En el Perú pasa siempre: si rebuscas en el origen, encontrarás un error. Llamar “combi” a esa cosa que, todos los días, te expulsa ferozmente hacia la berma de pasto amarillo más cercana al trabajo es incorrecto. La Combi de verdad solo puede ser Volkswagen. El modelo fue inventado por unos ingenieros alemanes en los años cincuenta. Combi o Kombi, da igual. Fue un juguete muy cool, divertido y versátil, perfecto para la aventura, o sea, para abandonar la casa familiar y vivir tu road movie portátil con 20 años, novia libre y jeans rotos. (Ver foto (y si se puede, más fotos)). La combi VW. todavía tiene clubes de fans en todo el mundo. Hay en la red un tipo que le recita a su combi. En Lima, no se tienen noticias de un culto masivo por este vehículo. Sus usos son más mecánicos, más monses: avanzan por la urbe como movilidades escolares, o confinadas al parsimonioso destino de llevar galletas o jaurías de mariachis. Pero no se usan para transporte público.
Tomemos una ruta de combi. Una fácil. Digamos Miraflores-Valle Hermoso. Universidades, clínicas, centros comerciales, supermercados, peluquerías, asfalto en buen estado de conservación. O sea, concentrémonos por hoy en el paso de la combi por una zona en la que se vive bien. Modelo Toyota Hi Ace. 18 pasajeros suficientemente flexionados. Está la universitaria bonita de rizos y pecas con el pelo aún mojado por la ducha, el escote débil y cejas entrenadas perfectamente en diversas subcategorías del desprecio gestual (categoría número veinte: ráfagas anti cobrador mirón). Está el estudiante de arquitectura con su maqueta en la mano, a saber, un museo de arte del futuro con techos en declive y rampas largas que podrían servirle de maravilla a los chanchitos del jardín: una fracción de micro-cuidad que puede perecer para siempre en el súbito terremoto de una mala frenada.
Empieza el día de un blogger. Olor a café, tamalito, ya amaneció. Afuera, en la avenida, decenas de combis avanzan presurosas con sus choferes entusiastas, sus asientos remendados y sus botiquines de emergencia vacíos y cochinos: diminutos hoteles cinco estrellas para sarcásticas arañas. Pues bien. Es momento de informarles, lectores, que la vencedora es la nostalgia. Ese es el saldo que deja la primera semana de existencia este blog. La combi es, en general, una sucia fábrica rodante de buenos recuerdos, una bulliciosa artesana de remembranzas, un apestoso nido de evocaciones líricas.
Todos podemos ser periodistas. Siempre he creído eso, y la existencia en la web de blogs sobre los más diversos asuntos terrestres es una prueba exquisita de ello. Publicar nunca fue tan fácil. Basta apretar unos cuantos botones, algunos de los cuales ni siquiera existen realmente. Clic, clic, clic. Viva la blogósfera. Clic, clic, clic. Naturalmente, activar los tibios mecanismos de la nostalgia es una forma efectiva de que te lean. Arma tu blog, lector. Pon tu foto. Sonríe. Escribe sobre combis, la combi vende: no es un vehículo de transporte, es un concepto, una idea, una cúmulo de sensaciones que se te pegan a la epidermis como los más densos vapores de la memoria. Un relato en combi es igual a miles de relatos en combi. Mi experiencia es la tuya. Es como copiar (Ctrl C) y pegar (Ctrl V) una reacción electrónica en tu corazón. Y es fácil. Arma tu blog, lector, verás que funciona. Es preciso, sin embargo, matizar esta invocación con responsabilidad gremial y utilizar la corta experiencia que me ha tocado vivir (ver Perfil) para impartir ciertas lecciones aprendidas en mi arenoso deambular por salas de redacción, páginas webs, e inútiles kilómetros de hojas escritas.
