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   <title>Combimanía</title>
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   <updated>2007-07-25T23:41:24Z</updated>
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JUAN MANUEL ROBLES. Escritor. Nació en Lima. Ha publicado crónicas y perfiles en medios como Gatopardo (Colombia), Etiqueta Negra, Zut (España), TXT (Argentina), Le Internazionale (Italia), El Mercurio (Chile), y Somos de El Comercio, entre otros. Ha sido becado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano —que dirige Gabriel García Márquez— para asistir a los talleres de Ryszard Kapuscinski (2002) y Tomás Eloy Martínez (2004). En el 2005, creó y dirigió la revista  HELIO. Ha sido publicado en la antología ‘Las mejores crónicas de Gatopardo’ (Editorial Debate, 2006) y en el libro &apos;Huancaína freak y otros cuentos para comer&apos;. Ganó el primer premio del Concurso de Cuento Gastronómico Matalamanga - 2007.  La editorial Planeta lanzará este año su primer libro de perfiles. </subtitle>
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   <title>NOSTALGIA WANTANAMERA</title>
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   <published>2007-07-25T23:30:50Z</published>
   <updated>2007-07-25T23:41:24Z</updated>
   
   <summary> EL WANTÁN FRITO ES LO MÁXIMO Mi primer contacto con un chifa fue agridulce (obvio, ¿no?). Retrocedo 25 años en la película de mi vida y detengo la cinta en un close up multicolor: la salsa de tamarindo viajando...</summary>
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<strong><font color="#990000">EL WANTÁN FRITO ES LO MÁXIMO<font color="#000000"></strong>


Mi primer contacto con un chifa fue agridulce (obvio, ¿no?). Retrocedo 25 años en la película de mi vida y detengo la cinta en un close up multicolor: la salsa de tamarindo viajando dentro de la bolsita transparente amarrada (como un diminuto cojín rojo) y los wantanes en las bolsas grandes que mi padre traía a la casa ciertas tardes de viernes. No era difícil para él darse el gusto. El chifa quedaba justo al frente de la residencial en la que vivíamos, en Barrios Altos, una quinta con un portón de rejas que daba al jirón Paruro, esa calle que para mis ojos siempre fue un sitio importante, mostro, pues era el lugar donde traían los televisores enfermos de la ciudad para que los curasen. O las radios. O los relojes. En ese entonces yo no sabía que estábamos a escasas cuadras de Capón y tampoco entendía qué era Capón o el barrio chino. Lo único claro para mí era que no existía una operación más grandiosamente humana —la humanidad era reciente, cuatro años de descubierta— que hundir la masa del wantán en la salsa de tamarindo y dejar el centro para el final, después de comer el crujiente contorno y así disfrutar al último de esa solitaria pelota rellena de carne. Calentita.

Existe una ley universal de la física gastronómica de un niño según la cual la salsa de tamarindo siempre se acaba antes que la ración de wantanes. Así, me veo a mí mismo raspando ansiosamente el pirex con la tiesa hoja del wantán para extraer lo último que quedara de la salsa roja. ¿Cuántos podía comerme?, ¿cuatro?, ¿cinco? Los limeños sabemos comer y yo, aunque no iba al colegio ni sabía leer, era un limeño. O sea, sabía inconscientemente algo: que en la buena cocina, el tiempo sí importa. Así como el buen cebiche no se debe dejar mucho cocinándose en el limón, jamás soporté la masa del wantán pase demasiado tiempo sumergida en el tamarindo, pues eso la volvía chiclosa y débil, eliminando cualquier ruidito al morderla. Sí, siempre odié el kam lu wantán.

Supongo que ya no son los tiempos de mi infancia. Hoy pido wantán en cualquier chifa y lo que recibo, en el 80% de los casos, es una masa pálida con ampollas de grasa, insípida y resbaladiza, con un trocito de carne que apenas alcanza el tamaño de la pepa de un melocotón. Lo peor es que cuando busco auxilio en la salsa de tamarindo, encuentro una especie de gelatina espesa, sospechosamente púrpura, que imita burdamente al sabor del tamarindo pero se parece más al empalagoso dulzor de un rojo chupete chapulín. 

En fin, me voy a comer un chifa y los dejo con la cinta congelada de mi infancia: un niño cerrando la boca para tragarse un wantan en la quinta del jirón Paruro. No hay demasiado que decir al respecto (creo), existen imágenes que se descuelgan solas, y basta ser limeño para figurarse lo que digo. ¿Quién demonios no tiene un recuerdo-wantan?]]>
      
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   <title>QUIERO MI CHIFA</title>
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   <published>2007-07-19T10:10:11Z</published>
   <updated>2007-07-25T23:32:39Z</updated>
   
   <summary> NUEVA TEMPORADA A estas alturas la autoestima nacional está suficientemente trastornada como para que a nadie se le ocurra dudar que el chifa es peruano. Ya saben, son días de inflar el ego gastrónomo y preguntarse: ¿Existe algo más...</summary>
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      <![CDATA[<img alt="POST%20CHIFA.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/combimania/POST%20CHIFA.jpg" width="257" height="350" />
<strong><font color="#990000">NUEVA TEMPORADA<font color="#000000"></strong>


A estas alturas la autoestima nacional está suficientemente trastornada como para que a nadie se le ocurra dudar que el chifa es peruano. Ya saben, son días de inflar el ego gastrónomo y preguntarse: ¿Existe algo más esplendorosamente peruano que un arroz chaufa? Por supuesto, cada victoria nacional es tarde o temprano silenciada por la violenta amplitud de ese matamoscas de largo alcance que es la derrota. Y entonces bajamos la cabeza y nos repreguntamos ¿y hay algo más jodidamente peruano que una cucarachita en el arroz chaufa?, ¿algo más peruano que ver, entre los cuadraditos de apio, aquel rostizado exoesqueleto mirándonos cachoso desde el más allá? Perú: país bipolar. Los miles de lectores de este blog que viven fuera del país ya están salivando imaginándose la jugosa densidad de una salsa de tamarindo. Pero los más fríos y racionales, esos aguafiestas que todo <em>blogger </em>aborrece, recuerdan en este mismo instante detalles tristes y feos del chifa de la esquina.]]>
      <![CDATA[
Quiero un chifita ahora mismo. Arroz chaufa, chancho con tamarindo, tallarín saltado. Al menos vayan trayéndome un nabo encurtido. El chifa te remite a muchas cosas. Los hay de mala muerte y los hay divinos como el paraíso eterno. Los hay tristes, apáticos, disfuncionales como las familias que los manejan, pero también los hay fichos y pretenciosos, tanto que los dueños no permiten que se les llame chifa sino <em>restaurante de comida cantonesa y oriental</em>. Hay chifas de a sol y chifas de lunas mojadas con parsimoniosas cataratas artificiales que reflejan vivos destellos —el neón— rastreables a 500 metros de distancia. Hay chifas con crustáceos vivos en peceras y otros con pedazos muy muertos de caballos muertos. Hay un chifa al que le dicen “el de los congresistas”, y mencionarlo nos lleva a un asunto no menor: a los políticos suele gustarles el chifa. Fujimori festejó su inusitada victoria en las elecciones del 90 en un chifa: no comió nada, porque Montesinos le dijo que esa noche lo iban a envenenar (una broma pesada: buena Vlady). El ex asesor de Alejandro Toledo, César Almeida, fue a la cárcel por negociar cosas con un militar corrupto bajo la mesa de un chifa, y eso salió publicado en un informe titulado “Operación Langoy”. Carlos Manrique Carreño, el ex presidente de Clae, fue a la cárcel por timador pero, cuando todavía estaba preso, fue visto en plena calle con los glotones del Inpe comiéndose un chifa. 

La gente se gradúa y esa noche va al chifa. Los padres de tu novia te llevan a un chifa. He visto a amigos salir de un velorio e ir directamente a un chifa. Un editor muy campechano me llevó al chifa para celebrar el libro que, en mi condición clandestina de negro literario, acababa de terminar de escribir. Era sobre fútbol. Hace poco me gané un premio literario y me dieron algo de plata y mis amigos me decían “Juanma, cuándo nos apuntamos un chifita”. Sigan esperando. Cuando la gente quiere proponerte un negocio te lleva a un chifa. La combinación de dulce con salado está tan vinculada al concepto chifa en el imaginario de la gente, que existe la mezcla de <em>pop corn</em> dulce con <em>pop corn </em>salado, viene en bolsita y es conocida como “chifita misio”. Hay 5000 chifas en el Perú. Gastón Acurio planea abrir un chifa. La gente se despide diciendo “chaufa”. Algo es suculento y generoso cuando está bien “taipá”. Una vez estaba en la casa de una novia y robé dos cucharadas de arroz chaufa que sus viejos habían traído. Ella estaba dormida. Luego de comer caleta en la cocina, fui al cuarto y le di un beso despertador. Ella frunció el ceño, volteó la cara y dijo: “¡Beso de chifa!”

