Noviembre 2008
26
2008
Nunca subestimes a una mujer. Nunca presumas con ella de tener el dominio de la situación, o la sartén por el mango. Nunca se te ocurra pensar cancheramente que, si ella está de ida, tú ya estás de regreso. Nunca des por sentado que, por tener más años, más experiencia, más recorrido o más mundo, le llevas considerable ventaja. Nunca creas que fuiste tú el que la conquistó, o el que la tiene comiendo de tu mano. Nunca siquiera sospeches que ella depende emocionalmente de ti, que sin ti no viviría. Nunca. Ni un poquito.
En todos esos casos, lo más probable –lo único probable, en realidad– es que ella esté permitiendo que te lo creas.
Categorías
Segunda temporada16
2008
Creí que pasaría mucho más tiempo antes de que pudiera siquiera pensar en reanudar la historia con Angélica Gallón. Creí que, en el fondo, se trataba de uno más de esos amores internacionales platónicos, extraños e inconclusos que un día te desconchan el cerebro y luego, poco a poco, con el paso inapelable de las semanas y los meses, se van extraviando entre los insondables agujeros de esa enorme coladera que es la distancia.
Categorías
Segunda temporada07
2008
Estaba sirviéndome una segunda y sustanciosa porción de arroz con frijoles cuando Martín me soltó el chisme:
¿Sabías que Celia está con enamorado?
La noticia me tomó desprevenido. Fue un impacto seco y doloroso, como un cachetadón en la nuca. El pulso traicionó a mi mano y la cuchara se me resbaló, provocando que un oscuro puñado de fríjol ensuciara el impecable mantel de la mesa de Ana, cuyo cumpleaños se estaba celebrando con aquel opíparo almuerzo de sábado.
Categorías
Segunda temporada01
2008
Sin mayores expectativas, llegué a la casa de la chica con la que estuve saliendo [OC] para darle los regalos que le había traído de Chile: a saber, el último libro de Alberto Fuguet (firmado por el propio Fuguet) y una bonita postal de Neruda (firmada solo por mí).
Cuando abrió la puerta me miró y soltó una mueca amable, pero fría y controlada. Llevábamos días sin vernos, sin hablar. Me hizo pasar, y rápidamente percibí en el ambiente un rayo de tensión. Sentí que la cosa no andaba muy bien, que tarde o temprano saldría de esa casa con el pecho encogido.
Nos sentamos en el sillón y pasaron algunos segundos sin que digamos nada. Entre ella y yo, más que un hielo, había un iceberg.




