El áncora
29
2008

- Se ha vuelto a retrasar- dijo Román mientras entraba en la relojería. Llevaba en las manos el reloj de péndola. Detrás del mostrador, el relojero estaba concentrado en una pieza de pulsera-. Lo probé como lo hizo usted, y el péndulo funciona bien, pero observe, lleva catorce minutos de atraso.
- Será mejor que lleve ese reloj a otra parte- ordenó el relojero sin levantar la mirada. Román no supo cómo encajar esa frase. Lo había agarrado con la guardia abajo.
- Es que… no sé nada de relojes y…
- ¡Qué se vaya!- gritó el anciano. Tenía el rostro tenso, marcado por las venas, y apretaba en las manos las pinzas con las que trabajaba.
De la trastienda apareció un joven unos años mayor que Román. Vestía también batín blanco y llevaba una linterna sujeta a la cabeza.
- Necesito ayuda- dijo Román mirando al joven y al reloj.
- ¡Ya le dije que saque ese reloj de aquí!- siguió gritando el relojero. La boca y las manos le temblaban y respiraba aceleradamente. El joven no quiso oír más a Román, que trataba de explicarse, de rogar por ayuda.
- Le voy a pedir que se vaya, amigo. Mi tío no se siente bien así que llévese su reloj a otra parte.
Román cogió el reloj de péndola y salió. Lo guardó en la maletera del auto y buscó en la guantera un fólder de plástico. En él había archivado todos los papeles que había acumulado la noche anterior. Y esperó. Pero ese día no fue posible. Ni tampoco los siguientes: de repente la relojería cerró sus puertas.
Hasta que días después volvió a ver una luz dentro. Y no dudó un instante en llamar. Llevaba consigo el fólder. Tras el mostrador estaba el sobrino del relojero. “Hola, venía a hablar contigo”. El joven estaba en plena operación a un viejo reloj de correa negra, una lupa en el ojo derecho y unas pinzas en las manos con las que manipulaba el interior de la pieza, iluminada por la luz blanca de una lámpara. Al oír a Román, le quitó la vista a su paciente y lo miró en silencio. “Sobre el reloj de péndola, creo que sabes de qué se trata”. El otro volvió a bajar la mirada y sin dejar de mover las pinzas, habló: “No, no sé de qué se trata, pero creo que has venido a contármelo, no”. Y volvió a levantar la mirada. Román notó que su expresión era dura, amarga, el preámbulo idóneo para su siguiente frase: “Y seguro también me dirás que sabes por qué ha muerto mi tío”.
En ese momento Román no supo de qué iba todo eso. La palabra muerto le sonaba totalmente exagerada. De pronto, como si la noticia le hubiese expuesto los sentidos, oía con abrupta nitidez el tic-tac de los relojes. Pensó: los catorce minutos.
“Hay un reloj de péndola que debería revisar”, dijo Román, y abriendo el fólder, continuó: “Esta foto demuestra que tu tío conocía a mi abuelo y a mi madre. Ella ahora está entre la vida y la muerte en un hospital y todo apunta al reloj”. El joven, haciendo la misma mueca que el relojero cuando pensaba, miró la foto y habló de su tío, que los doctores habían dicho que su muerte había sido natural, que ya había cumplido en esta vida, pero a él eso no le terminaba de convencer. Además ya había hecho cálculos y coincidía la primera visita del reloj de péndola con el día en que el anciano relojero comenzó a sentirse mal. Estaba claro: había que ir a casa de Román.
Después de una delicada disección, Javier, que había heredado el oficio y la experiencia de relojero, pudo llegar al corazón del reloj y observar una a una sus piezas, a la espera de que alguna de ellas le dijera algo. “Tu tío me enseñó que si el péndulo va bien no necesita moverse esta rueda”, señalándole la lenteja del péndulo. “Por eso sigo pensando en el reloj como algo fuera de este mundo, sabes, ya se ha atrasado dos veces y nadie le ha metido mano”. El relojero le hizo una mueca como diciendo olvídate de relojes embrujados: “¡Claro que le han metido mano! Tú mismo lo has hecho”. Y viendo que Román se quedaba helado, continuó: “Este es un reloj de mesa o pared y tiene un delicado funcionamiento, casi de perfección, y el que tú lo hayas estado llevando de un sitio a otro es más que suficiente para que se descalibre y se atrase”.
¿Y entonces el anticuario, el relojero y mi madre? Román estaba convencido de que esa pieza antigua estaba detrás de esas desgracias, y que de buenas a primeras le dijeran que el reloj seguía siendo eso, un reloj, le destruía lo poco que había avanzado.