El chifa nos gusta, lo amamos aunque nos deje soñolientos al terminar, aunque casi nunca lo terminemos y dejemos en el plato sobras que nos hacen pensar con incontenible pánico en la sospecha de reciclaje. Nos gusta el chifa, y eso se debe entre otras cosas a que su existencia es soberbia: 150 años de presencia china en el Perú dieron como resultado una mezcla única en el planeta. Logramos lo que pocos: influenciar a una cultura gastronómica ancestral y hacer que se adapte a nuestra forma de comer. La cebollita china no existe en china. ¿Sabían, no?

Vaya, parece que el efecto Gastón Acurio me tiene erguido. Díganme, ¿quién quiere un chifa?]]>
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   <title>¿ESCUELA DE COMBISTAS?</title>
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   <published>2007-07-16T12:45:28Z</published>
   <updated>2007-07-18T20:06:15Z</updated>
   
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      <![CDATA[<object width="425" height="350"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/MS1Qj1RmNQ0"></param><param name="wmode" value="transparent"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/MS1Qj1RmNQ0" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="425" height="350"></embed></object>
<strong><font color="#990000">POR UNA LIMA CON CHOFERES Y COBRADORES PROFESIONALES<font color="#000000"></strong>


Hace algunas semanas encontré esta joyita en el ciberespacio. Y se me ocurrió colgarla en el blog a raíz de las declaraciones de mi amigo Jesse Hardaman, el gringo que en un <a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/combimania/2007/06/i_love_your_combi.html">post anterior</a> se preguntaba muy serio si existían escuelas para cobradores o combistas. Bueno, no sé quién es el autor de este audio —si lo saben, avisen— pero su grabación es una idea cabal de lo que sería una alucinada academia para los tripulantes de nuestra querida combi. Aprieten <em>play</em>, se van a cagar de la risa. Aunque, como ocurre siempre, después de un rato se van a poner a pensar un poco. Digo, toda práctica humana tiene su sabiduría, su <em>know how </em>y, llegado el momento, se hace necesaria la transmisión de conocimientos, así que supongo que hablar medio en broma es también hablar medio en serio. Por eso me pregunto, ¿llegará a haber una escuela de combistas?

Cuando publiqué la entrevista a Jesse H., muchos lectores enviaron <em>comments </em>aportando ideas a lo que tendría que ser una escuela de ese tipo. Un visitante llamado Gustavo dijo que podría haber un curso de Lenguaje: comunicación con los pasajeros, o de Estadística: cómo interpretar a un datero. Y bueno, como esta mañana me he despertado con frío y sin ganas de moverme del asiento, me puse a tomar apuntes y a ensayar un esbozo de syllabus para aspirantes a combistas que quieran un título a nombre de la nación. Es una lista arbitraria y ciertamente incompleta, pero allá va:  

<strong>Geometría del espacio:</strong> El alumno sabrá resolver problemas prácticos derivados de la superposición de la materia sólida en el interior de un vehículo. Ej: cómo colocar a cuatro madres de familia en un metro cuadrado. 

<strong>Física aplicada:</strong> El alumno aprenderá a entender los fenómenos físicos previstos en los axiomas básicos de la materia, en especial en la Ley de inercia. Así, podrá finalmente entender con ejemplos prácticos los tristes efectos del choque de un cuerpo C que viaja a 80 km por hora contra un cuerpo P que viaja a 60 km/h, pero en dirección contraria. 

<strong>Procesos psicológicos:</strong> El alumno aprenderá a alternar con personas de todo nivel social con solvencia y elevada autoestima, mirándolos fijamente a los ojos. También sabrá controlar el desborde glandular que puedan provocar ciertos escotes inevitablemente cercanos.

<strong>Historia del transporte en el Perú:</strong> Mediante un recuento histórico detallado (y proyección de diapositivas), el alumno entenderá por qué la combi es el medio de transporte más deplorable, feo, inseguro y letal de nuestra historia republicana.

<strong>Defensa personal:</strong> El alumno aprenderá a resolver situaciones de conflicto sin recurrir a patadas grandilocuentes (que solo sirven para terminar en una comisaría). Para lograrlo, las artes marciales le permitirán procurar daño óseo al contrincante sin dejar rastros, dejándolo vulnerable y débil para así echarlo a la pista.

<strong>Relaciones Públicas:</strong> El alumno manejará las herramientas interpersonales para dialogar en armonía con choferes y cobradores de la competencia, en especial en situaciones de crisis como un choque. Mediante terapias intensivas, se eliminará de la corteza cerebral del alumno epítetos inoportunos como “conchatumadre”.

<strong>Ilusionismo el Mago Giorini:</strong> El alumno aprenderá a manejar conceptos básicos del arte de las apariencias (desviar la atención, etc.), muy útiles para la administración ventajosa de billetes y monedas sin que el pasajero sospeche nada. Así, contribuirá a la economía general del transporte urbano. 

<strong>Introducción al impacto combi:</strong> Mediante simuladores mecánicos y sonoros, el alumno aprenderá a mantenerse en equilibrio en un vehículo de transporte rápido, y se someterá a los 70 decibeles que, en promedio, tendría que soportar durante diez horas continuas en las calles de la ciudad jardín.]]>
      
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   <title>EL LAMENTO DE LOS ALTOS</title>
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   <published>2007-07-13T14:46:03Z</published>
   <updated>2007-07-18T20:07:11Z</updated>
   
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<strong><font color="#990000">MEDIR 2 METROS EN UNA COMBI<font color="#000000"></strong>


Mejor no leas este post. Ojo, no es nada personal, pero como podrás imaginar por el título, es muy posible que no pertenezcas al público objetivo, porque lo más probable es que seas peruano y que midas entre 1.60 y 1.70. (Esa pues es nuestra talla promedio y por eso Gloria lanza campañas para que “Chato” no sea un apodo tan popular, toma tres vasos de leche al día y crece, peruano, crece). Bueno, lo que quiero decir es que este es un post exclusivo para altos, ¿ok?. Así que <em>bye bye</em>. Hoy pensé súbitamente en esos seres larguiruchos que nos hacen erguir el cuello al hablarles. Porque bajo el cielo de Lima habitan también individuos altos. Altísimos. Son pocos pero son. Margaritos de saco y corbata, Gabys Pérez de lonchera y medias nylon, estos chicos suben todos los días a una combi y la pasan muy mal. Medir 1 metro 85 en Lima es catastrófico cuando tienes que embutir tu humanidad en el breve espacio de un minibús local. Es una vida de cotidiano transformer, de contorsionista involuntario, de hombre-goma urbano. Algo triste. 
]]>
      Lima es una ciudad proclive a espectáculos crueles, eso ya se sabe. Pero pocos tienen la plenitud dramática que alcanza la visión de un sujeto de casi dos metros ejecutando la ceremonia diaria de chapar combi. Pongámonos en sus zapatos, en sus tabas # 44. Empezando por el acto de treparte a una combi cuidando que tu cabeza —suave con la frente, loco— no se choque contra la fría estructura de metal (algo sonoramente horrible de solo pensarlo), pasando por la indigna empresa de hacer equilibrio hasta el fondo, agachadísimo, casi en cuclillas, hasta el momento en que consigas sentarte en el asiento y acomodes las extremidades inferiores no como si fueran parte de tu osamenta, sino como un accesorio, algo que hay que doblar con las manos. Y cuando finalmente encuentras la dudosa paz de un lugar firme en el que transportarte a ganar el pan, queda la obscena elevación de las rodillas, las piernas que invaden inevitablemente el territorio del pasajero contiguo, un chato cualquiera que te mira feo. 

Porque, a diferencia del obeso, el alto no tiene la atenuante sentimental. Un alto no te da pena, cuando lo miras no te preguntas si tendrá el colesterol alto, demasiada grasita en el corazón o lo difícil que será para él buscar novia. Un alto es un tipo como cualquiera, acaso bendecido por el accidente genético de la talla, que ocupa más sitio y te hinca con sus huesos puntiagudos. Alguien que no quieres en la combi. 

Alguna vez cierta profesora de teatro —experta en el lenguaje corporal y esas cosas— me dijo que el hombre alto en Lima vive en permanente conflicto social. A fuerza de haber tantos chatos en la ciudad, tiende a jorobarse para poder alternar entre colegas y amigos, o sea, se coloca al mismo nivel, y termina igualándose al disminuido promedio. Es decir —sustentaba ella— que en Lima tenemos altos con actitud de chatos. Me atrevo a decir que la combi conspira para que esto sea así. Si eres alto y el medio de transporte más importante de tu ciudad te obliga a empequeñecer todos los días, ¿con qué orgullo vas a erguirte y mirar al frente? 

