Anotaciones en un cuaderno de bitácora
05
2008

Esa ráfaga que le golpeaba en la cara eran los alisios que venían del sureste para abanderarle la camisa color marfil y refrescarle el pecho curtido tras una maraña de vello oscuro. Un día más bajo el calcinante sol, que castigaba a diario por todos los frentes. La vida en alta mar no tenía tiempo para contemplaciones ni daba tregua. Y Xocas lo tenía claro. Como su padre en Portugal, él también había sido contagiado por la marejadilla y la resaca marina, y llevaba cinco años surcando el Pacífico Sur desde Tierra del Fuego hasta el Canal de Panamá ganándose la vida y cumpliendo su promesa de evitar tierra firme.
Cada mañana salía a cubierta, encendía un cigarro negro y, apoyado en la borda de babor, observaba la línea imaginaria que le indicaba la costa. Millas al sur se encontraba Lima y sus miles de habitantes y sus bancos de niebla. Después de una jornada inesperada de refriega, esa mañana navegaban sobre agua calma, sin embargo esa quietud, contraria a producirle alivio, provocaba en Xocas mal augurio.
La decisión ya había sido discutida, tomada y acatada, y sobre mar picado no había tiempo para arrepentimientos. Eran hombres de mar y como tales, asumían consecuencias. Si bien se habían encontrado encallados frente a un panorama lóbrego, la decisión final había sido alcanzada en franquía. Al principio los hombres al mando se habían sentido fondear, pero la voz de Xocas izó velas en sus mentes y los puso a toda marcha. No obstante, él mismo, en el silencio de esa noche, había navegado con la sonda en la mano.
- Lee aquí, estamos hablando de los años cuarenta. Desde entonces ya se conocían- le dijo Javier a Román, que seguía interesado en la historia.
Tras dejar atrás el puerto, oficiales del puente de mando y el capitán se habían reunido en el cuarto de derrota para hacer de esa tarde una historia que conviniera a todos. Fue cuando Xocas notó que los ahí reunidos tenían anclas en los tobillos y se resistían a salir a flote. Había que hacer algo con lo único que había sobrevivido: un baúl de madera lleno de vestidos y ese reloj que parecía no funcionar. La voz de Xocas, adobada por el ron, dijo que lo mejor era echarlo por la borda y el capitán pareció estar de acuerdo, menos el menor del grupo, a cargo de las anotaciones en el cuaderno: “Mi padre es relojero. Seguro él podrá arreglarlo”.
- Ése que habló fue tu tío, entonces. Y seguro que era el reloj de péndola- interrumpió Román. Los dos estaban alrededor de una mesa donde descansaba un viejo cuaderno que antaño pudo haber sido parte de una bitácora. Había estado guardado durante años sin que nadie en casa del tío se interesara por él. Lo habían hallado después de rebuscar cajones y armarios y ahora lo leían pendientes de hallar en sus páginas alguna relación con las iniciales MSI.
Con la luz del día, del tema no se habló más. Como colofón de esa conversación, todos habían llegado al acuerdo de que ya era hora de atracar en tierra firme. Unos días más barajando sobre llano y estarían en El Callao. “Cinco años”, pensó Xocas, recostado en la borda, la mirada agria puesta en el suroeste. Iba a cumplir los treinta años y estaba solo. Tal vez había llegado el momento de fondearse en algún rincón de Lima.
Después de más de veinte años, Xocas pensó que había olvidado lo ocurrido aquella vez en que viajaba en “El Remanso”, sin embargo el encuentro fortuito con Dante, el hijo del relojero, le trajo vivos recuerdos que le despertaron la angustia de no saber qué lugar es mejor, si la tierra o el mar. Al principio le había costado reconocerlo, pero después de un rato ya no tenía duda. Era él. Y seguro que como él, la nostalgia del océano le azotaba de pronto y le obligaba a ir hasta el puerto para ver y oler el mar.