El doctor Charles Rojas ya no viaja en combi. Tiene cara de haber llevado una vida larga llena de satisfacciones, o sea, de radiografías resueltas. Quizás alguna vez estuvo enamorado hasta los huesos, y el solo hecho de pensarlo es raro, considerando que el Dr. Rojas es un traumatólogo y ortopedista. Lo saludo cordialmente y él sabe que entre su mano y la mía hacemos 54 huesitos, 27 cada uno. Luce serio. Charles es Presidente de la Asociación Peruana de Cirugía Artroscópica. O sea que de rodillas, sabe. Y sabe lo suficiente para decir, sin rodeos, que la combi es mala para tus huesos.
Tiro la puerta delantera de la combi y pienso que todos tenemos derecho a ser engreídos. Aun en las condiciones más adversas, el hombre mantiene intacto su orgullo de criatura sensible, y es por eso que siempre verás a uno o dos sujetos que provocan la envidia del resto por la simple razón de ser quienes poseen el trozo de arenal menos feo, el hogar de las esteras mejor ensambladas, la fracción de basural que contiene los residuos metálicos más costosos. Así, en toda combi el asiento del copiloto es una suerte de trono-consuelo, un rayito de luz en medio de las tinieblas de hollín y grasa automotriz, la única Coca-Cola en el árido desierto de la combimanía. ¿Quién no lo desea con ansias cada mañana? Estar allí es poner el trasero en el sitio de Dios, porque Dios es el copiloto.
Incomprendido vigilante en calurosas travesías motorizadas, el mañoso ocupa un terrorífico pedestal en el imaginario de las pasajeras de combi que, cada día, atraviesan la ciudad soportando la vejación innombrable que significa ser husmeadas en lo más recóndito. Durante los últimos días, han llegado a este blog innumerables comments de chicas-combi hartas de tanto abuso ocular. Una de ellas escribió que “te violan con la mirada”, lo cual es más o menos como asesinar con los ojos, o ––más poético–– desnudar con los párpados. A mí me gusta el término mañoso porque es bien peruano, o sea, es peruano usarlo para describir ese torbellino interior que en ámbitos más bíblicos se suele denominar lujuria.
LAS COMBIS SE MERECEN UN CASTIGO EJEMPLAR: 24 HORAS SIN ELLAS
No sé ustedes, pero luego de tres semanas escribiendo sobre combis creo que es momento de pasar a la acción. He decidido ponerme serio. Hoy no seré un blogger-payaso. Hoy estoy de mal humor: hoy me di cuenta de que la presencia de rico café Kirma en el estómago no es colchón saludable para los fragmentos triturados de una butifarra en el desayuno. Hoy tengo rabia-combi. La combi te daña las rodillas. Te deforma la columna. Te ensucia, te zamaquea, te paletea. Y hoy recordé que siempre he sido un agitador social. En las chambas que me tocan, suelo formar sindicatos únicos, llamados así porque soy yo el único que pongo en marcha medidas de presión con las que, en principio, todos parecían estar tan de acuerdo. Los resultados suelen ser tristes. Pero mi espíritu no se amilana, así que hoy día, después de recibir muchísimos comments que resumen el repudio de cientos de miles de peruanos de aquí y del mundo, de esos peruanos que luchan contra el vacío y la melancolía, he decidido usar esta tribuna virtual para proponer lo siguiente: el Día nacional anti-combi. Un día —solo un día— en el que ninguno de nosotros viajará en ese vehículo de transporte tan intestinalmente vinculado al subdesarrollo nacional.
ESOS MOMENTOS INOLVIDABLES EN QUE EL COBRADOR Y TÚ SE VAN AL RING
Street Fighter. Así se llamaba el juego de video más famoso de mi infancia, ese que los altaneros niños de hoy desdeñan por sus gráficos viejos mientras dejan que el Play Station 2 despierte al asesino tridimensional que duerme en sus cabecitas. En fin. El edificante SF consistía en jugar a sacarle la mugre a tu contrincante en justa lid. Para las peleas, a mí me gustaba ser esa traviesa chinita de moños llamada Chun Li. Sí, el blogger Juanma elegía a una chica. No te rías. La patada de Chun Li tenía más vigor que el gancho Ken, el tornado de Mr. Bison, o el shock eléctrico del feísimo Blanka, por citar solo algunos de los miembros de tan alucinado staff de gente brava. Pero, ¿a qué viene este comentario inicial, este fogonazo matutino nostálgico en mi combi-blog? Lo que pasa es que no pude dejar de pensar en este tosco videojuego leyendo ciertos comments cargados de violencia. La violencia es fea, es capaz de propiciar toda clase de explosiones de odio y alterarte el cerebro a ritmo exponencial. La sientes diez veces más fuerte en medio segundo. Y a veces, en una combi la retórica se transforma en física pura. Y hay patadas.
