***

Las noticias de Mariella Siles aparecieron más pronto de lo esperado. Fue esa misma madrugada y en casa de Javier. Era ella acompañada del sujeto con cara de pocos amigos, que aguardó fuera. Estaba sobre los treinta años, guapa, de piel blanca y bien puesta, el cabello negro y lacio recogido con una coleta. Vestía con botas y jeans apretados y cargaba una mochila en el hombro. Se la notaba desenvuelta y en ningún momento se quedó corta frente a los dos, un tanto también porque sabía que afuera tenía a un hombre bien pagado que al menor grito les haría tragarse las pelotas a boca llena. Se acomodó con calma y puso la mochila sobre la mesa. Y en vez de dinero, sacó un cartapacio. “Aquí hay una historia que pondría a tu abuelo en el paredón”, dijo mirando a Román. “Y a tu tío a su lado”, casi sonriendo. Estaba cerrado y mantenía una mano sobre él. “Sin embargo, no seré yo quien se entretenga en historias. Ya habrá alguien que se tome esa molestia. Lo que quiero, chicos, es recuperar el reloj y evitarles que les pase algo malo”. Los miraba con escasa curiosidad, metida en lo suyo. “Estoy al tanto que les tienen amenazados. Cosa seria. Por eso me dan el reloj y les doy el dinero que les prometí y listo. A vivir cada uno su vida”. Javier miró a Román como diciéndole tú decides, compadre. Y viéndose en esa situación, habló: “Entenderá que no podemos dárselo. Si no eres la que nos amenaza, alguien está detrás de nosotros y entregarle el reloj sería jodernos hasta el cuello”. Ella frunció los labios, pensativa. “Tienen hasta mañana o deberán añadirme a esa lista de amenazas”.

7 Comentarios

Feb
20
2008

Interesante tipa...Ojalá tenga una participación importante...

Publicado por: Luis Andrés Miranda Mendoza
Feb
22
2008

Parece que el texto finalmente se inclinará por una escena de sexo. Habrá que ver qué tal y hacia donde nos lleva esta aparición fenemina en la historia.
¿De qué historia está enterada?

Publicado por: Frank
Feb
25
2008

Estoy pensando que esta historia se puede mejorar si tanto roman como javier consiguen enfrentarse como amigos. es posible que esa mujer se convierta en el motvo de la pelea y que al final ella salga victoriosa y sin pagar nada por el reloj.
O Roman deberia coger el reloj botarlo al rimac asi acabamos con tanta vaina...

Publicado por: Anonymous
Feb
25
2008

Y de pronto Román pensó que lo mejor era huir con el reloj a Colombia. Hacer negocio con las FARC o los narcos y hacerse de un billetón por un reloj que ya ni funciona. Y de paso rescatar a algunos cuantos rehenes y convertirse en el nuevo super héroe desde Super Cholo.

Publicado por: Diego M
Feb
25
2008

Los dos amigos deberían estar más unidos que nunca porque se nota que esa mujer es capaz de todo por el reloj. Y nosotras conocemos bien a las mujeres y sabemos de lo que son capaces.
Buena historia Jes´us

Publicado por: Ana
Feb
26
2008

zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

Publicado por: Anonymous
Mar
21
2008

Qué bueno! hasta ahora leo este blog y ya me enganché leyendo todos tus post!
Esperaré próxima entrega y escribes re bien

Publicado por: J
 
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