Ahora él también era relojero, como su padre, y después de algunos años habían conseguido reparar el reloj inservible. Lo habían restaurado por dentro y por fuera y ahora era una bella joya que adornaba su casa. Entonces Xocas le invitó a la suya, a que conociera a su familia, había conseguido mujer, sí, y dos hijos. Invitación que Dante respondió más adelante, para que de paso también viera el reloj.
Era una pieza hermosa. Y desde el primer momento Xocas tuvo la firme idea de conseguirla. Primero lo pidió por las buenas, luego trató de pagar a cambio, y cuando vio que no era posible, acudió a la extorsión y la sutil amenaza, como si fuera cosa de amigos. Dante también tenía familia y estaba seguro que ninguno de ellos conocía la historia del reloj y de “El Remanso”. Tampoco su familia, pero estaba dispuesto a correr el riesgo. Algo en él le decía que esa reliquia valía la pena.
Entonces acordaron que el reloj, del que ambos eran tan dueños como ninguno, podía pasar temporadas en casa del uno y del otro. Ya había estado buenos años bajo el techo de Dante así que ahora le tocaba su turno. Sin embargo meses después, de la manera más insospechada, Dante renunció al reloj y se lo dejó a Xocas. Y desde entonces sus encuentros fueron disminuyendo hasta que simplemente dejaron de verse.
- Con la entrega del reloj terminan también las anotaciones en el cuaderno- señaló Javier. Habían revisado las anotaciones y de las iniciales no había ninguna referencia. Sin embargo estaba esa reyerta en un puerto, y de camino al hospital, Román fue dándole vueltas: ¿Qué había pasado en ese barco? ¿Por qué el tío de Javier había sido tan esquivo en sus anotaciones sobre lo sucedido esa tarde? Y sobre todo ¿qué secreto se había llevado su abuelo a la tumba?
Ya en el Rebagliati se vio obligado a dejar el tema a un lado. Su hermana le había dado la noticia que esa tarde Mercedes había salido del shock y había logrado comunicarse con los doctores, sin embargo no le había durado mucho y estaba nuevamente bajo observación. Entonces prefirió no emocionarse y buscó mantenerse serio. Seriedad que mantuvo mientras manejó rumbo a casa. Y cuando vio a Alicia intranquila, que aguardaba en la puerta, los brazos cruzados y la cara de miedo y preocupación, intuyó que algo malo había pasado. Pensó: papá.
- Vino un hombre, Román. Sabía tu nombre. Me dio mucho miedo, y no he parado de llorar desde entonces- le dijo, mientras volvía soltar las lágrimas. Fátima a un lado, tratando de calmarla-. Te dejó esta nota. No estaba cerrada ni nada y como decía algo de hospital…- trató de disculparse, pero Román ya no le oía. Estaba metido en lo que estaba escrito en el papel: “Aléjate del mar y deja ese reloj en paz o acompañarás a tu madre en el hospital”.



05
2008
Hmm,veremos que pasa...
06
2008
estoy enganchadaza con la historia!
06
2008
Cuanto misterio, la verdad es que muero por saber que pasa...
Seguramente la envio alguien de la familia del relojero, que sabe la historia que envuelve a esa reliquia y quiere evitar mas muertes.Y dada la curiosidad que siente Román por averiguar el misterio, quiere prevenirlo.
Aunque tambien puede ser alguna persona que estuvo en el barco con el tío de Javier...
08
2008
No es mala la propuesta de Heidi sobre el familiar de del relojero como posible actor de las muertes. La otra opción, que sea alguien que estuvo en el barco no parece tan buena. Fue en los años 40s y a estas alturas estaría viejísimo.
Buena historia
10
2008
creo que ha tomado un buen rumbo la historia pero yo le daria mas fuerza porque se te está estancando mucho.
10
2008
ey tio yo creo que ese roman es un lorna, yo me lo cargaba. Y el reloj seguro era del tio de Javier y el abuelo de Roman se lo robo o ambos andaban pretendiendo a la misma mujer y acabaron peleados o eran maracos!
12
2008
Buena historia. a ver qué pasa en el siguiente capitulo!!!
12
2008
NO esta mal, pero tio esta muy lenta... Ya ponle más feeling. Saludos tío.