EL BLOGGER SIENTE DESEOS SÚBITOS DE ADQUIRIR UN JUGUETE NUEVO
A veces, camino. No mucho, pero lo hago con goce mientras dejo que los humos tóxicos de mi hermosa ciudad hagan cositas en mis pulmones. Son malos tiempos para el peatón. Mi editor web me ha dicho que debo tomar más combis. Lo ha dicho seriamente, fumando un cigarrillo y eso. Cree que no tiene sentido escribir sobre ellas y no sufrir en carne propia la embriagada tosquedad de esta máquina asesina. Y aquí estoy, caminando por la margen más fea de una fea avenida principal, la libreta de apuntes en la mano, como uno de esos gringos expertos en Cultura Peruana que escriben toneladas de peruvian studies y nunca se comieron un choclo con queso. Entonces, la veo llegar. Es la Ch y está vacía. Es el momento, me digo, chamba es chamba. ¿Hace cuántos meses no lo hago? Mide la distancia y levanta la mano, campeón. Allí viene, allá voy. Pero el chofer no aguanta indecisos y la combi se va, dándome la espalda en su disparatada competencia por más pasajeros (¿yo que era?), dejando tras de sí una estela de humo incoloro que deja ver un mensaje que a mí me parece una revelación, acaso una señal: VENDO COMBI / TEL. 24861#%. ¿Por qué no? Chapo un taxi y me largo. Se me ha hecho tarde para mi café de las cinco. Al día siguiente, decido llamar por teléfono.
¿QUIÉN NO HA CAÍDO EN LA TRAMPA DE LOS CHOROS DE COMBI?
La combi y el choro se parecen en que ambos van muy rápido y cambian de ruta según lo que se les antoje más conveniente. También se asemejan en que, en cierta forma, tienen el privilegio de que el imaginario general patriótico los suela asociar a esa clase cosas que, criollamente, hacemos como nadie. Así, el ratero peruano es vivazo, ágil, está dotado la inteligencia impoluta legada por los incas y es por eso que lidera bandas de cacos en la madre patria y países afines de la Comunidad. De lo que quiero hablar ahora es de la combinación de los dos elementos, es decir, de ese momento brutal en que un ratero se sube a una combi. La filósofa de teléfono Gisela Valcárcel dijo una vez en vivo que nadie puede decir que es peruano de verdad hasta que sufre una estafa. Yo digo que nadie se gradúa de limeño de veras hasta que te roban algo valioso en una combi.
José Antonio, José Antonio, por qué me dejaste aquí. ¿Se acuerdan del vals de Chabuca? Bueno, yo también, y se me viene como un flash a la mente mientras veo esta fotografía. El chico de guayabera celeste y pelitos rodéandole la boca se llama José Antonio. José Antonio Vargas Lozada. Este hombre nunca soñó con un caballo de paso, para nada, él no se anda con bailecitos, él siempre quiso montar bestias más rápidas. José Antonio es (era) el esmerado conductor de una custer que hacía el interminable tramo que conecta Callao con Villa María del Truinfo. Tiene 24 años y el último miércoles de abril perdió la calma: luego de chocar contra un taxi Nissan y abollarlo, el hombre volvió a embestir el vehículo y pisó a fondo el acelerador. En el alucinado escape, José Antonio avanzó contra el tránsito, se pasó la luz roja varias veces e hizo correr a transeúntes en aparatosa y brutal estampida. Ni Tarantino, broder. Lo loco es que José Antonio hizo lo que hizo esa linda mañana sin estar borracho. Ni un traguito.
