Abril 2008
30
2008
Ni bien aterrizamos en la fiesta de mi hermana, Robotv y yo –sin pelucas ni maquillaje de por medio– nos parapetamos en un rincón, fieles a nuestro irreversible espÃritu timorato.
El jardÃn –cubierto con un toldo enorme y repleto de mesas chatas y sillones blancos en forma de cubo– se habÃa convertido en un ‘lounge’ al aire libre. La terraza, custodiada por dos parlantes gigantes, fungÃa de pista de baile, lugar que despertaba cierto escozor en el misántropo y antisocial Robotv.
23
2008
Hace un par de semanas hablé de mi hermana Vanessa. De cómo la torturaba cuando éramos niños, con falsas amenazas de irme de la casa: amenazas que –ejem, ejem– sigo sin cumplir. Bueno, este sábado es su fiesta de cumpleaños y he decidido dedicarle un post.
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Segunda temporada21
2008
M ya no está conmigo. Hace unos dÃas –luego de comprobar lo distintos que son nuestros estilos de vida y nuestras formas de pensar– resolvimos interrumpir la relación que iniciamos con optimismo hace 60 dÃas. Al parecer, la quÃmica inicial –potenciada por un verano fiestero y bullidor– no bastó para que el enamoramiento cobrara fuerza. Asà ocurre, supongo. Algunas parejas funcionan, otras no tanto, y otras creen que funcionan aunque sea mentira. La comprensiva M dice que los dos somos responsables de lo que nos pasó. Pero si me pongo una mano en el pecho, tendrÃa que reconocer que fui yo quien avivó nuestras diferencias con mis férreas manÃas, mi egoÃsmo y algunas actitudes que no sabrÃa cómo explicar. En las últimas horas he tratado de hacer un examen de conciencia para identificar dónde y cuándo es que exactamente la cagué. El que sigue es un infalible inventario para que tu novia te deje en tiempo récord.
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Segunda temporada13
2008
Cuando inicié mi relación con M me propuse reprimir intencionalmente esos arranques de coqueterÃa que matizaron mi accidentada etapa de soltero.
Antes –no sabrÃa explicar muy bien por qué– coqueteaba con todo ser vivo femenino que insinuara algo de movimiento. Al margen de las muchas o escasas posibilidades de correspondencia que tuviera, mi cuerpo y mi mente buscaban fabricar todo el tiempo situaciones de proximidad con mujeres. No lo hacÃa ni por mujeriego ni por pendejerete, pues por lo menos los mujeriegos y pendejeretes suelen tener éxito en sus intentonas. Lo mÃo era al revés. Algo asà como el puro gusto de fallar, pues a pesar de que la mayorÃa de veces mis amagos de seducción terminaban en francos estropicios, la absurda genética me llevaba a meter la pata una y otra vez en el mismo bache.
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Segunda temporada06
2008
1
Cuando era niño tenÃa una fórmula infalible para torcer a mi favor las disputas con mi hermana mayor. Cada vez que peleábamos por los juguetes o la televisión, y veÃa que ella hacÃa caso omiso a mis necesidades (léase caprichos), yo recurrÃa a una cruel salida extrema: la amenazaba con que me irÃa de la casa. A ella –que siempre ha sido nerviosa y querendona– ese anuncio la doblegaba y le hacÃa perder todo el orgullo.
Bastaba con que yo me encaminara decidido hacia la puerta, lanzando al aire el juramento de que no regresarÃa, para que ella saliera despavorida detrás de mÃ, gimoteando, suplicándome que por favor no cometiera esa locura y –lo más importante– prometiendo que me prestarÃa sus juguetes y que pondrÃa en la tele el canal que yo quisiera ver.