Bueno, amigos altos, algo tendrán que decir desde allá arriba. (Y también los chatos curiosos)
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   <title>COMBO COMBI</title>
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   <published>2007-07-04T11:44:57Z</published>
   <updated>2007-07-18T22:35:47Z</updated>
   
   <summary> LA COMBI COMO CAFETERÍA RODANTE Con esto del boom gastronómico los limeños creemos que nuestra comida es tan brutalmente buena que eso nos da derecho a hacer chanchadas. O al menos, a andar por la vida dispuestos a sacar...</summary>
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      <![CDATA[<img alt="POST%20COMBO%202.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/combimania/POST%20COMBO%202.jpg" width="489" height="300" />

<strong><font color="#990000">LA COMBI COMO CAFETERÍA RODANTE<font color="#000000"></strong>


Con esto del <em>boom </em>gastronómico los limeños creemos que nuestra comida es tan brutalmente buena que eso nos da derecho a hacer chanchadas. O al menos, a andar por la vida dispuestos a sacar en cualquier momento, sin roche, al anhelante comilón que llevamos dentro. Quizás porque en la tele Gastón Acurio lo hace prácticamente en cada hueco/huarique/boliche de la ciudad —acompañando cada ajuste de las mandíbulas con un “hummm” certificador—, el caso es que de un tiempo a esta parte es lícito y bien visto comer como y donde sea. Lo importante es el placer, o sea, que tragar sea rico por sobre todas las cosas. Es casi una liberación sexual. Comer con las manos está bien. Comer parado —incluso agachao— es maravilloso. Comer tripas al vuelo es <em>cool</em>. Comer cuy es lo más <em>in</em>. Comer tallarín verde con papa a la huancaína no solo es socialmente aceptable, sino que es una belleza, sobre todo si se hace en plato plástico de fiesta infantil a dos metros de los apurados —y hambrientos— transeúntes de Lima la horrible. Así, hay quienes digirieron el mensaje, inflaron su orgullo gastronómico y dieron un paso temerario: comer en la combi.]]>
      <![CDATA[A mí me gusta comer en la combi. Me gusta tomar mi gigantesco sándwich Campesino entre las manos y dar un mordisco mientras veo cómo ciertos juguitos se van al fondo de la bolsa porta-sanguches que recubre el pan (y que tiene el dibujito de la empresa). Me gusta ver cómo ciertas papitas al hilo escapan a las medidas de seguridad y, traviesas, saltan al insondable vacío del piso de la combi. En el piso de la combi hay una envoltura de Olé olé y también una bolsa con las dos o tres habitas fritas feas que dejó algún tragón de habas, una pepa de melocotón y un no menos diminuto choclo. He visto comer choclo con queso y desaparecer la coronta misteriosamente. He visto comer anticuchos y también cachitos de mantequilla. He visto comer plátanos (la cáscara guardada en la cartera), KFC’s, he visto a niños tragarse su lonchera antes de tiempo. He visto a grandes entretenerse con esa rara subespecie alimenticia nuclear que recibe el enigmático nombre de trigo atómico. 

Me gusta comer mientras viajo y así pedir mi vuelto con la boca llena, porque no hay nada más faltoso que hablarle a alguien mientras procesas alimentos, y la altanería es necesaria en la combi. Me gusta comer en la combi porque así ahorro tiempo y, como voy sentado, no daño mis tripas. Me gusta comer aunque no siempre me guste ver comer: una chica con medio Toblerone en la boca no es lo mismo que una vieja con medio Toblerone en la boca, y créanme que las hay. Me gusta comer en la combi porque estar encorvado en un rincón con un hot-dog me hace recordar cuando estaba en colegio y comía a escondidas para que no me gorreen mi pan con mermelada. Me gusta cuando dos estudiantes se suben a la combi con su bote de <em>sui-mais</em> comprados, al vuelo, en Wong, o cuando el jubilado gruñón pela sus mandarinas. Me gusta que la combi sea tan permisiva. Tan promiscua. 

¿Amas u odias comer en la combi?]]>
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   <title>I LOVE YOUR COMBI</title>
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   <summary> LA COMBI VISTA CON LOS OJOS DE UN PERIODISTA GRINGO El Perú altera a los gringos. Los hace sonreír más y mejor. Los vuelve niños grandes que juegan a la ronda con la telúrica complicidad de un chullo en...</summary>
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      <![CDATA[<img alt="sam.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/combimania/sam.jpg" width="200" height="261" />

<strong><font color="#990000">LA COMBI VISTA CON LOS OJOS DE UN PERIODISTA GRINGO<font color="#000000"></strong>


El Perú altera a los gringos. Los hace sonreír más y mejor. Los vuelve niños grandes que juegan a la ronda con la telúrica complicidad de un chullo en la cabeza. Pienso que en el futuro el país no debería buscar incrementar el turismo vendiendo el viaje al Perú como un encuentro cultural con nuestro señor de Sipán y demás reliquias momificadas, sino como una terapia vivencial. Bienvenidos al país sanatorio. Llegue a Lima y sea feliz por la fuerza de la sinrazón. <em>Enjoy Perú, a surrealistic place</em>. Todo lo que he dicho es puro prejuicio, por supuesto. Es lo que he pensado esta noche al ver a Jesse Hardman, un periodista radial de Minnesota que lleva un año en el Perú, donde vino como profesor visitante de una universidad privada. Los efectos de su estadía entre nosotros ya se notan: una risa desinhibida con esporádicas dosis de criollada (la criollada en un gringo tiene un componente un toque palteante, creo). Lo conocí por una amiga. Ahora nos reunimos porque él quiere contarme sus planes para el programa de radio de sus alumnos. En medio de la conversa, Jesse empieza a hablar de sus viajes combis. Dice que los combis (sí, los combis) son un mundo, que le gusta ver cómo los cobradores ofrecen su producto sin importar ruta, que disfruta con la informalidad y que ya aprendió a decir “china” para pagar menos. 

—Sorry, Jesse, esto no estaba planeado pero… tengo que grabarte.

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   <title>CRÓNICA: PERU-URUGUAY EN UNA COMBI</title>
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   <published>2007-06-28T09:54:17Z</published>
   <updated>2007-07-18T20:09:50Z</updated>
   
   <summary> EL BLOGGER SE PONE LA CAMISETA Yo también quiero a la selección. Me gusta cuando hacen taquitos y se elevan, impetuosos, para alcanzar la violenta armonía de un cabezazo puntual. Me gusta cuando bajan la bola de pechito formando...</summary>
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      <name>Juan Manuel Robles</name>
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      <![CDATA[<img alt="BLOG%20PERU%20URUGUAY%202.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/combimania/BLOG%20PERU%20URUGUAY%202.jpg" width="300" height="250" />

<strong><font color="#990000">EL <em>BLOGGER </em>SE PONE LA CAMISETA<font color="#000000"></strong>


Yo también quiero a la selección. Me gusta cuando hacen taquitos y se elevan, impetuosos, para alcanzar la violenta armonía de un cabezazo puntual. Me gusta cuando bajan la bola de pechito formando ondas en la camiseta blanquísima, esa camiseta a la que alguien añadió una franja roja que es el trazo guerrero de un pincel-sable. Marinera norteña, donaire y lujo, que suenen los cajones la guitarra: nos gusta bailar y el fútbol es una danza. Pero que lástima: hoy es el debut de Perú en la Copa y yo no lo veré en imágenes. Son las cinco de la tarde del martes y en vez de estar en mi casa frente a la tele, <strong>el partido me sorprende en pleno viaje en combi</strong>. Supongo que les pasa a muchos. Es la hora punta. Mucha gente va a alguna parte o vuelve, o va y vuelve, o huye. Me veo a mí mismo, en el último asiento, en medio de aquellos peruanos que solo podrán seguir la Copa mientras viajan, tratando de alucinar con el sonido y las plabras de una radio que, por momentos, pierde la señal. 
]]>
      <![CDATA[El locutor dice que hay problemas en el ataque, que Uruguay nos marca con la mirada. Me parece haber oído eso antes, pienso que perderemos otra vez (qué paja no estar viendo otra derrota), y me distraigo con el espaldar de adelante: el plástico cobertor pelado y roto, la esponja sucia que deja ver el fierro-esqueleto. <strong>Perú la tiene y la maneja, pero no hace daño</strong>. Odio que el fútbol me convierta en un niño de ocho años. Pero siempre ocurre. 
 
—¡Oe, mi vuelto pes! —dice un tipo de pelo gris y cara de subempleo. 
—Un momentito señor
—Nada de un momentito, ¡te pido mi vuelto y me das mi vuelto!
El cobrador es un niño, aunque trate de disimularlo con un peinado ochentero de cerquillo de medio y pelos parados, además de una chivita y cierta calculada tristeza en los ojos. 
—Le estoy pidiendo un momento, señor
—Claro, claro… Esa es su táctica. Pasa el tiempo y hacen que uno se olvide.
—Señor, usted no me conoce para decir eso.
—¿Y yo como sé que no eres un ratero?
—Señor. Yo soy una persona honesta.
—Dame mi vuelto, yo qué estás tramando, así son estos…

El cobrador niño se ofende. Trato de no escuchar más y concentrarme en el partido. El cobrador niño alza la voz y vuelve a mirar al hombre:
—De verdad tiene usted suerte de que estemos acá, sino hace rato ya lo hubiera gomeado.
—¿A quién vas a gomear tú, ah? ¿Quiere ver quien soy yo?
—Ahorita si quiere. 