Quiero compartir con ustedes este hallazgo. (Lean, después les cuento)
"Sí puh huón. En Lima usan la combi desde hace quince año y es todo un éxito comercial huón. Hay turistas que llegan a Lima solamente para dos cosas, para comer en lo del Gastón y para subirse en una combi. O sea, como turismo de aventura, ¿cachai? El turismo del futuro, canotaje sin mojarte la camiseta. Hacemo así: patentamo la frase “chapar combi” y compramo una flota para todo Santiago. Las pintamos bien, o sea, que no sean feas como en Lima y que no se estén cayendo a pedazos puh… Compramo una flota nueva. Ponemo a choferes peruano que traemo de allá y les pagamo el doble. ¿Cobradores? Puta, eso como que no va con las leyes de acá, porque nadie puede ir parado en un vehículo, ¿cachai?, pero en este país sabemos es que los tiempos cambian, podemos hacer gestione y los ponemos. Pero no cobradores, sino cobradoras: las cabras chicas del café con piernas, puh. ¡Ya lo tengo, huón! COMBI CON PIERNAS. Invento chileno para pasajeros que aman la acción. Chapa tu combi.
Hugo Neira, director de la Biblioteca Nacional, ha dicho que una de las razones por las que los peruanos no leemos es que viajamos en combi. O sea, la diminuta combi hace mucha bulla, provoca cansancio y es un pésimo refugio para fomentar el hábito lector. Protesto. Primero, siempre he dudado que los peruanos no leamos (los piratas florecen como hongos en las calles de Lima, les va bien, y los compradores no adquieren los libros precisamente para hacer engrudo u origami) y eso de que la combi no es buena para leer es algo que me niego a admitir. Leer en combi puede ser ciertamente incómodo para los huesos, pero pocas cosas son tan placenteras como doblarse mucho en el rincón de un vehículo maltrecho y lanzarse de cabeza a ese caudaloso río navegable que es la imaginación de los hombres.
El país progresa y ese avance se percibe en el runrún del motor de una combi. Sube y siente la perenne vibración del vehículo en la suela de tus zapatos, como hormiguitas biónicas locas. Los peruanos nos estamos civilizando: ahora los choferes exigen que te pongas el cinturón de seguridad. Ayer, justamente, acataba la orden del conductor (iba en el sitio del copiloto) cuando me fijé que la correa me quedaba grande, colgando flácida como una tripa (quizás como quedaría mi propia tripa después de un no tan improbable accidente) y decidí preguntarle al hombre cómo hacía yo para regularla. “Se regula sola”, me dijo y siguió su marcha, indiferente. En ese momento uní dos conceptos que, hasta entonces, habían permanecido separados en mi distraído cerebro: la autorregulación y la combi.
EL BLOGGER MUESTRA SIGNOS DE DETERIORO Y ALUCINA COMBIS TRANSFORMERS
Pertenezco a esa generación feliz que pasó su niñez sin demasiados asesinatos en la tele: nos olvidamos de He-man y de su hermana gemela para entregarnos al autista placer de convertir la miniatura de un Volkswagen escarabajo en Bombolbi, Bumblebee o como diablos se escriba el nombre de ese robot amarillo con ojos azules. ¿Se acuerdan? Bumblebee era chiquito, el chaparrón de los autobots, o sea, de los transformers buenos que luchaban contra los malvados decepticons. Cabía en la palma de mi mano. Para los que aún no la captan o tienen demasiada edad (o muy poca), hay que aclarar que los transformes eran máquinas (autos, aviones, trenes) que se volvían robots tras una combinación precisa de giros y gimnásticas contorsiones que los sonidistas acompañaban con un “quikukukakakikaku”. Ahora, la película amenaza con robarnos 15 soles a los manganzones “del hoy” con la promesa de una travesía de dos horas por los mares de la nostalgia. He visto los trailers y mi primera impresión es que —una vez más— los productores no han entendido nada. Lo que sí han generado en mí estos avances es una pregunta que primero creí banal, pero que ahora veo muy profunda. Infantil, pero profunda: las combis, ¿serían autobots o decepticons?
