El Club de lo Insólito

Septiembre 2008

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¿Cuáles han sido las profecías más absurdas?

Sep
17
2008

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La pregunta viene a cuento de la reciente polémica por el mayor experimento de la historia. Según las noticias disponibles, un equipo de científicos ha creado un reactor de tal naturaleza que será capaz de repetir las condiciones en que se produjo el Big Bang, la gran explosión originaria del universo. Alertados de semejante atrevimiento, otro grupo de científicos ha denunciado que la gracia podría generar un agujero negro capaz de tragarse el planeta entero. Entonces algunos alharaquientos han vuelto a circular la socorrida serie de profecías antiguas que ya alertaban del supuesto fin del mundo. Alguien ha rescatado de archivos apócrifos esta nueva perla de Nostradamus: Emigraos, emigraos de Ginebra todos,/ Saturno de Oro en hierro cambiará/ el contra raypoz exterminará a todos,/ antes del evento el cielo signos dará. Este club, que considera las profecías de Nostradamus menos confiables que los pronósticos del Senamhi, prefiere encauzar la curiosidad hacia vaticinios hechos por científicos y expertos de todo el mundo que en algún momento creyeron realmente en lo que decían. Algunas de esas ideas resultan ahora delirantes.

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¿Cómo serán los ataúdes del futuro?

Sep
02
2008

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Una estudiante alemana posa junto a un ataúd con forma de maletín deportivo. La pieza fue parte de la exhibición "Ataúdes locos", realizada en un museo de la ciudad de Kassel, Alemania, en el 2005.(Foto: AP)

Quizá el mayor vuelco que se avecina sobre la humanidad sea la abolición de los ataúdes. La especie que ahora destruye el planeta siempre ha rendido cuenta de sus miedos con su cadáver. Una explicación atribuida a Plinio, el viejo, dice que los sarcófagos deben su nombre –que en griego significa “el que devora carne” – a que los primeros ejemplares estaban hechos de una piedra que facilitaba la descomposición del cuerpo. En la segunda mitad del siglo XVIII, cuando todavía no se tenía certeza sobre el signo definitivo de la muerte, el médico austriaco Johann Peter Frank se obsesionó con prevenir embalajes prematuros y propuso que antes de comprar ataúdes se construyera edificios llamados Totenhaus, “casa para muertos”, donde reposarían los cuerpos hasta que la putrefacción evidenciara que en realidad habían perdido el alma. La propuesta, que generó entusiasmos funerarios en varias ciudades europeas, se diluyó pronto entre hedores espantosos.

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