Noviembre 2007
23
2007

Suscribo la idea de Woody Allen acerca de que el miedo es el compañero más fiel porque una vez que está a tu lado difícilmente se va con otro. Yo mismo he confesado en este blog mi temor a ser enterrado vivo –tema de un anterior post-, pero ni siquiera esta incertidumbre se compara al espanto, la parálisis, el entumecimiento doloroso que me produce la aparición de una vulgar rata, del tamaño que sea. Alguna vez me han calificado poco menos que de idiota por quedarme petrificado ante un ejemplar más bien pequeño que se atravesó a treinta metros por delante de donde yo iba caminando. Al menos tengo la suerte de que ninguna de esas angustias me ha perjudicado al punto que a ese taxista que debió cambiar de trabajo porque desarrolló una fobia a las luces rojas.
05
2007

Parece que esta pregunta deambula por muchas más cabezas de las que imaginamos. Varios amigos míos aseguran padecer de insomnio, aunque finalmente pegan los ojos después de algunas horas. Yo mismo lo he pasado, especialmente cuando el estrés de la escritura me taladra el cerebro. Pero estas experiencias no se comparan con algunos casos espeluznantes. Recuerdo una entrevista en la que el guitarrista Stone Keith Richards contó que en una ocasión se mantuvo nueve días sin dormir. Y no fue la única vez: "pasé seis o siete días sin dormir muchísimas veces. No era para probar nada a nadie. No me interesaba mostrar que era un duro. Era una manera de conocerme mejor", dijo el hombre. Alguien dirá que si logró esa vigila extrema debió ser con ayuda psicotrópica. Y bueno, Richards siempre ha dicho que nunca tuvo problemas con las drogas, sino con la policía. Su caso figura en el libro "Historia Universal del insomnio" (2004), del periodista y psicoanalista argentino Pablo E. Chacón. Por cierto, no es el más extremo.


