02
2008

Eran cuatro lienzos perfectamente embalados que habían estado escondidos en el doble fondo de una pared de la casa y que Rodríguez observó con detenimiento. “Estos son”, dijo y le sonrió a la mujer. “A estos dos ya no los necesitamos”.
Llegaron a ellos porque Román había entendido la función del reloj en ese engranaje. El anticuario, ante la necesidad de mantenerlos ocultos había logrado levantar un farol. No era ni las iniciales MSI, que al parecer sí debían corresponder al Mariella Siles I, ni los constantes retrasos, que se deberían al constante movimiento al que él lo había sometido, sino las campanadas. Se lo había dicho el viejo relojero cuando lo llevó por primera vez a su taller: era un antiguo reloj con doble espiral en la caja de resonancia, lo suficientemente fuerte como para atravesar paredes. Mientras sonaron las nueve de la mañana, él, sentado en un extremo distante de la ubicación del reloj, pudo oír el doble eco de la pared que tenía detrás. No solo había sido el sonido de las campanadas las que lo habían despertado sino también ese eco atronador, y que se repitió una hora después, ante la atenta espera del resto.
26
2008

Cuando Román llegó a la avenida La Paz comenzó a entender de qué iba toda esta historia de relojes, amenazas de muerte y dinero. Aparcó a un lado de la calle y se acercó a la casa. Dentro, Javier ya no era el mismo de hace un momento, ese joven maniatado que encajaba derechazos. Ahora estaba libre de pies y manos, muy cerca de la lámpara y concentrado en el reloj de péndola.
Misteriosamente tenía a su disposición una cartuchera con pinzas, una linterna en la frente y público en primera fila. Mariella Siles fumando de sus mentolados y Rodríguez de brazos cruzados, vigilantes. Román tanteó la perilla de la puerta, que no estaba del todo cerrada y dejó entrar en la casa un halo espeso de luz blanca. Los tres ahí dentro, al unísono, arrastraron la mirada hacia la entrada. El joven taxista llevaba en la mano el maletín con el dinero. Después de meditarlo había vuelto para entregarlo a cambio del relojero. Veinticinco mil dólares menos en el bolsillo, pero ningún muerto en su conciencia. Como si nunca los hubiese tenido, se dijo.
19
2008

- Este es el sujeto que te ha estado amenazando de muerte, Román- dijo Mariella Siles señalándole a Javier, amordazado y maniatado, el escenario lúgubre, el salón de la primera planta vacío.
Rodríguez se acercó y comprobó que las cuerdas estaban tensas. Luego encendió un cigarrillo y quedó mirando a la mujer a la espera de nuevas órdenes. Román seguía en completo silencio. Al ver la presencia del taxista, el joven relojero trató de soltarse, de expresarse con sonidos guturales, sin éxito alguno. Román miró a la mujer para que le explicara lo que estaba sucediendo.
- Necesitamos el reloj, Román. No estamos aquí por casualidad. Necesitamos el reloj en este salón-. Su acento había cambiado. Había perdido ese tono de súplica y nerviosismo. Ahora sonaba imperativa. Ansiosa.
- No entiendo qué hacemos aquí. Ni por qué tienen a Javier en esa silla.
- El reloj, Román.
11
2008

Cuando Mariella Siles se acercó hasta su silla, Román percibió nuevamente el aroma almizcleño que desprendía su piel. La mujer se pegó a su cuerpo y recorriendo con un dedo los hombros del joven y con la mirada fija en su cuello, soltó un resuello y se mordió los labios. Él la miraba tenso, con la respiración agitada pero manteniendo su pecho rígido, una coraza curtida por tantos años de desamor y soledad que ante la presencia de aquella sensual mujer parecía querer romperse hasta hacerse añicos.
04
2008

Mientras condujo hacia el centro de Lima, Román no se pudo quitar de la cabeza el abrazo que le había dado la mujer al despedirse en el hotel. La había sentido contra su pecho y había notado con profunda nitidez cómo se le hinchaban los senos con la respiración. Mansa y tibia. Fugazmente entregada. Y sin soltar el timón, se llevaba una mano a la cara, por donde ella había pasado las suyas. “Deberías alejarte, Román”, susurró acariciándole con sus ruegos.
Le estaba pidiendo que se fuera. Que no jugara ese juego que él supuestamente desconocía. Sin embargo esas palabras más que apartarlo solo conseguían comprometerlo más con ella, con el reloj y hasta con Javier. Pensó entonces en ir a buscarle.
26
2008

Cuando Román colgó el teléfono pensó en la rapidez y la determinación de Mariella Siles. Le había llamado por teléfono, y con las palabras justas le había citado en un hotel de Lince donde decía estar hospedada, sin darle margen a réplica o al menos a proponer un lugar neutral. Había pasado un día y tal y como lo había dicho, esperaba una respuesta. Entonces vio la hora en su celular. Tenía veintiocho minutos y contando.
Pensó que también se encontraría con Javier y con el hombre de la casaca de cuero y el cabello engominado, pero en la habitación del hotel solo estaba la mujer. Llevaba los mismos pantalones y las botas del día anterior, había colocado un vaso con gin tonic sobre una mesa de vidrio y fumaba cigarrillos mentolados. Le ofreció uno a Román y ella misma se lo encendió. “Veo que no ha traído el reloj”, dijo. Román aspiró y sintió como el mentol le aclaraba la garganta. “Mi celular también da la hora y al menos cabe en mi bolsillo”, respondió. Ella le devolvió una sonrisa y se sentó en el borde de la cama. Él tomó asiento junto a la mesa. “Le llamé porque tengo información que le puede interesar”, dijo mientras se mordía el labio. “¿Y su amigo?”. “Sé cuidarme sola, así que le di la tarde libre”. Sin embargo el que le hablara de usted era un claro indicio de que estaba a la defensiva y eso le dio más confianza. Luego le pasó revista a la habitación y dejó la mirada en el vaso recién servido. “¿Le puedo ofrecer uno?”. Él negó con la cabeza.
20
2008