<strong>Dios, los dos se acercan y están a punto de golpearse. </strong>El chofer saca monedas y le pasa el vuelto, pero no interviene. La gente se queja, le dicen al cobrador que no sea malcriado. He decidido no intervenir por razones profesionales: un cronista no debe alterar la realidad que narra. En la radio, el locutor habla más alto porque Claudio Pizarro está apunto de anotar. No anota, pero consigue que los ánimos se calmen entre el cobrador niño y el hombre impaciente. A mi lado, un chico con mochila gorda y acné murmura: “ya pues Claudio, ta mare”. 

Hemos llegado a la avenida Brasil. El cobrador vuelve a su chamba. Todo Faucett La Marina Aeropuerto. Por la ventana, aparecen carteles con sueños de futuro. INFOPOWER. ESTUDIA CON CONTRATO DE TRABAJO. Bar - Chef. Y la foto de una chica con mandil blanco de cocina, feliz. La gente sigue subiendo. El asiento del copiloto no está libre: lo ocupa la corpórea inutilidad de una llanta con hueco. El hombre de la radio dice que a Perú le hace falta un conductor. El conductor no dice nada. Es corner para Perú. <strong>Pizarro para Farfán, Farfán conecta en el centro del área y gol</strong>. Un grito largo. La gente se mira. ¿Gol?, ¿de quién?, ¿de Perú? 

A la mujer que está delante de mí no le importa un pepino que Perú haya metido gol. Golpea con una moneda la luna de su ventana. Tiene el cabello pintado de rojo y quiere que esta cosa vaya rápido. Me pregunto si lo hace todos los días. La gente suele perder la esperanza en una combi. Protestas un día, dos, una semana, un mes, pero de ahí te cansas y prefieres claudicar, mimetizarte con el mal color de la realidad y dejar tranquilo a tu sistema nervioso. La gente pierde las esperanzas en una combi. <strong>Pero no en el fútbol. El fútbol siempre renueva las ilusiones</strong>. La última vez que Perú fue a un mundial yo iba al nido, he crecido viendo lo patéticos que somos en una cancha verde. Pero siempre vuelve la esperanza, boba, absurda e infantil, algo así como el dinosaurio Barney apareciendo en sueños para decirnos que todo va a salir mejor. Aunque a la mujer que está delante mío no le importa en fútbol, ni Pizarro, ni Barney:

—¡Media hora señor nos tiene desde Abancay! Para llegar al Callao, ¿cuánto nos tendrá?, ¿una hora?... Es un abusivo… ¡Y baje el volumen!

El conductor no baja el volumen. La mujer se calla. Todo está tranquilo. Todo quieto. El cobrador baja para marcar tarjeta en su puesto de control. La blanquirroja domina las acciones. El hombre de pelo gris se baja y le hace un gesto amenazante al cobrador (“ya fuiste”) mientras en la radio gritan el nombre de Leao Butrón como si fuera un héroe nacional. Parece que tapó algo. Acaba el primer tiempo.

<img alt="BLOG%20PERU%20URUGUAY.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/combimania/BLOG%20PERU%20URUGUAY.jpg" width="400" height="269" />


Para cuando comienza la segunda etapa, la mujer gruñona ya se ha bajado del vehículo. Alguien ha metido una bolsa de papel higiénico para todo el mes familiar. 20 rollos. Por la ventana, veo a la gente jugando voley en canchas de cemento. Un panel publicitario dice que apoyemos a la selección comprando tres botellas de cerveza y me quedo pensando en eso mientras escucho que Uruguay está agresivo y ha salido a matar. El aeropuerto Jorge Chávez luce luminoso: siempre será una promesa, una posibilidad, un fin, una meta, un lugar al que el 70% de los peruanos queremos ir para despedirnos por siempre jamás del Perú y sus malditas combis. 

Juan Carlos Mariño entra por Pedro García y ya estamos en San Martín de Porres, el distrito donde nació Freddy Ternero, hombre-gloria nacional, convertido en ilustre alcalde de distrito. La avenida Pacasmayo podría resumirse así: chifa botica hostal, chifa botica hostal. <strong>Un tramo de la vía no tiene asfalto: solo tierra afirmada con baches que me obligan a saltar</strong> mientras veo los garabatos que alguien ha hecho en el asiento de adelante: las iniciales del Sporting Cristal y una dirección de email (lobito_chino@...). Hay un señor con las orejitas de la camisa asomándose por la chompa. Se acomoda, piensa en sus asuntos. Decide que estar con bronquitis le da derecho a hacer lo siguiente: toser y escupir lo tosido, caleta, para esparcir luego la sustancia con el zapato, como jugando rascapié. Y vuelve a hacerlo, sutil. Puaj. Me pregunto: ¿cómo se puede escupir en la combi mientras Perú va ganando? Juan Carlos Mariño entra a la cancha. El hombre-llama sale del vehículo. Solo por curiosidad, me siento en el lugar que dejó. Piso su cochinada. Reflexiono.

La combi avanza con la llanta en el asiento del copiloto y el cobrador niño ochentero que se aburre y quiere llegar al paradero final. Por la ventana, detengo mi vista en el Hostal Green Palace, cuando el locutor menciona alto el nombre de Mariño Mariño Mariño MARIÑO y luego un goooooool sonoro. Dos amigos se abrazan tímidamente. Ya anocheció. 

Me quedo solo mientras nos acercamos al paradero final. Faltan cinco minutos para que acabE el partido, pero la voz del locutor no ha informado sobre jugadas de riesgo, así que pienso que nada cambiará. Llegamos a una calle de tierra sin iluminación. Bajo. El chofer mete la combi en el depósito de combis. Sigo al cobrador niño hasta un almacén de repuestos. Un televisor encendido con antena en V muestra los últimos minutos del encuentro. Unas quince personas, entre cobradores y choferes, están sentadas en torno a la pantalla. Me siento yo también. En los estantes, hay lubricantes y aceites, líquidos para el radiador, Movil Delvac y un almanaque con una mujer perfecta y bien lubricada. Andres Mendoza se escapa por la derecha, parece que rematará al arco pero la pasa con el borde externo del pie a Paolo Guerrero, que la manda al fondo de las redes. Nos abrazamos y yo pienso que loco: y yo que pensé que hoy perdíamos fijo.]]>
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   <title>¿EL VATICANO O LA SARITA?, HE AHÍ EL DILEMA</title>
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   <published>2007-06-23T15:40:19Z</published>
   <updated>2007-07-18T20:13:30Z</updated>
   
   <summary> LOS 10 MANDAMIENTOS DEL CONDUCTOR DAN RISA Los choferes de combi se persignan. Lo hacen rápido y mal, como los niños, como el Chavo del ocho en casa de la bruja del 71, pero lo hacen sin falta cada...</summary>
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      <![CDATA[<img alt="POST%20lasarita.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/combimania/POST%20lasarita.jpg" width="355" height="256" />

<strong><font color="#990000">LOS 10 MANDAMIENTOS DEL CONDUCTOR DAN RISA <font color="#000000"></strong>


Los choferes de combi se persignan. Lo hacen rápido y mal, como los niños, como el Chavo del ocho en casa de la bruja del 71, pero lo hacen sin falta cada vez que salen a trabajar y activan el motor de sus poderosas bestias de hierro. La pregunta es, ¿cuál es su Dios? La mímica de la cruz en el pecho es signo inequívoco de Cristo redentor, pero no de filiaciones más complejas y rotundas como eso de <em>amar al prójimo</em>. Ta’ que esa ya no la hago, choche. Y así, mientras el Vaticano lanza los <a href="http://www.abc.es/20070620/sociedad-sociedad/diez-mandamientos-conductor_200706201322.html">10 mandamientos </a>para el conductor católico (entre otras cosas, adelantar a otro auto es considerado un pecado, mira tú), los choferes de combi de sabor nacional prefieren <strong>olvidar al Papa gruñón y refugiarse en la siempre comprensiva Sarita Colonia</strong>. Una cosa es la fe y otra muy distinta aceptar que don Benedicto XVI me venga con sus vainas: Yo soy un chofer moderno. En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo y amén con besito en la uña negra.]]>
      <![CDATA[Los 10 mandamientos de la Iglesia para los conductores son tediosos, cansan, suenan a ciencia-ficción. Algunos dan risa, si los trasladamos al terrenal cerebelo de un chofer de combi. Por ejemplo, el tercer mandamiento habla de cortesía, corrección y prudencia (ver caso <a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/combimania/2007/05/loco_al_volante.html">José Antonio Vargas</a>). El cuarto conmina a los fieles del volante a ayudar a las víctimas de un accidente. El quinto dice que el vehículo no debe ser una expresión de poder y dominio, y el noveno reza que, en la pista, siempre debes ayudar al más débil. Como ven, para que el chofer promedio peruano acate este decálogo tendría que sufrir un aparatoso transplante de médula (o cuando menos de alma) y una cura de sueño de treinta meses. Y sin embargo, con todos sus defectos, acusar a nuestros choferes de no tener fe cristiana sería mentir monumentalmente. Veamos:

<strong><em>Dame Dios mío
Mano firme y mirada vigilante
Para poder llegar a mi destino
Sin hacer daño a nadie</em></strong>

La “oración del chofer” se lee, como una dudosa garantía de seguridad, en aquel sticker de fondo amarillo, mientras avanzamos por la ciudad un día cualquiera. Hay que entender algo: nuestro pueblo es religioso, pero lo es más por un sentido de conservación. El chofer de combi quiere sentirse protegido. Es un instinto primario. Que nada le friegue el día. Que el azar no se ensañe con él cuando su supere los cien kilómetros por hora. Que el policía no lo detecte cuando cambie de ruta o cuando ‘robe’ unas cuantas decenas de metritos de la pista. Que el cobrador no se escape con todo el dinero. Los choferes de combi no quieren decálogos ni mandamientos. <strong>Necesitan una divinidad incondicional, que no los juzgue ni los presione en el trabajo, pobrecitos.</strong> La lógica es esta: Dios no puede pedirte que no te desvíes, porque la vida es dura y desviarte es algo que <em>vas a tener que hacer</em>, y necesitas estar seguro de que no te condenarán por eso. 