“Sin embargo esto sí que es totalmente nuevo”, dijo Javier señalando el fondo de la madera, el espacio que hacia de caja de resonancia. El relojero llevó la luz de una pequeña linterna para que el otro pudiera ver. Era una inscripción mal tallada en la misma madera y que había estado oculta tras la rueda dentada de escape. Eran tres letras: MSI. “¿Las iniciales de un nombre?”, preguntó Román. “Muy obvio”, respondió el relojero. “Mi madre se llama Mercedes Souto pero su segundo apellido es Rodríguez…”. “Ya te dije que es muy obvio. Además mira el tallado de todo el reloj. Las columnas, los pináculos, todo está hecho por manos profesionales. En cambio estas letras fueron hechas después, y con cierta torpeza por el poco espacio que deja el mecanismo del áncora”.
Entonces los dos se quedaron un largo rato en silencio. Ya vueltos al principio de todo, Román quería regresar al local del anticuario: “Yo comenzaría en la tienda de antigüedades de donde salió el reloj”. Sin embargo la respuesta del relojero fue aún más desconcertante: “Yo comenzaría por el agua”.
Javier enrolló el resto de la pesa y descubrió la esfera de porcelana, las ruedas y el péndulo. Había dejado al reloj disperso por la mesa en decenas de piezas, y desde que esta pesadilla había comenzado, fue la primera vez que el péndulo dejó de oscilar.
“¿Oíste hablar del áncora?”, preguntó el relojero. “Sí, la nombró tu tío. Es esta pieza con dos tenazas que permiten que el péndulo funcione”. “Exacto. Aunque también se le llama ancla, por la forma de las anclas de los barcos. Mi tío viajó durante años en uno y apostaría lo que fuera a que fue ahí donde conoció a tu abuelo”.



30
2008
No me parece mala idea la aparición del sobrino como alguien que ayude a Román a buscar respuestas. Está visto que Román no es un personaje muy ducho y difícilmente pueda llegar a buen puerto. Esperemos que este personaje tenga más ganas y consiga responder al enigma del reloj.
01
2008
Hola jesús, buen tema, pero como que todavia le falta algo más de suspenso... te sugiero que llegen amenazas de muerte para román y que tambien se muera el relojero
02
2008
Profe que es de usted jeje aunque ponía baja notaaa me caía bien saludosss.. (usmp - comunicaciones)
03
2008
Hola Jesús, que pasa si Román muere y las investigaciones las realiza Javier?
O al reves. Parece buena idea si Roman recibe amenazas de muerte, eso le daria un giro a la historia
03
2008
HOla, veo que soy el tercero en comentar esta semana. Mira, yo propongo que roman y el otro descubran que el reloj formo parte de una antigua ciudad perdida en la costa peruana. que lo descubrieron sus abuelosy que lograron rescatar. Y que ahora sus muertos se estan vengando.
De acuerdo con que le falta algo de suspenso.
Suerte
04
2008
Por lo visto el camino se ha empantanado con la idea de que el reloj hizo algo malo o lleva en sus manecillas algún conjuro que atenta contra quienes se atreven a darle la espalda. Sin embargo, las palabras del joven relojero vuelven todo al campo real... ese reloj es solo un reloj.
Por ahí sí que debe ir la historia. Buscar una salida a ese nudo pensando en que un reloj no tiene tal poder.
No está mal para escribir una vez a la semana, y sobre lo que opinan los lectores. Eso da poco tiempo a la corrección y la edición.
Es un buen intento.
No más que la opinión de un lector de El Comercio
05
2008
Sería posible que todo forme parte de un plan organizado por el sobrino del relojero para quedarse con el reloj porque, aunque los demás aun no lo saben, esa pieza vale una fortuna. Y el sorbino es capaz de matar hasta a su tio por el reloj y el dinero.
15
2008
Dos preguntas. Primero. ¿Por qué Román no se deshace del reloj desde un inicio o lo vende al mejor postor (somos Cachina ^^)? ya sé que se acaba la trama si lo hace, pero ¿cuál es la explicación inteligente en el relato para ello? un rollo psicológico, obsesivo, post traumático. Porque lo único que has dicho de Román, es que es un ser sin mayores aspiraciones o iniciativas, con una vida monótona, además de ser leal y conformista. Por lo tanto, por lógica y por la necesidad de dinero, lo primero que debió haber hecho es vender el reloj, sobre todo después de los primeros acontecimientos 'freakys'.
Segundo. ¿La historia siempre será tan lineal en el tiempo? Sugerencia, puedes irle poniendo algunos flashbacks y si el nivel de suspenso que desees lo permite, unos adelantos o cortes de trama, tipo Gabo: "Y desde ese momento supo que nunca más la vería"
Por lo demás, interesante la idea... Saludos