ESE TERRORÍFICO INSTANTE EN QUE ERES EL ÚLTIMO PASAJERO DE UNA COMBI
Eres el último. No insistas ni mires atrás otra vez: estás solo. Ni siquiera sabes cómo pasó: 25 minutos antes estabas sentado matando el tiempo, mirando a la multitud apretujada bajo aquel letrero amarillo: PAQUE CON SENCILLO, Y NO CON LA FALSA CARAJO… Y no seas picón! , y ahora no hay ningún pasajero salvo tú. No es que los extrañes pero sí, preferirías que vuelvan. Para llenar el vacío, como en el vals. Porque eso es parte de la paradoja combi: en el trayecto uno maldice al prójimo maloliente pero cuando no hay nadie el instinto personal de supervivencia extraña su calor y aun sus vapores.
De lejos —digamos, al otro lado del Atlántico— la combi se extraña. Qué loco, ¿no? Se extraña su calor, sus ruidos, sus vapores tropicales y sus colores pastel, y se olvidan progresivamente todas esas razones que alguna vez nos hicieron desear que un tornado brutal y milagroso llegue por primera vez a nuestra ciudad solo para borrarlas a toditas, en one, de la faz de Lima la horrible. Así como la mocosa añora e idealiza al padre borracho que se quitó del hogar y nunca pasó pensión, y no solo lo extraña sino que lo dibuja con crayolas en las tareas del colegio, haciendo en los retratos una versión amable y sonriente de aquel grandísimo hijo puta, el cerebro de un inmigrante convierte la experiencia combi en una fiesta cotidiana que consiste en trasladarte de un lugar a otro pasándola chévere, gozando de los luminosos encantos de la informalidad tercermundista. Eso, más o menos, fue lo que le pasó a Marissa Chiappe, una limeña que volvió de Europa con ganas de comer anticuchos, tomar chicha morada… y subirse a una combi. Pero claro, el encuentro con el vehículo bandera no fue precisamente lo que esperaba.
ENCANTOS Y DESENCANTOS DE CHAMBEAR MIENTRAS TE TRANSPORTAN
Para algunos, la combi es una rara forma de extensión del sueño. O sea, duermo cinco horas en casa y una más en la combi. Así me organizo yo pues oye (porque yo me organizo, ah). Lindo, ¿no? Limenean way of life. Pero también están los que no parpadean, los que no pueden perder el tiempo, los que ayer leyeron por décima vez a Miguel Ángel Cornejo antes de dormir y hoy quieren conquistar el mundo, o intentarlo, o decir que lo intentaron, y saben que en este arenal de Dios perder un segundo es perder un granito-oportunidad. Hoy es tu día y debes sacarle provecho: sube al vehículo, camina haciendo el un-dos-tres un-dos-tres que bien conoces para no mancharte los lustradísimos zapatos. Y a vencer se dijo. No pienses lo contrario.
El primer datero que vi en mi vida medía un metro ochenta, era un tipo banco y bien plantado, solía ponerse cafarenas oscuras y tenía el pelo negro aunque una invasión de canas se había apoderado de sus patillas. Llevaba un bigote negro rasurado con precisión hasta formar un triángulo y esa combinación de elementos en su apariencia —además de su perenne malhumor— hacía que los cobradores lo saludaran diciéndole: “¡habla, jefe de Hombre Araña!”. Su esquina era la de Angamos y Tomás Marsano, uno de esos cruces bravos que en los planos de las comisarías aparecen marcados con plumón rojo. Nunca supe su nombre. Me intrigaba su trabajo aunque no le daba demasiada importancia, y hoy su recuerdo es apenas la superposición de imágenes sucesivas que fijé en mi vista mientras bajaba de la combi, acaso quejándome de que me dejaran a dos carriles de la acera, putamadre, para luego caminar y acercarme al vuelo al Jefe del Hombre Araña con su tabla llena de apuntes y su cronómetro de plástico tosco, de esos que dicen en alguna parte WATER RESISTANT.