¿Y quién es esa divinidad que nunca te juzga y te permite desviarte y embarrarla cuantas veces quieras? La Sarita pues. Sarita Colonia, la santa de moda que acaba de estrenar miniserie en la tele, ella es la solución y no es casual que su rostro se haya instalado con facilidad en las paredes de las combis. Dios es uno solo. Pero sus embajadores no. Vean la cara de la Sarita, su gesto de comprensión, su complicidad infinita y virginal, como quien dice “acelera nomás, yo te guío”, y compárenlo con el rostro amargo de Joseph Ratzinger, su cara de pocos amigos (incluso pocos amigos cardenales), ese gesto que te hace pensar: Dios, qué pesado ese señor, siempre diciéndome lo que tengo que hacer. ¡Fuiiiira!


Ahora se me ocurre una pregunta tonta. ¿Te persignas antes de subir a una combi?]]>
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   <title>SON TUS PERJÚMENES</title>
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   <published>2007-06-20T09:19:39Z</published>
   <updated>2007-07-18T20:14:19Z</updated>
   
   <summary> ¿A QUÉ HUELE UNA COMBI? La combi no es un lugar propicio para respirar hondo. En eso estamos de acuerdo (creo). Describir un olor es siempre un esfuerzo literario, entre otras cosas porque los olores no tienen una codificación...</summary>
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      <![CDATA[<img alt="BLOG%20PERFUME%202.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/combimania/BLOG%20PERFUME%202.jpg" width="200" height="322" />

<strong><font color="#990000">¿A QUÉ HUELE UNA COMBI? <font color="#000000"></strong>


La combi no es un lugar propicio para respirar hondo. En eso estamos de acuerdo (creo). Describir un olor es siempre un esfuerzo literario, entre otras cosas porque los olores no tienen una codificación precisa en el lenguaje, y no es posible verbalizarlos con la claridad con la que uno narra, por ejemplo, <em>el rojo inabordable de aquel vestido, guapa</em>. Referir un olor implica recordar algo que se le parezca, es decir, algo que sea <em>como </em>ese olor o se <em>aproxime</em>, y siempre será estar tanteando pues no hay una tabla RGB de aromas. La inca kola huele a inka cola, pero si le hablas a un extranjero, tendrás que decir que huele a hierba luisa, a chicle globo, acaso a algodón de azúcar. El Sublime huele a chocolate, obvio, pero habrá que añadir que huele también a maníes guardados y, en otros tiempos, a la delgadísima envoltura de papel blanquecino, si queremos que alguien que no lo conoce nos entienda. Hubo un escritor que dijo que <strong>los olores no se recuerdan: más bien, te asaltan de pronto y encienden cosas que creías enterradas</strong>. Pero ahora volvamos a nuestro tema: si tuviéramos que colocar en un frasco imaginario todo aquello que constituye el olor de una combi, ¿qué elementos pondríamos? ¿a qué huele una combi?]]>
      <![CDATA[Una combi limeña huele a grasa, más aun, a grasa quemada. Huele a diesel y a esa ánima negra en que se transforma el diesel cuando combustiona. Huele a tapers llenos de arroz con pollo y a tapers vacíos con huesitos. Huele a la multiplicada fragancia que dejan las monedas que bailan, hostiles, en las toscas manos marinadas en sudor. Huele a sudor, al plástico caliente de los asientos, y ya se sabe por qué está caliente ese plástico (mi tía es química y dice que el plástico reacciona al calor haciéndose más blandito y que es un receptor maravilloso de los olores). <strong>La combi huele a todo lo que usa la gente para cubrirse del frío</strong>. Huele a cuero, o peor, a cuerina. Huele a axilas pero también a desodorantes (no sé que es más <em>hardcore</em>), huele a trajes nuevos de lino y a chompas de alpaca bebé. Huele a bebé. A baba. A caspa. A ropa interior. Un buen porcentaje de combis huele a cáscara de mandarina o a alguna clase de cítrico. La combi huele a billete gastado y eso lo compruebo en este preciso instante, cuando acerco diez arrugados soles a mi nariz y recuerdo, de súbito, el cd/corazón de Jesús que cuelga del espejo del conductor, y el conductor aprovechando la infinita placidez de una luz roja para encajarse, impávido, la generosa longitud de un plátano de la isla.

Muchas veces me he preguntado si cuando me subo a una combi para viajar largo, no bajo con todos estos olores instalados en mí. En ese caso, estaríamos hablando del olor de un usuario de combi, algo que te hace identificable y delata tu condición de pasajero-aplastado, en contraste, por ejemplo, con el aroma de un conductor-propietario o un peatón-impetuoso. Pienso entonces en una división social según los olores, una clasificación aromática ciudadana, y alucino a catadores de hombres especializados en identificar, con solo arrugar la nariz, si has pasado los últimos cincuenta minutos en una combi.

Pero nada, ahora les toca a ustedes, lectores con calle y esquina, picarones y fritanguita. Díganme, ¿a qué huele la combi?]]>
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   <title>DATERO INCOMPRENDIDO</title>
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   <published>2007-06-16T12:22:33Z</published>
   <updated>2007-07-18T20:15:01Z</updated>
   
   <summary> LOS HOMBRES-RADAR DE LAS COMBIS El primer datero que vi en mi vida medía un metro ochenta, era un tipo banco y bien plantado, solía ponerse cafarenas oscuras y tenía el pelo negro aunque una invasión de canas se...</summary>
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      <![CDATA[<img alt="blog%20DATERO%202.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/combimania/blog%20DATERO%202.jpg" width="198" height="300" />

<strong><font color="#990000">LOS HOMBRES-RADAR DE LAS COMBIS <font color="#000000"></strong>


El primer datero que vi en mi vida medía un metro ochenta, era un tipo banco y bien plantado, solía ponerse cafarenas oscuras y tenía el pelo negro aunque una invasión de canas se había apoderado de sus patillas. Llevaba un bigote negro rasurado con precisión hasta formar un triángulo y esa combinación de elementos en su apariencia —además de su perenne malhumor— hacía que los cobradores lo saludaran diciéndole: “¡habla, jefe de Hombre Araña!”. Su esquina era la de Angamos y Tomás Marsano, uno de esos cruces bravos que en los planos de las comisarías aparecen marcados con plumón rojo. Nunca supe su nombre. <strong>Me intrigaba su trabajo aunque no le daba demasiada importancia</strong>, y hoy su recuerdo es apenas la superposición de imágenes sucesivas que fijé en mi vista mientras bajaba de la combi, acaso quejándome de que me dejaran a dos carriles de la acera, putamadre, para luego caminar y acercarme al vuelo al Jefe del Hombre Araña con su tabla llena de apuntes y su cronómetro de plástico tosco, de esos que dicen en alguna parte WATER RESISTANT.]]>
      <![CDATA[El chofer de combi es un sujeto precavido, lo cual no quiere decir que ajuste su cinturón de seguridad o que renueve el botiquín de su máquina cada mes. El chofer de combi es precavido en lo que le concierne a su chamba, mejor dicho, a lo que él <em>siente </em>que es su chamba, su misión, o sea, hacer que su vehículo se llene y le procure fichas para el pan llevar: <strong>jamás será tan irresponsable de quedarse sin pasajeros a mitad de una primera vuelta</strong>. El chofer peruano es, ante todo, un profesional frío y calculador, que apela a la razón y no al bobo. Y justamente para eso, para evitar malas decisiones, apresuramientos innecesarios y frenadas inoportunas, están tipos como el Jefe del Hombre Araña, que en este momento se acerca a uno de los cobradores de mi recuerdo para decirle:

—Pirata voló con siete.  

