Enero 2008
29
2008

- Se ha vuelto a retrasar- dijo Román mientras entraba en la relojería. Llevaba en las manos el reloj de péndola. Detrás del mostrador, el relojero estaba concentrado en una pieza de pulsera-. Lo probé como lo hizo usted, y el péndulo funciona bien, pero observe, lleva catorce minutos de atraso.
- Será mejor que lleve ese reloj a otra parte- ordenó el relojero sin levantar la mirada. Román no supo cómo encajar esa frase. Lo había agarrado con la guardia abajo.
- Es que… no sé nada de relojes y…
- ¡Qué se vaya!- gritó el anciano. Tenía el rostro tenso, marcado por las venas, y apretaba en las manos las pinzas con las que trabajaba.
De la trastienda apareció un joven unos años mayor que Román. Vestía también batín blanco y llevaba una linterna sujeta a la cabeza.
- Necesito ayuda- dijo Román mirando al joven y al reloj.
- ¡Ya le dije que saque ese reloj de aquí!- siguió gritando el relojero. La boca y las manos le temblaban y respiraba aceleradamente. El joven no quiso oír más a Román, que trataba de explicarse, de rogar por ayuda.
- Le voy a pedir que se vaya, amigo. Mi tío no se siente bien así que llévese su reloj a otra parte.
21
2008

Al llegar de vuelta a casa, Román se enfrascó en el vano intento de que su padre le confirmara si había manipulado las agujas del reloj en algún momento de la noche. Alicia, que no entendía de lo que hablaba su cuñado, miraba desde un extremo, preocupada al ver el rostro desencajado, los gritos del joven. Quería contarle que su hermana Fátima había llegado de Ilo pasado el mediodía y ahora estaba en el hospital, pero no supo cómo.
Román veía para todos lados, llevándose las manos a la cabeza, arrastrándolas por la cara, lanzando frustrados quejidos de desesperación. Pensaba en su padre enfermo y en su madre hospitalizada. Y en el reloj. ¿Cómo era posible que un reloj de péndola fuera el causante de tanta desgracia? Sin entrar en detalles de lo ocurrido a su madre y al anticuario, le había pedido al relojero que lo revisara detalladamente. Que le confirmara si en su mecanismo, sus molduras, su enchapado, encontraba algo que no encajara. Algo fuera de lo común. Pero no habían llegado a nada. Era como otro cualquiera. Bastante antiguo aunque bien cuidado. “Un lujo”, la sentencia del especialista.
14
2008

Fueron nueve las campanadas que despertaron a Román la mañana siguiente. Abrió los ojos sin entender de dónde venía el sonido ese que retumbaba en toda la casa. Y cuando miró su reloj de pulsera y vio que las agujas marcaban las nueve y cuarenta entendió menos. Habían regresado a eso de las tres de la madrugada, cuando le dijeron a su cuñada que la señora Souto había sido trasladada a Cuidados Intensivos y que ya no se podían quedar en Emergencias. Román fue directo a la habitación de su padre, que seguía durmiendo. Había quedado con Alicia que ella vendría a cuidarlo. Quería aprovechar para devolver ese reloj a primera hora.
08
2008

Cuando el hombre de traje gris y escasa cabellera le señaló con el dedo el viejo reloj de péndola que esperaba a un lado de la acera, Román Galindo sintió un pálpito violento, como aquella vez en que supo que iba a perder el trabajo. Se acercó a él y lo levantó con cuidado para ubicarlo en la cajuela del viejo Nissan del 76 de su padre con el que ahora se ganaba magros soles haciendo taxi. El hombre se había sentado en la parte trasera y se entretenía con unas facturas que llevaba en una carpeta. Era una carrera larga desde Miraflores hasta unos almacenes frente al aeropuerto y desde el principio Román fue pensando en ese viejo reloj, que creía recordar y que lo fue transportando a una maraña de imágenes del pasado. ¿Acaso fue en casa de su tía Anselma o fue en la de Margarita, su ex enamorada? ¿Dónde? Entre semáforos y bocinazos, continuó aplicadamente pasando revista a escenas fugaces del pasado, hasta que se fue acercando al lugar y el momento, que lo arrastraban obligatoriamente a su niñez. Entonces lo recordó: ¡claro, había sido en casa de su abuela Ofelia a principios de los 80!, cuando Lima vivía bajo sombras y existían los buses azules del Metropolitano.
02
2008

Román Galindo es un técnico informático, limeño, de 27 años, sin estudios terminados, desempleado, pero taxista eventual. El último y único trabajo fijo que tuvo fue en una empresa familiar de servicio de beepers, que quebró con la irrupción de los celulares. Hace taxi en el desvencijado automóvil de su padre (que padece de Alzheimer). No le da mucho dinero, pero no le importa. No tiene ambiciones. Vive todavía en casa de sus padres y no tiene mayores gastos. La familia vive con la jubilación del padre, que fue funcionario de Petro-Perú. El temperamento de Román es melancólico. Es un ser pasivo, sin iniciativa, pero dispuesto a seguir a cualquiera que la tenga. Es leal y honrado.