La combi no es un lugar propicio para respirar hondo. En eso estamos de acuerdo (creo). Describir un olor es siempre un esfuerzo literario, entre otras cosas porque los olores no tienen una codificación precisa en el lenguaje, y no es posible verbalizarlos con la claridad con la que uno narra, por ejemplo, el rojo inabordable de aquel vestido, guapa. Referir un olor implica recordar algo que se le parezca, es decir, algo que sea como ese olor o se aproxime, y siempre será estar tanteando pues no hay una tabla RGB de aromas. La inca kola huele a inka cola, pero si le hablas a un extranjero, tendrás que decir que huele a hierba luisa, a chicle globo, acaso a algodón de azúcar. El Sublime huele a chocolate, obvio, pero habrá que añadir que huele también a maníes guardados y, en otros tiempos, a la delgadísima envoltura de papel blanquecino, si queremos que alguien que no lo conoce nos entienda. Hubo un escritor que dijo que los olores no se recuerdan: más bien, te asaltan de pronto y encienden cosas que creías enterradas. Pero ahora volvamos a nuestro tema: si tuviéramos que colocar en un frasco imaginario todo aquello que constituye el olor de una combi, ¿qué elementos pondríamos? ¿a qué huele una combi?
Los choferes de combi se persignan. Lo hacen rápido y mal, como los niños, como el Chavo del ocho en casa de la bruja del 71, pero lo hacen sin falta cada vez que salen a trabajar y activan el motor de sus poderosas bestias de hierro. La pregunta es, ¿cuál es su Dios? La mímica de la cruz en el pecho es signo inequívoco de Cristo redentor, pero no de filiaciones más complejas y rotundas como eso de amar al prójimo. Ta’ que esa ya no la hago, choche. Y así, mientras el Vaticano lanza los 10 mandamientos para el conductor católico (entre otras cosas, adelantar a otro auto es considerado un pecado, mira tú), los choferes de combi de sabor nacional prefieren olvidar al Papa gruñón y refugiarse en la siempre comprensiva Sarita Colonia. Una cosa es la fe y otra muy distinta aceptar que don Benedicto XVI me venga con sus vainas: Yo soy un chofer moderno. En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo y amén con besito en la uña negra.
Yo también quiero a la selección. Me gusta cuando hacen taquitos y se elevan, impetuosos, para alcanzar la violenta armonía de un cabezazo puntual. Me gusta cuando bajan la bola de pechito formando ondas en la camiseta blanquísima, esa camiseta a la que alguien añadió una franja roja que es el trazo guerrero de un pincel-sable. Marinera norteña, donaire y lujo, que suenen los cajones la guitarra: nos gusta bailar y el fútbol es una danza. Pero que lástima: hoy es el debut de Perú en la Copa y yo no lo veré en imágenes. Son las cinco de la tarde del martes y en vez de estar en mi casa frente a la tele, el partido me sorprende en pleno viaje en combi. Supongo que les pasa a muchos. Es la hora punta. Mucha gente va a alguna parte o vuelve, o va y vuelve, o huye. Me veo a mí mismo, en el último asiento, en medio de aquellos peruanos que solo podrán seguir la Copa mientras viajan, tratando de alucinar con el sonido y las plabras de una radio que, por momentos, pierde la señal.