El datero es un hombre-radar. Su trabajo consiste en informarles a los tripulantes de la combi (léase, chofer y cobrador) a cuánto tiempo de distancia se encuentra una unidad enemiga de la misma ruta. Según esta información, el chofer decidirá la forma en la que te maltrata: <strong>1)</strong> Si está muy cerca de su rival más próximo, acelerará como bestia para ganar a su oponente en la lucha por arrebatarle pasajeros y no ir vacío. 
<strong>2) </strong>Si la unidad ya se encuentra bastante lejos como para alcanzarla, desacelerará especulativamente esperando que un nuevo ciclo natural renueve a los pasajeros en las esquinas. <strong>1b) </strong>La aceleración bestial consiste en alucinarse Ferreyros en un rally y confiar en la Sarita. <strong>2b)</strong> La desaceleración paulatina consiste llegar a la velocidad cero, contemplado como poeta la graciosa variación de los colores del semáforo: <font color="#990000">rojo, <font color="#009900">verde, <font color="#FF9940"> ámbar, <font color="#000000">rojo, verde… 

(A pesar de que ambas posibilidades son insoportables, en ninguno de los dos casos los pasajeros dirán nada ni se quejarán, así que sigamos hablando del datero)

<strong>La información es poder y hay quienes matan por obtenerla. </strong>Un dato oportuno puede cambiar el curso de tu existencia y, si no me creen, pregúntenles a los de la Bolsa. Cada vez que un datero lanza una de sus velocísimos informes, 20 céntimos se descuelgan de la mano del cobrador, a veces directamente al piso. Cuando yo veía la forma en que un datero se agachaba hacia el asfalto para recoger la moneda, pensaba pobre hombre, que vida jodida, y lo miraba la misma tristeza social con la que ves a un empleado de limpieza que lleva el teléfono del service al que pertenece estampado el polo. Pero hoy sé la verdad. Por cada hora de servicio, los dateros ganan más o menos 3 soles. Trabajan doce horas al día. Casi todos los días. Saquen su cuenta mientras yo vuelvo a la esquina de mi memoria y ubico al Jefe del Hombre Araña, de pie, acercándose a la puerta para decir:

—El rojo va sopa.

Como todo informante que se respete, los dateros tienen su propio lenguaje en clave. <em>Sopa </em>quiere decir la unidad rival está llena. <em>Planchado </em>significa que en la combi referida todos van sentados y <em>misio </em>quiere decir que la unidad está casi vacía. Estos detalles también son tomados en cuenta por el chofer a la hora de decidir qué hacer con el acelerador. Adicionalmente, los dateros tienen funciones que van más allá de su “contrato”: se sabe que avisan a los choferes cuando se enteran de un inminente operativo policial. Y por su puesto, si no sabes cuál de las veinte combis que ves pasar te llevará a donde quieres ir, un tipo como el Jefe del Hombre Araña tendrá la respuesta más certera a flor de labios.]]>
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   <title>LA OFICINA COMBI</title>
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   <published>2007-06-13T08:17:11Z</published>
   <updated>2007-07-18T20:16:31Z</updated>
   
   <summary> ENCANTOS Y DESENCANTOS DE CHAMBEAR MIENTRAS TE TRANSPORTAN Para algunos, la combi es una rara forma de extensión del sueño. O sea, duermo cinco horas en casa y una más en la combi. Así me organizo yo pues oye...</summary>
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      <name>Juan Manuel Robles</name>
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      <![CDATA[<img alt="POST%20COMBI.gif" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/combimania/POST%20COMBI.gif" width="300" height="265" />

<strong><font color="#990000">ENCANTOS Y DESENCANTOS DE CHAMBEAR MIENTRAS TE TRANSPORTAN<font color="#000000"></strong>


Para algunos, la combi es una rara forma de extensión del sueño. O sea, duermo cinco horas en casa y una más en la combi. Así me organizo yo pues oye (porque yo me organizo, ah). Lindo, ¿no? <em>Limenean way of life</em>. Pero también están los que no parpadean, los que no pueden perder el tiempo, los que ayer leyeron por décima vez a Miguel Ángel Cornejo antes de dormir y hoy quieren conquistar el mundo, o intentarlo, o decir que lo intentaron, y saben que en este arenal de Dios perder un segundo es perder un granito-oportunidad. Hoy es tu día y debes sacarle provecho: sube al vehículo, camina haciendo el un-dos-tres un-dos-tres que bien conoces para no mancharte los lustradísimos zapatos. Y a vencer se dijo. No pienses lo contrario.]]>
      <![CDATA[Estos chicos-vigor llevan traje y corbata, un maletín gordo de mano y teléfono celular. Y han asumido que <strong>la combi no es una extensión del sueño, sino más bien un preludio de la oficina</strong>. <em>Hay algunos que vivimos a otro ritmo</em>, dice el workahólico comercial de Nextel. Y el primer nextelazo —¡pri-pri!— introduce en la atmósfera matutina de la combi intrusas órdenes de compra, puteadas a subalternos, apuradas enmiendas, instrucciones a la secre, y toda clase encargos urgentes que no pueden esperar ni un segundo, un toque, no cuelgues, cóbrate broder, sí, sí, aquí estoy, te escucho te escucho.

La combi es un espacio sin claras delimitaciones. Un lugar para el odio y para el amor, para la violencia y la solidaridad, para el miedo y la nostalgia, para dormir y chambear. Si los ejecutivos que controlan el planeta pueden pulir las (frías) hojas excel de sus laptops dulcemente encaramados en aviones de primera clase, ¿por qué no abrir la agenda todo terreno sobre el maletín —los apretujados muslos como soporte— e ir avanzando sobre ruedas? ¿No dijo un poeta que se hace camino al andar? Si la combi te condena a un suplicio de noventa y cinco minutos, ¿no es mejor tratar de sacarle el jugo —el jugo de smog— y serle útil a la sociedad en vez de hacer del viaje un paréntesis bobo? Recuerda: el día útil tiene 17 horas. 17 mil granitos de arena que ahora mismo están cayendo. Saca el lapicero. Ve apuntando cosas importantes para la chamba. La práctica te permitirá no perder el pulso a pesar de los baches. <strong>La luz roja no es una luz roja: es el momento de mayor productividad.</strong> Lee tus separatas de capacitación, esos <em>powerpoints </em>impresos con caritas para digerirlos mejor. Repásalos. Capacítate. Róbale tiempo al tiempo. Mientras tú viajas en la combi otro afila el serrucho que acabará contigo si no te pones, ahorita, las rayovac. 

Pero claro, yo opino igual que muchos de ustedes: la combi está hecha para viajar, pensar en uno mismo, mañosearse, mecharse. Pero... ¿para trabajar? Por Dios, te queda todo el <em>fuckin </em>día para trabajar. ¿Es necesario que me claves en la cara la antena de tu celular, perdón cholo, y que grites como un orate que el pedido de Ramírez no llegará a tiempo? ¿Qué terrible confusión en las relaciones humanas hace que al hablar por teléfono de cosas de chamba te sientas con derecho de vociferar 3.2 veces más alto que cuando hablas, por ejemplo, con tu mamá? ¿Es que no puedes estar quieto? 

<strong>La adicción al trabajo es un problema que afecta a países desarrollados</strong> pero sobre todo a países pobres que se juran en bonanza (como el nuestro) y la combi se presta para empeorar las cosas. No hay que olvidar que muchos choferes de combi trabajan demasiado porque, entre otras cosas, <em>no quieren volver a casa</em>. Ganar más efectivo, esa es la consigna, porque el afectivo… ¡al carajo con el afectivo! El resultado es una atmósfera de estrés que puede ser insoportable: prueben viajar en una combi con más de tres nextels en sincronizada orquesta y les aseguro que odiarán en cuestión de segundos a la especie humana, y esa estúpida compulsión suya de llegar antes, lo más rápido posible, aunque en el camino te conviertas en trocitos, bien lejos de ese omnívoro sujeto que alucinaste ser.]]>
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   <title>VOLVERTE A VER</title>
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   <published>2007-06-08T16:15:47Z</published>
   <updated>2007-07-18T20:17:17Z</updated>
   
   <summary> SUBIR A LA COMBI LUEGO DE AÑOS DE DESTIERRO De lejos —digamos, al otro lado del Atlántico— la combi se extraña. Qué loco, ¿no? Se extraña su calor, sus ruidos, sus vapores tropicales y sus colores pastel, y se...</summary>
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      <![CDATA[<img alt="BLOG%20PERU.jpg" src="http://s16000.gridserver.com/combimania/BLOG%20PERU.jpg" width="350" height="233" />

<strong><font color="#990000">SUBIR A LA COMBI LUEGO DE AÑOS DE DESTIERRO<font color="#000000"></strong>