Esa misma noche apareció Javier por casa de Román. Era como si el joven relojero hubiera oído el mudo llamado de su amigo. Se había quedado toda la tarde dándole vueltas a la llamada y a esa frase final que le había sonado tan disparatada como alarmante. ¡Una sonrisa! Sobre la mesa de noche reposaba un cenicero que acumulaba las colillas de los cigarrillos. Román fumaba el último de la cajetilla.
- Hoy me llamaron de nuevo. Me siguieron por la calle. Me nombraron a Mariella Siles como si fuera una mujer de carne y hueso, me tienen…
- ¡Me han amenazado de muerte!- le interrumpió Javier, alargándole un papel con la misma letra con la que a él le habían “advertido” con acompañar a su madre en el hospital-. Alguien sabe que te estoy ayudando con el reloj y me piden que me aleje.
12
2008
Foto:Wouter Otto
Román sintió como el humo de su cigarrillo ascendía lentamente y le impedía ver con claridad el momento justo en que Javier le señalaba en el monitor de su computadora el recorte de un diario, donde aparecía borrosa la fotografía de un barco que a mediado de los cuarenta había naufragado de manera misteriosa en aguas piuranas. “Era el Mariella Siles I”, dijo. “Lo encontramos”.
Estaban en casa de Javier, en el centro de Lima. Román le había caído de sorpresa camino del hospital. No había dormido toda la noche, no tanto por el miedo de la primera amenaza de muerte de su vida, sino por su hermana Fátima, quien, hasta que no le pusiera al corriente “con pelos y señales”, le prohibió marcharse a su cuarto. “Le tuve que meter un palo pero no se lo creyó. Mi familia anda con los nervios deshechos”. Javier había tratado de tranquilizarlo enseñándole lo que había avanzado la noche anterior. Los dos fumaban Gold Coast y leían el recorte. Se hacía referencia a la desaparición de un barco local en las inmediaciones de la costa piurana, que podría haber pertenecido a una familia pudiente aunque no se precisaba si había víctimas. “Hablamos de 1947. Seguro en esa época se perdían barcos como ahora se pierden mototaxis. Lo importante es el nombre, MSI. Doy mi brazo a que con este barco se topó ‘El Remanso’”, dijo Javier.
05
2008

Esa ráfaga que le golpeaba en la cara eran los alisios que venían del sureste para abanderarle la camisa color marfil y refrescarle el pecho curtido tras una maraña de vello oscuro. Un día más bajo el calcinante sol, que castigaba a diario por todos los frentes. La vida en alta mar no tenía tiempo para contemplaciones ni daba tregua. Y Xocas lo tenía claro. Como su padre en Portugal, él también había sido contagiado por la marejadilla y la resaca marina, y llevaba cinco años surcando el Pacífico Sur desde Tierra del Fuego hasta el Canal de Panamá ganándose la vida y cumpliendo su promesa de evitar tierra firme.
Cada mañana salía a cubierta, encendía un cigarro negro y, apoyado en la borda de babor, observaba la línea imaginaria que le indicaba la costa. Millas al sur se encontraba Lima y sus miles de habitantes y sus bancos de niebla. Después de una jornada inesperada de refriega, esa mañana navegaban sobre agua calma, sin embargo esa quietud, contraria a producirle alivio, provocaba en Xocas mal augurio.
29
2008

- Se ha vuelto a retrasar- dijo Román mientras entraba en la relojería. Llevaba en las manos el reloj de péndola. Detrás del mostrador, el relojero estaba concentrado en una pieza de pulsera-. Lo probé como lo hizo usted, y el péndulo funciona bien, pero observe, lleva catorce minutos de atraso.
- Será mejor que lleve ese reloj a otra parte- ordenó el relojero sin levantar la mirada. Román no supo cómo encajar esa frase. Lo había agarrado con la guardia abajo.
- Es que… no sé nada de relojes y…
- ¡Qué se vaya!- gritó el anciano. Tenía el rostro tenso, marcado por las venas, y apretaba en las manos las pinzas con las que trabajaba.
De la trastienda apareció un joven unos años mayor que Román. Vestía también batín blanco y llevaba una linterna sujeta a la cabeza.
- Necesito ayuda- dijo Román mirando al joven y al reloj.
- ¡Ya le dije que saque ese reloj de aquí!- siguió gritando el relojero. La boca y las manos le temblaban y respiraba aceleradamente. El joven no quiso oír más a Román, que trataba de explicarse, de rogar por ayuda.
- Le voy a pedir que se vaya, amigo. Mi tío no se siente bien así que llévese su reloj a otra parte.


