Julio 2007
31
2007

Renato me volvió a llamar y hablamos como tres horas por teléfono. Repasamos muchos temas: música, libros, películas, hermanos, hermana, horas del día, meses del año, viajes, experiencias y otras palabras que comienzan con esas dos letritas fastidiosas: ex. Yo trato de no mencionar a una persona anterior cuando hablo en presente con alguien, más aun desde que no ha habido ninguno que valga la pena mencionar. Sin embargo, por arte de magia, siempre terminan apareciendo las ex novias, cuando uno menos lo espera, o un más delicado “la chica con la que salía” o “una chica a la que conocí”. Ex significa siempre lo mismo: un lugar en la vida y memoria de alguien que podría ser un posible futuro, que no quiere decir siempre novio, sino agarre, amante, amigo o quién sabe. Pero en una primera, segunda o tercera cita no se oye bien llamar a alguien “ex”, al menos no a mis oídos.
27
2007

No es fácil que alguien me guste al primer vistazo, creo que eso tiene que ver con alguna reminiscencia de época escolar en la que yo no me consideraba atractiva para los chicos. Como más de una vez me sentí invisible, y por lo tanto rechazada, en alguna de esas fiestas, discotecas, kermesses o bingos, en las que lo superficial mandaba sobre todo lo demás, me acostumbré a que no me miren y a no mirar. Por eso en la calle, en un bar, en el trabajo, etc. nunca miro a nadie. Observo, sí. Pero no ando viendo si hay alguien por ahí que me puede gustar.
Aunque sí me ha pasado, no lo voy a negar. He tenido novios, salido con tipos o mantenido relaciones de amor platónicas con chicos que me parecieron guapos desde la primera vez que los vi y es por un ridículo ritual de torpezas que me doy cuenta de que alguien me gusta mucho. Entonces me vuelvo aún más retraída y mi cuerpo comienza a actuar casi de manera autónoma.
24
2007

A propósito de este blog, me han preguntado reiteradas veces cómo es el novio que busco. Yo también me lo he cuestionado innumerables veces y a la única conclusión a la que he llegado es que la repuesta es muy difícil. ¿Por qué? Porque después de algunas separaciones, muy aparte de las condiciones en las que se dio su final –una conversación sensata, una pelea con las subsiguientes secuelas o una verdadera pesadilla hecha realidad, de esas que te hacen jurar “por esta no paso otra vez ni muerta”–, estos trances me han dejado con la certidumbre de lo que no quiero, pero de una forma paradójica lejos de lo que quiero, o de lo que me gustaría.
19
2007

Desde los años en que mi madre me contaba cuentos al lado de la cama, y luego rezábamos juntas, se me quedó en la memoria esa pequeña oración infantil que comienza con: ?ngel de la guarda, dulce compañía, y que hasta ahora repito de casi de manera automática después de un Ave María. Metida en el cálido y seguro edredón de la infancia, jamás me imaginé que conocería en persona a ese ángel. Y menos que este se me iba a aparecer cubierto de piercings, correa de púas y algo demasiado ancho para ser una bufanda atado al cuello. Ese encuentro sucedió en medio de una noche de atemorizante soledad.
16
2007

Después de leer los comentarios de mi último post y de haber conversado con Santiago, pienso que el tema no es él; hace mucho tiempo que no lo es, pero me di cuenta que en efecto tenía algo pendiente con él. Y muy al contrario de lo que algunos de ustedes piensan, no fue una “despedida de soltero” ni nada parecido. Lo que quería era la respuesta a una cuestión muy puntual y que me ha fastidiado no siempre, pero sí de vez en cuando al recordar el pasado, como el dolor sutil pero persistente de un pellejito que te muerdes sin querer, y no pensaba conformarme con una respuesta que no fuese honesta.
10
2007

Santiago, uno de los chicos más guapos de la facultad -según muchos y muchas compañeras de estudios y juergas universitarias-, a mí nunca me gustó. Nos hicimos amigos en el último año a través de mi novio Héctor. Cuando nos veíamos no solo en la universidad, sino también en bares, discotecas y conciertos, no entendía su jale con las mujeres. Cada fin de semana tenía una nueva historia (hasta ahora no sé si estas fueron reales, inventadas o exageradas), pero me consta que muchas de las chicas que yo conocí pasaron por sus brazos, labios y sabe dios qué más.
06
2007
Estaba en la oficina cuando una de mis compañeras de chamba, ahora nueva y buena amiga, me contaba chismes sobre las mujeres casadas de nuestro entorno que engañan a sus maridos y luego flamean la bandera (pero tamaño pabellón nacional) de la fidelidad marital. La menor del grupo me dijo “¡Como nosotras!”, con un dulce e ingenuo entusiasmo, creo que refiriéndose a que hace tiempo estamos solas y conociendo gente nueva. Yo la corregí desde mi escritorio en el acto: “No, nosotras somos monógamas sucesivas”. A veces uno se inventa cosas para sentirse mejor, me dijo alguien hace poco. Claro, quién se puede atrever a alardear de alguna infidelidad o admitir que le es fácil pasar de una persona a otra.
02
2007

Hace tiempo que no asistía a un matrimonio. El viernes pasado fui al civil de una de mis mejores amigas, a la que conocí en mi anterior trabajo. Sentada en el registro civil, entre la familia y amigos, pensé dos cosas junto a mi amiga Úrsula mientras esperaba la llegada de los novios:
1. Esto era lo que yo quise un día.
2. Esto es en lo que ya no creo ahora.
Antes no me gustaban las bodas ni los respectivos y habituales rituales, momentos en los que me escondía a fumar en el baño. Pero esta vez me encontré muy entusiasmada junto a las otras solteras jalando las pititas de la torta a ver quién se llevaba el anillo y en la primera fila de la manchita que espera la llegada voladora del bouquet de la novia. Reconocí no sentirme especialmente alegre por desear que alguno de esos eventos hiciera de mí la próxima novia. Estaba feliz -como todas, creo- por mi amiga, la novia.



