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Febrero 2008

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La dama vulnerable

Feb
26
2008

damavulnerable.jpg

Cuando Román colgó el teléfono pensó en la rapidez y la determinación de Mariella Siles. Le había llamado por teléfono, y con las palabras justas le había citado en un hotel de Lince donde decía estar hospedada, sin darle margen a réplica o al menos a proponer un lugar neutral. Había pasado un día y tal y como lo había dicho, esperaba una respuesta. Entonces vio la hora en su celular. Tenía veintiocho minutos y contando.

Pensó que también se encontraría con Javier y con el hombre de la casaca de cuero y el cabello engominado, pero en la habitación del hotel solo estaba la mujer. Llevaba los mismos pantalones y las botas del día anterior, había colocado un vaso con gin tonic sobre una mesa de vidrio y fumaba cigarrillos mentolados. Le ofreció uno a Román y ella misma se lo encendió. “Veo que no ha traído el reloj”, dijo. Román aspiró y sintió como el mentol le aclaraba la garganta. “Mi celular también da la hora y al menos cabe en mi bolsillo”, respondió. Ella le devolvió una sonrisa y se sentó en el borde de la cama. Él tomó asiento junto a la mesa. “Le llamé porque tengo información que le puede interesar”, dijo mientras se mordía el labio. “¿Y su amigo?”. “Sé cuidarme sola, así que le di la tarde libre”. Sin embargo el que le hablara de usted era un claro indicio de que estaba a la defensiva y eso le dio más confianza. Luego le pasó revista a la habitación y dejó la mirada en el vaso recién servido. “¿Le puedo ofrecer uno?”. Él negó con la cabeza.

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El precio del reloj

Feb
20
2008
dinero.jpg
Foto: Richard Hirano

Esa misma noche apareció Javier por casa de Román. Era como si el joven relojero hubiera oído el mudo llamado de su amigo. Se había quedado toda la tarde dándole vueltas a la llamada y a esa frase final que le había sonado tan disparatada como alarmante. ¡Una sonrisa! Sobre la mesa de noche reposaba un cenicero que acumulaba las colillas de los cigarrillos. Román fumaba el último de la cajetilla.

- Hoy me llamaron de nuevo. Me siguieron por la calle. Me nombraron a Mariella Siles como si fuera una mujer de carne y hueso, me tienen…

- ¡Me han amenazado de muerte!- le interrumpió Javier, alargándole un papel con la misma letra con la que a él le habían “advertido” con acompañar a su madre en el hospital-. Alguien sabe que te estoy ayudando con el reloj y me piden que me aleje.

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El “Mariella Siles I”

Feb
12
2008

barco240.jpgFoto:Wouter Otto

Román sintió como el humo de su cigarrillo ascendía lentamente y le impedía ver con claridad el momento justo en que Javier le señalaba en el monitor de su computadora el recorte de un diario, donde aparecía borrosa la fotografía de un barco que a mediado de los cuarenta había naufragado de manera misteriosa en aguas piuranas. “Era el Mariella Siles I”, dijo. “Lo encontramos”.

Estaban en casa de Javier, en el centro de Lima. Román le había caído de sorpresa camino del hospital. No había dormido toda la noche, no tanto por el miedo de la primera amenaza de muerte de su vida, sino por su hermana Fátima, quien, hasta que no le pusiera al corriente “con pelos y señales”, le prohibió marcharse a su cuarto. “Le tuve que meter un palo pero no se lo creyó. Mi familia anda con los nervios deshechos”. Javier había tratado de tranquilizarlo enseñándole lo que había avanzado la noche anterior. Los dos fumaban Gold Coast y leían el recorte. Se hacía referencia a la desaparición de un barco local en las inmediaciones de la costa piurana, que podría haber pertenecido a una familia pudiente aunque no se precisaba si había víctimas. “Hablamos de 1947. Seguro en esa época se perdían barcos como ahora se pierden mototaxis. Lo importante es el nombre, MSI. Doy mi brazo a que con este barco se topó ‘El Remanso’”, dijo Javier.

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Anotaciones en un cuaderno de bitácora

Feb
05
2008

cuadernobitacora.jpg

Esa ráfaga que le golpeaba en la cara eran los alisios que venían del sureste para abanderarle la camisa color marfil y refrescarle el pecho curtido tras una maraña de vello oscuro. Un día más bajo el calcinante sol, que castigaba a diario por todos los frentes. La vida en alta mar no tenía tiempo para contemplaciones ni daba tregua. Y Xocas lo tenía claro. Como su padre en Portugal, él también había sido contagiado por la marejadilla y la resaca marina, y llevaba cinco años surcando el Pacífico Sur desde Tierra del Fuego hasta el Canal de Panamá ganándose la vida y cumpliendo su promesa de evitar tierra firme.

Cada mañana salía a cubierta, encendía un cigarro negro y, apoyado en la borda de babor, observaba la línea imaginaria que le indicaba la costa. Millas al sur se encontraba Lima y sus miles de habitantes y sus bancos de niebla. Después de una jornada inesperada de refriega, esa mañana navegaban sobre agua calma, sin embargo esa quietud, contraria a producirle alivio, provocaba en Xocas mal augurio.

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