De lejos —digamos, al otro lado del Atlántico— la combi se extraña. Qué loco, ¿no? Se extraña su calor, sus ruidos, sus vapores tropicales y sus colores pastel, y se olvidan progresivamente todas esas razones que alguna vez nos hicieron desear que un tornado brutal y milagroso llegue por primera vez a nuestra ciudad solo para borrarlas a toditas, en <em>one</em>, de la faz de Lima la horrible. Así como la mocosa añora e idealiza al padre borracho que se quitó del hogar y nunca pasó pensión, y no solo lo extraña sino que lo dibuja con crayolas en las tareas del colegio, haciendo en los retratos una versión amable y sonriente de aquel grandísimo hijo puta, el cerebro de un inmigrante convierte la experiencia combi en una fiesta cotidiana que consiste en trasladarte de un lugar a otro pasándola chévere, <strong>gozando de los luminosos encantos de la informalidad tercermundista</strong>. Eso, más o menos, fue lo que le pasó a Marissa Chiappe, una limeña que volvió de Europa con ganas de comer anticuchos, tomar chicha morada… y subirse a una combi. Pero claro, el encuentro con el vehículo bandera no fue precisamente lo que esperaba.]]>
      <![CDATA[<em>"Recordaba la Combi como una van en forma de cajita con rayas horizontales de color chicha y letras en tercera dimensión que señalaban el recorrido: “Arequipa, Angamos, parque mora"… Iban zigzagueando en la pista desafiando a la gravedad en las curvas y rozando espejos. Muchos han afirmado que desde lejos las cosas se ven distintas… y es cierto. Los recuerdos son selectivos. En la nostálgica imaginación del inmigrante la papa a la huancaína siempre lleva lechuga y huevo duro, el cebiche mixto tiene unos langostinos tamaño de dinosaurio, el Centro de Lima está limpio como postal enmarcado con un cielo azul y la combi se ve como esas miniaturas de cerámica que venden en las ferias artesanales. Pero en el recuerdo patriotero el ruido de los cláxones, los golpes en la lata del de la puerta del carro no tienen cabida, tampoco hay “lleva, lleva”, ni suena el Reaggeton y mucho menos se puede <strong>sentir el olor a aderezo que despiden los huelguistas de desodorante</strong>. Más bien, recorremos nuestro camino imaginario con música de fondo de Chabuca Granda en un vehículo pintoresco y acogedor camino al puente de la Alameda”.</em>

Marissa vivió tres años en Barcelona y ahora quiere instalarse un buen tiempo en el Perú. Así que tendrá que convivir con la combi, de nuevo, caballero nomás. Cuando me comentó de su inminente encuentro con una, le pedí que me escribiera sus impresiones del viaje para compartirlas en mi combi-blog. Y aquí estamos:

<em>“Son las once de la mañana de mi primer lunes en Lima después de tres años, aun piso la calle con desconfianza turística dispuesta a ir en combi para empezar a vivir en carne propia lo que por meses imaginaba, todavía en Barcelona, cuando esperaba el autobús número 41 a 5 grados bajo cero: La Combi . ¿Ustedes se preguntarán como alguien puede extrañar una combi donde los autobuses no te van intoxicando con monóxido porque son a gas, los choferes van uniformados, los asientos son cómodos y el aire acondicionado? ¿Cómo así el vehículo símbolo de la informalidad puede despertar nostalgias en los inmigrantes que vivimos en el primer mundo? Porque la combi es el símbolo nacional de estos nuevos tiempos. <strong>La nueva Inca Kola. La escarapela con ruedas.</strong> </em>

<em>Estiro mi mano en la cuadra 37 de la avenida Arequipa y se acercan dos combis en carrera, una cierra a la otra violentamente para frenar a mis pies después de rozarme la nariz mientras yo aprieto los ojos con miedo. “Atrás hay sitio”, grita una cobradora (sí señor, una mujer bien achorada, que impone bastante respeto) Procedo a sentarme al fondo como me indica ella. El aire esta caldeado, y ya recuerdo, en las combis no se abren las ventanas, la gente te mira mal cuando lo haces, les puede dar un “aire” y causar una neumonía mortal por tu culpa. El asiento forrado en plástico transparente se pega a mi piel. Los baches me hacen sentir que la combi va perdiendo tornillos y que cada hueco se va rompiendo aun más. El olor a diesel se impregna en mi ropa y me mancho el brazo de una grasa negra espesa que recubre un fierro del el asiento roto. El camino sigue mientras sorteamos ticos amarillos, niños con las manos sucias y combis destartaladas. Unas con luces discotequeras y cobrador de uña larga (sólo una). Las miradas mañosotas me hacen sentir un pastel de vitrina. Estoy inadecuadamente vestida para ir en combi. La combi tiene un dresscode. que no incluye colores brillantes ni escotes. La cobradora me cobra 1,20 para después darme cuenta, indignada, que soy la única que atraca pagar competo porque en la combi se regatea. Y no solo eso. Se chapa, se roba, se pelea, se cambia el pañal. Mi larga ruta a Gamarra, el imperio combi de los textiles, me presenta a los más variopintos personajes a los cuales había extrañado sin saberlo: la engominada estudiante de flyhostess, el ejecutivo chichero con celular de ladrillo, la señora gorda sudorosa con un montón de bolsas. Poco a poco el olor a grasa quemada y las miradas pasan a un segundo plano, aunque el mareo por ir de espaldas no. La película va tomando forma.

En la combi todo vale y todo se puede. Es una adicción. Si pusieran los autobuses rojos de Barcelona que pasan cada 20 minutos, impolutos con cobrador uniformado que solo para en los paraderos establecidos… tomaría una combi. Porque en la combi todo es chévere, el chofer el cobrador y ese asientito improvisado al lado de la puerta que te rompe la espalda.”</em>

Marissa me dijo también que, en Europa la combi se extraña porque “la civilización carece de la amable flexibilidad del tercer mundo”. Y dicho esto hundió el pie en el acelerador de su auto para perderse en esta ciudad de conductores enloquecidos en la que manejar, a ciertas horas, se puede parece tanto al infierno.]]>
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   <title>ESTAR SOLO DA MIEDO, ¿VERDAD?</title>
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   <published>2007-06-03T17:55:55Z</published>
   <updated>2007-07-18T20:17:56Z</updated>
   
   <summary> ESE TERRORÍFICO INSTANTE EN QUE ERES EL ÚLTIMO PASAJERO DE UNA COMBI Eres el último. No insistas ni mires atrás otra vez: estás solo. Ni siquiera sabes cómo pasó: 25 minutos antes estabas sentado matando el tiempo, mirando a...</summary>
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      <![CDATA[<img alt="BLOG%20MIEDO%202b.jpg" src="http://s16000.gridserver.com/combimania/BLOG%20MIEDO%202b.jpg" width="240" height="324" />

<strong><font color="#990000">ESE TERRORÍFICO INSTANTE EN QUE ERES EL ÚLTIMO PASAJERO DE UNA COMBI <font color="#000000"></strong>


Eres el último. No insistas ni mires atrás otra vez: estás solo. Ni siquiera sabes cómo pasó: 25 minutos antes estabas sentado matando el tiempo, mirando a la multitud apretujada bajo aquel letrero amarillo: <font color="#990000">PAQUE CON SENCILLO, Y NO CON LA FALSA CARAJO…<font color="#307950"> <strong>Y no seas picón!</strong> <font color="#000000">, y ahora no hay ningún pasajero salvo tú. No es que los extrañes pero sí, preferirías que vuelvan. Para llenar el vacío, como en el vals. Porque eso es parte de la paradoja combi: en el trayecto uno maldice al prójimo maloliente pero cuando no hay nadie el instinto personal de supervivencia extraña su calor y aun sus vapores. ]]>
      <![CDATA[La combi es un lugar peligroso. Que en el trayecto haya avenidas, terrales y arenales en los que el peligro sea mayor afuera que adentro no le confiere a nuestro vehículo bandera la categoría de transporte seguro. Y cuando te quedas solo un elemento invisible pero poderoso opera en tu psiquis: la amenaza implícita de que ellos sean dos y tú uno (o peor, una).

Porque tres son multitud, se sabe. Aquí todo es chévere: el cobrador, la música y el chofer. Ahora entiendes (porque entiendes, ¿no?) a qué se refería el viejo sticker. Era una amenaza, pues, piensas, inteligentísimo, mientras las luces de la avenida se cuelan en el interior, intermitentes, salpicando de tensión el vacío melancólico de los asientos, desnudos en toda su esplendorosa suciedad. Quizás el chofer está acelerando más ahora que solo quedas tú. ¿O es tu impresión? 

No lo intentes, lector paranoico: la puerta corrediza izquierda de la combi nunca se abre. Está trabada por múltiples motivos, y uno de esos motivos puede ser, justamente, evitar que algún pasajero se atreva a renunciar voluntariamente a su condición de rehén. Así que aguarda tranquilo. Escucha atentamente las instrucciones. Esto no es un secuestro, solo una situación tensa. Estás en desventaja. Tu desventaja es monumental. Podría verse desde el espacio.

Así que pórtate bien. Un sol cincuenta es un sol cincuenta. Sí, oíste bien, sol y medio. Paga y no hables feo porque el conductor te escucha allá adelante. ¿Ves algún policía? Yo tampoco. Piensa antes de quejarte. El volumen de la radio no está alto, qué va, es solo que como no hay gente la música se escucha de forma más nítida. Aguanta. No se te ocurra lanzar un “baje el volumen”. Recuerda: ese señor hace lo que hace durante muchas horas de neurosis. La música <em>es importante para él</em>.

