
ESE TERRORÍFICO INSTANTE EN QUE ERES EL ÚLTIMO PASAJERO DE UNA COMBI
Eres el último. No insistas ni mires atrás otra vez: estás solo. Ni siquiera sabes cómo pasó: 25 minutos antes estabas sentado matando el tiempo, mirando a la multitud apretujada bajo aquel letrero amarillo: PAQUE CON SENCILLO, Y NO CON LA FALSA CARAJO… Y no seas picón! , y ahora no hay ningún pasajero salvo tú. No es que los extrañes pero sí, preferirías que vuelvan. Para llenar el vacío, como en el vals. Porque eso es parte de la paradoja combi: en el trayecto uno maldice al prójimo maloliente pero cuando no hay nadie el instinto personal de supervivencia extraña su calor y aun sus vapores.
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SUBIR A LA COMBI LUEGO DE AÑOS DE DESTIERRO
De lejos —digamos, al otro lado del Atlántico— la combi se extraña. Qué loco, ¿no? Se extraña su calor, sus ruidos, sus vapores tropicales y sus colores pastel, y se olvidan progresivamente todas esas razones que alguna vez nos hicieron desear que un tornado brutal y milagroso llegue por primera vez a nuestra ciudad solo para borrarlas a toditas, en one, de la faz de Lima la horrible. Así como la mocosa añora e idealiza al padre borracho que se quitó del hogar y nunca pasó pensión, y no solo lo extraña sino que lo dibuja con crayolas en las tareas del colegio, haciendo en los retratos una versión amable y sonriente de aquel grandísimo hijo puta, el cerebro de un inmigrante convierte la experiencia combi en una fiesta cotidiana que consiste en trasladarte de un lugar a otro pasándola chévere, gozando de los luminosos encantos de la informalidad tercermundista. Eso, más o menos, fue lo que le pasó a Marissa Chiappe, una limeña que volvió de Europa con ganas de comer anticuchos, tomar chicha morada… y subirse a una combi. Pero claro, el encuentro con el vehículo bandera no fue precisamente lo que esperaba.
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ENCANTOS Y DESENCANTOS DE CHAMBEAR MIENTRAS TE TRANSPORTAN
Para algunos, la combi es una rara forma de extensión del sueño. O sea, duermo cinco horas en casa y una más en la combi. Así me organizo yo pues oye (porque yo me organizo, ah). Lindo, ¿no? Limenean way of life. Pero también están los que no parpadean, los que no pueden perder el tiempo, los que ayer leyeron por décima vez a Miguel Ángel Cornejo antes de dormir y hoy quieren conquistar el mundo, o intentarlo, o decir que lo intentaron, y saben que en este arenal de Dios perder un segundo es perder un granito-oportunidad. Hoy es tu día y debes sacarle provecho: sube al vehículo, camina haciendo el un-dos-tres un-dos-tres que bien conoces para no mancharte los lustradísimos zapatos. Y a vencer se dijo. No pienses lo contrario.
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LOS HOMBRES-RADAR DE LAS COMBIS
El primer datero que vi en mi vida medía un metro ochenta, era un tipo banco y bien plantado, solía ponerse cafarenas oscuras y tenía el pelo negro aunque una invasión de canas se había apoderado de sus patillas. Llevaba un bigote negro rasurado con precisión hasta formar un triángulo y esa combinación de elementos en su apariencia —además de su perenne malhumor— hacía que los cobradores lo saludaran diciéndole: “¡habla, jefe de Hombre Araña!”. Su esquina era la de Angamos y Tomás Marsano, uno de esos cruces bravos que en los planos de las comisarías aparecen marcados con plumón rojo. Nunca supe su nombre. Me intrigaba su trabajo aunque no le daba demasiada importancia, y hoy su recuerdo es apenas la superposición de imágenes sucesivas que fijé en mi vista mientras bajaba de la combi, acaso quejándome de que me dejaran a dos carriles de la acera, putamadre, para luego caminar y acercarme al vuelo al Jefe del Hombre Araña con su tabla llena de apuntes y su cronómetro de plástico tosco, de esos que dicen en alguna parte WATER RESISTANT.
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¿A QUÉ HUELE UNA COMBI?
La combi no es un lugar propicio para respirar hondo. En eso estamos de acuerdo (creo). Describir un olor es siempre un esfuerzo literario, entre otras cosas porque los olores no tienen una codificación precisa en el lenguaje, y no es posible verbalizarlos con la claridad con la que uno narra, por ejemplo, el rojo inabordable de aquel vestido, guapa. Referir un olor implica recordar algo que se le parezca, es decir, algo que sea como ese olor o se aproxime, y siempre será estar tanteando pues no hay una tabla RGB de aromas. La inca kola huele a inka cola, pero si le hablas a un extranjero, tendrás que decir que huele a hierba luisa, a chicle globo, acaso a algodón de azúcar. El Sublime huele a chocolate, obvio, pero habrá que añadir que huele también a maníes guardados y, en otros tiempos, a la delgadísima envoltura de papel blanquecino, si queremos que alguien que no lo conoce nos entienda. Hubo un escritor que dijo que los olores no se recuerdan: más bien, te asaltan de pronto y encienden cosas que creías enterradas. Pero ahora volvamos a nuestro tema: si tuviéramos que colocar en un frasco imaginario todo aquello que constituye el olor de una combi, ¿qué elementos pondríamos? ¿a qué huele una combi?
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LOS 10 MANDAMIENTOS DEL CONDUCTOR DAN RISA
Los choferes de combi se persignan. Lo hacen rápido y mal, como los niños, como el Chavo del ocho en casa de la bruja del 71, pero lo hacen sin falta cada vez que salen a trabajar y activan el motor de sus poderosas bestias de hierro. La pregunta es, ¿cuál es su Dios? La mímica de la cruz en el pecho es signo inequívoco de Cristo redentor, pero no de filiaciones más complejas y rotundas como eso de amar al prójimo. Ta’ que esa ya no la hago, choche. Y así, mientras el Vaticano lanza los 10 mandamientos para el conductor católico (entre otras cosas, adelantar a otro auto es considerado un pecado, mira tú), los choferes de combi de sabor nacional prefieren olvidar al Papa gruñón y refugiarse en la siempre comprensiva Sarita Colonia. Una cosa es la fe y otra muy distinta aceptar que don Benedicto XVI me venga con sus vainas: Yo soy un chofer moderno. En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo y amén con besito en la uña negra.
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EL BLOGGER SE PONE LA CAMISETA
Yo también quiero a la selección. Me gusta cuando hacen taquitos y se elevan, impetuosos, para alcanzar la violenta armonía de un cabezazo puntual. Me gusta cuando bajan la bola de pechito formando ondas en la camiseta blanquísima, esa camiseta a la que alguien añadió una franja roja que es el trazo guerrero de un pincel-sable. Marinera norteña, donaire y lujo, que suenen los cajones la guitarra: nos gusta bailar y el fútbol es una danza. Pero que lástima: hoy es el debut de Perú en la Copa y yo no lo veré en imágenes. Son las cinco de la tarde del martes y en vez de estar en mi casa frente a la tele, el partido me sorprende en pleno viaje en combi. Supongo que les pasa a muchos. Es la hora punta. Mucha gente va a alguna parte o vuelve, o va y vuelve, o huye. Me veo a mí mismo, en el último asiento, en medio de aquellos peruanos que solo podrán seguir la Copa mientras viajan, tratando de alucinar con el sonido y las plabras de una radio que, por momentos, pierde la señal.
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