LA COMBI VISTA CON LOS OJOS DE UN PERIODISTA GRINGO
El Perú altera a los gringos. Los hace sonreír más y mejor. Los vuelve niños grandes que juegan a la ronda con la telúrica complicidad de un chullo en la cabeza. Pienso que en el futuro el país no debería buscar incrementar el turismo vendiendo el viaje al Perú como un encuentro cultural con nuestro señor de Sipán y demás reliquias momificadas, sino como una terapia vivencial. Bienvenidos al país sanatorio. Llegue a Lima y sea feliz por la fuerza de la sinrazón. Enjoy Perú, a surrealistic place. Todo lo que he dicho es puro prejuicio, por supuesto. Es lo que he pensado esta noche al ver a Jesse Hardman, un periodista radial de Minnesota que lleva un año en el Perú, donde vino como profesor visitante de una universidad privada. Los efectos de su estadía entre nosotros ya se notan: una risa desinhibida con esporádicas dosis de criollada (la criollada en un gringo tiene un componente un toque palteante, creo). Lo conocí por una amiga. Ahora nos reunimos porque él quiere contarme sus planes para el programa de radio de sus alumnos. En medio de la conversa, Jesse empieza a hablar de sus viajes combis. Dice que los combis (sí, los combis) son un mundo, que le gusta ver cómo los cobradores ofrecen su producto sin importar ruta, que disfruta con la informalidad y que ya aprendió a decir “china” para pagar menos.
—Sorry, Jesse, esto no estaba planeado pero… tengo que grabarte.
Con esto del boom gastronómico los limeños creemos que nuestra comida es tan brutalmente buena que eso nos da derecho a hacer chanchadas. O al menos, a andar por la vida dispuestos a sacar en cualquier momento, sin roche, al anhelante comilón que llevamos dentro. Quizás porque en la tele Gastón Acurio lo hace prácticamente en cada hueco/huarique/boliche de la ciudad —acompañando cada ajuste de las mandíbulas con un “hummm” certificador—, el caso es que de un tiempo a esta parte es lícito y bien visto comer como y donde sea. Lo importante es el placer, o sea, que tragar sea rico por sobre todas las cosas. Es casi una liberación sexual. Comer con las manos está bien. Comer parado —incluso agachao— es maravilloso. Comer tripas al vuelo es cool. Comer cuy es lo más in. Comer tallarín verde con papa a la huancaína no solo es socialmente aceptable, sino que es una belleza, sobre todo si se hace en plato plástico de fiesta infantil a dos metros de los apurados —y hambrientos— transeúntes de Lima la horrible. Así, hay quienes digirieron el mensaje, inflaron su orgullo gastronómico y dieron un paso temerario: comer en la combi.
Mejor no leas este post. Ojo, no es nada personal, pero como podrás imaginar por el título, es muy posible que no pertenezcas al público objetivo, porque lo más probable es que seas peruano y que midas entre 1.60 y 1.70. (Esa pues es nuestra talla promedio y por eso Gloria lanza campañas para que “Chato” no sea un apodo tan popular, toma tres vasos de leche al día y crece, peruano, crece). Bueno, lo que quiero decir es que este es un post exclusivo para altos, ¿ok?. Así que bye bye. Hoy pensé súbitamente en esos seres larguiruchos que nos hacen erguir el cuello al hablarles. Porque bajo el cielo de Lima habitan también individuos altos. Altísimos. Son pocos pero son. Margaritos de saco y corbata, Gabys Pérez de lonchera y medias nylon, estos chicos suben todos los días a una combi y la pasan muy mal. Medir 1 metro 85 en Lima es catastrófico cuando tienes que embutir tu humanidad en el breve espacio de un minibús local. Es una vida de cotidiano transformer, de contorsionista involuntario, de hombre-goma urbano. Algo triste.
POR UNA LIMA CON CHOFERES Y COBRADORES PROFESIONALES
Hace algunas semanas encontré esta joyita en el ciberespacio. Y se me ocurrió colgarla en el blog a raíz de las declaraciones de mi amigo Jesse Hardaman, el gringo que en un post anterior se preguntaba muy serio si existían escuelas para cobradores o combistas. Bueno, no sé quién es el autor de este audio —si lo saben, avisen— pero su grabación es una idea cabal de lo que sería una alucinada academia para los tripulantes de nuestra querida combi. Aprieten play, se van a cagar de la risa. Aunque, como ocurre siempre, después de un rato se van a poner a pensar un poco. Digo, toda práctica humana tiene su sabiduría, su know how y, llegado el momento, se hace necesaria la transmisión de conocimientos, así que supongo que hablar medio en broma es también hablar medio en serio. Por eso me pregunto, ¿llegará a haber una escuela de combistas?