Pero puede que todo pase más rápido, lo cual no quiere decir que pase mejor. Cuando te quedas solo, es posible que el malhumorado chofer prefiera dar media vuelta y no llevarte, total, solo eres tú. Y tú no eres nadie, ¿estamos?. Claro, no lo dirá directamente, los conductores patrios han desarrollado innegables niveles de sutileza. Preferirá usar el “hasta dónde va, joven” (o el “hasta dónde va, ñorita”) como forma de anuncio. Cuando ocurra, contesta despacio, sin ánimo de desafiar ni de perder la calma. Que parezca un “planeaba bajarme en el óvalo de Zapallal, ¿le parece?, ¿podría yo?” y no un “voy a Zapallal, carajo, ¿por qué no sigue su ruta en vez de preguntar estupideces?”. Total, esto para ellos es como jugar a los secuestradores. Les encanta que les muestres algo de respeto. Y si lo haces quizás puedas evitar que te digan eso que tanto temes:

—Ya no vamos ya

Y si te lo dicen de todo modos, bueno, no soy quien para decir qué hacer. Prometo preguntarles tips a los chicos rudos que resguardan la seguridad de este diario, pero el sentido común me dice que es menester bajar en silencio. No hay que olvidar que todo chofer puede esconder un <a href="http://s16000.gridserver.com/combimania/2007/05/loco_al_volante.html">José Antonio Vargas </a>en lo más profundo de su hígado graso. El sentido de defensa a tu dignidad y a compromisos urbanos como respetar una ruta debe tener un respaldo en cierta solvencia corporal. Mírate al espejo y me cuentas. Bajarte contra tu voluntad de una combi es triste, pero créeme, es mucho mejor a que te boten de una a la fuerza.  ]]>
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   <title>LA COMBI: ¿AUTOBOT O DECEPTICON?</title>
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   <published>2007-05-27T23:35:05Z</published>
   <updated>2007-07-18T20:29:52Z</updated>
   
   <summary> EL BLOGGER MUESTRA SIGNOS DE DETERIORO Y ALUCINA COMBIS TRANSFORMERS Pertenezco a esa generación feliz que pasó su niñez sin demasiados asesinatos en la tele: nos olvidamos de He-man y de su hermana gemela para entregarnos al autista placer...</summary>
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      <![CDATA[<img alt="BLOG%20AUTOBOTS.jpg" src="http://s16000.gridserver.com/combimania/BLOG%20AUTOBOTS.jpg" width="404" height="252" />

<strong><font color="#990000">EL BLOGGER MUESTRA SIGNOS DE DETERIORO Y ALUCINA COMBIS TRANSFORMERS<font color="#000000"></strong>


Pertenezco a esa generación feliz que pasó su niñez sin demasiados asesinatos en la tele: nos olvidamos de He-man y de su hermana gemela para entregarnos al autista placer de convertir la miniatura de un Volkswagen escarabajo en Bombolbi, Bumblebee o como diablos se escriba el nombre de ese robot amarillo con ojos azules. ¿Se acuerdan? Bumblebee era chiquito, el chaparrón de los <em>autobots</em>, o sea, de los transformers buenos que luchaban contra los malvados <em>decepticons</em>. Cabía en la palma de mi mano. Para los que aún no la captan o tienen demasiada edad (o muy poca), hay que aclarar que los transformes eran máquinas (autos, aviones, trenes) que <strong>se volvían robots tras una combinación precisa de giros y gimnásticas contorsiones</strong> que los sonidistas acompañaban con un “quikukukakakikaku”. Ahora, la película amenaza con robarnos 15 soles a los manganzones “del hoy” con la promesa de una travesía de dos horas por los mares de la nostalgia. He visto los trailers y mi primera impresión es que —una vez más— los productores no han entendido nada. Lo que sí han generado en mí estos avances es una pregunta que primero creí banal, pero que ahora veo muy profunda. <strong>Infantil, pero profunda: las combis, ¿serían <em>autobots </em>o <em>decepticons</em>?</strong>
]]>
      <![CDATA[La existencia de este blog es una prueba de los estrechos, profundos y epidérmicos vínculos que el hombre establece con las máquinas que inventa y usa. No es necesario esperar a que la inteligencia artificial empiece a crear <em>terminators </em>autónomos para que les confiramos personalidad, las odiemos o las veneremos. Ayer fueron los poetas fascinados por la irrupción del automóvil y hoy somos otros los que, no tan poetas ni tan fascinado]]>
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   <title>YO ME AUTORREGULO BIEN CHÉVERE</title>
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   <published>2007-05-24T14:52:51Z</published>
   <updated>2007-07-18T20:35:51Z</updated>
   
   <summary> EL RETORCIDO PRINCIPIO DE LA LIBERTAD COMBI El país progresa y ese avance se percibe en el runrún del motor de una combi. Sube y siente la perenne vibración del vehículo en la suela de tus zapatos, como hormiguitas...</summary>
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      <![CDATA[<a href="http://s16000.gridserver.com/combimania/BLOG%20Autorregulo%202.jpg"><img alt="BLOG%20Autorregulo%202.jpg" src="http://s16000.gridserver.com/combimania/BLOG%20Autorregulo%202-thumb.jpg" width="350" height="257" /></a>

<strong><font color="#990000">EL RETORCIDO PRINCIPIO DE LA LIBERTAD COMBI<font color="#000000"></strong>


El país progresa y ese avance se percibe en el runrún del motor de una combi. Sube y siente la perenne vibración del vehículo en la suela de tus zapatos, como hormiguitas biónicas locas. Los peruanos nos estamos civilizando: ahora los choferes exigen que te pongas el cinturón de seguridad. Ayer, justamente, acataba la orden del conductor (iba en el sitio del copiloto) cuando me fijé que la correa me quedaba grande, colgando flácida como una tripa (quizás como quedaría mi propia tripa después de un no tan improbable accidente) y decidí preguntarle al hombre cómo hacía yo para regularla. “Se regula sola”, me dijo y siguió su marcha, indiferente. En ese momento uní dos conceptos que, hasta entonces, habían permanecido separados en mi distraído cerebro: <strong>la autorregulación y la combi</strong>. ]]>
      <![CDATA[La autorregulación nos encanta porque suena más o menos a un montón de viento rozándote la cara. Es la esencia boba de todo proceso de liberalización económica hecho a la mala en los países pobres sin respeto por la autoridad. Todos quieren autorregularse, y no hay que ser un genio para darse cuenta de que autorregularse en el Perú es en realidad anhelar vivir/hacer dinero sin que nadie te joda. Magaly Medina dice que ella se autorregula y, claro, eso quiere decir que ella decide cuándo ha cruzado ciertos límites y, de ser así, es ella quien enmienda el error. Si alguien quiere reformar el Poder Judicial, sus autoridades dirán que ellos se autorregulan porque por algo son autónomos. El Congreso también se autorregula y autorregula sus sueldos, sus asesores y sus gastos de comisiones. <strong>El fútbol se autorregula y eso quiere decir que nadie debe vigilar las canchas sintéticas</strong>, que crecen solas. El SIN de Montesinos se autorregulaba. El chofer de combi que sale a la calle con 9 mil soles en papeletas siente que se autorregula: “hoy lo haré mejor que ayer —piensa—, creo que me he estado excediendo demasiado últimamente”. 

En los noventa, unos señores dijeron que era mejor la libertad. El Estado no sirve, así que autorregúlense chicos. Tal era la consigna. Con que la Sunat reciba los impuestos puntualmente, todo estaría bien. Abran las puertas del mercado cueste lo que cueste. Que los negocios proliferen, nazcan, crezcan, se reproduzcan. La cadena productiva nunca sería más sólida. Una nueva era estaba por empezar. Nunca fue tan fácil colocar letreros de neón en zonas residenciales, poner pollerías con aves muertas girando en plena vereda, colocar grifos que se miraban muy cerca, coquetos, o inaugurar hostales de cinco soles en plácidos parques de niños. Los importadores de vehículos se frotaron las manos.

Así comenzó el fenómeno combi o, para decirlo más técnicamente, el del “transporte rápido” (web de Translima <em>dixit</em>). Explicar hasta qué punto creció el monstruo al cabo de quince años sería tedioso y para eso podemos pararnos ahorita e ir a cualquier avenida, o revisar las decenas de luminosos <em>comments </em>de este blog. Algo sí es cierto: quienes pensaron que las empresas de transporte marcarían sus propios, civilizados límites parecieron no entender nada. <strong>Una licencia de conducir no tiene sentido si no existe la posibilidad latente de que te la quiten </strong>y el consecuente miedo a que eso ocurra. Y el problema nacional es que nadie va a perder algo importante así meta las cuatro: todo es reseteable, borrable, todos pueden empezar de nuevo sin pagar cuentas, como si nada hubiera pasado. 

La autorregulación en un país en que nadie obliga a cumplir las leyes es una idea ciertamente cómica. Propicia la generación de realidades paralelas, con ordenamientos locazos y <em>status quos </em>delirantes. Es más o menos como cuando llegas al cuarto de tu amigo y ves un chiquero, y tu amigo te dice “yo entiendo mi propio orden”. Pero a diferencia del orden de un cuarto privado, hay decisiones que no las toma uno, que no debe tomarlas uno, porque afectan a mucha gente. Es como el cinturón de seguridad de una combi: hay cosas que no se regulan solas. O funcionan bien o deben ser reemplazadas. A la fuerza.]]>
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