Cuando publiqué la entrevista a Jesse H., muchos lectores enviaron comments aportando ideas a lo que tendría que ser una escuela de ese tipo. Un visitante llamado Gustavo dijo que podría haber un curso de Lenguaje: comunicación con los pasajeros, o de Estadística: cómo interpretar a un datero. Y bueno, como esta mañana me he despertado con frío y sin ganas de moverme del asiento, me puse a tomar apuntes y a ensayar un esbozo de syllabus para aspirantes a combistas que quieran un título a nombre de la nación. Es una lista arbitraria y ciertamente incompleta, pero allá va:
Geometría del espacio: El alumno sabrá resolver problemas prácticos derivados de la superposición de la materia sólida en el interior de un vehículo. Ej: cómo colocar a cuatro madres de familia en un metro cuadrado.
Física aplicada: El alumno aprenderá a entender los fenómenos físicos previstos en los axiomas básicos de la materia, en especial en la Ley de inercia. Así, podrá finalmente entender con ejemplos prácticos los tristes efectos del choque de un cuerpo C que viaja a 80 km por hora contra un cuerpo P que viaja a 60 km/h, pero en dirección contraria.
Procesos psicológicos: El alumno aprenderá a alternar con personas de todo nivel social con solvencia y elevada autoestima, mirándolos fijamente a los ojos. También sabrá controlar el desborde glandular que puedan provocar ciertos escotes inevitablemente cercanos.
Historia del transporte en el Perú: Mediante un recuento histórico detallado (y proyección de diapositivas), el alumno entenderá por qué la combi es el medio de transporte más deplorable, feo, inseguro y letal de nuestra historia republicana.
Defensa personal: El alumno aprenderá a resolver situaciones de conflicto sin recurrir a patadas grandilocuentes (que solo sirven para terminar en una comisaría). Para lograrlo, las artes marciales le permitirán procurar daño óseo al contrincante sin dejar rastros, dejándolo vulnerable y débil para así echarlo a la pista.
Relaciones Públicas: El alumno manejará las herramientas interpersonales para dialogar en armonía con choferes y cobradores de la competencia, en especial en situaciones de crisis como un choque. Mediante terapias intensivas, se eliminará de la corteza cerebral del alumno epítetos inoportunos como “conchatumadre”.
Ilusionismo el Mago Giorini: El alumno aprenderá a manejar conceptos básicos del arte de las apariencias (desviar la atención, etc.), muy útiles para la administración ventajosa de billetes y monedas sin que el pasajero sospeche nada. Así, contribuirá a la economía general del transporte urbano.
Introducción al impacto combi: Mediante simuladores mecánicos y sonoros, el alumno aprenderá a mantenerse en equilibrio en un vehículo de transporte rápido, y se someterá a los 70 decibeles que, en promedio, tendría que soportar durante diez horas continuas en las calles de la ciudad jardín.
JUAN MANUEL ROBLES. Escritor. Nació en Lima. Ha publicado crónicas y perfiles en medios como Gatopardo (Colombia), Etiqueta Negra, Zut (España), TXT (Argentina), Le Internazionale (Italia), El Mercurio (Chile), y Somos de El Comercio, entre otros. Ha sido becado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano —que dirige Gabriel García Márquez— para asistir a los talleres de Ryszard Kapuscinski (2002) y Tomás Eloy Martínez (2004). En el 2005, creó y dirigió la revista HELIO. Ha sido publicado en la antología ‘Las mejores crónicas de Gatopardo’ (Editorial Debate, 2006) y en el libro 'Huancaína freak y otros cuentos para comer'. Ganó el primer premio del Concurso de Cuento Gastronómico Matalamanga - 2007. La editorial Planeta lanzará este año su primer libro de perfiles.
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